lunes, 27 de agosto de 2012

Francesca Gaetana Cósima Liszt / von Bülow / Wagner

Cósima Liszt
24.12.1837-1.4.1930


   

Marie d’ Agoult y Franz Liszt, padres de Cósima


PRÓLOGO: Marie d’Agoult

En enero de 1833, el pianista y compositor húngaro de 21 años, Franz Liszt (1811-1886), conoció a una parisina, algo mayor que él, Marie, Comtesse d'Agoult, (1805-1876), cuya madre, que procedía de una familia de banqueros de Frankfurt, estaba casada con el francés Conde de Flavigny. Marie nació en Frankfurt am Main y pasó su infancia en Alemania, completando su educación en un convento francés tras la Restauración Borbónica.

A los 21 años se había resignado a aceptar el matrimonio –arreglado por su madre– con el Conde d’Agoult, con quien tuvo dos hijas; Louise en 1828 y Claire, en 1830. Fue en 1835 cuando, la imparable y creciente pasión surgida entre ella y Liszt, la indujo a abandonar París, dejando atrás el escándalo, para establecerse en Ginebra, donde, el 18 de diciembre de aquel mismo año, nacía la primera hija de ambos, Blandine–Rachel


Francisca Gaetana Cósima, la segunda hija, nació en un hotel junto al lago Como, el 24 de diciembre de 1837 en el transcurso de uno de los múltiples viajes que Liszt debía hacer en función de sus conciertos. Un tercer hijo, Daniel, llegaba al mundo finalmente el 9 de mayo de 1839 en Venecia.

Hasta entonces, Marie y Liszt habían sido inseparables y compartieron los mismos amigos -entre ellos, Frédéric Chopin, quien dedicó a Marie sus 12 Estudios, Op. 25-, pero nunca pensaron en casarse.

Tras el nacimiento de Daniel, Marie volvió a París con sus hijas, pero encontró el rechazo frontal de su madre, la señora de Flavigny a aceptar a las niñas, que constituían un flagrante testimonio de su irregular comportamiento. Ante la situación creada, Liszt decidió poner a las niñas bajo la custodia de su propia madre, mientras que el pequeño, Daniel, permanecería en Venecia al cuidado de nurses y educadores ajenos a la familia.

Dos años después, la pareja se había distanciado y en 1845 ya apenas tenían comunicación, hasta el extremo de que Liszt llegó a prohibir todo contacto entre la madre y las hijas, aduciendo que sólo a él le correspondía el derecho a decidir sobre su educación y su futuro. En un principio, Marie luchó contra aquella imposición por todos los medios a su alcance, pero andando el tiempo se fue adaptando a su recuperada vida social en París, ciudad en la que también vivía Liszt, aunque nunca se veían, como tampoco volvió a ver a sus hijas hasta un breve período en 1850.

En 1847 Liszt conoció a Carolyne zu Sayn-Wittgenstein, una princesa rusa divorciada, con la que estableció una relación que mantuvo el resto de su vida.
La Princesa Carolyne zu Sayn-Wittgenstein, con su hija María

Cuando a principios de 1850 Liszt supo que Marie visitaba a Blandine y Cósima en el colegio, parece que, aconsejado por Carolyne, decidió ponerlas al cuidado de Mme. Patersi de Fossombroni, la antigua gobernanta de la propia Carolyne, que ya tenía 72 años, haciendo saber a Marie que, en adelante, sólo la señora Patersi decidiría lo que podían, o no, hacer sus dos hijas. La etapa Patersi se extendió a lo largo de cuatro años y dejó su influencia, como veremos en el futuro.

El 10 de octubre de 1853 –una fecha que Cósima no olvidaría-, Liszt se presentó en casa de la señora Patersi para visitar a sus hijas, a las que no veía desde hacía ocho años; le acompañaban Hector Berlioz y Richard Wagner. Marie –después Hohenlohe–, la hija de Carolyne, que también acompañaba a su padre, posteriormente describió a la Pobre Cósima, en la peor fase de su adolescencia, alta y angulosa, pálida, con su enorme boca y larga nariz, la imagen de su padre. Sólo su largo cabello dorado, de inusual brillo, era hermoso. Entonces, como después, sus finos labios se curvaban con aquel inicio de mueca burlona a la parisina.

Wagner, apenas consideró la presencia de las hermanas, de las que en su diario sólo anotó que le parecieron extraordinariamente tímidas.

LOS MATRIMONIOS DE CÓSIMA

Tres o cuatro años después, a pesar de las protestas de Marie, Liszt decidió llevar a sus hijas a Berlín. Allí vivía su mejor alumno, Hans von Bülow, que les enseñaría música, a la vez que su madre, Franzisca, se ocuparía del resto de su educación. Von Bülow había visto actuar a Liszt en el estreno de Lohengrin en 1850 y, a partir de entonces, se convirtió en su más ferviente admirador y aprendiz. Al parecer, pronto advirtió que Cósima poseía las cualidades artísticas y acaso, la imagen de su padre –como decía la hija de Carolyne-, factores que le animaron a pedir su mano y así, con las bendiciones del maestro, Cósima y Hans se casaron en Berlín el 18 de agosto de 1857.

Hans von Bülow

Después de la boda, el nuevo matrimonio fue a visitar a Wagner en Munich junto con Liszt y, en aquella ocasión todo transcurrió con mucha normalidad, sin embargo, al año siguiente, Cósima y Hans repitieron la visita y esta vez, Wagner sí que la recordó: en el momento de despedirse, Cósima se echó a mis pies y me cubrió las manos de lágrimas y besos… pensé en la causa por la que lo habría hecho, pero no conseguí comprenderlo.

Cósima no se adaptaba bien a la vida en Berlín; en opinión de Carolyne, a causa de su soberbia y su sarcasmo. Por entonces Hans viajaba mucho para dar conciertos mientras Cósima llenaba su tiempo escribiendo artículos y haciendo traducciones para la Revue Germanique.

A finales de 1859 Cósima atravesó un período de luto por el fallecimiento de su hermano Daniel, en cuyo recuerdo llamó Daniela a su primera hija nacida el 12 de octubre de 1860.

Para entonces Bülow estaba totalmente entregado a la obra de Wagner, llegando a crearse una relación amistosa entre ambos, por lo que, en el verano de 1862, volvió a visitarlo en su casa de Biebrich, acompañado por Cósima. Wagner reflejó en su diario que le había sorprendido mucho el modo en que Cósima se transfiguraba oyendo su interpretación del Adios de Wotan de las Walkirias.

En otoño de 1862, fallecía la otra hermana de Cósima y, como homenaje a su memoria llamó Blandine Elisabeth Verónica a la niña que nació en marzo de 1863.

Justo después del fallecimiento de Blandine, von Bülow compartió con Wagner la dirección de un concierto en Leipzig. En esta ocasión, Wagner también recordó que se había sentido transportado ante la atenta mirada de Cósima, que parecía hallarse en otra dimensión.

Era bien sabido que, a pesar de que el compositor aún estaba casado con Minna Planer, mantenía numerosos encuentros extramatrimoniales.

A finales de 1863 Wagner viajó a Berlín y, aprovechando que von Bülow se hallaba inmerso en la preparación de un concierto, Cósima le invitó a dar un largo paseo en coche por la ciudad, durante el cual, entre suspiros y lágrimas –se diría que al más puro estilo del entonces reciente modelo Bovary–, ambos fueron incapaces de ocultarse que no podían vivir el uno sin el otro.

El año siguiente, la fortuna se materializó para Wagner a través de la persona de Ludwig, el rey de Bohemia quien, además de pagar todas sus deudas, le dotó con un espléndido salario, y puso a su disposición una casa en el lago Starnberg y otra en Munich. El compositor había encontrado una mina, pero su felicidad no sería completa si Cósima no se encontraba a su lado. Así pues, solicitó y consiguió de Ludwig que nombrara pianista de la corte a von Bülow; un trabajo que le obligaría a trasladar su residencia a Munich, donde Wagner les buscó una casa muy cerca de la suya. Cósima empezaría asimismo a trabajar para el maestro, como una especie de secretaria, hecho que le obligaría a pasar muchas muchas horas con él.

Precisamente a causa de aquellas recientemente asumidas obligaciones, Cósima tuvo que desplazarse a la casa del lago Starnberg a finales de junio de 1864, donde von Bülow no llegaría hasta el siete de julio.

A primeros de abril del año siguiente nacía Isolde, a quien von Bülow registró como hija suya. Dos meses después von Bülow hacía realidad su sueño de dirigir Tristán e Isolda, de Wagner, en el Munich Hofoper.

Al parecer, de la lectura de los 598 documentos intercambiados entre Ludwig II y Wagner –cartas, telegramas, notas, poemas, etc.- se puede deducir que la actitud del maestro hacia su benefactor fue, en general, sincera, excepto en lo tocante a Cósima, cuya relación ocultó y disimuló de forma persistente a pesar de las preguntas del rey, con quien hablaba de todo menos de ella, quizás a causa de que tanto el maestro como la secretaria seguían casados con sus respectivos cónyuges y Wagner sabía que Ludwig, aunque en algunos aspectos pudiera parecer lo contrario, era completamente partidario del respeto a las apariencias.

Pero Wagner no era igualmente discreto en lo relativo a interferir en las tareas de gobierno del monarca, llenándole la cabeza con ideas, que más tarde Ludwig exponía ante sus ministros y consejeros, sin otra base o autoridad que el hecho de que procedían del compositor.

Wagner, que era un hombre formado intelectualmente, además de tener muy bien definidos sus objetivos artísticos, conocía a fondo –y aprovechaba en su beneficio–, las incertidumbres mentales y afectivas del monarca y la casi enfermiza dependencia que tenía con respecto a su música y, consecuentemente, hacia su persona. No contento con las  ventajas que habitualmente obtenía de aquella admiración, se fue creciendo hasta erigirse en consejero privado, y un buen día exigió a Ludwig que hiciera dimitir a su primer ministro. Con ello atravesó la línea prohibida que con tanta frecuencia pisaba y, como resultado, fue él quien tuvo que abandonar la corte y el reino por imposición del gabinete.

Ludwig le comunicó la decisión en diciembre de 1865, asegurándole que, pasara lo que pasara, él seguiría patrocinando su trabajo y sosteniendo sus necesidades económicas.

En la primavera del año siguiente, Wagner encontró la casa ideal en Ginebra y en abril de 1866 se instalaba –a cargo de su mecenas-, en Villa Tribschen, donde viviría los seis años siguientes. Inmediatamente invitó a la familia Bülow para que se fuera a vivir con él. Ellos, en principio pasaron aquel verano en la villa, aunque después volvieron a Munich, pero pronto von Bülow tuvo que viajar a Basilea, y Cósima se apresuró a volver con Wagner.




Villa Tribschen, la casa de Wagner en  Lucerna, Suiza.

Parece que sólo entonces von Bülow llegó a comprender que entre Wagner y su mujer se había creado una situación de naturaleza extremadamente peculiar. Wagner, por su parte, volvió a mentir al rey, a quien aseguró que la santidad del matrimonio Bülow era inquebrantable, permitiéndose añadir que el propio monarca debía ordenar que fuera castigado cualquiera que tuviera la osadía de decir lo contrario. Pero los rumores aumentaban y el trato especial, junto con las enormes sumas de dinero que recibía el músico a pesar de su expulsión de la Corte, empezaron a ser objeto de crítica.

“–… debe saber –escribió Wagner-, que yo, como artista, ni por asomo tengo la más mínima ambición, y que le he pedido encarecidamente al rey que me deje permanecer aquí, en Suiza, seis años más, tranquilo, para que finalmente pueda terminar los trabajos que tengo en proyecto y los que tengo ya empezados. Ahora bien, el punto de vista del rey, es diferente; él es joven e impaciente, quiere ver representadas de inmediato las obras que tengo en mente, y además, quiere tenerme a su lado. Esta ansiedad es tan fuerte, que aconsejo, que para el bien del Jefe del estado de Baviera –dejando completamente aparte mi interés personal– no pongan trabas a la realización de sus planes artísticos, que al fin y al cabo sólo redundan en beneficio de su reino; lo que deben hacer es favorecerlos ya que así el rey, más tranquilo, estará dispuesto a cumplir gustosamente los vitales y graves deberes del Estado. Tengo sus proyectos, tanto en lo que concierne a los sentimientos como a las ideas, por altamente valiosos, generosos, hermosos, dedicados al progreso de su pueblo y hasta –esto espero– al desarrollo y consolidación de Alemania. Pero esto será, siempre y cuando no crea ver en todos los que le hablan de política unos enemigos de su pasión por el arte. Si en Alemania quedara un resto de verdadero espíritu alemán que respeta todo lo grande y noble, no serían necesarias las solapadas maniobras que intentan situar, de manera tan declarada, a un hombre como yo, entre el príncipe y su pueblo.
                                                             Lucerna, 25 de octubre de 1866

En Tribschen, el 17 de febrero de 1867, nacía Eva, la segunda hija de Cósima y Wagner.

La admiración de von Bülow por Wagner y su obra no hacía sino aumentar de día en día, además, para entonces era Director Musical del Munich Hofoper y en su ejercicio, se dedicaba plenamente a la preparación de Die Meistersinger von Nürnberg que se estrenaría en junio de 1868 con enorme éxito. Cósima entre tanto, volvió con Wagner, que por aquella época, no dejaba de quejarse ante su rey de lo harto que estaba de los insultos que la gente le dirigía en Munich y de que necesitaba marcharse lejos de allí.


Cosima y Wagner, en 1872

En 1866 falleció la esposa de Wagner y en octubre de 1868 Cósima se decidió a pedir el divorcio a su marido, que, en principio se negó a concedérselo a pesar de ser consciente de la realidad, que solía encubrir, explicando a sus amigos que las largas ausencias de su esposa se debían al hecho de que iba a visitar a su hermana en Versalles.

Cuando en junio de 1869 nació Siegfried, el tercer y último hijo de Wagner y Cósima, esta escribió a von Bülow para intentar convencerle una vez más de que accediera a divorciarse. Has preferido –le respondió Hans-, consagrar los tesoros de tu corazón y de tu mente al más alto ser: lejos de censurarte por dar este paso, lo apruebo.

El 26 de junio de 1870, se estrenó La Walkiria en Munich. El divorcio se produjo en julio en Berlín y, finalmente, Wagner y Cósima se casaban un mes después. Sólo a partir de entonces von Bülow se distanció de ellos; nunca más dirigió la palabra a Wagner y pasaron once años antes de que  volviera a ver a Cósima. Franz Liszt, por su parte, sólo supo de la boda de su hija a través de la prensa.

Aquel otoño Francia sufrió la derrota de Sedán frente el ejército prusiano y Napoleón III fue hecho prisonero. Poco después, Bismark pedía a Ludwig II que apoyara la pretensión de Guillermo I de convertirse en Emperador, tras lo cual Ludwig envió cartas a todos los príncipes alemanes solicitando su adhesión al proyecto. En enero de 1871 Guillermo era proclamado en Versalles. Ludwig no asistió a la ceremonia, pero cuando el 16 de julio las tropas prusianas mandadas por el príncipe heredero Federico Guillermo, desfilaron victoriosas en Munich, Ludwig tuvo que pasar revista a su lado: –es la primera vez –dijo–,  que desfilo como vasallo.

A principios de septiembre Ludwig compraba la isla Herrenwörth sobre la que iba a construir el famoso Herrenchiemsee, castillo al que se referiría siempre como Meicost Ettal, lo que a primera vista parece alemán, pero no es sino el anagrama de L’Etat c’est moi, que todos conocemos como la emblemática autodefinición de Luis XIV: El Estado soy yo.

Domingo, 25 de diciembre de 1870. -Diario de Cósima-.

Sobre este día, hijos míos, no puedo decir nada –nada sobre mis sentimientos, nada sobre mi disposición, nada, nada, nada–. Sólo os diré, simple y llanamente, lo que ocurrió. Cuando me desperté oí un sonido que ascendía; no podía sino imaginar que me encontraba en un sueño; la música estaba sonando y ¡qué música! Después de eso ya podía morir. R. Vino entonces con vosotros y puso en mis manos la partitura de su “Felicitación sinfónica de cumpleaños”. Yo no podía dejar de llorar, como todos en la casa; R. había dispuesto su orquesta en las escaleras y aquello consagró Tribschen para siempre. El Idilio de Tribschen, se llamó la obra. -Ahora puedo morir, le dije a R.

El inevitable conocimiento de la verdad sobre las relaciones entre Wagner y Cósima, rebajó dramáticamente el valor de la imagen del compositor a los ojos de Ludwig II, que al mismo tiempo, empezó a sentirse cada vez más cualificado para tomar decisiones sobre las representaciones operísticas del maestro, algo que, ni a aquel ni a Cósima les parecía pertinente, por lo que poco a poco, empezaron a pensar en independizarse de su benefactor, al menos en los aspectos artísticos. En abril de 1871, Wagner y Cósima decidieron instalarse en Bayreuth, donde erigirían su propio teatro de la ópera.

El Bayreuth Festspielhaus

Wagner anunció el Primer Festival de Bayreuth para 1873, en el que presentaría el ciclo del Anillo, pero, en un principio, Ludwig se negó a financiar el proyecto, por lo que, llegada la fecha prevista para la inauguración, a pesar de haber recibido otras aportaciones, los Wagner no tenían ni un tercio del presupuesto necesario, por lo que las obras ni siquiera habían empezado. A principios de 1784, cuando ya todo parecía perdido, el monarca accedió una vez más a asumir los gastos y el 18 de abril, los Wagner se instalaban en Wahnfried, una hermosa villa cuyo proyecto iba unido al del Festival. Después de todo, las obras concluyeron en 1875 y se anunció el primer festival para el año siguiente.

Por entonces falleció Marie d’Agoult, la madre de Cósima, quien con el paso del tiempo se había adherido al naciente republicanismo que explicó en múltiples publicaciones periodísticas bajo el seudónimo de Daniel Stern. Publicó también una Histoire de la révolution de 1848, así como unas Memorias que contienen interesantes datos para el estudio de su época. Marie fue enterrada en el cementerio Père Lachaise de París.

Marie d'Agoult in 1861. Foto de Adam-Salomon

Cuando Cósima recibió la noticia, escribió a su hermana Daniela: No puedo hacer otra cosa que no sea lamentar la pérdida de la mujer que me trajo al mundo.

Entre tanto, el católico Franz Liszt, que para entonces había recibido órdenes menores, recibió una carta de Cósima en la que le comunicaba su conversión al credo protestante –seguramente, por complacer a Wagner–. Cuando Cósima participó en la primera celebración religiosa junto a su esposo, se sintió profundamente conmovida y escribió que la religión era una cosa maravillosa.

El Festival, que empezó el 13 y terminó el 30 de agosto de 1876, consistió en una integral del Anillo bajo la dirección de Hans Richter.

Las críticas se dividieron; mientras unos compartían la opinión del compositor noruego Edvard Grieg, que definió la obra como divinamente compuesta, otros, con el periódico francés Le Figaro, opinaban que aquella música no era más que el sueño de un lunático. Wagner y su ego sufrieron un duro revés y en una carta a Ludwig, el compositor se quejó amargamente de los culpables: los cantores eran unos parásitos teatrales y Richter no había respetado los tempos correctos.

Tras la clausura del festival, el maestro y Cósima se fueron a Venecia con los niños y se quedaron hasta diciembre. El enorme déficit resultante del festival y la insatisfacción artísitica de Wagner, le hicieron pensar en la posibilidad de abandonar el proyecto para siempre. Entre tanto, aceptó dar una serie de conciertos en Londres, ciudad en la que él y Cósima permanecieron dos meses, en esta ocasión, sin niños. Cósima tuvo la oportunidad de conocer  a la novelista George Eliot, al poeta Robert Browning, o al pintor Edward Burne-Jones, entre otros, y el matrimonio fue recibido por la reina Victoria en el castillo de Windsor.

La reina escribió sobre Wagner: Envejecido y pesado… tiene un cierto brillo, pero su aspecto es desagradable.


Wagner dijo a Cósima de la reina: Una desagradable vieja empeñada en no abdicar, razón por la cual mantiene al Príncipe de Gales condenado a una vida absurda.


No obstante, la gira proporcionó a la pareja unos ingresos que durante algún tiempo hicieron mejorar el estado de ánimo del compositor, si bien el respiro sólo duró hasta que los acreedores empezaron a reclamar. Cósima escribió una doliente carta a Luis II, y logró de nuevo arrancarle los créditos necesarios, con los que finalmente pudieron poner en marcha un segundo festival.

Wagner estaba escribiendo Parsifal, que sería su última obra. Su salud decaía visiblemente, pero se sintió con fuerzas para anunciar el estreno en 1882. Además de aportar los fondos necesarios, en esta ocasión, el rey decidió que su Maestro de Capilla Herman Levi, dirigiría la obra. Los Wagner, declaradamente antisemitas, intentaron negarse basándose en el hecho de que Levi era de origen judío, mientras que Parsifal era una ópera muy representativa del cristianismo.

Sus biógrafos creen que Cósima había heredado de su padre la fuerte aversión hacia los judios que, más tarde se vería reforzada, primero por la opinión de Carolina zu Sayn-Wittgenstein, que también compartía la señora Patersi, cuya influencia en la formación de Cósima fue muy poderosa. Por último, el mismo von Bülow, era un conocido y ferviente antisemita. De un modo u otro, Cósima se refiere peyorativamente a los judíos en una de cada cuatro de las cinco mil páginas de su diario.

En cuanto a Wagner, el musicólogo Eric Werner cree que su antisemitismo procedía de su inical y revolucionaria filosofía como discípulo de Proudhon, pero que solía revisar sus puntos de vista en base a sus experiencias, al contrario que Cósima, que mantuvo más visceralmente los principios adquiridos en la infancia.

En todo caso, se impuso el criterio de Ludwig y Cósima escribió que Levi no podía salir de su asombro cuando fue informado de la elección.

En el segundo Festival, Parsifal fue representado dieciséis veces y en la última, el 29 de agosto, el mismo Wagner dirigió la escena final. Cósima –no podía ser de otra manera– escribió después sobre lo distinto que resultaba todo cuando Wagner tomaba la batuta. Al final, todos quedaron satisfechos con el resultado, puesto que además de los aspectos musicales, el festival, al contrario que la primera vez, produjo notables ingresos.


Friedrich Nietzsche, antaño incondicional seguidor de Wagner, pero que para entonces se había transformado en su más ácido crítico, dijo que Parsifal era una abominación de la que Cósima era responsable; ella había corrompido a Wagner, porque como no alemana, no estaba capacitada intelectualmente para intervenir en los asuntos de la cultura alemana.

El Palazzo Vendramin Calergi, en la época.

Al terminar el festival, la familia Wagner se trasladó a Venecia donde alquilaron una espaciosa planta en el Palazzo Vendramin Calergi, con vistas al Gran Canal. Todo parecía ir bien entonces, pero a partir de aquel otoño, la salud de Wagner empezó a ser preocupante.

El doce de febrero de 1883, Cósima escribió en su diario que Wagner había estado leyendo Undine, una novela de F.H.K. de la Motte, Barón Fouqué –el primer autor que dramatizó El Cantar de los Nibelungos que tanto influiría en la tetralogía de Wagner. Precisamente, después del rato de lectura, el maestro había interpretado al piano el Lamento de El Anillo. Sólo a última hora, surgiría una discusión a causa de Carrie Pringle, la soprano inglesa del Parsifal, de la que se rumoreaba que tenía una affaire con el compositor.

Recordando la ocasión años después, Isolde declaró que los reproches de Cósima sobre la soprano, dieron lugar a una ruidosa y acalorada discusión del matrimonio y que al día siguiente, alrededor del mediodía, el compositor sufrió el ataque que acabaría son su vida en pocas horas.

Cósima se mantuvo junto al cuerpo de Wagner más de veinticuatro horas, negándose a comer o descansar y siguió a su lado durante el proceso de embalsamamiento, que duró dos días más. Después pidió a sus hijas que se cortaran el pelo para ponerlo en la tumba del compositor.

El 16 de febrero iniciaron el viaje de vuelta a Baireuth y el sábado 18 el cortejo entraba en Wahnfried, en cuyo jardín fue enterrado Wagner tras una breve ceremonia. Cósima permaneció en la casa hasta que todo hubo concluido; después, según su hija Daniela, fue hasta la tumba y durante mucho tiempo permaneció junto al féretro, hasta que “Fidi” –su hijo Siegfried- fue a recogerla.

Cósima pasó unos meses en soledad y silencio, sin apenas ver a sus hijos a los que solía mandar notitas por medio del servicio. Entre otros muchos, recibió un telegrama de von Bülow que sólo decía: Hermana, hay que vivir.

 Wahnfried

Wagner no dejó instrucciones sobre la organización el Festival de Baireuth, porque, en su opinión prácticamente no hay nadie en cuyo juicio pueda confiar, pero, andando el tiempo, Cósima empezó a reaccionar pensando en la necesidad de preservar el legado artístico de su esposo, cuya propiedad registró a su nombre y al de su hijo Siegfried. En 1885 anunció que ella misma dirigiría el festival al año siguiente; tarea que, de hecho, realizó durante veintidós años -hasta 1907-, durante los cuales Baireuth se convirtió en un negocio bastante lucrativo.

En 1886, la primera vez que Cósima asumió la dirección, añadió Tristán e Isolda al repertorio y se entregó tan a fondo a su tarea, que no quiso detraer el tiempo necesario para ocuparse de la enfermedad de su padre, Liszt, que sufrió un colapso, del que murió a los pocos días. Aunque se ocupó cumplidamente del funeral y el entierro, se negó a organizar un concierto en su memoria. Felix Weingartner, un discípulo de Liszt aseguró que la desaparición de Liszt no había sido suficientemente importante como para ensombrecer la gloria del festival ni por un momento.

En 1888 añadió Die Meistersinger al canon Bayreuth; en 1891, Tannhäuser; en 1894, Lohengrin y, en 1901 Der fliegende Holländer. En 1894 Levi renunció a la dirección a causa del progresivo ambiente antisemita que respiraba el festival; Cósima, que respetaba y reconocía su calidad en los aspectos musicales, habitualmente se burlaba de su origen ante sus hijos. En el festival de 1896 Siegfried asumió la dirección de una de las partes del Anillo del Nibelungo y se mantuvo en el puesto mientras su madre continuó a cargo de la organización.

Siegfried Wagner.

El ocho de diciembre de 1906 Cósima sufrió una especie de ataque al corazón cuando visitaba al Príncipe Hohenlohe en Langenburg y, hacia mayo del año siguiente, comprendió que no podría seguir a cargo del Festival de Baireuth. Siegfried tomaba la alternativa y asumía en exclusiva unos derechos que, Beidler, uno de los yernos de Cósima, intentó disputarle en base a que era el único que tenía un heredero varón, pero todas sus reclamaciones fueron automáticamente rechazadas y después anuladas judicialmente, por Cósima y Siegfried.

Dando por concluida su tarea al entregar el testigo a Siegfried, Cósima se trasladó a las habitaciones traseras de Wahnfried, lejos de la actividad diaria de la casa, donde pasó el resto de sus días rodeada por las cosas de Wagner y todos sus retratos familiares. Aunque al principio discutía con Siegfried los planes sobre el Festpielhaus, paulatinamente fue abandonando su intervención. En todo caso, Siegfried trabajaba sin desviarse de los principios detalladamente asentados por Wagner y sostenidos por Cósima, a pesar de que se iban quedando ostensiblemente anticuados.


En diciembre de 1908, su hija Eva se casaba, a los 41 años con Houston Stewart Chamberlain, un historiador inglés, entusiasta defensor del nacionalismo germánico que simpatizó mucho con Cósima, quien llegó a confiar en él más que en su propio hijo. Bajo su influencia, Cósima desheredó a Isolda en 1913, cuando intentó legalizar sus derechos sobre la herencia de Wagner y nunca más volvió a verla.

La boda de Siegfried –ya a los 47 años- con Winifred Williams, de dieciocho, constituyó una gran alegría para Cósima, sólo superada por el nacimiento de Wieland, el primer hijo de la pareja, que Cósima celebró interpretando al piano fragmentos de su Idilio de Siegfried.

El 90 cumpleaños de Cósima fue celebrado por la ciudad de Baireuth poniendo su nombre a una calle; a partir de entonces vivió prácticamente en la cama; perdió la vista y sufrió episodios de falta de lucidez. Murió el primer día de abril de 1930, a los 92 años. Su restos se llevaron a incinerar a Coburgo, donde permanecieron durante 47 años, hasta que se depositaran en la tumba de Wagner.

EPÍLOGO
1882. Daniela von Bülow, a la izquierda y Blandine von Bülow, a la derecha.

Daniela Senta von Bülow, después Daniela Thode, nacida en Berlín en 1860 fue la primera hija de Hans von Bülow y Cósima Liszt. Tenía siete años cuando su madre se fue a vivir con Wagner. Fue pianista notable y diseñaba vestuarios para las producciones de Bayreuth. Se casó con el historiador americano Henry Thode, de quien se divorció en 1914. Se afilio al partido Nacional Socialista y publicó las cartas de su padre. Murió en Beirut el 28 de julio de 1940.

Blandine von Bülow, nacida en 1863, la segunda hija de Cósima y von Bülow, se casó con el Conde Gravina y tuvo dos hijas; Maria Cosima, Condesa Gravina y Blandine von Wenden que, en 1935 fue adoptada por Ludwig von Hofmann y Kekulé von Stradonitz, cuya madre había sido amiga íntima de Cósima Wagner. Murió en 1941
Isolde von Bülow –en realidad, hija de Wagner, aunque fue inscrita como von Bülow. Nació en 1865 y se casó con el director de orquesta Franz Beidler. Ella y su hermana Eva, aunque hijas de Wagner, fueron deslegitimadas por Cósima, que sólo quiso reconocer como heredero del compositor a su hijo Siegfried a pesar de las reclamaciones de Isolde en un ruidoso juicio en 1913. Su hijo Franz Wilhelm Beidler participó en la formación de un grupo de artistas e intelectuales censurados por el nazismo, que se proponían dirigir el festival de Bayreuth después de II Guerra Mundial, y del que formaban parte, Thomas Mann, Arnold Schoenberg, Paul Hindemith y Arthur Honegger. Isolde murió en 1919.

Wagner con su hija Eva en Triebschen, en 1867

Eva von Bülow, de casada, Eva Chamberlain nació en Tribschen, en 1867. Aunque también fue hija de Wagner, llevaba el apellido von Bülow, porque su madre no se divorció hasta dos años después de su nacimiento. Como sabemos, se casó con el británico Houston Stewart Chamberlain, un precursor teórico del nazismo, que propugnaba la idea de la preponderancia germánica, no sólo frente al judaísmo, sino también en contra del catolicismo, al que consideraba responsable del caos, ya desde San Ignacio de Loyola que, en su opinión, constituía el prototipo del antigermanismo. Defensor a ultranza del nazismo y amigo de Hitler, quien asistió a su entierro en 1927, aseguraba que sin el renacimiento moral que él propugnaba, volverían las hogueras de la Inquisición. Eva murió en Bayreuth en 1942.

Wagner con Siegfried en Nápoles, 1880.

Cuando Wagner murió, Siegfried tenía trece años. Estudió música con su abuelo materno, Franz Liszt y después con Engelbert Humperdinck. Aunque estudió arquitectura optó por dedicarse a la música después de hacer un viaje por Oriente con el compositor inglés Clement Harris en 1892. Compuso varias óperas algunas de las cuales fueron estrenadas en Viena por Gustav Mahler y dirigió la orquesta del festival de Bayreuth desde 1896 alternando con Hans Richter y Felix Mottl. En 1907 dirigió una serie de conciertos en el Liceo de Barcelona, con obras de Wagner, de Liszt y suyas.

Tras el escándalo Harden-Eulenberg -cuando el periodista Maximilian Harden acusó a importantes funcionarios de la corte de homosexualidad, con el fin de desacreditar al Kaiser Guillermo-, Cósima urgió a su hijo, conocido por su sexualidad, a que se casara con Winifred Williams, 23 años más joven que él. La boda se celebró en 1915 y tuvieron cuatro hijos entre 1917 y 1920: Wieland, Wolfgang, Friedelind Wagner y Verena.


En 1930, cuatro meses después del fallecimiento de su madre, Siegfried murió de un infarto cardíaco en Bayreuth. Su viuda asumió la dirección del festival que prácticamente puso a disposición de Hitler, quien solía alojarse en su casa –ella heredó Wahnfried-, cuando acudía a las representaciones.


La familia Wagner en Wahnfried en 1881.
Arriba, a la izquierda, Blandine. Abajo, Isolde, Daniela, Eva y Siegfried

En los buenos tiempos, Wagner y Cósima solían reunirse con todos sus hijos después de la cena para leer, preferentemente, a Cervantes o a Shakespeare.
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Leer más sobre: Luis II de Baviera
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martes, 21 de agosto de 2012

LUIS II DE BAVIERA * Ludwig II. von Bayern * 1845–1886

LUIS II DE BAVIERA 1845–1886
Ludwig II von Bayern
Ludwig Otto Frederik Wilhelm


Luis II era un Wittelsbach por línea paterna, por la cual era primo de Elisabeth, Sissi, de la que será amigo y confidente. Ambos mostraron siempre una especie de melancolía existencial que los hacía incapaces, no sólo de asumir, sino de soportar la rutina de las obligaciones inherentes a su nacimiento y posición social y política. Sissi recurrió a los viajes, Ludwig, a la música de Wagner, que llegó a constituir, al menos aparentemente, su única razón de vivir. Dos almas solitarias que nunca fueron comprendidas o, que tal vez, nunca comprendieron al mundo, si vale esta ambigua expresión.


A los nueve años Ludwig fue apartado de su gobernanta para pasar al cuidado del conde de La Rosée, quien debía adiestrarlo con vistas a sus futuras responsabilidades. Luis era un muchacho dócil y estudioso, aunque no parecía interesarse más que por la Historia y la Literatura. En cuando a su formación física, cumplía ampliamente los objetivos, destacando en los ejercicios de equitación y natación. No parece que se diera gran importancia al aspecto humano de su desarrollo; Luis se educó prácticamente sólo, pues no tuvo más compañeros o amigos que sus primos: Otto, tres años menor que él, y poco después, Charles, once años mayor, lo que para un adolescente equivale a una gran distancia. De hecho, ni siquiera tenía apenas trato con su padre, cuyas obligaciones le mantenían alejado casi permanentemente. Aunque no parece que se pensara en ello, la soledad pudo dejar huellas en el cumplidor discípulo de La Rosée.

A los dieciocho, ya mayor de edad, se le pone Casa, como se decía en la Corte de España, adjudicándole como residencia una zona del palacio de Munich con personal de servicio y una especie de corte propia. En adelante estará obligado a cumplir diversas obligaciones oficiales, sociales y políticas propias de su condición de heredero, le gustara o no. Es evidente que su vocación era otra, aunque no sabemos cual, puesto que en este aspecto, no se puede contar como el cumplimiento de un deber real, su entrega en cuerpo y alma a Wagner y a su obra.

Un joven Ayudante de Campo, el Príncipe Paul de Taxis, se convierte entonces en su nuevo único gran amigo y confidente, creándose entre ambos una relación casi amorosa que los historiadores no saben como calificar por falta de más evidencia que algunas frases sueltas contenidas en las pocas cartas que se han conservado de las muchas que parece que intercambiaron y que Paul firmaba como Friedrich.


Paul, es decir: Paul Maximilian Lamoral Fürst von Thurn und Taxis –la fotografía es del 24 de enero de 1864-, era hijo de Maximiliano Carlos, VI Príncipe de Thurn y Taxis y de su segunda esposa, la princesa Mathilde Sofía, apellidada, de Oettingen–Oettingen y Oettingen–Spielberg. Paul era guapo, elegante, bien educado, extraordinario compañero y leal amigo de aquel solitario Ludwig, permanentemente necesitado de compañía y afecto.

Querido y Bienamado Ludwig, termino mi diario recordando las maravillosas horas que pasamos juntos esa tarde, hace una semana, y que llenaron mi corazón de felicidad. Mi pensamiento sigue allí. Cómo latió mi corazón cuando, al pasar por la Residenz vi una luz en tu ventana. Munich, 15 de Mayo de 1866

Dotado de una espléndida voz, Paul solía cantar para Ludwig y, como ambos compartían la pasión por Wagner, llegó a representar a Lohengrin, con su cisne y su armadura plateada, en el castillo de Hohenschwangau.

Cuando Wagner tuvo que abandonar Munich, el 10 de diciembre de 1865, Paul se constituyó en intermediario entre el compositor y el rey. En mayo del año siguiente, Paul visitó de incógnito a Wagner y Cósima en su residencia de Tribschen.

Acabo de volver del íntimo círculo de los Queridos Amigos –Wagner y Cósima–, donde descansé en la encantadora habitación que compartimos cuando estuvimos allí; ¡maravilloso recuerdo! Los dos te envían sus mejores deseos. Quiera Dios protegerte y mantenerte en el trono, este es su deseo y el mío, porque sólo así podremos cumplir nuestro ideal. El resultado de mi misión, te lo transmitiré mejor de palabra y creo que lo aprobarás. Por ahora, buenas noches, te saludo en mis pensamientos mil veces. Tu sincero y leal Friedrich.

La relación entre Ludwig y Paul se interrumpió de forma abrupta y definitiva a causa, probablemente, de falsos e interesados rumores sobre frivolidad o indiscrección del Ayudante de Campo que, desconociendo los verdaderos motivos del distanciamiento, escribió varias cartas a su antiguo amigo –para entonces ya sólo su monarca–, que nunca quiso contestarlas.

Mi muy amado Ludwig, ¿qué es lo que te ha hecho, en nombre de todos los santos, tu Friedrich? ¿Qué, para que no lo favorezcas con una mano, un buenas noches, o un adiós? Lamento que mi mano vacilante no pueda expresar mi profunda inquietud. Perdóname, sé bueno de nuevo conmigo, me temo lo peor y no puedo soportarlo. Perdona a tu desgraciado Friedrich.
                                                                                 Diciembre 1866


El 4 de mayo de 1864 puede ser considerada como una fecha crucial en la vida de Ludwig. Ese día recibió, como una iluminación, al idolatrado compositor, cuyo encuentro ya venía precedido de una profunda e incondicional admiración, tanto por la obra, como por el creador.

Richard WAGNER

Tal vez no sea del todo absurdo considerar que, sin Luis II, Wagner nunca hubiera alcanzado la gloria que alcanzó, del mismo modo que el monarca no habría sabido lo que era la felicidad, ese algo inalcanzable que continuamente parecía escapar de entre sus manos. Aún disponiendo de la posibilidad de dar cumplimiento al menor de sus deseos, es evidente que no fue feliz hasta que conoció el éxtasis que le proporcionaban las audiciones de su adorado compositor, sus monumentales epopeyas, sus notas, sus trombones, sus decorados, sus míticos personajes…

Apenas iniciaba su reinado y las cosas parecían funcionar correctamente al principio; el propio Bismark definió a Ludwig como inteligente y preocupado por el bienestar de su pueblo al que conquistó en sus primeras apariciones oficiales. Sin embargo, ya se ha dicho, la política, la gente, la misión de gobernar, no formaban parte de su vocación y sus intereses, que se decantaban claramente, por el arte y la naturaleza. La pequeña Baviera se vería engullida por las grandes potencias emergentes, en una espiral que Ludwig no deseaba, pero carecía de energías para evitarlo.

En un intento de cumplir con sus obligaciones dinásticas, en 1867 Luis se prometió con Sofía de Baviera, hermana de Elisabeth (Sissi).

Anuncio oficial de un compromiso que no se cumplió.

Luis se propuso cortejarla en toda regla; le ofrecía flores y paseos en barca, y ella le correspondía tocando el piano y cantando. Pero la relación no avanzaba, y no se hacían planes de boda, de modo que Elsa –como Ludwig la llamaba en su obsesión por mixtificar todo y a todos con la ópera wagneriana-, se cansó: -¡Es que no os dais cuenta de que no me ama? –preguntaba desesperada a sus familiares. Al fin,seguramente aburrida y harta de esperar, se fijó en un guapo fotógrafó, Edgar Hanfstaengl, al que empezó a ver en secreto.


Por esta causa o, más seguramente, agradeciendo su oportunidad -conocido de sobra su desinterés por el matrimonio y por Sofía misma-, Luis anuló el compromiso en octubre de 1867, cuando ya todo el mundo lo había olvidado.    -¡Gracias a Dios este terrible evento no ha tenido lugar!- dicen que exclamó al verse libre.


La madre de Sofía le buscó un nuevo pretendiente y, la suerte recayó en Fernando Felipe María de Orleans, duque de Alençon. Ahora sí, se casaron en Possenhofen el 28 de septiembre de 1868 y se instalaron en los alrededores de Londres. Muy pronto Sofía cayó en un fuerte depresión, de la que no salió ni siquiera al nacer su primera hija. Su marido aceptó una inivitación para visitar Palermo, pero su presencia causó un profundo rechazo en el pueblo siciliano, hasta el  punto de que, a pesar de la buena influencia de aquella tierra en la salud de Sofía, el matrimonio se vio obligado a abandonar la isla.


Tras el nacimiento de su segundo hijo, Sofía volvió a la depresión que cada vez se hacía más contumaz y profunda.




En 1887 inició otra relación con el doctor Glaser, que también estaba casado; cuando fueron descubiertos, decidieron huir a Italia, donde rápida y discretamente los encontraron. Sofía, que para entonces contaba cuarenta años, fue internada en una clínica psiquiátrica, que pudo abandonar diez años después, tras sufrir una transformación de carácter religioso en cuya consecuencia se hizo monja seglar dedicando su vida a las obras de caridad.

Preparaba una fiesta de beneficencia –el Bazar de la Caridad- en un local industrial de París en el que se ofrecería una proyección cinematográfica de los hermanos Lumière. Trágicamente el materal aportado por los cineastas se prendió fuego y las llamas se extendieron rápida y espantosamente por el viejo local. Al parecer, Sophie pudo salvar la vida de varios niños, pero no la suya. Sus cuerpo se consumió casi por completo y sus restos aparecieron mezclados con otros, llegando a ser identificada, según se dijo, por sus dientes. Tenía cincuenta años y su esposo le sobrevivió trece más.

Tras la ruptura de su compromiso (1867) Ludwig hizo un viaje a París invitado por Napoleón III, allí recibió una segunda iluminación, en este caso, constituida por la contemplación del Palacio de Versalles.

En adelante, sus propios palacios serían tanto o más grandiosos que aquel cuya grandeza inspiró sus sueños: haría realidad los decorados de las óperas de Wagner, tal como él los concebía. De hecho, se dice que los planos originarios no fueron realizados por arquitectos, sino por escenógrafos. Para empezar, en 1868 encontró la ubicación perfecta para construir su primera fantasía. Fue en Hohenschwangau, a diez mil metros de altitud, donde aún quedaban ruinas de un castillo medieval. Sobre aquellas rocas se erigiría el castillo de Neuschwanstein.

Neuschwanstein

En 1870 Ludwig se vio obligado a intervenir en la guerra contra Francia al lado de Prusia; su negativa probablemente habría supuesto la desaparición de Baviera como Reino. Al año siguiente ya tenía preparada otra idea arquitectónica cuya inspiración surgio de un nuevo viaje a París y de la visión iluminadora del Petit Trianon, en Versalles; la construcción del Linderhof se iniciará en 1875 y será el único palacio que Ludwig verá terminado.

Linderhof

Alrededor de 1871 y a pesar de que el país atravesaba momentos muy críticos, Ludwig se encerró más y más en sí mismo; mientras se sucedían los distintos gobiernos, él aparecía por Munich muy esporádicamente y, casi siempre, para asistir a la ópera –es decir, a las representaciones de las óperas de Wagner-. Entre tanto, vivía en la montaña, casi siempre de noche y casi siempre sólo, si exceptuamos algunos amigos que pasaron muy superficialmente por su vida, entre los cuales se conocen apenas algunos nombres, como Horning, de Varicourt –otro Ayudante de Campo- o el cantor Joseph Kainz.

En 1875 reanudó su amistad con Sissi, interrumpida por la anulación de su compromiso de matrimonio con la hermana de la Emperatriz; a pesar de aquel tropiezo, Ludwig siempre dijo que Elisabet era la única persona que le comprendía.

Por otra parte y, dentro de aquella especie de apatía casi permanente, parece que el joven y apuesto Ludwig había ido desapareciendo paulatinamente bajo copiosas comidas y no menos abundantes bebidas, a las que el melancólico monarca pareció entregarse sin orden y sin compañía.


En 1878 inauguró las obras de su Versalles, el Herremchiemsee, construido sobre una isla en el lago Chiemsee. La enormidad de los gastos empezó a desatar rumores sobre un monarca invisible y derrochador quien, por otra parte, parece que sólo estuvo en el palacio en una ocasión.

Herremchiemsee y su versallesca Galería de Espejos

Efectivamente, si el exterior de los palacios construidos por Ludwig, parecen más ensoñación que realidad, los interiores, en ocasiones, llegan a ser abrumadores.

Aunque le muerte de Wagner en 1883 le afectó profundamente, se ocupó de financiar unos funerales costosísimos, a los que, sin embargo, no asistió, porque ya muy raramente iba a Munich. La historia de Ludwig con Wagner así como la aparición de Cósima Liszt en la vida del compositor, merecen otro capítulo.

Dos años después, el rey prácticamente dejó de reunirse con sus ministros; se empezaban a criticar sus extravagancias, reales o imaginarias según los casos, pero el pueblo le quería y los montañeses podían charlar afablemente con él si se lo encontraban por los alrededores de su residencia.

Por una parte, Ludwig empezó a mostrar extrañas e inesperadas actitudes en sus relaciones oficiales, que a pesar de ser cada vez menos frecuentes, llegaron a dar la apariencia, según se dijo, de que se hallaba bajo la influencia de algún trastorno mental, a pesar de lo cual, sus análisis de la situación política y sus actitudes y conversaciones con la gente común, hacían pensar que no existía ningún problema en la cabeza del rey.

Por otra parte, la locura de su hermano Othon y los ya insostenibles gastos cargados al Tesoro para mantener sus construcciones, hicieron que el gobierno empezara a pensar en tomar alguna medida al respecto. ¿Cómo destronar a un monarca aunque esté llevando el reino a la bancarrota? No hay fórmulas establecidas; no se puede, sin una justificación legal muy grave, arrancar la Corona a un Rey. Quizás, las excentricidades de Ludwig y la reconocida enfermedad de Othon, facilitaran las cosas.

Se consultó a algunos psiquiatras que, dirigidos por el Dr. Gudden, redactaron un informe clínico plagado de presuntas señales de enajenación, en cuya consecuencia se declaró probada la locura. Armados con aquel dossier, una comisión de políticos, médicos y enfermeras se dirigieron a Hohenschwangau con el objetivo de deponer al rey en una especie de golpe de estado sin armas.

Luis no estaba, pero alguien le mandó aviso de lo que ocurría. La noticia recorrió la zona y, acto seguido, docenas de personas se presentaron ante el castillo para proteger a su rey.

Al día siguiente, los comisionados son detenidos por orden de Luis, que, casi inmediatamente se arrepiente y les devuelve la libertad, pero no hace nada más. Absolutamente nada, excepto rogar a los campesinos que habían acudido a protegerle, que volvieran a sus casas, para evitar cualquier posible incidente.

Todo es muy irregular a partir de aquel momento; no hay denuncias ni de una, ni de otra parte, no hay reunión del Parlamento ni del Gobierno y todo parece funcionar como una conspiración. La delegación, tras el primer fracaso, volvió sin hallar resistencia y, en esta ocasión el rey se dejó conducir al Castillo de Berg antes de que amaneciera.

El Schloss Berg. Pintura de Anton Zwengauer

El domingo, 13 de abril de 1886 Luis da un largo paseo por los alrededores del lago. Le acompaña el doctor Gudden, aquel que había transformado con su firma un puñado de presunciones en una serie de actos de locura indiscutible. Detrás, algunos guardias y cuidadores. Todo resulta muy agradable y tranquilo, tanto, que Luis comunica al médico que desearía volver por la tarde, Gudden acepta e informa al servicio y a los guardias que saldrán sólos y volverán en un par de horas. 

Pero no volvieron.

El cuerpo de Luis se halló en el agua, no lejos de la orilla del lago Starnberg y el de su médico apareció después, un poco más lejos, tras una breve búsqueda a la luz de las linternas, el mismo día. En aquel momento, nadie sabía lo que había pasado realmente, pero se barajaban varias hipótesis: suicidio, doble crimen, accidente...

A la luz del día, se descubrieron señales de lucha sobre la hierba de la orilla y el doctor Gudden presentaba marcas en el cuello que hacían pensar en el estrangulamiento. Aparentemente, Ludwig intentó lanzarse al agua y el doctor habría tratado de impedírselo. ¿Intentaría escapar, quizás? Se dijo que cuando Sissi conoció la noticia de su confinameinto –que ella y muchas más personas interpretaron como un secuestro-, prometió que liberaría a Luis, pero había pasado muy poco tiempo, apenas horas, como para que la Emperatriz hubiera podido organizar algo en ese sentido. Al parecer, Ludwig no presentaba ninguna herida, ni señales de golpes, pero tampoco había muerto ahogado, porque no aparecía agua en sus pulmones.

Se pensó también en un asesinato organizado por su propio gobierno, o tal vez por otros, en un momento tan inestable en el que se estaban produciendo grandes cambios; el médico habría sido una víctima indeseada, aunque necesaria, como testigo de un crimen que debía permanecer en el más profundo secreto. Pero no existía la menor prueba para sostener ninguna hipótesis.

¿Quién más podía desear la muerte de Ludwig? Finalmente, la opción del suicidio, tampoco resultó del todo convincente porque Luis tenía fama de ser un buen nadador y, además, supondría el reconocimiento de que previamente habría asesinado al doctor Godden.

Ante circunstancias como la presente, una posibilidad de llegar a una conclusión medianamente lógica, consiste en hacerse la vieja pregunta latina: Quid  Prodest ¿A quién beneficiaba la desaparición del Rey de Baviera? En este caso, la clásica cuestión tampoco es fácil de responder.

El pueblo desfiló multitudinariamente ante sus restos embalsamados que, posteriormente quedaron depositados en la cripta de San Miguel, en Munich.


Una cruz se alza en la zona en la que se halló el cuerpo de Ludwig II; el último rey independiente de Baviera. Es el recuerdo de una vida muy breve y de una tragedia personal que tal vez nunca será desvelada.
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RELACIONADOS
   SISSI: 
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   MAYERLING:
http://atenas-diariodeabordo.blogspot.com.es/2012/08/mayerling.html
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sábado, 18 de agosto de 2012

LA TRAGEDIA DE MAYERLING

MAYERLING. UNA TRAGEDIA FAMILIAR E HISTÓRICA


El día 20 ó 21 de enero de 1889, el conde de Hoyos recibió una nota del Príncipe Rodolfo: Hoyos si el tiempo lo permite hacia el final de la próxima semana quisiera que viniera conmigo a Mayerling, el día por precisar por que tengo aún mucho que hacer. Invitación que Hoyos se apresuró a aceptar y agradecer inmediatamente, poniéndose a disposición del heredero del trono Austro-Húngaro.

El conde de Hoyos, muy afecto a la corte imperial, procedía de una de las familias españolas a las que el emperador Fernando I de Austria había invitado a hacerse cargo de las tierras de los nobles protestantes austríacos desterrados de la corte después de la Guerra de los Treinta Años.

El sábado 26 recibía otra nota: los días 29 y 30 de enero, Hoyos debía hallarse en Mayerling para acompañar al príncipe en sendas jornadas de caza y equitación.

La noche del domingo, 27, el embajador alemán organizó una fiesta para celebrar el aniversario de Guillermo II, a la que asistió Rodolfo, que, al parecer, conversó y bailó animadamente.

De acuerdo con ciertas versiones, el heredero se las habría arreglado para que asistiera a la fiesta su amante de aquel momento, una joven húngara de la pequeña nobleza llamada María Vetsera, junto con su familia, algo que, al parecer, no pasó inadvertido a su esposa Estefanía. Ello daría lugar, supuestamente, a que el día siguiente el emperador le hiciera llamar, sosteniendo con él una larga conversación, o más bien, una fuerte discusión, tras la cual, el príncipe abandonó al palacio sin hablar con nadie. El ayudante de Campo del Emperador, tuvo que reanimarlo después de la discusión.

Sea como fuere, ese mismo día, Rodolfo se puso de acuerdo con Hoyos en que se reunirían a las seis de la mañana del martes 29 para emprender el viaje en coche a Mayerling, a pesar de que esa noche estaba anunciada otra fiesta en el palacio de Hofburg con ocasión de la despedida del emperador y su esposa, que emprendían una gira por Hungría; Rodolfo declinó su asistencia, asegurando encontrarse acatarrado.

El miércoles 30, sobre las once de la mañana, Hoyos se presentó en palacio solicitando ser recibido urgentemente por la emperatriz Elisabeth, a quien comunicó que su hijo Rodolfo había muerto.

De acuerdo con sus declaraciones, al final, el príncipe y el conde no viajaron juntos a Mayerling. Rodolfo había advertido a Hoyos que las ventanas y puertas de la fachada que daba a la carretera de Baden debían mantenerse cerradas con el fin de que la residencia pareciese deshabitada.

El conde de Hoyos, junto con el príncipe de Coburgo –probablemente ellos sí habían viajado juntos–, esperaron al príncipe en la sala de billar, donde aquel se presentó al cabo de un rato, perfectamente vestido; los saludó y se sentó a desayunar en su compañía. Les explicó que su coche había tenido una avería y que esa era la causa de su retraso, algo que sorprendió al conde, en primer lugar, por el hecho inesperado de no haber realizado el viaje con él, tal como habían acordado, sino también por haberse retrasado tanto; me pareció algo misterioso.

Más tarde, Hoyos salió efectivamente, a cazar, pero no con Rodolfo, sino con el príncipe de Coburgo; a la vuelta, se recogió en su propia residencia, muy próxima a la del Príncipe y después volvió a Mayerling donde esperó al príncipe en la sala de billar. Cenaron juntos y alrededor de las diez, Hoyos se retiró a descansar.

El miércoles 30, desde muy temprano, el conde esperaba al príncipe para desayunar, cuando su ayuda de cámara le comunicó que Loschek, un criado de Mayerling, pedía ser recibido. Loschek comunicó a Hoyos que el Príncipe le había llamado a las seis de la mañana para pedirle que le despertara a las ocho y media y que tuviera el coche preparado, no obstante lo cual, cuando se dirigió a sus habitaciones a la hora acordada, estas se hallaban herméticamente cerradas por dentro y nadie había respondido a sus llamadas.

Ante la sorpresa del conde, el criado confesó que Rodolfo no se encontraba sólo, sino que había llegado en compañía de la baronesa Vetsera, de la que Hoyos aseguró después que no tenía ni idea de que se encontrara en la casa.

Cuando finalmente llegó el príncipe de Coburgo, ambos tomaron la decisión de derribar la puerta del dormitorio. Loschek se adelantó y rápidamente volvió atrás con el rostro demudado; había dos cadáveres sobre la cama y mucha sangre.

Hoyos sólo habló a la Emperatriz del cuerpo de Rodolfo: dijo que en un primer momento pensó que había sido envenenado y que la sangre quizás se debiera al hecho de haberse herido al caer, aunque después constató que había sido resultado de un disparo.

Después mandaron aviso al doctor Hoffer, quien se presentó inmediatamente. Coburg se quedó de guardia en Mayerling para evitar la entrada de cualquier extraño, mientras que Hoyos fue a informar al emperador.

Pasó antes por la residencia de un diplomático francés amigo suyo a quien explicó lo sucedido y, sobre las diez y media se dirigió a palacio. Bratfisch, el cochero, quiso saber qué debía responder si le preguntaban acerca del suceso, a lo que Hoyos le contestó que no debía decir absolutamente nada.

Unos días después del dramático suceso, Estefanía, la princesa viuda, preguntó al Conde si era conocedor de la relación de su esposo con María Vetsera. Hoyos le aseguró que sólo la conocía de haberla saludado en la fiesta del embajador alemán del día 27, y que nunca había tenido la menor noticia acerca de una relación entre ella y el príncipe. María Vetsera era conocida, no obstante, en la sociedad vienesa y se sabía que su madre era húngara y que su padre, un griego originario de la Isla de Quíos, se llamaba Temístocles Baltazzi.

A pesar del deseado secreto, el asunto recorrió  Europa en tiempo record, sin apenas dar posibilidad a la corte para preparar una explicación creíble; se habló, pues, de muerte, si bien repentina, debida a causas naturales, pero pronto se hizo evidente que nadie lo creyó, por lo que el día uno de febrero, el gobierno se vio obligado a hacer pública una nota:

Su Alteza Imperial y Real ha sido encontrado muerto en su cama tras ser forzada la puerta de su habitación. Fundados en una primera impresión, se informó sobre la posibilidad de que hubiera sufrido un ataque, pero el Dr. Wiederhofer, tras examinar el cuerpo, encontró una gran herida [en la cabeza]… que, sin duda le provocó la muerte inmediata. La herida habría sido provocada por un disparo de fusil… la posición del arma no deja dudas acerca del hecho e que fue el propio archiduque quien se dio muerte.

En un principio, nadie mencionó a la Baronesa Vetsera, cuya presencia hubiera avalado la hipótesis del doble suicidio por un amor imposible, pero dado que, semejante liaison, no iba el ser el primer caso de la historia, ni, por supuesto, el último, no se le podía dar una transcendencia de carácter mortal. La hipótesis del asesinato se imponía.

Le Figaro publicó un editorial en el que se afirmaba entre otras coas: Primero hablaron de apoplejía, después de suicidio; prefieren decir que Rodolfo asesinó a María Vetsera antes que reconocer que los dos fueron asesinados.

El mismo periódico, el día 8 de febrero publicó dos cartas; una que Rodolfo habría enviado al duque de Braganza en la que podía leerse: Es preciso que muera. No puedo hacer otra cosa. La otra, supuestamente escrita por María Vetsera a su madre, decía: Muero con Rodolfo. Nos amamos demasiado. Perdóname y, adiós. Tu desgraciada Marie.

Sin embargo, también se alude al informe redactado por el embajador aleman, según el cual, Rodolfo presentaba varias heridas y que el revolver hallado junto a su cama, cuyos cartuchos habían sido disparados en su totalidad, no era suyo.

De ser así, resultaría que la versión del suicidio y aquellas supuestas cartas que lo anunciaban, no serían más que un invento urdido para encubrir otras causas. Aún en el caso de haber sido escritas, habrían sido mal interpretadas; evidentemente, no es lo mismo decir “Es preciso que muera” o “Es preciso que me suicide”, y la frase: “muero con Rodolfo”, tampoco significa exactamente,  “me suicido con Rodolfo”.

El diario Le Figaro, preguntó públicamente por qué no se habían hallado los cartuchos usados, fueran dos o más. No hubo respuesta. La policía quedó al margen de toda posibilidad de investigar, por lo que el caso Mayerling, fue oficialmente cerrado el día doce de febrero, cuando no habían pasado ni dos semanas desde el terrible evento.

Desde su adolescencia, eran conocidas las tendencias liberales del príncipe heredero, lo que siempre causó gran preocupación alrededor de su persona, es decir, a su padre, al gobierno, a la iglesia y a la aristocracia. En la cabeza del Emperador no cabía, ni lejanamente, la posibilidad de que algo pudiera o debiera ser cambiado en el sistema que él representaba a pesar de que Prusia iba imponiendo paso a paso su dominio sobre los estados alemanes, y amenazaba convertirse en un gigante devorador, no deseado, ni por Austria, ni por Francia, ni por otros Estados.

Buscando un acercamiento del príncipe al sistema, le habían casado con la princesa Estefanía de Bélgica –cuya hermana estaba casada con Philippe de Cobourg, uno de los pocos amigos íntimos de Rodolfo que, como sabemos, se encontraba en Mayerling aquel día-. Pero el matrimonio, cuya finalidad era precisamente contrarrestar la influencia de Prusia -y que, como tal fue aceptado por un Rodolfo consciente de las circunstancias históricas y geográficas de Austria-, fracasó y, ni Estefanía ni su entorno alcanzaron a afirmar la menor influencia sobre el pensamiento político del heredero.

Efectivamente, Rodolfo no fue un marido fiel, pero siempre se comportó con su esposa de una forma delicada, no exenta de ternura, como testimonia su correspondencia. Por lo que respecta a María Vetsera, si bien fue la última, no fue la única amante del príncipe. Se conocían hacía muy poco tiempo, tan poco, que resultaba difícil creer que ella hubiera aceptado voluntariamente la idea de morir tan joven a causa de aquel amor, aunque tal hipótesis fue quizás la más persistente.

Se dijo también que Rodolfo había sido desde siempre un suicida en potencia, con antecedentes familiares, y que habría convencido a María para matarse juntos como única salida a su amor. Tampoco parece convincente.

Se afirmó asimismo que durante la charla que el príncipe tuvo con su padre el día 28, este le había confesado que la baronesa Vetsera era hija suya, pero tampoco existe la menor prueba de esta posibilidad.

Por otra parte se dio por hecho que el príncipe se había involucrado en un complot para arrancar a su padre el trono de Hungría y que había decidido suicidarse al saber que sus planes habían sido descubiertos. Amor, incesto, conjura… todo podía ser posible, pero es inverosímil, fundamentalmente, por la carencia de pruebas en cualquier sentido, como lo son las múltiples hipótesis contradictorias a que el silencio dio lugar.

Queda, por último, la teoría del asesinato, pero, en este caso, tampoco sabemos si –de haberse producido– habría sido promovido por Francia o por Alemania. La teoría de Francia ha sido defendida hasta tiempos recientes por la última emperatriz de Austria, quien aseguró que si bien las tendencias francófilas del príncipe parecerían contradecir esta posibilidad, no había que olvidar los violentos sentimientos antimonárquicos de Clemenceau. La ex emperatriz –popularmente conocida como Zita-, se basaba sobre todo, en diversas declaraciones antimonárquicas del político francés.

En cuanto a la explicación alemana, se basaba en parte, en los rastros de lucha hallados en la habitación y sobre todo, en el hecho de que la policía conocía la oposición del príncipe a la política imperialista de Guillermo II. Alguien dijo que días antes de la tragedia, se habían visto alemanes en las proximidades de Mayerling… nada ha sido demostrado.

Ante la eventualidad del suicidio, Rodolfo no podía ser enterrado en el panteón familiar, motivo por el que el emperador, según se dice, aunque tampoco hay pruebas, envió una larga carta al Papa, quien finalmente accedió; y el día 5 de febrero, los restos mortales del Príncipe fueron depositados en la cripta de la iglesia de los Capuchinos de Viena, en el panteón de los Habsburgo en una ceremonia muy sencilla. Al parecer, el emperador había rogado a la realeza europea, exceptuando a los Reyes de Bélgica, que no asistieran al entierro.

En cuanto a María Vetsera, también se dice –inútil repetir que no hay datos verídicos de nada relacionado con este suceso- que fue enterrada en secreto en un lugar al que fue llevada haciéndola pasar por viva para no llamar la atención. Posteriormente sería trasladada a Heiligenkreuz, una abadía cisterciense muy cerca de Mayerling –apenas a cuarenta kilómetros de Viena.

Una inscripción bíblica bajo el nombre y la fecha nefasta, dice:
Como una flor el hombre florece y pasa.
(Se trata concretamente del salmo 103: versículos 15-16: Los días del hombre son como la hierba; como flor del campo así florece, pero sopla sobre ella el viento y ya no es más… La traducción de arriba, es la de la placa escrita en alemán).

Todos los testigos que pudieron acercarse más o menos a la realidad de los hechos, guardaron el secreto sobre lo que vieron o supieron y, hasta la fecha, nadie que pudiera estar en condiciones de hacerlo, ha dado la menor información al respecto. Se dice incluso que en algún momento se ofrecieron grandes sumas por objetos relacionados con aquellas muertes, pero que nadie las aceptó. Presumiblemente la causa de lo que ocurrió en Mayerling entre las seis y las ocho y media de la mañana de aquel día, e incluso, como sucedió, nunca se sabrá.

Tras la desaparición de Rodolfo, su padre se vio obligado a nombrar heredero a su sobrino Francisco Fernando, con el que el Emperador no se entendía bien y que además se había casado sin su consentimiento con una mujer noble, pero no de sangre real, por lo que los hijos de aquel matrimonio no tendrían derechos sucesorios. Francisco Fernando y su esposa la Duquesa Sofía Chotek, murieron el día 28 de junio de 1914 a consecuencia de un atentado en Sarajevo que encendió la mecha de la Primera Guerra Mundial.

El orden sucesorio recaía finalmente en un sobrino de Francisco Fernando; Carlos I sucedía a su tio abuelo Franz Joseph el 22 de noviembre de 1916. Carlos no pudo eludir la guerra a pesar de sus intentos y, a finales de 1918, desaparecía el Imperio Austro-Húngaro como tal. La familia imperial era exiliada a Madeira, donde Carlos murió cuatro años después. Su viuda, Zita de Borbón Parma -cuyo testimonio con respecto a la muerte de Rodolfo hemos citado-, vivió hasta 1989.

Se han publicado asimismo unas manifestaciones de Frederic Wolf, carpintero de la zona de Mayerling, según las cuales su padre le contó que había sido llamado dos días después de las muertes, para hacer reparaciones y poner en orden el pabellón de caza. De acuerdo con su versión, la habitación del Príncipe mostraba haber sido escenario de una violenta lucha, con muebles destrozados, impactos de bala y tanta sangre, que se hizo preciso cambiar todo el suelo. Se trataría en ese caso, de eliminar pruebas de cualquier índole que fueran, lo más rápido posible, ya que poco después, cuando el Emperador cumplió la formalidad de comprar el pabellón a su nieta Isabel, ordenó su práctica demolición.

Sobre sus cimientos se construyó un convento para Carmelitas que se conserva en la actualidad.


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