jueves, 30 de julio de 2015

Cervantes: El Cautiverio en Argel. 26.9.1575–24.10.1580 (1)



Curado de sus heridas físicas -aunque la mano izquierda le quedó estropeada-; viajero informado del arte y el paisaje italianos y ya algo conocedor, incluso de la lengua –al menos, tal como la hablaban los soldados españoles allí acuartelados-, y fallecido meses atrás su supuesto protector el cardenal Giulio Acquaviva, Cervantes pensaba en volver a España definitivamente, cuando supo que una flotilla salía de Nápoles con destino a Barcelona, con el fin de recoger y transportar los fondos que tiempo atrás reclamaba don Juan de Austria.

Así, el día 20 de septiembre de 1575, se encontraba en el puerto de Nápoles, donde también llegó su hermano Rodrigo, dispuestos ambos a embarcarse en la Sol, una de las cuatro galeras que integraban al convoy del dinero.

Navegaron bien al principio, pero al entrar en el Golfo de León, les sorprendieron dos tempestades seguidas, que dispersaron las naves, obligando a algunas a deshacer su camino, de modo que una galera fue a parar a Toulón y otra, algo más lejos, a Córcega. Pasado el temporal, intentaron retomar su deriva, pero la Sol, precisamente se fue rezagando hasta perderse de vista.

El día 26, navegando en solitario, los tripulantes de la Sol, teniendo ya a la vista la costa catalana –Cadaqués–, observan, horrorizados se aproxima una flotilla, no más numerosa que la suya, pero compuesta por naves piratas de corsarios berberiscos, que, a su vez, observan la presencia de la Sol que avanza en solitario. Sin apenas tiempo para pensarlo, la Sol es abordada. Sus tripulantes luchan durante horas, cuerpo a cuerpo; ven morir al capitán y a un número indeterminado de hombres, ante una fuerza, al parecer, mucho más numerosa que la suya. 

Viéndolos ya derrotados, los corsarios deciden hacer prisioneros, pues los atacados no transportan más botín que su propia persona. Y así, hallándose inmersos en la tarea de maniatarlos, advierten que, finalmente, se acerca el resto de la flotilla cristiana que volvía en busca de la Sol. 

Sin esperar un cambio en su fortuna, los atacantes abandonan la galera tras embarcar consigo a cuantos hombres pueden; entre ellos, Miguel de Cervantes y su hermano Rodrigo.


Se cree al día siguiente, corsarios y cautivos estaban ya en Argel. Era conocida la ligereza de las galeotas corsarias y su sorprendente velocidad; de hecho, así lo asegura el mismo Cervantes en El Quijote: el temor que de razón se debía tener que por allí anduviesen bajeles de cosarios de Tetuán, los cuales anochecen en Berbería y amanecen en las costas de España, y hacen de ordinario presa, y se vuelven a dormir a sus casas.

Después supimos que habían sido tres las galeotas que atacaron a la Sol, y que una de ellas, la mandaba el árraez-capitán Dalí Mamí –al parecer, un renegado griego al que apodaban el Cojo-, que estaba a las órdenes del llamado Arnaute Mamí, también renegado, pero albanés, y que ambos tenían una habilidad especial y temible, para llevar a cabo sus planes de asalto en muy breve lapso de tiempo.

Parece imposible deducir lo que pasaría por la cabeza de los prisioneros ante la evidencia de haberlo perdido todo, excepto la vida, y aun esta, sólo por el momento, puesto que ninguno de ellos podía saber durante cuanto tiempo la conservaría.

Las distintas Informaciones de testigos del cautiverio, solicitadas, bien por su padre, bien por Cervantes mismo -normamente conocidas como la de Madrid y la de Argel-, aportan ciertos datos, pero no todos los que nos interesarían, y, además, no siempre son coherentes; de hecho, en ocasiones, si se intenta conocer la verdad sobre el cautiverio de nuestro genio, más bien confunden, porque, en realidad, aquellas declaraciones no tenían por objeto darnos a conocer lo que Cervantes pensaba o sentía, sino que, por una parte, el escritor las quería para defenderse de ciertas acusaciones lanzadas contra su persona, de las que hablaremos más adelante, y, por otra, para dar a conocer los aspectos heroicos de su comportamiento, antes, y durante el cautiverio. En la Información de Argel, él mismo redactó las preguntas a las que debían responder los testigos; podríamos decir que en algunas, ya están contenidas las respuestas, y que los testigos podían haber contestado con un sí o un no al conjunto de la mismas.

Así pues, tenemos muchas declaraciones sobre el cautiverio, muy sospechosamente parecidas, sobre los siempre frustrados intentos de huída de Cervantes; sobre las amenazas o las torturas con que fue amenazado, pero que jamás sufrió; sobre el modo de vida en Argel, etc., pero nada acerca de su posible sufrimiento, de su perplejidad, al ver de aquel modo frustrada su vida; de la angustia provocada por la falta de fondos que hubieran podido emplearse en su rescate por parte de la familia, de su comportamiento durante el cautiverio, etc. Nos falta, en fin, la parte más humana y conmovedora de esta historia, a la vez que nos sobran otros datos que, a veces, sólo sirven para enrevesar la historia, e incluso, en algún caso, para convertir en sospechosas ciertas actitudes de Cervantes, o de otros personajes con respecto a él. 

No olvidemos que escritor va a ser un maestro del doble lenguaje y la simulación, que el propio monarca, Felipe II, presumía de emplear tan hábilmente. De esta facultad suya tenemos múltiples ejemplos, pero valdría citar en primer lugar, el hecho de asegurar que escribió el Ingenioso Hidalgo para atacar a los libros de Caballería –que ya entonces no interesaban a nadie–.

Pero, en fin, el Quijote aún no ha sido concebido y las Informaciones de las que hemos hablado, son las que hay –conservadas en archivos reales–, reflejadas en documentos fehacientes, que hoy llamaríamos notariales, y de ellas dependemos, aun cuando el propio Cervantes, diga en el Quijote, que había quienes falsificaban documentos similares: suelen algunos renegados, cuando tienen intención de volverse a tierra de cristianos, traer consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien, y que siempre ha hecho bien a cristianos… otros se sirven dellas acaso y de industria: que, viniendo a robar a tierra de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas y dicen que por aquellos papeles se verá el propósito con que venían… Otros hay que usan destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se quedan en tierra de cristianos.

Dichas Informaciones se complementan con la obra titulada, Topografía e Historia General de Argel, de Fray Diego de Haedo, aunque su autoría ha sido muy discutida; pero aún así, es imprescindible recurrir a ella frecuentemente, aun sabiendo que todo ello supone un número interminable de citas. 


Lo cierto es que si algo hay de exagerado en la biografía de Cervantes y su familia, es el gran número de documentos oficiales que produjeron, cuya mayor parte, se refiere a asuntos financieros: préstamos, deudas que deben, deudas que no cobran, o pagas atrasadas a Cervantes, o rclamaciones ssobre el sueldo de su hermano fallecido,etc. Es necesario recalcar una vez más que esos documentos es cuanto tenemos para trtar de reconstruir, no sabemos si de acuerdo con la realidad, una biografía, del mejor escritor de su época y, tal vez, de la huistoria. Por el motivo que fuera, y que solo podemos deducir, Cervantes se abstuvo claramente de dar explicaciones acerca de su vida.

A nadie sorprende a estas alturas que de escritores más o menos contemporáneos suyos, los sepamos prácticamente todo, aunque no todo sea digno de alabanza, mientras que de Cervantes, podemos decir que no sabemos nada.
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Cervantes llegó, pues, a Argel, ya como cautivo, a finales de Septiembre de 1575. Aquel día, hecho el reparto del botín, cada cual se llevó el cautivo o cautivos que le correspondieron. Cervantes y otros compañeros cuyos nombres conocemos, le tocaron al llamado Dalí Mamí, pero no se sabe a quien correspondió su hermano Rodrigo.

Al parecer, lo que empeoró la situación de nuestro protagonista con respecto a sus compañeros de cautiverio, fue el hecho de que llevara consigo cartas firmadas por don Juan de Austria y por el duque de Sessa, las cuales harían creer a sus captores, que se trataba de alguien importante, por el que podrían exigir más rescate que el habitual. Y esta es una de las primeras consideraciones que sorprenden, porque las cartas contenían una especie de certificado de servicios en el que también se hacían constar las heridas sufridas por su titular; un soldado, en Lepanto, y que debía servirle para obtener un empleo o merced. Estos documentos, tal vez no bien comprendidos, hicieron que a Cervantes se le considerara un caballero principal, y como a tal le tuviera encerrado y cargado de grillos y cadenas. pensando que era de los mas principales caballeros de España.

Cabe destacar que en el siglo XVI, el aspecto, modales, forma de hablar y de vestir de un caballero, no tenían absolutamente nada que ver con los de un hombre común, y que la pertenencia social a uno u otro lado de la balanza: –Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener, como argumentaba Sancho–, era algo muy evidente al primer vistazo: En el caso de Cervantes, todo lo más, podía ser que llevara ropas de soldado, y aún así, hay que recordar que llevaba tiempo fuera de servicio y que la uniformidad en los tercios tampoco era ya muy estricta. Podríamos pensar, quizás, que se diferenciaría de los demás prisioneros por otros detalles; tal vez su forma de hablar, de comportarse, sus actitudes, su aspecto personal, el trato que le daban sus compañeros, etc. No olvidemos –caso verdaderamente raro-, que sus hermanas y su madre sabían leer y escribir y tenían derecho al “doña” del que no disfrutaban ni Cervantes, ni su padre, ni su hermano. 

En todo caso, lo que más definió siempre al escritor fue el hecho de ser pobre; condición que podía ser fastidiosa, pero de la que nadie se avergonzaba, en una época, en la que, a pesar de los galeones de América -cuya carga se empleaba sobre todo en gastos de guerras exteriores-, nadie podía pensar que un soldado lo fuera por otra cosa que por la paga. Así pues, bien al contrario, tal situación solía citarse casi como un mérito, cuando el objetivo era encontrar un medio de vida.

Recordemos asimismo, como se describía Cervantes a sí mismo, en sus últimos tiempos, a pesar del éxito del Quijote: Viejo, soldado, hidalgo, y pobre. Viejo, probablemente sí, para la época, y en términos estadísticos, porque también había personas muy longevas. Soldado, lo fue, como sabemos, pero por poco tiempo, ya que, tampoco se entiende cómo pudo mantener aquel empleo, a pesar de su brazo estropeado. Hidalgo, muy, muy dudoso. Sólo en cuanto a la definición de pobre, no caben dudas.

En definitiva, si causó impresión de ser un cautivo valioso, no parece que lo fuera por aquellas cartas que desconocemos, puesto que le fueron confiscadas desde el primer momento de su apresamiento.

Se suele aludir frecuentemente, definiéndola como una pesadilla, a la insalvable diferencia de costumbres, entre cualquiera que fuera el lugar de procedencia del cautivo, y la forma de vida de una ciudad africana y musulmana, pero tampoco podemos ignorar que, en distintos territorios de la monarquía hispánica, todavía había muchos enclaves moriscos en los que no se llevaría a cabo la expulsión definitiva hasta que Felipe III volvió de Valladolid, es decir, a partir de 1609, lo que implica que ciertos aspectos de su carácter y costumbres, no eran del todo extraños. Del mismo modo, ocurriría, como veremos, en las relaciones de los cautivos con sus amos, ya que la mayor parte de estos eran renegados, que lógicamente conservarían características de su vida anterior entre cristianos; formas y costumbres que no se borran cuando se produce un cambio de creencias religiosas, especialmente, cuando se produce por supervivemcia y no por convicción.

Por otra parte, es evidente que Cervantes –a pesar de los grillos y cadenas–, se movía con cierta libertad dentro de Argel. Tal vez porque no se le podían encomendar trabajos duros, como el de galeote, al que se condenaba a muchos cautivos pobres, porque se lo impediría su brazo estropeado. Pero no hay constancia del modo en que empleaba sus días de cautiverio, ni de la lbertad de que disfrutó para organizar sus planes de evasión, todo lo cual se contradice con la idea de que anduviera encadenado y de que su propietario fuera un modelo de crueldad y perversión. Quizá afectaron a Cervantes las dos, o alguna de las dos circunstancias descritas en el anterior párrafo.

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Aporta Astrana Marín alguna información interesante sobre la ciudad de Argel en aquellos días. Se registraban 12000 casas de distintos tamaños, todas ellas con pozo y algunas también con cisterna, en torno a unas calles estrechísimas, que excedían a las más angostas de Toledo, de modo que la ciudad podía recorrerse por los terrados. Había asimismo unas cien mezquitas, de las cuales, siete principales. Y lo más llamativo de Argel, de acuerdo con el mism autor, era algo en lo que excedía a las ciudades cristianas: los baños, con agua fría y caliente y en los que se permitía la entrada a los cristianos, si bien lo que se echaba de menos según la misma fuente, eran hospitales y mesones.

Había naranjos y limoneros por todas partes, además de limas, cidras, y muchas flores, especialmente, rosas; y en conjunto –dice- más de diez mil jardines, perfectamente regados. 

Después de hacer algunas críticas ciertamente exageradas, señala Astrana tres cosas dignas de alabanza entre los residentes de la cosmopolita Argel: que nunca blasfemaban; que no jugaban a los naipes ni a los dados, sino sólo al ajedrez y que muy raramente se enzarzaban en riñas, añadiendo que quizás Cervantes viera en ellos algo bueno, cuando decidió llamarse en su obra maestra, Cide Hamete Benengeli.

Por último, eran muy obedientes a sus reyes, gobernadores y justicias. Honraban a sus eclesiásticos. Eran resignados y no se engañaban entre sí. Enorgullecíanse, aunque fuesen pobres, de ir bien limpios y vestidos, y en la educación de las hijas se mostraban muy solícitos y cuidadosos.

Reinaba, desde el 31 de Mayo de 1574, Ramadán Paxá o Rabadán Bajá, renegado sardo. Si recordamos que el corsario que hizo prisionero a Cervantes, y su señor, eran también renegados; uno griego y otro albanés, parece posible que sus costumbres no fueran del todo acordes con las de los musulmanes, puesto que lo normal es que hubieran nacido y crecido en sus respectivos lugares de procedencia, porque las costumbres son casi imposibles de perder del todo a pesar de haber renegado. Tal vez este dato, avalando lo dicho anteriormente, pueda constituirse en un nuevo punto de partida para comprender las actividades de Cervantes y la tolerancia mostrada hacia él en todos los casos.

Había casi 25.000 cautivos cristianos, de dos clases: los de baño, que pertenecían al rey o a algunos particulares y los de almacén, que servían a la ciudad en las obras públicas. Un baño grande, tenía muchas camarillas y en medio una cisterna de agua potable, y a un lado tienen la iglesia donde todo el año se dicen misas, y se celebran fiestas solemnes, con vísperas, lo que implica que, para entonces, eran más tolerantes con los cristianos, que estos con ellos, a pesar de que, a todos los dejan cargados de tantas cadenas y hierros, con que no se pueden mover; unos con muy gruesos grillos, otros con pesadas traviesas, otros con grandes calzas de hierro, otros con espantosas cadenas, de las cuales unos traen a los hombros, con otras ciñen los cuerpos, y aun con otras los cuellos y las espaldas, y aun otros con muy graves collares de hierro con sus ganchos y campanillas. Y... no pocos... todo esto traen junto, con que no se pueden mover ni dar un paso… llamándoles siempre perros, canes, judíos, canalla, cornudos y malditos

Se añade, sin embargo, que a la capilla acudían a menudo tantos fieles, que en más de una ocasión tuvo que celebrarse la misa en el patio, en este sentido cita Astrana a Clemencín: Probablemente en aquella época no se hubiera permitido otro tanto a los moros cautivos en España. Y termina diciendo: Permitíanles con frecuencia ir y caminar por do les place, naturalmente, con su cadena al pie, y hasta se les consentía entretenerse con variedad de juegos y diversiones y representación de comedias, con sus bailes, especialmente en los días solemnes. 

Al llegar a Argel Cervantes encontró a su amigo, Gabriel de Castañeda, que había sido hecho prisionero en La Goleta, y que era a su vez, amigo de Francisco de Meneses, de Talavera de la Reina, también prisionero en la Goleta, de donde procedía asimismo Beltrán del Salto. También estaban el alférez Ríos, el sargento Navarrete, un caballero llamado Ossorio y otros muchos, junto con los cuales Cervantes pensó pronto en un plan de evasión, de cuya coordinación se ocuparía él mismo y que posiblemente intentó a principios del año 1576, es decir, que en muy pocos meses tenía ya un gran dominio de la disposición de su entorno.

Como se sabe, Cervantes organizó cuatro intentos de fuga:

1º. Escapar a Orán a pie, asistidos por un guía.
2º. Esconderse en una cueva cerca de la playa, para esperar la llegada de una galera armada por su hermano Rodrigo, ya liberado.
3º. Hacer llegar una carta a don Martín de Córdoba, en Orán, con instrucciones para liberar Argel y sus cautivos.
4º. Nuevo intento de esconderse en una cueva, esta vez, un grupo más numeroso, y esperar la llegada de una galera previamente comprometida.

Primer intento. 

Para llevarlo a cabo, Cervantes se puso de acuerdo con un guía que debía conducirle, junto con sus compañeros, hasta Orán, por tierra. 


En la fecha acordada, todos emprendieron el camino, a pesar de los grillos y cadenas, pero el guía desapareció y los fugitivos se vieron obligados a volver a Argel, donde a partir de entonces, tuvieron más cadenas y más guardia y encerramiento.

Poco después se rescataron Gabriel de Castañeda –que llevó una carta de Cervantes a sus padres-y Antonio Marco, quien al pasar por Madrid, prestó declaración, a solicitud del padre del escritor, sobre las condiciones del cautiverio de sus dos hijos, con el fin de obtener ayuda para su rescate, ya que por entonces, la Orden de la Merced había empezado a recoger limosnas, para redimir cautivos, a cuyo efecto viajaría a Argel, entre otros religiosos, fray Jorge de Olivar.

A pesar de ello, la madre de los dos prisioneros, Leonor de Cortinas, decidió presentar una solicitud por su cuenta, en la que aducía ser viuda, además de pobre, con lo que consiguió 60 escudos en noviembre de 1576, para ayuda del rescate, y cuyo empleo debía justificar en el plazo de un año, o devolverlos. Inmediatamente se los entregó a fray Jorge del Olivar.

El tiempo corría, en este caso, y en cierto modo, a favor de Cervantes, pues al parecer, de nuevo sus condiciones de vida mejoraron indudablemente, a pesar del supuesto castigo recibido por el primer intento de huida, pues pudo conocer y tratar a algunos hombres de letras, como lo era Bartholomeo Ruffino de Chiambery, también hecho prisionero en Túnez.

Entre tanto, pensaba en Argel buscar otros medios de alcanzar lo que tanto deseaba, porque jamás me desamparó la esperanza de tener libertad; y cuando en lo que fabricaba, pensaba y ponía por obra no correspondía el suceso a la intención, luego sin abandonarme, fingía y buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese débil y flaca. Con esto entretenía la vida, encerrado.

En aquellos entretenimientos llegó el año 1577. Los frailes mercedarios se embarcaron en Valencia el día 30 de marzo, y llegaron a Argel el 20 de abril, para iniciar inmediatamente los trámites de las liberaciones. Pronto supieron que el griego apodado el Cojo, exigía 500 escudos de oro [20.000 €] por la libertad de Cervantes, quien pidió que se ocuparan primero de su hermano, por el que se pedía mucho menos y al cual había informado de su papel en el segundo plan de huída que ya tenía pensado.

Segundo intento.

Deseando hacer bien a muchos, dió orden como un hermano suyo que se llama Rodrigo de Cervantes, que deste Argel fué rescatado el mes de Agosto del mesmo año de los mesmos dineros dichos del dicho Miguel de Cervantes, de su rescate, pusiese en orden y enviase de la plaza de Valencia y de Mallorca y de Ibiza, una fragata armada para llevar en España los dichos cristianos; y para mejor efetuar esto se favoresció del favor de don Antonio de Toledo y de Francisco de Valencia, caballeros del hábito de San Juan, que entonces estaban en este Argel cautivos, los cuales le dieron cartas para los visorreyes de Valencia y Mallorca y Ibiza, encargándoles y suplicándoles favoresciesen el negocio.

Y así, esperando la dicha fragata, dió orden como catorce cristianos de los principales que entonces había en Argel cativos, se escondiesen en una cueva, la cual había él de antes procurado fuera de la ciudad, donde algunos de los dichos cristianos estuvieron escondidos en ella seis meses, y otros menos, y allí les proveyó y procuró proveer y que otras personas proveyesen de lo nescesario, teniendo el dicho Miguel de Cervantes el cuidado cuotidiano de enviarles toda la provisión, en lo cual corría grandísimo peligro de su vida y de ser enganchado y quemado vivo.

Parece necesario destacar aquí alguna de las múltiples cuestiones que suscita el anterior texto, firmado por fray Diego de Haedo. Entre ellas, el hecho de que algunos cautivos permanecieran encerrados durante varios meses, sin que sus amos los echaran de menos, a pesar de las terribles condiciones del encierro que sufrían. Por otra parte, la rapidez con que Rodrigo pudo armar la fragata, cuando no disponía de dinero para rescatar a su hermano, quien al mismo tiempo, sí disponía de medios para mantener a todos los escondidos. La forma en que lo hizo –dice Astrana-, Ningún historiador lo ha puesto en claro, ni el mismo Cervantes lo dijo, añadiendo, dentro de su infinita admiración hacia el héroe, aun en palabras de otro autor: Hay en esta parte de la vida de Miguel pasos que no dejaron huellas, como los de los seres sobrenaturales.

Ocho días antes de la fecha acordada, es decir, el 20 de Septiembre, Miguel fué a esconderse en la cueva, no sin antes despedirse del doctor Sosa –a quien muchos han creido autor de la citada Topografía e Historia General de Argel, en lugar de fray Diego de Haedo-.

Yo fuí –escribe este-, uno de los con que Miguel de Cervantes comunicó muchas veces y en mucho secreto el dicho negocio y que para el mismo fui muchas veces del convidado y exhortado, y no se hizo cosa en el tal negocio que particularmente no se me diese dello parte; y cierto que se debe mucho al dicho Miguel de Cervantes, porque lo trató con mucha cristiandad, prudencia y diligencia, y merece se le haga toda merced.

Aquella noche, pues, se reunió con sus catorce compañeros; la cueva era muy húmeda y obscura, de la cual todo el día no salían, por lo que, a pesar de hallarse enfermos algunos, se consolaban con la esperanza de salir con su intento.

Y así llegó la noche del día 28, pero no apareció la fragata, ni tampoco el hombre con el que Cervantes había acordado la entrega de provisiones para el viaje, apodado el Dorador. Más tarde supo el escritor, que: La dicha fragata vino conforme a la orden quel dicho Miguel de Cervantes había dado, y en el tiempo que había señalado; y habiendo llegado una noche al mismo puesto, por faltar el ánimo a los marineros y no querer saltar en tierra a dar aviso a los que estaban escondidos, no se efectuó la huída. Volvió otra vez y, al parecer, en aquella ocasión se perdió. porque viniendo a tierra, descubrió una barca de pescadores, la cual tuvieron por otra cosa de más peligro, y se retiró, donde no hubo efeto lo susodicho.

Yo mismo –escribiría el doctor Sosa, el otro supuesto autor de la Topografía-, hablé después y lo supe de marineros que con la misma fragata vinieron, que captivaron después, y me contaron por extenso como vinieron dos veces y la causa de su temor, y como por poco no se efectuó una cosa de tanta honra y servicio de Dios. …al mismo punto y momento que la fragata o bergantín ponía la proa en tierra, acertaron a pasar ciertos moros por allí, que, cuanto hacía obscuro, divisaron la barca, y los cristianos a ellos, y comenzaron luego los moros a dar voces y apellidar a otros, diciendo: ¡Cristianos! ¡Cristianos! ¡Barca! ¡Barca! Como los del bajel vieron y oyeron esto, por no ser descubiertos fueron forzados [a] hacerse luego a la mar y volver por aquella vez sin hacer algún efeto. Con todo, los cristianos que estaban en la cueva, aunque, pasados algunos días, veían que tardaba el bergantín, ni sabían que había llegado y se tornara.

Y añade finalmente Cervantes, refiriéndose ya al día 30: Estando así desta manera todos escondidos en la cueva, todavía con la esperanza de la fragata, un mal cristiano, que se llamaba el Dorador, natural de Melilla, que sabía del negocio, se fué al Rey -que entonces era Hazán-, y le dijo que se quería volver moro, y, por complacerle, le descubrió los que estaban en la cueva, diciéndole que el dicho Miguel de Cervantes era el autor de toda aquella huída y el que la había urdido, por lo cual el dicho Rey, el último de Setiembre del dicho año, envió muchos turcos y moros armados, a caballo y a pie, a prender al dicho Miguel de Cervantes y a sus compañeros. 

Cervantes dijo a sus compañeros que todos le echasen a él la culpa, prometiéndoles de condenarse él solo, y ansí, en tanto que los moros los maniataban..., dijo en voz alta, que los turcos y moros le oyeron: —Ninguno destos cristianos que aquí están tiene culpa en este negocio, porque yo solo he sido el autor dél y el que los ha inducido a que se huyesen, …y ansí se vido por expiriencia que a solo Miguel de Cervantes maniataron los turcos por mandado del Rey, y sobre él se cargaba toda la culpa; y sin duda él se escapó de una buena, porque pensamos todos le mandase matar el Rey.

En consecuencia, el Rey le mandó meter en su baño cargado de cadenas y hierros con intención todavía de castigarle. Y allí pasó cinco meses, es decir, desde octubre de 1577, hasta febrero de 1578 y decía Asán Bajá, Rey de Argel, que mientras tuviese guardado al estropeado español, tenía seguros sus cristianos, bajeles y aun a toda la ciudad. Es decir. “guardado”, pero sólo hasta cierto punto, ya que el mismo Cervantes asegura que, si bien se le puso una cadena, fue más como señal de cautivo, que por tenerlo sujeto y que durante aquellos meses trató con muchos caballeros con entera libertad, aunque después repite lo de las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba [a] aquél, y esto por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano. 

La sorprendente verdad es, que, a pesar de esta relación de crueldades jamás vistas ni oidas, ocurre que a Cervantes nunca le pasó absolutamente nada.

Sólo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, al cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dió palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.

Recordemos que es a partir de entoces, cuando Cervantes empieza a llamarse y firmar Saavedra, que no es su apellido, ya que como se sabe, su madre es Cortinas. A pesar de la libertad que se usaba en este sentido, incluso entre la nobleza, no deja de sorprender este cambio en Cervantes, ni, si realmente se trata de él, por qué le llamarían así en el Baño.

Tercer intento

Libre o encadenado, Cervantes nunca dejó de tramar planes de fuga. El tercero consistiría en repetir el intento de llegar a Orán, recurriendo a apoyos de más confianza que la primera vez. 

Al cabo de cinco meses, el dicho Miguel de Cervantes, estando ansí encerrado, envió a un moro a Orán secretamente, con carta al marqués don Martín de Córdoba, [gobernador] general de Orán y de sus fuerzas, y a otras personas principales, sus amigos y conoscidos de Orán, para que le enviasen alguna espía o espías y personas de fiar que con el dicho moro viniesen a Argel y le llevasen a él y otros tres caballeros principales que el Rey en su baño tenía.... 

Pero sucedió que el moro, llevando las dichas cartas a Orán, y sospechando dél mal por las cartas que le hallaron, le prendieron y le trajeron a este Argel a Hazán Bajá, el cual, vistas las cartas y viendo la firma y nombre del dicho Miguel de Cervantes, a el moro mandó empalar, el cual murió con mucha constancia, sin manifestar cosa alguna, y al dicho Miguel de Cervantes mandó dar dos mil palos.

Dos mil palos,que, afortunadamente, no le dieron. ¿Por qué? En esta ocasión, disponemos de una explicación, que podría ser convincente… o no.

Alonso Aragonés dice en la Información, que se halló presente en Argel cuando empalaron al moro, y sabe asimismo que Hazán Bajá se indignó mucho contra Miguel de Cervantes, viendo que le quería llevar a sus caballeros; y así, le mandó dar dos mil palos y echallo de entre sus cristianos, y si no le dieron, fué porque hobo buenos terceros.

Diego Castellano declara también, que no le dieron los palos, porque hobo muchos que rogaron por él. 

Así pues, nuestro interés se centraría ahora en dilucidar quienes serían aquellos terceros tan influyentes. Propone Astrana a Morato Ráez Maltrapillo, un renegado español, de Murcia, gran amigo del Rey, y arráez de la ciudad, pero que deseando volver a España y a su antigua fe, había pedido firmas que le acreditaran, a los cautivos más principales de Argel, que guardaba en secreto para cuando fueran oportunas, aun arrisgándose a morir si se encontraban en su poder. De ello deduce Astrana, que fuera este Maltrapillo uno de aquellos buenos terceros, pues aun conservaba su puesto en Argel.

El carmelita fray Jerónimo Gracián, en su Tratado de la redempcion de cautivos, escribe; venían a mí muchos renegados, que les diera cartas para la Inquisición, testificando que se iban de su voluntad a tierra de cristianos (que por el temor della dejan muchos de venir). Dábales estas certificaciones, cosiéndolas dentro de unas bolsas que ellos traen con nóminas de Mahoma, con las cuales se huyeron a tierra de cristianos algunos; mas si cogieran los turcos algunas destas cédulas, al que toparan con ellas y a mí nos quemaran.

Finalmente, Hazan, tal vez confuso, o quizás fascinado por la personalidad de Cervantes, aunque no, seguramente, por temor a que, gracias a su ascendiente, el escritor le amotinara a los cautivos, le perdonó los palos y mandó encerrarlo en el baño, de nuevo bajo las órdenes de Dalí Mamí.

Y así, Cervantes se resignó a su mala suerte –que no lo sería tanto en este caso–, en la seguridad moral que le otorgaba un sano principio que aparece en el Persiles: los males que no tienen fuerza para acabar la vida, no la han de tener para acabar la paciencia. 

Curiosamente, cuando en su comedia El trato de Argel, Cervantes habla del cautivo Saavedra, no ofrece ninguna aclaración más acerca de este asunto. Recordemos, que fue a partir de entonces, cuando el autor asumió el Saavedra como segundo apellido; –como sabemos, el de su madre, era Cortinas–, pero a pesar de ello, el personaje homónimo no aporta ninguna explicación que ayude a clarificar los hechos que hemos descrito. Una vez más, el escritor, da la sensación de no querer acordarse, teniendo motivos sobrados para ello; seguramente, porque sabía que nunca sería bien comprendido.

Firmas de Cervantes, antes y después de adjudicarse el apellido Saavedra.

Se supone que a primeros de febrero de 1578 Rodrigo Cervantes llegaría a Madrid, llevando la famosa Epístola a Mateo Vázquez, supuestamente escrita por su hermano. 

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Desde el mes de noviembre del año anterior se había estado viendo un cometa que sembró el pánico en todo el orbe, y sólo ahora, desapareciendo igual que llegó, parecía que las inquietudes se calmaban también. 

Anotaciones hechas por Tycho Brahe en uno de sus cuadernos describiendo el Gran cometa de 1577.

El gran Cometa de 1577, visto en Praga el 12 de Noviembre. Grabado hecho por Jiri Daschitzky.

Pero la corte de Madrid, estaba aún muy revuelta, porque, lleno de sospechas el rey hacia don Juan de Austria, alguien planificaba el asesinato de Juan de Escobedo, el desdichado secretario de este último. Al mismo tiempo, Mateo Vázquez, ponía todo su empeño en la persecución de Antonio Pérez, cuyo puesto de confianza había heredado. En definitiva, de la Epístola famosa, no sabemos ni si llegó a su destinatario. De hecho, no figura en los archivos ni en ninguna otra parte, por lo que resulta evidente, que –si Cervantes la escribió–, no pasó a consulta, ni fué despachada, ni, por supuesto, tendría noticia de ella Felipe II.

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Finalmente, Rodrigo, después de siete años de ausencia, encontraría a su familia en situación parecída a la que tenían cuando se fue, sólo que todos serían algo mayores que entonces. No se sabe donde vivían, porque además, su padre figuraba entonces, como estante en esta corte, lo que evidentemente, no implica una residencia fija. Pero la verdadera diferencia reside en el hecho de que, pesar de los escritos de la madre, el padre estaba vivo para el día 17 de marzo de 1578, día en que acudió a escriturar una nueva petición relativa a Miguel.

A Miguel de Cervantes, mi hijo, que al presente está cautivo en Argel, y a mí, como su padre, conviene averiguar y probar como el dicho Miguel de Cervantes, mi hijo, ha servido a Su Majestad de diez años a esta parte, hasta que habrá dos años que le cautivaron en la galera del Sol, en que venía Carrillo de Quesada; y sirvió en todas las ocasiones que en el dicho tiempo se ofrecieron en Italia y en La Goleta y Túnez y en la batalla Naval, en la cual salió herido de dos arcabuzazos, y estropeada la mano izquierda, de la cual no se puede servir; en lo cual lo hizo como muy buen soldado, sirviendo a Su Majestad.

Pedía en resumen que se certificaran mediante las declaraciones de cuatro testigos, ciertas cuestiones básicas; legitimidad, comportamiento como soldado y heridas de guerra, cautiverio, y, ¿cómo no?, hidalguía y pobreza de su hijo Miguel.

Los testigos propuestos eran: los alféreces Mateo de Santisteban y Gabriel de Castañeda; el sargento Antonio Godínez de Monsalve, y el caballero don Beltrán del Salto y Castilla, todos ellos cautivos liberados.

Pero, desgraciadamente, tanto la Epístola como la Información, resultaron inútiles, porque, además de lo ya dicho, en la corte se esperaba con ansia el nacimiento de un heredero que, finalmente se produjo el día 14 de abril de 1578.
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Decidió entonces la familia de Cervantes -los padres y sus hermanas Magdalena y Andrea-, intentar un útltimo esfuerzo.


Ducado

En la villa de Madrid, a nueve días del mes de Junio de mill e quinientos e setenta e ocho años, parescieron presentes Rodrigo de Çervantes e doña Leonor de Cortinas, su muger, e doña Magdalena de Pimentel de Sotomayor, su hija, estantes en esta corte, e dixeron que por quanto Miguel de Çervantes, hijo de los dichos Rodrigo de Çervantes e doña Leonor de Cortinas, y hermano de la dicha doña Magdalena, está cabtivo en Argel, y Hernando de Torres, mercader, vecino de la ciudad de Valencia, se ha encargado de le rescatar al dicho Miguel de Çervantes, y para el dicho efeto doña Andrea de Çervantes, hermana del dicho cabtivo, se ha obligado a le pagar doscientos ducados por razón del dicho rescate, y demás desto han dado y entregado al muy reverendo padre Fray Gerónimo de Villalobos, comendador del número de nuestra señora de la Merced desta villa, mill e setenta e siete reales para que los envíe al dicho Hernando de Torres juntamente con la dicha obligación de la dicha doña Andrea, — Por ende, dixeron que se obligaban e obligaron por sus personas e bienes muebles e rayces habidos e por haber, que todo lo demás que costare el rescate del dicho Miguel de Çervantes, de los dichos tres mill e doscientos e setenta e siete reales que tienen entregados [sería hoy más de 11.000 €] en la dicha obligación e dineros al dicho Hernando de Torres, lo darán e pagarán al dicho Hernando de Torres..., so pena del doblo e costas, e para ello obligaron las dichas sus personas e bienes.... 
Firma de doña Andrea de Cervantes.—En Madrid, a 14 de Agosto de 1587.

A pesar del esfuerzo familiar, el proyecto no llegó a realizarse, no sabemos si porque los fondos aportados no eran suficientes, o quizás porque Hernando de Torres no se decidió a emprender aquel viaje. 

Real

Una vez más concibió Leonor Cortinas un nuevo proyecto –en el hecho de no darse por vencida, hace pensar en una gran similitud de carácter entre madre e hijo-, consistente en solicitar un permiso para llevar mercaderías a Argel, por valor de 8000 ducados exentos de carga fiscal, en base a los srviciosprestados por Miguel. Cuando se le pidió certificación de dichos servicios, doña Leonor contestó que su hijo había sido capturado con ellos, pero aún así, solicito un nuevo certificado firmado por el duque de Sessa.

El duque de Sessa.—Por haberme pedido por parte y en nombre de miguel de cerbantes, que para que a su Magestad le conste de la manera que le a seruido, le conviene que yo le dé fee dello, por la presente certifico y declaro: que ha que le conozco de algunos años a esta parte en servicio de Su Magestad, y por informaciones que dello tengo, sé y me consta que se halló en la batalla y rota de la Armada del Turco, en la qual, peleando como buen soldado, perdió una mano, y después le vi servir en las demás jornadas que hubo en Levante, hasta tanto que por hallarse estropeado en servicio de Su Magestad, pidió licencia al Señor Don Juan para venirse en Spaña a pedir se le hiziese merced; y yo entonces le di carta de recomendación para Su Magestad y Ministros; y habiéndose embarcado en la Galera Sol fué preso de turcos y llevado a argel, donde al presente está esclavo, habiendo peleado antes que le captivasen, muy bien, y complido con lo que debía, de manera que assí por haber captiuado en seruicio de Su Magestad, como por hauer perdido una mano en el dicho seruicio, meresce que Su Magestad le haga toda merced y ayuda para su rescate; y porque las fees, cartas y recaudos que traía de sus seruicios los perdió todos el día que le hizieron esclavo, para que conste dello, di la presente, firmada de mi mano y sellada con el sello de mis armas y refrendada del Secretario infrascripto. Dada en Madrid a 25 de Julio de 1578.—El Duque y Conde.

Este documento logró su objetivo, aunque sólo en parte, ya que el Consejo concedió permiso para exportar por valor de 2000 ducados y no de 8000 como solicitaba Leonor de Cortinas, con el exclusivo objeto de liberar a Cervantes. Evidentemente su madre no iba a llevar a cabo este proyecto personalmente, pero aquellas concesiones se podían vender a otros y era una forma más de obtener un ingreso. Se le podría hacer merced de darle licencia para llevar a Argel hasta 2.000 ducados de dichas mercaderías para el rescate del dicho Miguel de Cervantes. Al margen del documento, aparece una sencilla anotación, al parecer de mano de Mateo Vázquez, con la decisión real: Está bien. 

Pero no encontró un comprador y, para más enrevesar la situación, con fecha de 28 de febrero de 1579, recibía una notificación del Consejo de Cruzada, por la que se le reclamaba la devolución de los 60 ducados que en diciembre de 1576, se le habían entregado para el rescate desus hijos, puesto que no había acreditado todavía la liberación de Rodrigo, ni el hecho de que Miguel seguía en el cautiverio. Por aquella resolución se daba la orden de embargarle bienes personales por el valor del dinero anticipado, de modo que lo más deprisa que pudo –el 16 de marzo-, y, haciéndose pasar de nuevo por viuda, presentó la documentación relativa a Rodrigo y solicitó una prórroga en la devolución de los 30 ducados restantes, para poder rescatar a Miguel.

Por entonces se supo que los frailes Trinitatios volvían a Argel, por lo que Leonor presentó una nueva solicitud al Consejo de Cruzada, una semana después que la anterior: 
   
…los treinta escudos de oro que se me dieron para ayuda al rescate de Miguel de Cervantes, mi hijo, captivo en Argel cuatro años ha: pido y suplico a V. S. mande hacer según que por mí está pedido y suplicado, y que no se me niegue el término de ocho meses, para que con los dichos treinta ducados y otra mayor suma de quinientos ducados de oro se pueda rescatar; porque si hasta agora no ha habido efecto el dicho rescate, ha sido por ser el precio excesivo y ser yo pobre y no poderse allegar el dicho dinero hasta agora que la Trinidad envía a rescatar captivos y ha de llevar este rescate, y no es justo que habiéndose hecho esta limosna y por causa tan pía, se me niegue agora que con esta diligencia se ha de rescatar con brevedad, pues yo tengo dadas fianzas; y el dicho mi hijo ha servido a Su Magestad diez años, y en su servicio está manco de una mano y la perdió en la batalla Naval, como consta a V. S. por las informaciones que tengo dadas y están en poder del secretario Joanes; y si V. S. no me hace esta limosna será causa para que el dicho mi hijo no se rescate, porque ninguna posibilidad tengo, por haber vendido cuantos bienes tengo para rescatar a Rodrigo de Cervantes, mi hijo, que juntamente fué captivo con el dicho Miguel de Cervantes, en lo cual V. S. hará servicio a Dios y a mí limosna, y pido justicia.

   El Consejo decretó: que se le aguarde por cuatro meses y por ellos se suspenda la ejecución. 
   
   Pasados ya los cuatro meses de plazo, el 31 de Julio, los trinitarios fray Juan Gil, y fray Antón de la Bella, daban recibo a Leonor de Cortinas, viuda, mujer que fué de Rodrigo de Cervantes, difunto que sea en gloria, de 250 ducados en reales de a ocho e de a cuatro e de a dos y escudos, para ayuda del rescate de su hijo Miguel de Cervantes, de treinta y tres años, manco de la mano izquierda, barbi rubio, con los cuales y otros cincuenta ducados que les entrega para ayuda al dicho rescate doña Andrea de Cervantes y con la limosna de la redención, sacarán de captiverio al dicho Miguel de Cervantes, si fuere vivo y en caso contrario devolverán el dinero. 

Por cédula de Felipe II, fechada en El Escorial a 31 de Agosto, se mandaba entregar a fray Juan Gil los 190.000 maravedís, que gastaría y distribuiría en rescatar captivos cristianos naturales destos reinos y que fueran captivos en servicio de Su Majestad, a pesar de lo cual, la oren no se ejecutó de inmediato; hasta el día 11 de enero de 1580, los trinitarios no viajaron a Andújar.

Cervantes esperaba, y, al parecer empleó el tiempo en escribir buena parte de La Galatea, y en organizar un cuarto intento de fuga, mientras su amo, Dalí Mamí se hallaba navegando en corso desde Marzo de 1579, y no se le esperaba hasta mediados de Junio de 1580.

Cuando en el extremo de los trabajos no sucede el de la muerte, que es el último de todos, ha de seguirse la mudanza, no de mal a mal, sino de mal a bien, y de bien a más bien. 

Persiles.






lunes, 13 de julio de 2015

El hombre de la Máscara de Hierro - L’homme au masque de fer


El hombre de la Máscara de Hierro - L’homme au masque de fer fue un misterioso prisionero real, muy célebre en la Francia de Louis XIV, que murió en la Bastille el 19 de noviembre de 1703, tras un largo cautiverio. Aquellos que sabían de su existencia, no conocían su nombre, ni el motivo de su encarcelación, ni la razón por la que se ocultaba su rostro, excepto algunos que, al parecer, se llevaron el secreto consigo.

Luis XIV a los cinco años. Ph. de Champaigne

Se cree que el hombre de la máscara fue enterrado en el cementerio de Saint-Paul, bajo el nombre de Marchiali, aunque aparece con diversas variantes, y con una edad falsificada; aun así, a partir de entonces, su historia empezó a expandirse, adaptándose a las diferentes interpretaciones o a las opciones políticas de los investigadores. 

Hoy suena a leyenda, pero la Francia de Luis XIV, produjo realidades no muy alejadas de hechos similares; en ocasiones, a causa de la necesaria ocultación de hijos ilegítimos, o, a veces, por extrañas venganzas o castigos que, ni siquiera en aquella época, podían ocultarse bajo el velo de la justicia.

La existencia de la Máscara, así como las causas de su encierro, se convirtieron para Voltaire en un ejemplo del absolutismo sin limitaciones practicado por el Rey Sol y algunos de sus colaboradores más cercanos y eficaces, algunos de los cuales, se vieron abocados a sufrir la suerte que ellos mismos habían reservado a otros, por enemigos del Estado u otras acusaciones similares. Sabiendo quién era el Estado durante el reinado de Luis XIV, cualquier enemigo suyo, era automáticamente, enemigo del Estado y, por tanto, condenable a penas máximas, excepto si el supuesto enemigo era aristócrata, el cual no podía ser tratado como un villano.

Sin entrar en otros análisis, algunos críticos que admiten la evidencia de diversos encarcelamientos secretos, discuten el hecho de que aquel legendario prisionero pudiera llevar una máscara de hierro permanentemente, porque si bien, en ocasiones se ocultaba el rostro de aquellos que podían revelar secretos de Estado, solía emplearse una capucha, pero nunca una máscara de hierro, con la que, por otra parte, nadie podría sobrevivir mucho tiempo.

El 4 de septiembre de 1687, ya en pleno reinado de Louis XIV, una gacetilla Jansenista –enfrentada a los Jesuitas-, escrita a mano, y que se leía a escondidas, publicó que el oficial, M. de Saint-Mars, había llevado –por orden del rey-, un prisionero de Estado al fuerte de la Isla de Sainte-Marguerite, en Provenza. 

 
Ste. Marguerite

Nadie sabía quién era y, en todo caso, para aquellos que lo sabían, estaba prohibido desvelar su nombre bajo amenaza de pena de muerte. El prisionero llevaba el rostro cubierto por una máscara de acero y todo lo que Saint-Mars dijo de él, fue que llevaba tantos años preso en Pignerol, que todo el mundo lo había dado ya por muerto.

Fortaleza de Pignerol

El 29 de septiembre de 1698, otra gacetilla anunciaba que M. de Saint-Mars –que había sido antes gobernador de las islas de Saint-Honorat y Sainte-Marguerite– ha llegado aquí hace algunos días para tomar posesión del gobierno de la Bastilla, del que le ha provisto Su Majestad. Añadía el 3 de octubre siguiente, que Saint-Mars había tomado posesión de la Bastilla, en la que ingresó un prisionero que llegó con él.

La Bastille

En otro librito anónimo, publicado en Amsterdam en 1745, titulado Memorias Secretas para servir a la historia de Persia aparecía otra mención. Se trataba de una sátira de las intrigas políticas y amorosas de la Corte de Louis XIV, cuyos personajes aparecían encubiertos, aunque reconocibles, bajo nombres persas.

Louis de Bourbon, Conde de Vermandois
En el libro se hablaba de una visita del Regente a un prisionero de Estado, que vivía enmascarado. Aquel prisionero, transferido de la ciudadela de “Ormus” –Sainte Marguerite-, a la de “Ispahan” –la Bastilla-, era el Conde de Vermandois, un hijo de Louis XIV y de su amante Louise de La Vallière –al que su madre llamaba Belle maman, por lo guapo que era, y que fue encarcelado por haber dado una bofetada al Delfín.

Louis de Bourbon, Conde de Vermandois. Pierre Mignard

El Comandante de la ciudadela de Ormus, decían las Memorias, trataba a su prisionero con el más profundo respeto; le servía él mismo, y recibílos platos en la puerta de la celda, de mano de los cocineros, de los que ninguno había visto jamás el rostro de “Giafer” –el supuesto Conde de Vermandois.

Al preso –fuera quien fuera–, se le ocurrió un día la idea de grabar su nombre, a punta de cuchillo, en el dorso de un plato que arrojó por la ventana. Un esclavo que lo encontró, creyó hacer un buen negocio si se lo entregaba al comandante, soñando ya con su recompensa. El desgraciado no imaginaba que la suerte sería bien contraria, puesto que se deshicieron de él en secreto, junto con su descubrimiento.

Vermandois permaneció algunos años más en Ormus/Sainte Marguerite, que sólo abandonó, para ser trasladado a Ispahan/La Bastilla, cuando Cha-Abbas, es decir, Louis XIV, como reconocimiento a la fidelidad del gobernador, le concedió el mando de esta última prisión. En ambos sitios se tomaba siempre la precaución de enmascarar al preso, cuando, a causa de una enfermedad u otro evento, era necesario exponerlo a la vista de la gente. Testigos creíbles, afirmaban haber visto más de una vez a un prisionero que tuteaba al gobernador, quien, por su parte, le trataba con gran respeto.

Luis XIV en 1661 -23 años-. Charles Le Brun. Palacio de Versalles

Esto era todo lo que se decía, hasta que Voltaire dedicó al Hombre de la Máscara de Hierro, una parte del capítulo XXV de su obra, El Siglo de Luis XIV, publicado en 1751, en la que afirmaba que el personaje había sido detenido en 1661, año de la muerte de Mazarino, resaltando el detalle de que el mentón de la máscara tenía un resorte que permitía al prisionero comer sin mostrar el rostro, y que había orden de matarlo si se identificaba. Afirmaba también el autor, que el prisionero era tratado con muchos miramientos; que se interpretaba música en su celda y que su mayor placer lo constituían, una ropa interior muy refinada y los encajes.

En 1752, la reedición del Siècle de Louis XIV, añadía la anécdota del plato que, por cierto, era de plata y fue hallado por un pescador que no sabía leer; que se lo llevaría al gobernador, quien, tras asegurarse de que verdaderamente, el hombre ignoraba lo que el prisionero había grabado en él, le dejó marchar, diciéndole que podía considerarse agraciado por su desconocimiento.

Según datos contrastados, el 19 de noviembre de 1703, murió en la Bastille un prisionero cuyo informe aparecía como sigue, en el registro de detenciones de la prisión que tenía a su cargo el Lugarteniente Étienne du Junca. 

…el cual, habiéndose encontrado enfermo al salir de misa, murió hoy sobre las diez de la noche […] el prisionero, desconocido, encerrado desde hacía mucho tiempo, ha sido enterrado el martes a las cuatro de la tarde, el 20 de noviembre en el cementerio Saint-Paul, de nuestra Parroquia, en cuyo registro se le ha dado un nombre también desconocido y M. de Rosarges, Mayor, y M. Reil, cirujano, firmaron el registro.

Añadido al margen: Más tarde supe que en el registro habían escrito el nombre de M. de Marchiel y que se pagaron 40 libras para el entierro. 

El registro parroquial menciona lo siguiente: Marchioly, de 45 años, más o menos, murió en la Bastilla y su cuerpo fue inhumado en el cementerio de Saint-Paul, su parroquia, el 20 del presente, en presencia de M. Rosage, Mayor de la Bastilla y de M. Reghle, cirujano mayor de la Bastilla, que firmaron.

En 1769 en su Traité des différentes sortes de preuves qui servent à établir la vérité dans l'histoire –Tratado de los distintos tipos de pruebas destinadas a establecer la verdad en la Historia, el Père Griffet, ofrecía las siguientes precisiones:

El recuerdo del prisionero enmascarado se conservó entre los oficiales, soldados y servidores de la prisión y muchos testigos oculares que lo habían visto pasar por el patio para acudir a misa. Cuando murió, fue quemado todo lo que usó, como rompa interior, trajes, colchones y mantas; se rasparon y blanquearon las paredes de su habitación, se cambiaron las baldosas y se hicieron desaparecer las huellas de su estancia, temiendo que hubiera escondido algún papel o alguna marca que diera a conocer su nombre.

Más de cincuenta hipótesis fueron formuladas pretendiendo descubrir la identidad del misterioso detenido. 

François de Bourbon-Vendôme, Duque de Beaufort
Es uno de los candidatos más sonados. Nieto de Enrique IV y primo hermano de Louis XIV, fue hombre muy inquieto que participó en varias conspiraciones contra Richelieu y Mazarino, y en la revuelta de la Fronde, contra la regencia de Ana de Austria, madre del rey. El cardenal de Retz dijo de él –no sin ironía y cierto menosprecio-: Habla y piensa como el pueblo del que durante un tiempo fue el ídolo.

François de Bourbon-Vendôme, Duque de Beaufort

Podría ser, sin embargo, que Beaufort hubiera muerto cuando acudió al auxilio de la Candía veneciana, actual Creta, asediada por los turcos y rendida en 1669, aunque también es posible que no fuera así, ya que su cadáver no apareció nunca. En todo caso habiendo nacido en 1616, tendría 87 años en 1703 y no los 45 que menciona el registro de Saint-Paul. 

El prisionero habría llegado con su carcelero, Bénigne Dauvergne de Saint-Mars -antiguo mosquetero fiel al ministro Louvois, el implacable exterminador de protestantes-, cuando fue nombrado gobernador de la Bastilla, en 1698.

El jueves 18 de septiembre a las tres de la tarde, el señor de Saint-Mars, gobernador del castillo, hizo su primera entrada viniendo de su gobierno de las islas de Sainte-Marguerite y Honnorat, llevando consigo en su litera a un antiguo prisionero que tenía en Pignerol, al que hace mantener enmascarado y cuyo nombre no se dice […] el cual prisionero será servido por M. de Rosargues, y a quien alimentará el Gobernador.

Destaca el dato de que, cuando se trasladó a Exilles, Saint-Mars iba acompañado, no por uno, sino por dos prisioneros especiales: 

Carta de Louvois a Saint–Mars del 12 de mayo de 1681:

Su Majestad ha tenido a bien acordaros el gobierno de Exilles, a donde llevaréis los dos prisioneros que están bajo vuestra custodia, y que tiene a bien no poner en otras manos que en las vuestras. 

Saint–Mars a D’Estrades, en 25 de junio de 1681:

Líneas 4-6: 
J’aurai en garde [à Exilles] deux merles que j’ai ici [à Pignerol] lesquels n’ont point d’autres noms que MM. de la tour d’en bas.

Me encargaré de los dos “mirlos” que tengo aquí, los cuales no tienen otro nombre que “señores de la torre de abajo”. 

Aquellos prisioneros eran considerados suficientemente importantes, como para que se les construyera en Exilles una celda especial, cuya preparación, por otra parte, retrasó varios meses su traslado. 

Exilles

Justo antes de que Saint-Mars fuera trasladado a Sainte-Marguerite el 30 de abril de 1687, uno de los dos prisioneros murió, a finales de 1686 o principios de 1687, mientras que el otro fue conducido en un coche de manos herméticamente cerrado con tela encerada. Se le dispuso una celda especial, que daba al mar y a la cual se accedía después de atravesar tres puertas.

Louvois había escrito a Saint–Mars a propósito de aquel prisionero: Es de importancia decisiva que sea vigilado con gran seguridad y que no pueda dar noticias suyas de ninguna manera ni por algún escrito… de modo que en cualquier lugar que se encuentre no haya ocasión de que sea abordado por nadie y que haya bastantes puertas, cada una cerrada sobre la otra, para que los centinelas no puedan oír nada. Es imprescindible que vos mismo llevéis a ese miserable, una vez al día, con qué mantenerse, y que no escuchéis jamás, bajo ningún pretexto, nada que él quiera deciros, amenazándole siempre con la muerte si se atreve a abrir la boca para hablaros de algo que no sean sus necesidades.

En 1691, cuando murió Louvois, su hijo y sucesor Barbizieux, escribió a Saint–Mars para confirmar sus instrucciones. Cuando tengáis algo que mandarme del prisionero, que está bajo vuestra custodia hace veinte años, os ruego que guardéis las mismas precauciones que guardabais cuando servíais a M. Louvois.

El secreto prisionero conmovió la imaginación popular. Ciertamente, nada permite pensar que estuviera constantemente enmascarado. Parece más probable que, efectivamente, tuviera que llevar la máscara durante los traslados para evitar que alguien pudiera reconocerlo. Los científicos, incluso, han explicado suficientemente que no pudo llevar la máscara constantemente, por la sencilla razón de que ello le habría provocado enfermedades. De hecho, no tiene sentido en un hombre al que nadie puede ver normalmente; la verdadera condena sería, en realidad, la anulación del personaje y la absoluta falta de información sobre el mismo, cuyo objetivo sería que fuera dado por muerto en vida.

De todos modos, el asunto no se reveló del todo, hasta 1698, cuando el preso fue llevado a la Bastille, donde aparece mencionado en el registro de prisioneros y en un relato, publicado en L’Année Litteraire, el 30 de junio de 1778, sobre la etapa de Saint–Mars en su castillo de Palteau, escrito por su sobrino–nieto.

Bénigne Dauvergne de Saint-Mars

En 1698 -escribe M. de Palteau-, M. de Saint–Mars pasó del gobierno de las Islas Sainte-Marguerite al de La Bastille. Cuando llegó a tomar posesión, permaneció con su prisionero en su tierra de Palteau. El hombre de la máscara llegó en una litera especial que precedía a la de Saint–Mars e iban acompañados por varios hombres a caballo. Los campesinos iban delante de su Señor, y M. de Saint–Mars comió con su prisionero, sentado de espaldas a las ventanas del comedor que daban al patio. Los campesinos a los que he preguntado, no pudieron ver si comía con la máscara, pero observaron muy bien, que M. de Saint–Mars, que estaba sentado a la mesa frente a él, tenía dos pistolas al lado del plato. Sólo les servía un valet–de–chambre, que iba a recoger los platos que le traían de la antecámara, cerrando cuidadosamente tras de sí la puerta del comedor. Cuando el prisionero atravesaba el patio, llevaba siempre su máscara negra sobre el rostro; los campesinos notaron que se le veían los dientes y los labios, que era alto y que tenía el pelo blanco. M. de Saint–Mars se acostó en una cama que se hizo disponer, cerca de la del hombre de la máscara.

***

Según Émile Laloy, autor del libro Le Masque de fer y otros, Louis XV fue el último rey que conoció el secreto del prisionero enmascarado:

Louis XIV fue el último rey al que se atribuye el conocimiento del gran secreto. Louis XV lo ignoraba completamente, pero su Primer Ministro, Malesherbes, en 1775 mandó a Chevalier, Mayor de la prisión, investigar en los archivos de La Bastille, el cual comunicó al Ministro, a finales de aquel año, que no había encontrado nada más de lo que ya se sabía.

De acuerdo con una tradición comunicada por Mme. d’Abrantés a Paul Lacroix, Napoleón también habría intentado desvelar el enigma, a cuyo efecto, ordenó una investigación que tampoco dio resultado. El secretario de M. de Talleyrand y el Duque de Basano intentaron asimismo esclarecer el misterio, sin lograrlo.

Michel Chamillart, Ministro de Guerra en 1703, también conocía el secreto. Su yerno, el Duque de La Feuillade trató de descubrirlo, como explica Voltaire.

M. de Chamillart fue el último ministro que guardó este extraño secreto. El segundo Mariscal de La Feuillade, su yerno, me ha dicho que, a la muerte de su suegro, le conjuró de rodillas que le dijera lo que había acerca de aquel hombre, al que jamás conoció, sino bajo el nombre de “El Hombre de la Máscara de Hierro”. Chamillart le contestó que era Secreto de Estado y que había jurado no revelarlo jamás.

Según el historiador Emmanuel Pénicaut, autor de una biografía de Michel Chamillart, una tradición familiar sostiene que el secreto habría sido transmitido de padre a hijo, dentro de la familia Chamillart, hasta la muerte del último que llevó este nombre; Michel Chamillart, en 1926.

***
Él hermano gemelo de Louis XIV

Voltaire, de Largillière. 1718

Es, pues, la tesis de Voltaire, sucesivamente completada en las ediciones de Le Siècle de Louis XIV, en un Supplement; en la Suite de l’Essai sur l’Histoire Générale - Continuación del Ensayo sobre la Historia General, de 1763 y en las Questions sur l’Encyclopédie-Cuestiones sobre la Enciclopedia, de 1770 y 71. 

Sostiene Voltaire que el Hombre de la Máscara de Hierro, habría sido el hermano gemelo de Louis XIV y, lo que añadiría interés a la historia, se trataría del primogénito, a quien Ana de Austria y Mazarino habrían apartado del trono y criado en un lugar secreto hasta la muerte del cardenal. Louis XIV descubriría el asunto y tomaría sus medidas para que el asunto nunca pudiera ser descubierto.

Marcel Pagnol, apoyándose fundamentalmente en las circunstancias del nacimiento de Louis XIV, afirma que el enmascarado sería un gemelo, pero nacido en segundo lugar, y que habría sido ocultado para evitar cualquier reclamación al trono. 

Los historiadores que rechazan esta tesis, entre ellos Jean–Christian–Petitfils, aducen que el alumbramiento de la Reina debía producirse en público y ante los principales personajes de la corte. Pero según Marcel Pagnol, justo después del nacimiento de Louis XIV, Louis XIII llevó a toda la Corte a la capilla del Castillo de Saint–Germain, para celebrar con gran pompa un Te Deum, acto relatado por Dumont, testigo de la escena, en el Supplément au Corps Universel Diplomatique. El asunto del rápido Te Deum, era contrario a los usos, que exigían que esta ceremonia se celebrara algunos días después del parto, pero en aquellas circunstancias, habría permitido a la reina quedarse sola con su ama, y traer al mundo al segundo niño.

Hay que recordar que en la época no estaba claro quién era el primogénito entre dos gemelos; si el que nacía el primero, o el que habiendo nacido en segundo lugar, habría sido concebido antes que el otro. Si tal fue el caso, Luis XIV tendría pesadas razones para ocultar a su gemelo.

En apoyo de esta tesis, un examen de la genealogía de los reyes de Francia, demuestra que se produjeron múltiples nacimientos gemelares, tanto entre los Capeto, como entre los Valois, los Borbón y, en fin, entre los Orleans

Un último detalle, como veremos, el más injurioso para el reino y para el rey, no se referiría a los gemelos en sí mismos, sino al hecho de quien pudo haber sido su padre.

Nicolás Fouquet
De acuerdo con Pierre-Jacques Arrèse, retomando una tesis de Paul Lacroix –1836–, la Máscara, no sería otro que Nicolás Fouquet, el superintendente de Finanzas de Luis XIV, encarcelado en Pignerol a perpetuidad, por orden del mismo monarca, tras un proceso denigrante, arbitrario y cargado de falsedades, en 1665. Allí moriría, oficialmente de un ataque de apoplejía, a los 65 años, el 23 de marzo de 1680, es decir, 23 años antes que la Máscara de Hierro. Pero, según los que mantienen esta tesis, la fecha de su defunción sería falsa, y el cuerpo inhumado, el de otro detenido, Dauger/Danger, quien le servía de falso Valet, para controlarlo. En todo caso, no hay ningún documento que certifique su defunción en aquella prisión de los Alpes y algunos autores han hablado de veneno, pero también de que fue liberado.

Nicolás Fouquet. Charles Le Brun

El teatral proceso habría sido organizada por Colbert y Louvois, para impedir la liberación de Fouquet, que estaba a punto de obtener gracia, y cuya habilidad e influencia, temían considerablemente. Fouquet habría sobrevivido hasta 1703, viviendo 88 años, lo que resulta excesivo para la época, incluso para un preso que se beneficiara de un trato de favor.

Por lo demás. nunca un miembro de su familia puso su muerte en duda. De todas formas, la carta Jansenista que nos informa de las bajas maniobras de la época y en la que se escribe que no todos los hombres que creemos muertos, lo están, fue escrita por Louis Fouquet, hermano de Nicolás. Y si su familia no puso su muerte en duda, también pudo deberse a que se hallaban bajo vigilancia y, en cualquier caso, sería más seguro guardar silencio, comprobada la imposibilidad de acudir a la Justicia. 

En todo caso, ¿qué hacía necesario enmascarar a Fouquet? Hay quien pretende que sería para evitar que sus fieles intentaran liberarlo, como se intentó en 1669. 

El caso Bulonde
En 1890, un comandante que estudiaba las campañas de Nicolás Catinat –un militar al servicio de Louis XIV durante la Guerra de Sucesión Española-, confió al comandante Étienne Bazeries, experto en criptoanálisis para la armada francesa, un conjunto de documentos cifrados. Después de tres años de esfuerzo, la cifra se reveló particularmente complejrespecto a las técnicas modernas de descifrado, pero Bazeries afirmó haber roto el código y encontrado, en una carta de Louvois a Catinat, fechada el 8 de julio de 1691, la clave del enigma de la Máscara. La cifra en cuestión es llamada a veces Gran Cifra de Louis XIV, o más sencillamente, Gran Cifra.

Se refería a un general llamado Vivien de Bulonde, y decía así:

No es preciso que yo os explique con qué disgusto S.M. ha conocido el desorden con el cual, contra vuestra orden y sin necesidad, Mr. de Bulonde ha tomado la decisión de levantar el asedio de Coni, puesto que S.M. conociendo mejor que nadie las consecuencias, sabe también que grande será el perjuicio con que se recibirá la noticia de no haber tomado esta plaza, de la que será preciso intentar adueñarse durante el invierno. S.M. desea que hagáis detener Mr. Bulonde y le hagáis conducir a la ciudadela de Pignerol, donde S.M. quiere que sea encerrado durante la noche en una habitación de dicha ciudadela y que de día tenga la libertad de pasear por las murallas con un 330 309.

Bazeries entendió que la secuencia 330 309, que no se encontraban en ninguna parte en los papeles de Catinat, significaba máscara, y publicó en 1893 un libro detallando las razones de su hipótesis.

Los hechos relatados sobre Vivien l’Abbé de Bulonde, lugarteniente general de la armada francesa, se refieren a su insubordinación en Coni –Cuneo en italiano-, y son completamente verídicos. Falta saber la causa por la que se haría necesario cifrar tal orden, cuando Bulonde era culpable de insubordinación, es decir, había incurrido en un delito demostrado y el arresto era legítimo. 

Los historiadores demostraron, además, que Bulonde estaba todavía vivo en 1708, cinco años después de la muerte de la Máscara y, en todo caso, si en 1691 Bulonde era prisionero en Pignerol, hacía tiempo que Saint-Mars y la Máscara, ya no estaban allí.


Henri II de Guise
Es la propuesta de Camille Bartoli. Henri II era conocido conquistador y aventurero, que no dudaba ante un duelo o una expedición militar, pero que pecaba rivalizando con el Rey Sol en lujo, esplendor y ostentación.

Henri II de Lorraine, Duc de Guise, de Anthony van Dyck, 1634

Molière 
En su libro Molière à Bordeaux, de alrededor de 1647 y en 1656 con las Considérations Nouvelles sur ses fins dernières à Paris, de 1673, el escritor Anatole Loquin, emitió la inverosímil hipótesis de que el hombre de la máscara, era en realidad Molière, quien, como bien se sabe, murió tras la representación del Malade Imaginaire. Sostiene Loquin que habría sido detenido a petición de los jesuitas que nunca le perdonaron el Tartuffe.

Molière, de Mignard Chantilly

El principal argumento del autor, es que la primera biografía de Molière, es de 1705, es decir, dos años después de la muerte de la Máscara. Se trata de La Vie de M. de Molière, de Grimarest. Luis XIV habría autorizado la publicación de esta biografía, conociendo ya su muerte, producida en 1703. Pero Molière había muerto en 1673, lo que hace que la tesis sea poco probable, ya que las circunstancias de la defunción del dramaturgo nunca fueron puestas en duda. 

D’Artagnan
Para el historiador inglés Roger MacDonald –The Man in the Iron Mask, de 2005, el castigado sería el Mosquetero D’Artagnan. Herido en Maastricht en 1673, habría sido enviado a Pignerol y la máscara de hierro le permitiría no ser reconocido por otros mosqueteros que custodiaban las prisiones. La prueba sería el libro Mémoires de M. d’Artagnan, escrito por Gatien de Courtilz de Sandras, que pasó nueve años en la Bastilla entre 1702 y 1711 donde, según MacDonald, conoció  d’Artagnan, que habría inspirado su libro.

La reina María Teresa de Austria
P. –M. Dijol emitió en 1978 la tesis siguiente. María Teresa de Austria, 1638-1683, habría tenido una hija adulterina con un esclavo africano. Esta hija sería la Mauresse de Moret, una monja benedictina que siempre supo de su origen, por las muchas visitas que recibía de miembros de la familia real. Saint-Simon habla en sus memorias, de la Mauresse de Moret, pero dice que aquellas visitas eran frecuentes en la época, a los conventos próximos al Louvre. El esclavo africano desapareció muy pronto de la Corte, y Dijol asegura que él era la Máscara. No es verosímil. 

La pista inglesa: La Princesa Palatina, Isabel Carlota, cuñada de Louis XIV, en carta escrita el 22 de octubre de 1711 a su tía Sofía de Hannover, publicada en 1896, afirma: Acabo de saber quién era el hombre enmascarado que murió en la Bastilla. Si llevaba una máscara no fue por barbarie; era un mylord inglés que se había mezclado en el asunto del Duque de Berwick contra el rey Guillermo III –de Orange–. Murió así, a fin de que el rey nunca supiera qué había sido de él.

La princesa Palatina se refería sin duda a la conspiración de Fenwick, urdida para asesinar a Guillermo III en 1696 –Guillermo, protestante, combatió en numerosas ocasiones contra el poderoso y cristianísimo rey católico Luis XIV– pero no se conoce ningún complot que implique al duque de Berwick contra este monarca. La hipótesis es poco creíble, pero aportaba la novedad de orientar sospechas hacia Inglaterra.

Barnes afirmó en 1908 que la Máscara de Hierro era James de la Cloche, hijo ilegítimo, pero reconocido, de Charles de Inglaterra, quien habría servido de intermediario secreto entre su padre y la corte de Francia, cuando aquel se propuso convertirse al catolicismo en secreto, y a quien Louis XIV habría hecho encarcelar por contarlo. 

Algunos más han evocado a un hijo natural de Cromwell y aún, del Duque de Monmouth.

El Conde Ercole Mattioli, o Antoine-Hercule Matthioli. 
Cuando Mme. de Pompadour preguntó a Louis XV sobre las revelaciones de Voltaire, este le respondió que la Máscara de Hierro, era el ministro de un príncipe de Italia.

A su vez, Louis XVI, interrogado por  Marie Antoinette, preguntó al más antiguo de sus ministros, Maurepas, quien le dijo que se trataba de un prisionero muy peligroso por su espíritu de intriga y súbdito del duque de Mantua.

El Duque de Mantua, atribuido a Jacob Denys

Esta indicación originó la tesis que identificaba a la Máscara como el Conde Ercole Mattioli, o Antoine-Hercule Matthioli, antiguo Secretario de Estado del Duque de Mantua, Charles II. El nombre del prisionero registrado en la Bastille y en la parroquia de Saint-Paul habría sido el mismo, aunque ligeramente deformado como Marchiali. Esta tesis, convertida en clásica, ha sido defendida por Marius Topin y por el historiador Frantz Funck-Brentano.

Carlos IV, duque de Mantua, como marqués de Monferrato, poseía la fortaleza estratégica de Casale Monferrato. Luis XIV quería la fortaleza y estaba dispuesto a comprarla por 100.000 coronas, ya que una ocupación sería impopular, pero para ello necesitaba el máximo secreto hasta que se finalizara el acuerdo.

Mattioli negoció con éxito la venta y Luis XIV le recompensó generosamente, pero cuando los franceses estaban a punto de ocupar el castillo, Mattioli reveló el secreto a los gobiernos de Austria, Saboya, España y Venecia, posiblemente para recibir nuevas recompensas. Luis XIV tuvo que cancelar el acuerdo y retirarse entonces, aunque finalmente tomó el control del Casale, sólo dos años después.

En 1679, Luis XIV ordena secuestrar a Mattioli y llevarlo a Francia, donde fue encarcelado, en Pignerol, en confinamiento solitario. Hacia 1680 se dijo que se había vuelto prácticamente loco. Murió en 1694 durante su encarcelamiento en la isla de Sainte-Marguerite.

La teoría de que Mattioli fue el prisionero enmascarado fue muy popular durante gran parte del siglo XIX, al saberse que había sido enterrado bajo el nombre Marchioly. Pero las cartas de Saint-Mars indican que sólo estuvo en Pignerol y Sainte-Marguerite, pero nunca la Bastille, por lo que se podría descartar su candidatura.

Matthioli estuvo detenido efectivamente a Pignerol, bajo la custodia de Saint-Mars. Su encarcelación resultaba, además, de una orden personal de Louis XIV. En efecto, convencido por el abbé d’Estrades, embajador de Francia en Venecia, Matthioli había persuadido al duque de Mantua de vender secretamente a Francia, la plaza fuerte de Casal, a quince leguas de Turín. El dato es plenamente histórico.

El doble juego de este personaje, puso en evidencia a Louis XIV quien le había escrito en persona, el 12 de enero de 1678 para agradecerle su intermediación. El abad d’Estrades, nombrado embajador en Turín, atrajo a Matthioli a una casita en los alrededores, donde un comando lo arrestó el 2 de mayo de 1679, para llevarlo a la fortaleza vecina de Pignerol

El Secretario de Estado de asuntos Extranjeros, Pomponne, con la aprobación de Louis XIV a la operación, había tenido cuidado de advertir: Es preciso que nadie sepa qué ha pasado con este hombre. Era, en efecto, poco conforme con los usos diplomáticos, retener así y aprisionar al ministro de un príncipe extranjero, pero respondería al deseo de Luis XIV de no aparecer como engañado o, lo que sería peor, traicionado. Esta sería la razón del secreto al que se condenó al prisionero. Sin embargo, varios elementos parecen desmentir esta identificación:

La correspondencia entre Louvois y Saint-Mars conservada en los archivos del Ministerio de la Guerra, en la que Matthioli es al principio designado bajo el nombre de Lestang –muestra que no fue relacionado con la Máscara: La intención del rey no es que el señor de Lestang no sea bien tratado. 25 de mayo de 1679. 

Si Matthioli era servido en Pihnerol por su valet, fue porque este último habría sido encargado de recuperar sus papeles, por lo que tuvo que aparentar que también era prisionero, y para lograrlo, tampoco podía revelar el secreto.

Tras la cesión de Casal a Francia en 1682, el duque de Mantua fue informado del arresto de Matthioli. El secreto no tenía ya razón para ser mantenido, y el prisionero fue, en este caso, designado bajo su verdadero nombre en la correspondencia de Louvois y Saint-Mars.

Matthioli no siguió a Saint-Mars a Exiles en 1681, sino que se quedó en Pignerol hasta abril de 1694, fecha en la cual fue transferido a Sainte Marguerite tras la cesión de Pignerol a Saboya. Esto es confirmado por una carta de Saint-Mars al Abad d’Estrades del 25 de junio de 1681: -Matthioli se quedará con otros dos prisioneros-, y por algunas cartas de Louvois a los sucesores de Saint-Mars en Pignerol.

Matthioli murió poco después de ser transferido a Sainte-Marguerite, sin duda, el 29 de abril de 1694. Se sabe en efecto, que en este fecha murió un prisionero que era servido por su valet

Parece, pues, que el prisionero muerto en la Bastilla en 1703 ya no era Matthioli y que fue sólo con la intención de borrar pistas, la razón por la que fue registrado con aquel nombre u otro muy parecido.

***

Eustache Dauger, o Danger: Al que ya hemos citado como valet/espía de Fouquet, fue detenido cerca de Dunkerke en julio de 1669 y encerrado en Pignerol, con absoluto secreto. Saint-Mars había pensado darle como valet a Lauzun, preso en la fortaleza entre 1671 y 1681, pero había chocado con el rechazo categórico de Louvois, quien, sin embargo, aceptó que fuera empleado como doméstico de Nicolas Fouquet, tras la muerte de uno de sus dos valets, pero bajo una consigna: Debe abstenerse de ponerlo junto a M. de Lauzun, ni a cualquier otro que no sea M. Fouquet. 

Louvois multiplicó las precauciones en este sentido, llegando a escribir directamente a Fouquet, el 23 de noviembre de 1679, prometiéndole suavizar su régimen de detención, si el llamado Eustache, a quien se os ha entregado para vuestro servicio, no ha hablado nada ante el otro valet que os sirve, de aquello en lo que ha estado empleado antes de llegar a Pignerol.

A la muerte de Fouquet, en 1680, Saint-Mars descubrió una galería horadada por Lauzun, que había permitido a los dos prisioneros encontrarse cuando quisieran sin que los guardias lo supieran, lo que significaba la posibilidad de que Lauzun y Dauger hubieran tenido contacto. Louvois ordenó entonces a Saint-Mars que hiciera creer a Lauzun que Dauger y el otro valet de Fouquet, La Rivière, habían sido liberados, pero que los encerrara a los dos en otra celda de modo que podáis responder ante Su Majestad de que no tendrán comunicación con nadie, ni de viva voz ni por escrito y que a M. de Lauzun le sea imposible saber que los otros dos están encerrados.

Lauzun fue liberado el 22 de abril de 1681, pero Dauger y La Rivière –a pesar de que este último no estaba en Pignerol como prisionero, sino como doméstico voluntario, desde 1667–, permanecieron encerrados en el secreto más absoluto. En la correspondencia entre Louvois y Saint–Mars, sólo son designados como Los Señores de la torre de abajo.

La Rivière solo tenía un reproche; haber conocido los antecedentes de Dauger, que Fouquet conocía igualmente. Lauzun también los conocía, pero Louvois no pudo impedir su liberación, ya que la Grande Mademoiselle, la había obtenido de Louis XIV.

Mademoiselle, École de Pierre Mignard.

Anne Marie Louise d’Orléans, Duquesa de Montpensier, llamada Grande Mademoiselle por ser hija de Gaston d’Orléans –Grand Monsieur, hermano de Louis XIII-, y de Marie de Bourbonet, era prima de Louis XIV, once años menor que ella, con el que intentó casarse, chocando con la negativa rotunda del cardenal Mazarino.

Dauger había sido detenido, como ya adelantamos, cerca de Dunkerke en julio de 1669 sobre la base de una carta secreta, en la que Jean–Christian Petitfils demostraba que había cometido numerosas irregularidades. Todo conduce a pensar que su arresto fue minuciosamente organizado por Louvois, entonces Secretario de Estado.

Nada se sabe, sin embargo, de este Dauger. En la carta que envía a Saint–Mars para hacer preparar su prisión en Pignerol, Louvois indica: sólo es un valet. Pero Dauger sabía leer, puesto que fue autorizado a recibir libros piadosos. Si la identificación entre la Máscara y Dauger, es desde entonces la más generalmente admitida; las especulaciones se centrarían sobre su verdadera identidad y sobre el gran secreto que conocía.

Louis d’Augier, Marqués de Cavoye

Eustache de Cavoye
Según Maurice Duvivier, Dauger sería Eustache de Cavoye, encarcelado por haber sido uno de los autores del Affaire des Poisons - Asunto de los Venenos; una serie de envenenamientos ocurridos entre 1679 y 1682, durante el reinado de Louis XIV, que conmovieron París y la Corte, en el que estuvieron implicados algunos personajes eminentes de la aristocracia, creando primero un clima de histeria y después, de Caza de Brujas. Sería conocido en la causa como el cirujano Auger.

Según Rupert Furneaux -The man behind the mask, 1954-, Louis XIII sería el padre de Louis y Eustache Oger de Cavoye. Furneaux encontró un retrato de Louis Oger de Cavoye, cuyo parecido con Louis XIV sería la prueba de un lazo de sangre entre el rey y los dos hermanos.

Pero según Marie-Madeleine Mast –Le Masque de fer, une solution révolutionnaire, 1974-, François de Cavoye, casado con una dama de honor de la reina -Marie de Lort de Sérignan-, y capitán de los Mosqueteros de Richelieu, sería amante ocasional de Ana de Austria y verdadero padre de Louis XIV. Así, Eustache Dauger de Cavoye, nacido el 30 de agosto de 1637, sería medio hermano de Louis XIV –los dos hijos del mismo padre, que no sería Louis XIII, pero no la misma madre-. Su asombroso parecido con el monarca explicaría la rotunda necesidad de ocultar su rostro ante todo el mundo.

Según Jean d'Aillon -Le Dernier Secret de Richelieu, de 1998-, Anne d'Autriche habría estado embarazada dos veces de François Dauger de Cavoye, con la complicidad de Richelieu, trayendo poniendo finalmente al mundo –al cabo de 23 años de matrimonio con Louis XIII–, a Louis XIV y a Philippe d'Orléans, ambos, hijos Cavoye y no del Bourbon

Además, François de Cavoye era ya padre de dos hijos, Louis y Eustache, que se parecían sorprendentemente al rey. Una confidencia de su padre lo habría desencadenado todo. La cuestión, según Jean d'Aillon, es, pues, saber si Eustache Dauger era Eustache Dauger de Cavoye, el hermano de l'Ami du Roy, Louis de Cavoye, que había desaparecido –justamente–, en julio de 1669. Para Jean d'Aillon, Eustache fue probablemente encarcelado por haber tratado de amenazar al rey, Louis XIV, con revelar que era su medio hermano, y que él mismo no era hijo de Louis XIII. 

La Máscara de Hierro, pues, se haría entonces necesaria para que nadie descubriera el parecido, pues Eustache se parecía mucho más al rey, que su hermano Philippe. Louis XIV no podía matarlo, porque eran hermanos y, por la misma razón, colmaría de favores a su segundo medio hermano, Louis de Cavoye.

En su libro Petites histoires de l'art dentaire d'hier et d'aujourd'hui, publicado en 2006, Henri Lamendin retoma la tesis de Marie Madeleine Mast. Hablando del embarazo de Ana de Austria, escribe que: durante el tiempo del embarazo, vivían, entre otros, en el entorno de la reina, una de sus damas de honor, con su marido, François Dauger de Cavoye, que tenían ya ocho hijos. Sería otra pista acerca de la paternidad del heredero al que al que ya no se esperaba. 

Los retratos de Louis XIV y de Louis Dauger de Cavoye atestiguan el sorprendente parecido de los tres: el mismo diseño de la boca, y un hoyuelo idéntico bajo el labio inferior. En cambio, no se pueden imaginar caras más diferentes que las de Louis XIII y de Louis XIV.

Además; nunca volvió a encontrarse el rastro de Eustache Dauger de Cavoye, habiendo desaparecido completamente y del que nadie supo qué había sido.

Las teorías de Duvivier, Furneaux, d'Aillon y Mast, tienen en común el hecho de considerar que Eustache Dauger -o d'Oger o Oger, o d’Auger- de Cavoye y Eustache Dauger de Pignerol son la misma persona. El historiador Maurice Duvivier descubrió el registro de bautismo de Eustache Dauger de Cavoye.

Registro de Saint–Eustache. El 18 de febrero de 1639, fue bautizado Eustache, nacido el 30 de agosto de 1637, hijo de François Dauger, escudero, señor de Cavouet, capitán de los mosqueteros de Monseñor el Cardenal de Richelieu, y de la señora Marie de Sérignan, que viven en la rue des Bons Enfants.

Se sabe de Eustache que, en 1659 también participó en la sonada Orgie de Roissy, organizada por Roger de Bussy-Rabutin en su castillo de Roissy, precisamente, durante la Semana Santa de 1659, lo que provocó enorme escándalo, y le valió el exilio a Roger de Bussy, por orden de Mazarino. 

Igualmente está registrado que en 1665, Eustache mató a un paje, lo que provocó el rechazo de la familia, que lo desheredó, lo que ocurría cuatro años antes de su entrada en Pignerol. 

De todos modos, como toda teoría tiene su réplica, esta también la tiene; oficialmente, Eustache Dauger de Cavoye moriría en la prisión de Saint-Lazare en 1680, es decir, siete años antes de la aparición de toda noticia sobre la entrada de la máscara en prisión.

Cuando preparaba su Siglo de Luis XIV, Voltaire se puso en contacto con el sabio Abad Jean-Baptiste Du Bos, académico y antiguo colaborador en Asuntos Exteriores, recibió una carta suya en la que le advertía que el hombre enmascarado no era sino un criado de Fouquet, que si podía demostrarlo, que lo escribiera, de lo contrario, si vuestras pruebas no son convincentes, mi sentimiento sería que no desenmascaréis a ese hombre; lo que yo he oído decir de su estado, no debe ser confiado al papel.

***

El Rey Sol, no estaba en el mundo para que nadie le hiciera sombra; sus métodos policiales y judiciales son sobradamente conocidos y el enmascarado no sería el único hombre encerrado en secreto, porque esto constituía una práctica habitual. El sospechoso desaparecía de un día para otro; nadie era informado de su suerte y podía morir en prisión sin que nadie lo supiera. Por otra parte, la vida en la corte francesa, no era precisamente ejemplar y los affaires amorosos se multiplicaban siguiendo el real ejemplo. 

La otra cara de Luis XIV sería su extrema vanidad. Según testigos de la corte, los halagos le derretían, añadiéndose incluso, que cuanto más burdos fueran, más emoción le provocaban. No en vano se hizo retratar como un dios griego, lo que demuestra que el concepto que tenía de sí mismo, respondería a una apreciación divinal; algo que la adulación en la que vivió desde la infancia, no contribuyó a remediar.

La familia de Louis XIV. Luis XIV como Apolo. Jean Nocret

Característica del Sol, es que todos los planetas giren en su órbita y, curiosamente, Felipe IV, quien entregó a Luis XIV en matrimonio a su hija María Teresa, es conocido como el Rey Planeta

Finalmente, el francés pondría a su nieto, Felipe V de Borbón, en el trono de España tras la muerte de Carlos II de Austria. Pero esto forma ya parte de otra historia. 

Louis XIV, quienquiera que fuera su padre, fue un poderoso monarca y ejerció enorme influencia en el devenir de la historia contemporánea en España.

Louis XIV a los 54 años en el Asedio de Namur. 1692, Mignard