lunes, 23 de febrero de 2015

Las troyanas, Eurípides –Τρωάδες, Εὐριπίδης: Otra imagen de los héroes griegos.


Despedida de Héctor y Andrómaca. Luca Ferrari

Las Troyanas formaba parte de una tetralogía compuesta por tres tragedias y un drama satírico: Alejandro –sobre el origen de la Guerra de Troya–, Palamedes, que se desarrollaba durante el asedio de la ciudad, poco antes del inicio de la narración de la Ilíada y, Las Troyanas, que, finalmente, muestra el absoluto infortunio de las mujeres supervivientes tras la caída de Troya en manos de los griegos. La cuarta parte es el drama satírico Sísifo.

Fue estrenada, con Alejandro y Palamedes, en las Grandes Dionisias durante la 91ª Olimpiada, el año 415 aC. en las que Eurípides obtuvo el segundo premio.

Alejandro es el hijo de Príamo y Hécuba, al que conocemos mejor como Paris. Casandra, la adivina que padecía la maldición de que sus pronósticos nunca fueran creídos, anunció que Troya sería destruida si Paris conservaba la vida. 

Por ese motivo Hécuba y su hermano Deífobo, abandonan a Paris para que muera, pero es recogido por un pastor que lo encuentra siendo amamantado por una osa. Más tarde se convertirá en el ganador de los juegos funerarios dedicados a su propia persona, y es recibido en la familia de Príamo, a pesar del malestar que provoca en aquellos nobles a los que ha arrebatado el premio, cuando él procedía de la plebe.

Palamedes, el mítico inventor de la escritura, formaba parte del ejército que asediaba Troya, pero fue víctima de una trampa: Alguien –probablemente Ulises- dejó en su tienda una nota falsa y oro del troyano Príamo, por lo que fue acusado y condenado por traición. Antes de ser ejecutado a pedradas, Palamedes encontró la ocasión de tallar en un remo unas palabras para informar a su padre, Navplio, de su terrible suerte. Navplio se vengará encendiendo una gran hoguera en el promontorio de Cefarea, que confunde y hace naufragar indiscriminadamente a los que traicionaron a su hijo y a los que no.

Las Troyanas es un texto profundamente dramático y muy crítico con la guerra. Eurípides destaca la crueldad de los vencedores, que, en su desmesura –hybris-, son incapaces de sentir la menor piedad por los vencidos; exterminan niños, ofenden a las divinidades en sus templos, e incendian la ciudad que van a abandonar, además de secuestrar a las mujeres indefensas; ancianas, viudas y huérfanas que han quedado sin protección.

Un guerrero griego mata a un príncipe troyano en los brazos de su madre. Pithos con relieves, 675-650 aC. Museo Arqueológico de Mikonos

Los Griegos, más bien pírricos vencedores, tras diez años de asedio, lejos de sus familias, empiezan a ver personalmente el rostro de la tragedia tras su onerosa victoria; Así, tanto Menelao, como Agamenón y Ulises, entre otros, sufrirán múltiples desdichas provocadas por Zeus, –que imparte justicia de forma silenciosa–, como castigo a la impiedad con los vencidos.

Curiosamente Eurípides expresa aquí su concepto sobre las divinidades, haciendo decir a Hécuba, cuando se refiere a Zeus: ¡Oh Zeus, ser inescrutable, quienquiera que seas, -ya necesidad de la naturaleza o imaginación de los hombres- ¡a ti dirijo mis súplicas! Pues conduces todo lo mortal conforme a la justicia por caminos silenciosos.

Personajes:

Poseidón, ΠΟΣΕΙΔΩΝ dios del mar.

Poseidón llevando su tridente. Placa de cerámica corintia procedente de Penteskouphia, 550-525 a. C., Museo del Louvre.

Atenea, ΑΘΗΝΑ diosa del pensamiento y la guerra. Divinidad epónima de Atenas.

Atenea contemplativa, bajo-relieve, hacia 460 aC., Museo de la Acrópolis de Atenas.

Hécuba, ΕΚΑΒΗ ex-reina de Troya, ahora esclava de Ulises. Esposa de Príamo y madre de Héctor, Paris, Polixena y Casandra, entre otros.

Hécuba y Polixena. Merry-Joseph Blondel. Los Angeles County Museum of Art.

Hécuba, a la derecha, ayudando a armar a su hijo Héctor. Ánfora ática de figuras roja de Euthymides. v. 510 av. J.-C., Staatliche Antikensammlungen.

Coro, ΗΜΙΧΟΡΙΟΝ de mujeres troyanas cautivas.

Coro griego de mujeres. Museo Nacional Nápoles.

Taltibio, ΤΑΛΘΥΒΙΟΣ heraldo y mensajero de los griegos.

Agamenón, Taltibio y Epeo, representados en un relieve en mármol encontrado en Samotracia, de alrededor de 560 a.C., Museo del Louvre, París.

Casandra, ΚΑΣΣΑΝΔΡΑ hija de Hécuba y Príamo. Sacerdotisa de Apolo, quien le había concedido el don de la profecía.

Áyax Oileo se dispone a arrastrar a Casandra que se aferra a la estatua de Atenea. Copa ática de figuras rojas, 440-430 a. C.

Áyax arranca a Casandra del templo de Atenea. Solomon Joseph Solomon, 1886.

Andrómaca, ΑΝΔΡΟΜΑΧΗ viuda de Héctor.

Jacques-Louis David: El dolor y los lamentos de Andrómaca ante el cuerpo de su esposo Héctor. 1873. Louvre

Astianacte, Ἀστυάναξ hijo de Andrómaca y Héctor.

Cerámica griega de Apulia. Crátera de columnas de figuras rojas. Representa el último encuentro de Héctor con Andrómaca y Astianacte, que intenta coger el casco de su padre. Ca. 370 - 360 a. C. 
Museo Nacional del Palacio Jatta, en Ruvo di Puglia (Bari).

Menelao, ΜΕΝΕΛΑΟΣ rey de Esparta. Esposo de Helena.


Helena, ΕΛΕΝΗ esposa de Menelao.

Crátera ática de figuras rojas (detalle de la cabeza de Helena). 450-440 a. C. 
Museo del Louvre, París.

***

Tras la caída de Troya, provocada por la estrategia del Caballo de Madera y el auxilio de Atenea, la flota griega está preparada para abandonar la ciudad después de incendiarla. Antes de partir, los vencedores se sortean a las mujeres supervivientes de la nobleza.

Poseidón lamenta la destrucción de Troya, ciudad que él mismo había edificado, cuando aparece Atenea y le comunica su indignación porque un griego ha forzado a Casandra en el templo donde le rendía culto, razón por la cual aunque ha favorecido a los griegos en la guerra, no los favorecerá en el retorno.

Hécuba, hasta entonces reina de Troya, que ha perdido a su esposo, Príamo, a sus hijos, Héctor y Paris y está a punto de perder a sus hijas Polixena y Casandra, llora su desgracia con desesperación. 

En respuesta a sus preguntas, le dicen que Andrómaca -viuda ahora de su hijo Héctor-, ha correspondido en el sorteo, al hijo de Aquiles; que Hécuba misma, será para Ulises, héroe de la Ilíada y la Odisea, para quien ella solo tiene palabras de desprecio, pues no reconoce en él a un héroe, sino a un urdidor de engaños. De sus hijas, Casandra, será para Agamenón, a quien la víctima dirige himnos de boda, asegurando que con ella llegará la desgracia a la vida del jefe griego, mientras que Políxena, por último, es sacrificada sobre la tumba de Aquiles.

Para rematar sus vengativos excesos, los griegos deciden que también arrojarán al hijo pequeño de Héctor y Andrómaca, Astianacte, desde lo alto de las murallas de Troya.

Aparece Menelao en escena diciendo que va a buscar a Helena, a quien asegura que dará muerte en cuanto llegue a Esparta. Hécuba le advierte que lo más probable es que vuelva a enamorarse de ella.

Helena se defiende diciendo que ella no es culpable sino Príamo, por no haber dado muerte a Paris a pesar de la profecía. Culpa asimismo a Afrodita, por prometer a París en el juicio de la manzana, que ella sería el premio, pero a todo ello responde Hécuba, que la verdadera responsable de todo es la lujuria de los hombres, que los ha llevado a cometer tantas insensateces

En el último momento, la propia Hécuba recibe el cuerpo sin vida de Astianacte, a quien ofrecerá las honras fúnebres por deseo de su madre que ya se encuentra embarcada. Mientras las mujeres se alejan en las naves aqueas, los soldados cumplen la orden de incendiar la ciudad.

La obra consta de 3 actos, con 5 escenas cada uno, marcadas por la aparición del Coro.

Seguramente, Las Troyanas es la obra más conmovedora de las diecinueve que se conservan de Eurípides. Si se observan los acontecimientos que afectaban a Atenas en aquel momento, puede entenderse como un mensaje antibelicista, ya que hombres como Alcibíades, se proponían emprender acciones de guerra en territorios alejados, como Sicilia, a la vez que, poco antes del estreno de esta obra –en 416-, se había producido la toma de Melos, más conocida como Milo, por parte de los griegos, tras una batalla cuyas nefastas acciones de posguerra, se parecían demasiado a la tragedia relatada en las Troyanas. 

Durante la Guerra del Peloponeso –de acuerdo con Tucídides-, Milo se alió con Esparta, por lo que Atenas la ocupó tras dos años de asedio. A pesar de que los melios se habían rendido incondicionalmente, los atenienses mataron a todos los hombres en edad militar y vendieron a las mujeres y a los niños como esclavos.

Milo. Célebre por ser la isla en la que apareció la Venus del Louvre

Posición de Milo en el conjunto de las islas Cícladas

En todo caso, en aquel momento, algunos dramaturgos, se habían propuesto manifestar la espantosa realidad de la guerra y sus aterradoras consecuencias, tanto para vencedores como para vencidos.

***
La escena transcurre cerca de los muros de Troya, en el campo de los griegos, ante la tienda de Agamenón, donde están reunidas las cautivas troyanas.

POSEIDÓN. Desde el día en que, en los campos de Troya, Apolo y yo elevamos altas murallas construidas con un arte sabio, nunca mi corazón ha dejado de interesarse por la ciudad de mis amados Frigios, que ya no es más que ruinas humeantes. El Focense Epeo, habitante del Parnaso, dirigido par Atenea misma, fabricó un gigantesco caballo que llenó de soldados armados y dejó ante las murallas de Troya, simulando que era una ofrenda. Quedará para la posteridad el nombre de Caballo de Madera, para referirse a las lanzas que ocultaba en su interior. 

Las troyanas que aún no han sido echadas a suertes, están en la tienda, reservadas a los jefes del ejército; la hija de Tíndaro, supuesta causante de la guerra, Helena, se encuentra entre ellas. 

La infortunada Hécuba; a la entrada de la tienda, llora la pérdida de todo lo que le fue querido; su esposo y sus hijos. –Adiós, ciudad, antaño floreciente; adiós , soberbias murallas; si Atenea, hija de Zeus, no hubiera querido vuestra ruina, todavía estaríais en pie.

ATENEA: Poseidón, ¿puedo dirigirte la palabra haciendo callar nuestra vieja enemistad?
POSEIDÓN: Puedes, augusta Atenea.
ATENEA: El asunto del que quiero hablarte nos interesa igualmente al uno y al otro. Es acerca de Troya.
POSEIDÓN: ¿Es que, abandonando finalmente tu odio, cedes a las piedad, viendo las llamas que la consumen? ¿Has venido en favor de los griegos o de los frigios?
ATENEA: Quiero procurar a los griegos un retorno lleno de peligros.
POSEIDÓN: ¿Tu corazón puede pasar tan rápidamente del exceso de amor al exceso de odio?
ATENEA: Me han ultrajado y han profanado mi templo.
POSEIDÓN: Sé que Ayax arrebató a Casandra de tu santuario.
ATENEA: Y los griegos no han vengado este sacrilegio.
POSEIDÓN: Sin embargo, han derribado Ilión con tu ayuda.
ATENEA: Y por eso es por lo que quiero unirme a ti para prepararles un retorno funesto. Cuando se hagan a la vela hacia su patria, Zeus hará caer sobre ellos torrentes de granizo y lluvia, acompañados de torbellinos; y ha prometido prestarme su rayo para lanzárselo a los griegos y abrasar sus naves. Tú, levanta tus olas con furia y llena de cadáveres el estrecho de Eubea, para que en el futuro los griegos aprendan a respetar mis templos y a honrar a los demás dioses.


POSEIDÓN: Tus deseos serán cumplidos; perturbaré el mar Egeo hasta los abismos. Las costas de Mykonos, las rocas de Delos y Esciros y Lemnos, y el promontorio de Cafarea, quedarán cubiertos de cadáveres. Desgraciado el mortal que devasta las ciudades, los templos y las tumbas, asilos sagrados de los muertos, y los convierte en desiertos; él también morirá.

[SALEN ATENEA Y POSEIDÓN. ENTRAN HÉCUBA Y EL CORO]

HÉCUBA: Ya no estamos en Troya, ya no soy reina de Troya. ¿Quién tiene el derecho de gemir, si no es una infortunada que ve perecer a su patria, a sus hijos y a su esposo? ¡Oh rápidas naves, que habiendo salido de los puertos de Grecia atravesasteis las púrpuras olas del mar, para atar en las costas troyanas los cordajes, y reclamar a Helena, la odiosa esposa de Menelao. Porque fue ella la que mató a mi esposo Príamo, padre de cincuenta hijos; y ella la que me ha precipitado a mí, desgraciada, en el abismo del infortunio. Esclava cargada de años, me arrastran lejos de mi antiguo hogar, con el pelo cortado en señal de duelo, y la cabeza maltratada sin piedad.

CORO: ¡Oh, Troyanas infortunadas, venid a conocer vuestra triste suerte; salid de las tiendas; los griegos se disponen a partir. Ha llegado su heraldo. ¿De qué dueño seremos esclavas?

HÉCUBA: La suerte lo va a decidir. ¿En qué lugares mi vejez languidecerá en la servidumbre? ¿Seré reducida a guardar una puerta o a cuidar a los hijos de otra, yo, que tuve la gloria de reinar en Troya? Pero he aquí el heraldo de los griegos, intérprete de sus órdenes, que avanza a grandes pasos, ¿qué tendrá que anunciarnos? 
[ENTRA TALTIBIO]

TALTIBIO: Hécuba, tú que a menudo me has visto venir a Troya como heraldo del ejército griego, me conoces bien, y vengo a traerte las órdenes de los generales.
HÉCUBA: ¿En qué ciudad de Tesalia, o de la Phthiotida, o de la tierra de Cadmo debemos habitar?
TALTIBIO: Cada una tiene su dueño particular; no habéis correspondido todas al mismo.
HÉCUBA: Dime a quién ha tocado en el reparto mi hija, la desgraciada Casandra.
TALTIBIO: Agamenón la ha recibido para sí; no ha sido sorteada.
ΕΚΑΒΗ: Esclava de la esposa lacedemonia! Oh, dioses!
TALTIBIO: No, sino que compartirá secretamente el lecho de su dueño.
HÉCUBA: ¡Qué! ¿La virgen de Apolo que recibió el privilegio de vivir libre de las leyes del himeneo?
TALTIBIO: ¿No es una gloria para ella, compartir el lecho real?
HÉCUBA: Y mi amada hija, la que me robaste antes ¿qué ha sido de ella?
TALTHIBIUS: ¿Te refieres a Polixena? Ha sido reservada al servicio de la tumba de Aquiles.
HÉCUBA: ¿La traje al mundo para servir en una tumba? ¿Qué costumbre o ley de los griegos es esa?
TALTHIBIUS: Felicita a tu hija, su suerte es gloriosa.
HÉCUBA: ¿Qué quieres decir? ¿Ve todavía la luz del día?
TALTHIBIUS: Se encuentra en poder del destino y está al abrigo de todos los males.
HÉCUBA: ¿Y la esposa de Héctor, la desgraciada Andrómaca, ¿cuál es su destino?
TALTHIBIUS: El hijo de Aquiles la ha recibido también, sin echarla a suertes.
HÉCUBA: Y yo ¿de quién soy esclava?
TALTHIBIUS: Es a Ulises, rey de Ítaca, a quien la suerte te ha dado por esclava.
HÉCUBA: ¡Desgraciada de mí, a quien la suerte convierte en esclava de un hombre abominable, el más hipócrita simulador de los mortales, enemigo de la justicia, violador de las leyes, víbora cuya pérfida lengua se complace en afirmar unas veces y negar otras, y en sembrar el temor y la discordia! 
TALTHIBIUS: (A los servidores que hacen guardia en la tienda de las cautivas) ¡Vamos, guardias, haced venir cuanto antes aquí a Casandra, para que yo pueda entregarla a Agamenón, con las otras cautivas que le han caído en suerte... Pero ¿qué veo? ¿qué significa ese fuego de antorchas que brilla en la tienda? ¿Las troyanas, desesperadas, quieren incendiar su asilo y librarse de la servidumbre, lanzando sus cuerpos a las llamas? 
HÉCUBA: ¡No! Taltibio, ellas no han prendido fuego, sino mi hija Casandra, que en su delirio, avanza hacia nosotros.
[ENTRA CASANDRA] 

CASANDRA: Llevo la antorcha sagrada, e ilumino el templo con su luz. ¡Oh, feliz esposo! Madre, aunque entregada al luto y a las lágrimas, deploras sin cesar la muerte de mi padre y la ruina de nuestra patria! Pero yo encenderé la antorcha sagrada y haré brillar su luz, como es costumbre en las bodas de una virgen. Venid, jóvenes frigias, cubiertas con vuestros hermosos velos, venid a cantar mis gloriosas bodas y al esposo que el destino me ha reservado.

CORO: Oh, reina, ¿por qué no paras la locura de tu hija, que quiere entregarse a sus danzas ligeras a la vista del ejército griego?
HÉCUBA: ¡Ah! hija mía. No era entre el ruido de las armas, ni bajo el yugo de la lanza argiva, donde yo esperaba ver celebrar tus bodas. Dame esa antorcha, porque estás sujeta al delirio. 
CASANDRA: Madre, condúceme tú misma hasta mi esposo, porque si es cierto que Apolo es Dios, más funestas aún que las bodas de Helena, serán las mías con Agamenón, el ilustre rey de los griegos. Le daré muerte, devastaré su palacio y vengaré a mis hermanos y a mi padre. Mostraré que la suerte de Troya es más envidiable que la de los griegos; ellos, que por la posesión de una sola mujer, por recuperar a Helena, han hecho morir a miles de guerreros. Un general que se cree sabio sacrifica a sus enemigos lo que tiene de más querido, las alegrías de la ternura, sus hijos, que sacrifica a su hermano por una infiel que no fue secuestrada por la fuerza, sino que se entregó ella misma a su amante. 
Llegados a Troya, encontraron la muerte. No han vuelto a ver a sus hijos; las manos de sus esposas no los han envuelto en velos fúnebres, y yacen en tierra extranjera. Sus mujeres mueren en su patria, viudas de padres privados de sus hijos, que serán criados por otros. ¡Ciertamente ha sido una gloriosa expedición! Que mi musa se quede sin voz antes de celebrar esos crímenes. 
Los troyanos, al contrario, han muerto por su patria –lo que constituye su mejor gloria-, aquellos a los que el hierro ha matado, han sido devueltos a sus hogares por sus amigos; han recibido sepultura en la tierra de sus padres, de las manos de aquellos a quienes corresponde ese santo deber. Los troyanos que no han muerto en combate, han pasado sus días entre sus hijos y sus esposas, una alegría prohibida a los griegos. 
En cuanto al destino de Héctor, tan cruel a tus ojos, óyeme bien en qué consiste: ha muerto dejando el renombre de un héroe y debe su honor, precisamente a la venida de los griegos. Si ellos no hubieran asediado Troya, su valor habría permanecido desconocido. Paris se desposó con Helena, la hija de Zeus y sin este matrimonio, habría encontrado cualquier oscura alianza en su patria. 
Rechazar la guerra es un deber para el sabio, pero cuando hay que afrontarla, la más gloriosa corona para un estado, es morir con valor. Deja pues, madre de deplorar la suerte de tu patria y la boda de tu hija, pues este matrimonio nos vengará de los que detestamos.

CORO: Te burlas de las desgracias de tu familia y anuncias oráculos de los que el porvenir quizás demuestre la falsedad.
TALTIBIO: Si Apolo no extraviara tu espíritu, no habrías lanzado impunemente estas siniestras imprecaciones contra mis jefes. Pero los mortales a los que se venera y a los que se cree sabios, no valen más que aquellos a los que se desprecia. El jefe supremo del ejército de los griegos, el hijo de Atreo, se enamoró de una ménade insensata, con la que yo, aun siendo pobre, no querría compartir el lecho. Y tú, Hécuba, cuando el hijo de Laertes quiera llevarte, prepárate a seguirle. Serás la servidora de una mujer virtuosa, como lo dicen todos los que han venido a Troya.
CASANDRA: ¿Pretendes que mi madre debe ir al palacio de Ulises? ¿Cuál ha sido del oráculo por el cual Apolo me ha revelado que ella debe morir en esos lugares? Pero lo que me queda por decir, no son ultrajes. El desgraciado Ulises no prevé todos los males que le esperan. Los míos y los de los frigios le parecerán suaves en comparación. Después de diez años de trabajos añadidos a los que ha pasado ante Troya, volverá solo a su patria, si se interna en el peligroso estrecho que habita la terrible Caribdis, al salvaje Cíclope que se alimenta de carne cruda, a la encantadora Circe que convierte a los hombres en cerdos, a los naufragios del tempestuoso mar, al fruto seductor del loto y los sagrados bueyes del sol, cuya carne mugiente lo llenará de escalofríos, y en fin, descenderá vivo al imperio de los muertos, y no escapará a los peligros del mar, sino para ver su casa presa de mil calamidades. Pero en fin, ¿a qué volver a contar las aventuras d Ulises?
Adiós. Abandono las fiestas que hacían mis placeres. ¿Dónde está la nave de los atridas? ¿En cuál de ellas debo embarcarme? Llévame cuanto antes. Adiós, madre, deja las lágrimas. Y vosotros, mis hermanos, habitantes de los infiernos, y tú, mi padre, me reuniré con vosotros muy pronto. Iré victoriosa entre los muertos, tras haber destruido la casa de los atridas, autores de nuestra ruina. 
[SE VA CON TALTIBIO]

EL CORO: Guardianas de la anciana Hécuba ¿es que no veis a vuestra señora sin voz, que yace en la tierra? Id, pues a socorrerla. 

HÉCUBA: Dejadme, jóvenes troyanas, vuestros cuidados son una carga para mí; dejadme prosternada en tierra; es el estado que corresponde a los males que sufro, a los que he sufrido y a los que debo sufrir todavía. Oh, dioses! En vano invoco a estos lentos dioses para que nos socorran; sin embargo, corresponde a los mortales llamarlos cuando sea cae en el infortunio. Yo era reina, me convertí en la esposa de un rey y di a luz a nobles hijos, a los he visto morir bajo la lanza e los griegos. Y mis hijas, a las que he educado para ilustres matrimonios, han sido repartidas a otros; las han arrancado de mis brazos, y ya no me queda esperanza de que me vuelvan a ver, y yo misma nunca las volveré a ver. Y en fin. para colmar mi dolor, llego a la vejez como esclava de los griegos; reducida a dormir en el suelo con mi cansado cuerpo, que estuvo acostumbrado al lecho real y a revestir mis miembros rotos con  trapos arrancados a la miseria. Ah, desgraciada! qué de calamidades ha atraído sobre mi cabeza una sola mujer! Entre mi numerosa posteridad, ni un hijo ni una hija podrá calmar mi infortunio. ¿Para qué levantarme? ¿Con qué esperanza? Aprended con mi ejemplo, que ante la muerte, nadie merece el nombre de feliz.

CORO: Musa, quiero hacer oír un canto en honor de Troya. Diré cómo aquel coloso de madera ha causado la ruina de mi patria, y la ha sometido al poder de los griegos, cuando dejaron a las puertas de la ciudad el caballo cubierto de oro, lleno de guerreros. Entre nuestros jóvenes guerreros, entre nuestros ancianos, ¿hubo alguno que no estuviera de acuerdo? Todos se animaban con sus cantos de alegría, para hacerse con la fatal máquina destinada a perdernos. Todo el pueblo frigio se precipitó a las puertas, armado de antorchas traídas de los pinos del Ida, para ofrecer a la diosa este monumento del arte pérfido de los griegos. Inmediatamente, lo rodearon de cuerdas como una nave que se va a echar al mar; lo arrastraron hasta nuestras murallas, hasta el templo de Atenea, tan fatal a mi patria. 
Al terminar con aquellos felices trabajos, la noche nos había envuelto en sus sombras; los sonidos de la flauta libia de los Frigios se mezclaban con las voces y las jóvenes vírgenes, golpeando la tierra con sus pies en cadencia, dejaban oír sus cantos de alegría. 
De pronto un clamor homicida que se extendía a través de la ciudad, llenó las moradas de los troyanos; el hijo temeroso, se agarró con manos temblorosas a la falda de su madre. Ares se lanzó desde la máquina insidiosa, guiado por la divina Atenea: los frigios cayeron degollados al pie de los altares; en el interior de las casas los jóvenes guerreros fueron inmolados aisladamente, he aquí las hazañas con las que Grecia triunfó, y que hundieron a nuestra patria en el duelo.

CORO: Hécuba, mira a Andrómaca avanzando sobre un carro extranjero. A su lado, su querido Astianax, el hijo de Héctor, se aferra al seno materno.
ANDRÓMACA: Los griegos, nuestros amos, me arrastran tras ellos.
ΕΚΑΒΗ. Nuestra suerte está echada, y también la de Troya y la de mi noble posteridad. 

CORO: Tales son los dolores que sufrimos, en la ruina de nuestra patria; el dolor se añade al dolor por el efecto de la cólera de los dioses, desde que la muerte se llevó a tu hijo Paris, que por una odiosa unión, ha derribado el imperio de los troyanos: para satisfacer el odio de Palas, los cuerpos sangrientos de nuestros guerreros se han convertido en pasto de los buitres, y Troya sufre el yugo de la esclavitud.
ANDROMACA: Oh patria mía, oh infortunada, lloro al dejarte. Me llevan con mi hijo, como un botín.
ΕΚΑΒΗ. Así acaban de arrancarme a Casandra de mis brazos.
ANDRÓMACA: Pero otro golpe te espera todavía.
ΕΚΑΒΗ. Mis males son innumerables y no tienen medida.
ANDRÓMACA. Tu hija Polixena ha sido inmolada sobre la tumba de Aquiles, ofrecida como don a un cadáver sin vida. 
ΕΚΑΒΗ. Ah! desgraciada! Ese era entonces el enigma que Taltibio me anunció en tan oscuros términos? 
ANDROMACA. Esa muerte es preferible a la vida que me dejan.
ΕΚΑΒΗ. Ah! hija mía, estar vivo o estar muerto no es lo mismo; muerto ya no se es nada, pero vivo, aún queda la esperanza de morir.
ANDRÓMACA. Oh, madre mía, escucha las hermosas palabras que he oído y que podrán suavizar tu dolor. No nacer equivale a morir; pero morir vale más que vivir miserablemente; porque ya no se sufre y no se tiene el sentimiento de los males. Polyxena ha muerto; ha olvidado todos sus males. Todas las virtudes que se pueden desear en una mujer, las he practicado en la casa de Héctor. Porque una mujer, ya sea inocente o culpable, se expone a la maledicencia, sólo por no quedarse en casa: me prohibí incluso el deseo de salir y me encerré en mi casa. Presentaba siempre a mi esposo un rostro sereno y una boca silenciosa, y sabía cuándo había que cederle la victoria o tomarla sobre él. Pero el renombre de esta conducta, extendido por la armada griega, causó mi pérdida, pues desde que fui cautiva, el hijo de Aquiles quiso tenerme por esposa, y así seré la esclava en la casa de los asesinos de mi esposo.
¡Ah! la muerte de Polyxena, por la que lloras, ¿no es una desgracia mucho más pequeña que la mía? He perdido incluso lo único que queda a todos los mortales, la esperanza.

CORO: Tus desgracias son las nuestras, y, al deplorarlas, nos enseñas toda la extensión de nuestra miseria.
HÉCUBA: Nunca me he embarcado, pero he oído hablar de los barcos y sé que si la tempestad se produce sin violencia, los navegantes se entregan al trabajo con ardor, para escapar al peligro; uno corre al gobernalle, el otro a las velas y otro saca el agua de la sentina; pero si sus esfuerzos son impotentes contra la furia del mar revuelto, ceden a la fortuna y se abandonan a la suerte de las olas. Así yo, en los males que me abaten, me quedo sin voz, y el lamento expira en mis labios; cedo a la tempestad de la adversidad levantada por los dioses. 
Pero, mi querida hija, honra a tu nuevo señor, y podrás educar al hijo de mi hijo, para que sea la esperanza de Troya y para que tu posteridad pueda volver a levantar un día las murallas de Ilión… Pero veo llegar al heraldo de los griegos ¿qué nuevas órdenes traerá?

TALTIBIO: Esposa de Héctor, la más valiente de las Frigias, no me odies; vengo contra mi voluntad a anunciarte las resoluciones de los Griegos y los Pelópidas.
ANDRÓMACA: ¿Qué es lo que anuncias con este siniestro comienzo?
TALTIBIO: Se ha resuelto que el hijo… ¿Cómo podría explicarlo?
ANDRÓMACA: ¿Nos permitirán tener el mismo amo?
TALTIBIO: Ningún griego será jamás su dueño.
ANDRÓMACA: ¿Quieren abandonar aquí al último que queda de los frigios?
TALTIBIO: No sé cómo anunciarte algo tan funesto.
ANDRÓMACA: Apruebo tu contención, pero dame ya esa noticia funesta.
TALTIBIO: Quieren matar a tu hijo, para decírtelo en todo su horror.
ANDRÓMACA: ¡Ah! Grandes dioses! Esto es más horrible que un detestable himeneo!
TALTIBIO: La elocuencia de Ulises lo llevó a la asamblea de los Griegos.
ANDRÓMACA: ¡Ay! ¡Ay! No hay término para los males que sufro.
TALTIBIO: Ha mostrado el peligro de dejar crecer al hijo de un héroe.
ANDRÓMACA: ¡Ojalá le ocurriera lo mismo a sus propios hijos!
TALTIBIO: Van a arrojar a Astianax desde las torres de Ilión y esto debe cumplirse. Muestra tu sabiduría resignándote y sometiéndote sin resistencia. No creas que podrás oponerte a la voluntad de los griegos; nosotros somos más fuertes de lo que es necesario para reducir a una mujer.
Guárdate incluso de lanzar imprecaciones contra los Griego, porque si irritas al ejército con tus amenazas, se le negará a tu hijo la sepultura y los lamentos fúnebres. Pero si, al contrario, soportas tus males en silencio y con ánimo, no serás privada de su rendir a su cuerpo las últimas honras, y tú misma obtendrás de los Griegos un tratamiento más blando. 
ANDRÓMACA: Oh hijo mío, oh dulce objeto de mi ternura, vas a morir a manos enemigas y vas a abandonar a tu madre desolada! Es el valor de tu padre lo que te mata; cuando fue la salvación de tantos otros. La virtud de tu padre te ha servido mal. Cuando entré en el palacio de Héctor ¿tenía yo que creer que al darle un hijo, ofrecía a los griegos una víctima y no un señor a la opulenta Asia.
Lloras hijo mío. ¿Por qué agarrarte a mi vestido, como un pájaro se abriga bajo el ala de su madre? 
Precipitado sin piedad desde lo alto de una roca, exhalarás tu último suspiro. Oh hijo amado, por última vez, abraza a tu madre, apretado contra su corazón, rodea mi cuerpo con tus brazos y que tu boca se una con la mía. ¡Oh. griegos, que inventáis suplicios dignos de los Bárbaros, ¿por qué queréis matar a este niño inocente? Zeus no ha podido producir esta plaga de Griegos y Bárbaros. Maldita seas, tú, cuya funesta belleza ha destruido indignamente los campos de Frigia! Tomad, llevad, precipitad a mi hijo si tal es vuestro placer; haced de su cuerpo un horrible festín, ya que los dioses son los autores de nuestro desastre, y yo no podré arrancar a mi hijo de la muerte. Tomad mi cuerpo miserable, lanzadlo al fondo de vuestra nave. Felices auspicios para un himeneo, regarlo con la sangre de mi hijo!
[SALE]

CORO. Desgraciada Troya, cuántos guerreros has perdido por culpa de una sola mujer y de una odiosa unión! 
TALTIBIO: Vamos, muchacho, arráncate de los brazos de una madre desesperada, sube a lo más alto de estas murallas que fueron la herencia de tus padres, porque es desde ahí desde donde los griegos han dispuesto que pierdas la vida. [A los guardias que le acompañan] ¡Lleváoslo! [entre sí] –¡Ah! para transmitir órdenes tan crueles haría falta un corazón sin piedad y más insensible a la vergüenza que el mío. 
[SALE CON ASTYANAX]

HÉCUBA. ¡Mi niño! Hijo querido de un padre infortunado, la violencia te arranca de tu madre y de mí. ¿Hay alguna calamidad que se me haya evitado? 

CORO: Las orillas del mar resuenan de gemidos; parecidos al ave llorosa.

Ante la mirada de Andrómaca, Neoptólemo (o tal vez Ulises) se dispone a tirar a Astianacte desde la muralla de Troya.

[ENTRA MENELAO]

MENELAO: ¡Oh día luminoso en el que vuelvo a ser dueño de una esposa infiel! Soy Manelao, el que ha soportado tantos trabajos, y que ha dirigido la armada griega ante Troya, con mil naves. pero si marché contra Troya, no fue como se cree, por el amor de una mujer, sino para castigar a un huésped pérfido que me robó a mi esposa. Los dioses han secundado mi venganza y él ha sucumbido con su patria bajo las lanzas griegas. He venido a buscar a esta lacedemonia culpable, a la que no quiero dar más el nombre de esposa. Aquellos cuyas fatigas guerreras la han reconquistado, me la han cedido para hacerla morir, o, a mi voluntad, para devolverla a la tierra de Argos; pero he resuelto, en lugar de matar a Helena en Troya, llevarla a Grecia en nuestras naves, y allí entregarla al suplicio para vengar a aquellos de nuestros amigos que han muerto ante Ilión. 
Vamos, entrad en esta tienda, traed aquí a Elena; arrastrad por los cabellos a la pérfida que tanta sangre ha hecho derramar. En cuanto se levanten vientos favorables, ella nos seguirá a Grecia.

HÉCUBA: Oh, tú, quienquiera que seas, Zeus, necesidad de la naturaleza, o imaginación de los hombres, te rindo homenaje, pues por misteriosos caminos gobiernas todas las cosas humanas según la justicia.

MENELAO: ¿A qué viene que ahora, de pronto, te pongas a invocar a los dioses?

HÉCUBA: Te apruebo, Menelao, si haces morir a tu esposa; pero huye de su vista, no sea que te subyugue con su amor, porque seduce los ojos de los hombres, arruina las ciudades e incendia las casas, tan poderosos son sus encantos! Yo aprendí a conocerla y tú mismo y todos los que han sido sus víctimas, deberíais conocerla también.
[ENTRA HELENA]

HELENA: Menelao, he sido arrastrada con violencia fuera de la tienda por las manos de tus servidores. Aunque siento que te resulto odiosa, necesito saber qué habéis decidido los griegos y tú sobre mi vida. 
MENELAO: No se ha deliberado oficialmente sobre tu suerte; pero el ejército entero, que ha sufrido por tu culpa, te ha entregado a mí para que te haga matar. 
HELENA: No puedo yo al menos hablar en mi defensa y probar que si muero, será injustamente?
MENELAO: No he venido para discutir, sino para matarte.

HÉCUBA: Escúchala, Menelao, antes de que muera; no le niegues esta gracia, y déjame el cuidado de responderle; pues tú no sabes nada de su culpable conducta en Troya. El resultado de esta conversación será su sentencia de muerte a la que no podrá escapar.
MENELAO: Este favor es una pérdida de tiempo; pero si ella quiere hablar, puede hacerlo, pero que lo sepa bien, es por tu petición por lo que se lo concedo, y no por ella misma.
HELENA: Los reproches que sin duda vas a hacer oír contra mí, los refutaré. [Señala a Hécuba]. Esta, en primer lugar ha sido el origen de todas las desgracias, al concebir a Paris. En segundo lugar, el viejo Príamo ha causado la pérdida de Troya y la mía, dejando vivir a este niño, a este Paris, a pesar de que un sueño profético lo había mostrado a su madre como una antorcha fatal que debía abrasar su patria. Y después ya sabes como siguieron los acontecimientos: Paris se hizo juez entre las tres diosas. Atenea le ofreció la conquista de Grecia; Hera le prometió el imperio sobre Asia y Europa si decidía en su favor y Afrodita exaltó mis encantos, y prometió entregarme a él si ella obtenía el premio de la belleza. Considera ahora lo que sigue: Afrodita ganó a sus rivales y de su influencia impuso mi himeneo. 
Vendida por mi belleza, me veo acusada de forma ultrajante. Pero, dirás que aún no me he explicado la cuestión de mi partida clandestina de tu palacio. Una diosa demasiado poderosa acompañaba al que fue mi genio malo; Alejandro, o Paris, como quiera que le llames. ¡oh cobarde esposo, me dejaste en tu palacio al abandonar Esparta, para ir a Creta.
Pero no eres tú, soy yo misma quien debe interrogar sobre lo que resultó de todo ello: ¿qué sentimiento pudo llevarme a abandonar así mi patria y mi familia, para seguir a un extranjero? Acércate a la diosa y sé más poderoso que Zeus, que aun siendo el señor de las demás divinidades, él también es esclavo de Afrodita.
Por eso tengo derecho a la indulgencia. Cuando Paris fue sepultado en el seno de la tierra y su muerte disolvió el himeneo formado por una diosa, yo debía abandonar la casa y refugiarme en el campo de los griegos: me apresuré a hacerlo; pongo como testigos a los guardias de las puertas y a los centinelas de las murallas, que a menudo me han sorprendido tendiendo una cuerda desde lo alto de los muros, para descolgarme a tierra. Pero un nuevo marido, Deifobo, me llevó a la fuerza, y me desposó. ¿Aun así, podría ser justa mi muerte? ¿Podrías tú, esposo mío, condenarme justamente? Aquel me desposó a mi pesar; y en cuanto a mi huida de Esparta, en lugar de obtener el precio de la belleza, he sido abandonada a una triste esclavitud. Si pretendes oponerte a los dioses, tu deseo es insensato.

CORO: Reina, confunde su pérfida elocuencia; porque ella habla bien, pero siempre haciendo el mal; tiene un arte funesto.

HÉCUBA: Yo no creo que Hera, ni que la casta Atenea, hayan llevado la locura tan lejos como precio del premio a la más bella; ofreciendo incluso entregar Atenas a Paris, y en cuanto a Hera, ¿qué pretendía con ese ansia de parecer la más bella? ¿Ambicionaba acaso un esposo más grande que Zeus? Y ¿qué pretendería Atenea, que había obtenido de su padre, como único bien, la eterna virginidad?

Helena y Paris. Jacques-Louis J. L. David. Louvre

No acuses, Helena, a las diosas de locura, para disculpar tus vicios, no persuadirás a los sabios. Tú has dicho que Venus fue quien llevó a mi hijo a casa de Menelao –aserción bien ridícula-, ¿no habría podido ella misma llevarte a Troya? Pero mi hijo era de una rara belleza, y a su vista tu corazón se personificó en Venus. Desde que Paris se presentó a tu vista reluciente  de brillo de oro y de todo el lujo de los Bárbaros, el delirio entró en tu alma; en Argos, tu vida estaba limitada a módicos recursos, y tú te alababas, renunciando a Esparta, que la capital de Frigia, donde el oro corría a chorros, llenaría con profusión todas las despensas; el palacio de Menelao no sería suficiente para tu lujo y tu gusto inmoderado por los placeres. 
Pero no, dices tú, es mi hijo quien te secuestró a la fuerza. ¿Qué Espartano ha sido testigo de tu resistencia? ¿Tus gritos invocaron la ayuda de Castor o de Pólux, tus hermanos, que no vivían entonces en la estancia de los dioses? 
Y ahora hablas de tus esfuerzos por descolgarte con cuerdas desde lo alto de las murallas, donde permanecías a tu pesar! Pero ¿cuándo te sorprendieron afilando el puñal o colgándote de una cuerda fatal? Eso es lo que habría hecho una mujer generosa que echara de menos a su esposo. ¿Cuántas veces te aconsejé: Vete, hija mía, deja a mi hijo contraer otras alianzas; yo te ayudaré a alcanzar furtivamente las naves de los Griegos; haz que se acabe la guerra entre ellos y nosotros?
Pero estas opiniones te parecían amargas; reinabas con altivez en el palacio de Paris, y tú querías ser adorada por los Bárbaros. He aquí lo que era grande a tus ojos. Y después de esto, todavía osas embellecerte, y respiras el mismo aire que tu esposo. ¡Oh, mujer abominable, que deberías más bien aparecer humilde y temblorosa, cubierta de vestiduras rotas, la cabeza rapada a la manera de los Escitas, y expiar tus faltas a fuerza de modestia, en lugar de agravarlas con tu impudor! 
Menelao, para llegar a la conclusión de mi discurso, honra a los Griegos haciéndola matar como es digno de ti y establece una ley común a todas las mujeres, la muerte para la que traiciona a su esposo.

CORO: Menelao, muéstrate digno de tus ancestros y de tu casa, castigando a una esposa culpable, y justifícate de la afeminada apatía que Grecia te reprocha.
MENELAO: Sí fue voluntariamente como ella abandonó mi palacio por el lecho de un extranjero, y el nombre de Afrodita no viene a su boca sino para paliar su falta, los verdugos deben lapidarte para que tu muerte expíe los largos sufrimientos de los Griegos.
HELENA: Menelao, abrazo tus rodillas, no me imputes males que son obra de los dioses, no me mates, perdóname.
HÉCUBA: No traiciones a los amigos que fueron sus víctimas; es por ellos, es por mis hijos por quien te imploro.
MENELAO: Calla, Hécuba; ya no la escucho. Ordeno a mis servidores que la lleven en una nave que la conduzca a Grecia.
HÉCUBA: Que ella no vaya en la misma nave que tú, porque no hay amante a la que no se ame siempre.
MENELAO: El amor depende del carácter de aquellos a los que se ama: pero seguiré tus consejos; ella no subirá en la misma nave que yo; tu opinión es buena. Llegada a Argos, sufrirá una muerte miserable, tal como merece y su ejemplo instruirá a otras mujeres a respetar la virtud. No es fácil; pero su muerte llenará de temor a las peores. 

CORO: Así pues, oh, Zeus, dejas a los Griegos el templo en el que los Troyanos te adoraban. Abandonas la santa Pérgamo, las arboledas del Ida, los bosques coronados de hiedra que riegan helados manantiales, y esa cumbre brillante que el sol ilumina con sus primeros rayos y que expande una claridad divina. 
Ya no existen, ni los cantos propicios de los coros sagrados que se oían durante la noche, ni las fiestas nocturnas de los dioses, ni las doce revoluciones de la luna, celebradas por los Frigios. Me pregunto, oh rey de los dioses, si desdeñas bajar tu mirada sobre mi patria en ruinas, que la llama devoradora ha consumido.
Querido y desgraciado esposo, tu cuerpo, privado de sepultura y de abluciones fúnebres, vaga sin asilo, y yo, a quien una nave que cruza los mares sobre rápidas alas, va a llevarme a Argos.
Nuestros hijos, bañados en lágrimas y amontonados en las puertas, gimen y llaman a gritos a sus madres. Los Griegos van a separarme de ti y a llevarme lejos de tu vista, en sus negras naves de ágiles remos, hacia la isla sagrada de Salamina, donde sobre el istmo que domina los dos mares y que guarda las torres de la tierra de Peloponeso.
Ojalá que cuando la nave de Menelao esté entre las olas, el sagrado rayo de Zeus, cuyo fuego surca el mar Egeo, caiga sobre esta fatal nave que me arranca, desolada de Ilión, mi patria, para llevarme a Grecia donde seré esclava. Ojalá que no vuelva a ver la tierra de Lacedemonia ni sus hogares, ese cuyo funesto himeneo ha extendido el deshonor sobre Grecia, y la ruina a Troya. 
¡Ah! A nuestros desastres suceden siempre más desastres. Esposas infortunadas de los Troyanos, ved el cuerpo de Astyanax, que los griegos acaban de precipitar desde las murallas.
[ENTRA TALTIBIO CON EL CUERPO DE ASTYANAX]

TALTIBIO, Hécuba, Neoptólemo tuvo que adelantar su partida y ha llevado a Andrómaca con él, pero obtuvo que el hijo del héroe, que acaba de morir precipitado desde las murallas, sea enterrado con este escudo de bronce, terror de los Griegos, este con el que Héctor armaba su brazo.  Andrómaca, no quiso llevarse su cuerpo, cruel motivo de dolor para ella, y quiere que sea enterrado en ese escudo. Me ha encargado que entregue su cuerpo en tus manos, para que lo cubras de velos y de coronas, mientras tengas el poder en su presente fortuna, pues ella se va, y la partida de su amo la priva de dar ella misma la sepultura a su hijo.
En cuanto le hayas rendido los últimos honores, echaremos tierra sobre su cuerpo y nos pondremos a la vela. Apresúrate a ejecutar las órdenes.
Atravesando las aguas del Escamandro, he bañado el cadáver y he lavado sus heridas; ahora voy a excavar una tumba para él, a fin de que con el concurso de tus cuidados y los míos, estemos pronto preparados para hacernos a la vela hacia nuestra patria. 
[TALTIBIO ABANDONA LA ESCENA]

HÉCUBA: Posad en tierra el escudo de Héctor, triste espectáculo, muy cruel para una madre. Oh, Griegos, ¿por qué el temor a un niño os ha hecho cometer este nuevo crimen? ¿Teméis que un día reconstruya Troya de sus ruinas? Sois pues, bien poca cosa, si, después de que Troya está tomada y el imperio Frigio destruido, teméis a un niño tan débil! Yo no puedo aprobar a alguien que no somete sus temores a la prueba de la razón.
¡Amado Astianax, si al menos hubieras muerto por tu patria, después de haber conocido la juventud, el himeneo, y un poder igual al de los dioses, habrías sido feliz. Infortunado! los muros de nuestra ciudad, obra de Apolo, han desfigurado tu cabeza encantadora, y esa cabellera que recibió tantas veces los cuidados y los besos de una madre! De tus huesos rotos surge ahora sangre.
Oh, manos, cuyos movimientos me dibujaban la dulce imagen de su padre, os veo rotas por todas las articulaciones! Boca querida, que me encantabas con tus dulces ocurrencias, ¿qué ha sido de ti? ¡Tú que prometías cortar un día sobre mi tumba tu hermosa cabellera!
¿Qué palabras grabarán los poetas sobre tu tumba? El niño que descansa aquí, ha muerto a manos de los Griegos, que le tenían miedo. ¡Inscripción deshonrosa para Grecia! Pero al menos el escudo de Héctor será tu sepultura. 
Insensato el mortal que cuenta con una prosperidad duradera, y se entrega a la alegría, como un hombre delirante; la fortuna inconstante se complace con las revoluciones, nadie conserva nunca una alegría sin mezcla. Hijo mío, la odiosa Helena te lo ha arrebatado todo, ella también te ha quitado la vida, y ha arruinado tu casa.
Y tú, escudo querido de Héctor, recibe esta corona: inaccesible a la muerte, compartirás la del hijo de Héctor, que merece recibir más honra que las armas del pérfido Ulises. Tu padre velará sobre ti entre los muertos.
Id, y encerrad este cuerpo en la tumba; los honores fúnebres le han sido rendidos según los ritos ordinarios. Pero yo creo que importa poco a los muertos obtener suntuosos funerales; no es más que una vana pompa que halaga el orgullo de los vivos.
Pero, ¿Quiénes son esos hombres que veo en las alturas de Ilión, agitando antorchas encendidas? ¿Una nueva desgracia va a caer sobre Troya?

TALTIBIO: Jefes de cohortes, lanzad las antorchas ardientes, a fin de que tras haber destruido Ilión de arriba abajo, volvamos llenos de alegría a nuestra patria. 

La destrucción –e incendio– de Troya, por Johann Georg Trautmann.

Y vosotras, hijas de los Troyanos, volved a las naves que deben llevaros a Grecia. Y tú, Hécuba, infortunada, sigue a estos soldados enviados por Ulises, a quien la suerte te ha dado por esclava.

HÉCUBA: ¡Ah, desgraciada! Heme aquí, pues, finalmente, en el extremo de mis dolores! Abandono mi patria viéndola reducida a cenizas. Sin embargo, oh mis pies enfermos y dudosos, esforzaos para apresuraros, que yo diga un último adiós a mi deplorable patria. Oh, Troya, cuya potencia brilló antaño entre las naciones bárbaras, muy pronto tu nombre ya no será celebrada. El fuego devora tus muros, y nos llevan a la esclavitud. Oh dioses! Pero ¿por qué invocar a los dioses? Desde hace mucho tiempo ya no se escuchan nuestras invocaciones…  Ánimo, lancémonos a la hoguera encendida, será un glorioso destino para mí, mezclar mi ceniza con la de mi patria.
TALTIBIO: ¡Desgraciada, tu dolor te pierde!. Lleváosla; debe ser entregada en manos de Ulises, como el lote que le corresponde.

CORO: Troya no existe ya.
HÉCABE: ¡Ay! Horror! Ilión está en llamas; el fuego abraza la ciudad de Pérgamo; la ciudad y sus altas murallas. ¡Me llevan! ¡Me arrastran!

CORO: ¡Oh, qué crueles gritos de dolor!
ÉKABE: Convertidas en servidumbre. Oh, Príamo, Príamo; muerto sin sepultura, lejos de tus amigos! Ignoras mis infortunios; la muerte tenebrosa cubre tus ojos, piadosa víctima de un impío asesino. 

CORO: Presa del fuego y del hierro destructor, pronto caeréis sin nombre, y cubriréis la tierra con vuestras ruinas.

EKABH: Escuchad, reconoced el ruido de estos muros que caen. La tierra se derrumba bajo el peso de una ciudad entera que se derrumba. Todo mi cuerpo tiembla; guiad mis pasos temblorosos.

TALTIBIO: Id a empezar una vida de esclavitud. ¡Oh desgraciada ciudad! Dirige tus pasos hacia las naves griegas.

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Eurípides, 480-406 aC

Eurípides fue uno de los tres grandes trágicos de la Atenas clásica, junto con Esquilo y Sófocles. Se cree que escribió más de 90 obras de teatro, 18 de los cuales se conservan –más que las de Esquilo y Sófocles juntos–, si bien hoy se duda de la atribución de Rhesus. Existen asimismo fragmentos de la mayoría del resto de sus tragedias, en algunos casos, muy sustanciales.

Eurípides es reconocido por haber reformado la estructura formal de la tragedia ática tradicional, al crear personajes femeninos fuertes y esclavos inteligentes, y por satirizar a muchos héroes de la mitología griega.

Se cree que procedía de una familia acomodada, cuyos padres fueron Clito y Mnesarco. Eurípides se casó con Melito, y tuvieron tres hijos. Se rumoreó que también tuvo una hija, a la que hizo matar cuando fue atacada por un perro rabioso, aunque esto podría ser una invención de Aristófanes, quien solía burlarse de Eurípides, a veces con su ácida ironía, llegando a convertirlo en diana de sus dardos en Acarnienses, Tesmoforiazusas y Las Ranas.

Apenas se sabe nada de su biografía, excepto la seguridad de que participaba en competiciones dramáticas, lo que hizo por primera vez en las Dionisias del año 455 aC., cuando apenas hacía un año que había muerto Esquilo, ocasión en que recibió el tercer premio. En 441 aC. obtuvo el primer premio, si bien, a lo largo de su carrera como dramaturgo, sólo alcanzó cuatro victorias.

Compitió por última vez en 408 aC. tras lo cual se rumoreó que había abandonado Atenas. Murió en 406 aC., seguramente, en Atenas. Al año siguiente, se representó Las Bacantes. A pesar de que Esquilo obtuvo trece victorias y Sófocles dieciocho, Eurípides no fue menos popular y, de hecho, en el siglo IV, sus dramas alcanzaron mayor popularidad que las de Esquilo y Sófocles. 

Posteriormente influyó en la Nueva Comedia y en el drama latino, convirtiéndose más tarde, en el ídolo de los clasicistas franceses. Entre sus obras destacan, entre los años 438 y 415: Alcestes, Medea, Electra, y Las Bacantes, aunque el resto de su creación contiene obras no menos importantes, como son: Andrómaca, Hécuba, Helena, Ifigenia en Áulide, Ifigenia en Táuride, Medea, Orestes, Las Suplicantes, y Las Troyanas, del 415 aC.
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Esta traducción ofrece una versión muy resumida de Las Troyanas, aunque las partes conservadas mantienen el argumento y las expresiones originales.
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Sobre la Guerra de Troya:


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lunes, 16 de febrero de 2015

Cervantes. Los seis aventureros de España.



Los seis aventureros de España, y como el uno va a las Indias, y el otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro está preso, y el otro anda entre pleitos, y el otro entra en religión. E como en España no hay más gente destas seis personas sobredichas. 

Vasco Díaz Tanco de Fregenal, Jardín del alma cristiana (Valladolid, 1552).

Según la precedente revisión sociológica, que, evidentemente, está de acuerdo con los datos del momento histórico que tratamos, Cervantes tuvo en su vida la oportunidad, o, más bien la necesidad, de encuadrarse en tres o cuatro de estos seis tipos de aventureros: el que va a Italia, el que está preso y el que anda entre pleitos, por no contar el de ponerse al servicio del que sí entra en religión, como es el caso, y aun podríamos añadir una clase más, previa a todas las demás, y que no cita el autor: la de solicitante o pretendiente en Corte.

Sabemos bien que Cervantes, además de sus estancias en Madrid, siguió a la corte, primero la de Felipe II en Lisboa y, después la de Felipe III en Valladolid, siempre en busca, no ya de una merced, que sólo podían obtener otros personajes más señalados, sino de cualquier encargo o trabajo con sueldo, quedando sus intentos casi siempre frustrados, excepto cuando conseguía algo que, en definitiva, le resultaba más caro que el propio salario. Pronto veremos sus complejas peripecias como empleado de la Corona, tanto en la vida administrativa, como en el ejército, donde buena parte de lo que cobra, aunque suene como merced, es siempre a cuenta de lo que se le debe.

Así pues, que Monseñor Acquaviva, salió de España el 30 de diciembre de 1568, en el plazo y la vía que se le habían señalado en el salvoconducto; sesenta días, por Aragón y Valencia.

Parece seguro que Cervantes estuvo a su servicio en Roma, pero, sorprendentemente, durante muy poco tiempo; desde febrero o marzo de 1570, es decir, cuando sólo habían pasado dos o tres meses desde la vuelta de Acquaviva a Roma, hasta que se alistó en el ejército, siendo enviado a Nápoles. 

Esto nos plantea una nueva incógnita: ¿cómo un muchacho sin experiencia ni apoyos y, en realidad, extranjero, fue contratado como camarero de un cardenal romano? Y aun suponiendo una simpatía personal del clérigo hacia el poeta, ¿qué pasó para que su servicio fuera tan breve? ¿en qué consistió su trabajo y donde se preparó el escritor para hacerlo? ¿Hablaba Cervantes italiano?

En todo caso, hallaría en la Ciudad Eterna, una vida difícil, aunque no en el sentido que podemos suponer, sino porque aquella cosmopolita ciudad podía mostrar su faceta menos acogedora, difícil y hasta peligrosa, para un joven de veintidós o veintitrés años, presumiblemente sin ninguna experiencia para afrontar las costumbres que describiría pocos años después, otro gran amigo suyo, Luis Gálvez de Montalvo –autor de El Pastor de Filida–, en carta del 13 de julio de 1587 dirigida al Duque de Francavila.

  


La vida de Roma es, señor, de harto trabajo, do no basta la mucha merced que el cardenal –Ascanio Colonna– me hace para poderla sufrir. Está todo tan estragado y malo de suyo, que sin duda ha de ser mal hombre el que se hallare bien: la mentira, la lisonja, la poca fe, el engaño tan avecindados, que cada uno come con ellos y duerme; y ansí, cuando recuerdan algunos, se hallan donde es imposible salir. No hay un real, y hay cien mil trapazas; las cárceles, llenas de españoles; los italianos parecen mozos de mulas, toda la vida cantándonos infamias; las calles, llenas de putanas, casadas y por casar; doce mil están en lista, dolas al diablo, y apenas hay quien las mire a la cara, trátase la sodomía con menos recato, harto menos, que comer un huevo en viernes. ¡Bravo caso, aquí donde se topa a cada paso un vicario de Cristo, y tantas y tan grandes reliquias que se puede llamar archivo del cielo!

Una definición que parece contradecir el hecho de que a Cervantes se le exigiera información de limpieza para optar al servicio de Acquaviva. Pero la realidad histórica abona el caso; es evidente, que la falta de limpieza, pesaba en el orden de valores mucho más que la mentira el engaño, cualquier delito meritorio de cárcel o las putanas, a las que según Montalvo nadie mira a la cara, porque prima la sodomía, de la que se habla más abiertamente, que de comer un huevo el viernes, asunto, como se sabe, de notoria gravedad.

Como dice Cipión a Berganza, en el Coloquio de los Perros: los señores, para recebir un criado, primero le espulgan el linaje, ante cuya necesidad, es evidente que todo lo demás carece de importancia. Por eso, como sabemos, el padre de Cervantes se había apresurado a solicitar su certificado, con fecha de 22 de diciembre de 1569.

Muy magnífico señor: Rodrigo de Çerbantes, andante en corte, digo que Miguel de Çerbantes, mi hijo e de doña Leonor de Cortinas, mi lejítima muger, estante en corte Romana, le conviene probar e averiguar como es hijo legítimo mío e de la dicha mi muger, y quél, ni yo, ni la dicha mi muger, ni mis padres ni aguelos, ni los de la dicha mi muger hayan sido ni somos moros, judíos, conversos ni reconciliados por el Santo Oficio de la Inquisición ni por otra ninguna justicia de caso de infamia, antes han sido e somos muy buenos cristianos viejos, limpios de toda raiz; a v. m. pido mande hacer información de los testigos que acerca de lo susodicho presentare, la qual hecha me la mande dar por testimonio signado, interponiendo en ella su autoridad e decreto para que valga e haga fee en juizio y fuera dél, y pido justicia e para ello &c Rodrigo de Cervantes.

Para entonces, los ejércitos turcos habían avanzado sin apenas tropiezos, conquistando Belgrado y derrotando al ejército húngaro en Mohakcz –donde murió Ludwig Jagellon, el cuñado del Emperador Fernando, hermano de Carlos V–, y llegando a poner cerco a Viena. Por otra parte habían colapsado el tráfico marítimo en el Mediterráneo; habían caído sobre Rodas y se habían impuesto, en definitiva, en pleno Renacimiento del mundo occidental cristiano. Sólo su nombre significativo de una gran fuerza naval, durante el siglo, fueron la pesadilla constante –dice Astrana–, pues a cada momento, como decía el Cura en el Quijote, se tenía por cierto que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio, ni adónde había de descargar tan gran nublado; y con este temor, con que casi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad.

Por entonces, era Malta la que estaba en peligro. Entre tanto, en España, don Juan de Austria había derrotado y destruido a los moriscos de las Alpujarras en una guerra sin cuartel entre 1568 y 1570. Pero el ataque a Malta fracasó cuando la isla recibió los famosos socorros, por lo que los turcos dirigieron su mirada hacia Chipre, por entonces, propiedad de Venecia, que, al parecer, completamente desprevenida, temió, con razón, que estaba en peligro, no sólo Chipre, sino la propia República. Se impuso, pues la necesidad de levantar fortificaciones, en tanto se hacía recuento de la flota, que, en aquel momento contaba con 136 galeras, 11 galeazas, un galeón y unas cuantas embarcaciones auxiliares; cifras, en ningún caso, equiparables a la temida potencia turca.

Francia vivía en guerra entre católicos y hugonotes; Inglaterra luchaba contra un insurrección de católicos en el norte, mientras que el propio Maximiliano había asentado treguas con el Imperio Turco y, Portugal, por su parte, luchaba contra una gravísima oleada de peste en Lisboa. No podemos hablar pues, de unidad entre los cristianos en aquel momento, cuando Venecia decidió solicitar ayuda al Papa, Pío V.

El pontífice ofreció el concurso de una flotilla de doce galeras armadas a su costa, que capitanearía Marco Antonio Colonna, Duque de Pagliano y Tagliacozzo, pero sobre todo, envió una carta a Felipe II.

Marco Antonio Colonna

Roma a 5 de Marzo de 1570: Pío, Papa V. 

Muy amado hijo: Cuando atentamente me pongo a considerar el estado que al presente tiene la república cristiana y hallo en ella tanta miseria y desventura, tanta aflicción y trabajo, no puedo dejar de recibir un pesar y un sentimiento tan entrañable… 

A cualquier parte que vuelvo los ojos veo enflaquecida la cristiandad y las fuerzas de nuestra fe, … Apenas tomamos el cargo de servidumbre apostólica, cuando el Gran Turco, con poderoso ejército de pie y de a caballo, entró por Hungría a sujetar lo poco que allí le faltaba para ser suya, y puso en tanto aprieto a Maximiliano, electo Emperador, y en tanto miedo a toda Alemania, que si Dios, por su infinita misericordia, no amansara el furor desta guerra con la muerte del tirano, no solamente asolara aquellas provincias, mas aquí en Italia corriéramos el mismo riesgo y desventura... 

El Turco, nuestro común y cruel enemigo, quebrantando las antiguas treguas que con los venecianos tenía, se apercibe agora de poderosa armada y por tierra de grandes ejércitos para acometer a la cristindad, amenazando a los príncipes della con muerte y total destrucción de sus reinos y ciudades... 

Mirad lo que los turcos señorean las tierras y provincias que mandan, … pretenden sojuzgar a Europa; y para temer que puedan salir con sus propósitos, que en breve se hicieron dueños de Asia y de lo mejor de Africa, y, después, de toda Grecia; y luego pasaron a Hungría y tienen de ella lo más importante, que tenernos puesto el cuchillo a la garganta, porque siendo aquella tierra la defensa y amparo de Alemania y Italia, ahora que es suya, abierta tienen la puerta por Instre y Frexe, para meter !os ejércitos que quisieren: por mar, en menos de una noche, pueden llegar su armada a Brindis desde la Belona…

Así que, hijo mío y muy amado en Jesucristo, a quien Dios Todopoderoso adorno de tan extremas virtudes, y de tantos y tan abundosos reinos os hizo señor, sed vos el primero que persuadais a los demás a esta Liga contra los turcos. Ninguno de ellos habrá que no siga vuestro parecer y autoridad; ninguno de los reinos dejará de tomar este negocio y pelear por propio y particular suyo. 

Yo también, de muy entera y alegre voluntad, ayudaré con lo que pudiere a tan justos movimientos... Y en tanto que se concluye esta general concordia y defensa común, y en tanto que se adereza lo necesario de ella, ruego a V. M. por las entrañas de Jesucristo, y le requiero, que envíe luego la mayor armada que pudiere a Italia, porque estará allí a propósito para que, si los enemigos viniesen sobre Malta, puedan defenderla, como lo hicieron otra vez, y si cercaren a la Goleta, con más facilidad será socorrida; y cuando acometiesen, como se teme, a Chipre, isla de venecianos, y cerrasen el paso para estorbar el socorro que le fuese enviado, estando las galeras de V. M. juntas con las de Venecia, los turcos no se harán señores de la mar… con ayuda de Dios.

Esto pido a V. M. con el encarecimiento posible, porque entiendo claramente que si la armada de V. M. se pasase en Sicilia, sería un freno terrible para los enemigos y gran desmayo para cuanto emprendiesen; y los nuestros, en cualquier parte que sean acometidos, tendrán por cierto el socorro. 

Yo de mi parte, por la conversión y guarda de mi ganado, por defenderle, muy aparejado estoy a tomar cualquier trabajo y ponerme a cualquier peligro.

… envío al Maestro Torres, de nuestra Cámara, persona a quien por su bondad y virtud tenemos particular afición, y siendo tan leal vasallo de V. M., ha venido más a propósito encargarle este negocio; y así, todo lo que de mi parte propusiere, rogamos a V. M. le dé el mismo crédito que a mí.

***
Cuando llegó Luis de Torres, estaba el rey en Córdoba, donde informó sobre su próximo casamiento con Anna de Austria. Salía en aquellos momentos para Sevilla y en menos de veinticuatro horas, envió una carta a Ruy Gómez de Silva –Príncipe de Éboli–, diciéndole que ordenara a los virreyes de Italia y a Andrea Doria que cumplieran todas las instrucciones y órdenes del Papa. Pensaba Felipe II que prestando aquel apoyo y obediencia al pontífice le obligaría y ganaría su benevolencia para muchas cosas y ocasiones de utilidad y honor a la corona de España, es decir, que pensaba cobrarse el favor más adelante –en los Países Bajos, o en Italia, o en su propio reino–, y en aquel momento, lo que menos le importaba era quién mandara la flota de la Liga que, al fin y al cabo, era un proyecto del Papa.

El Consejo se opuso, aunque no muy enérgicamente, y, nunca negándose a cumplir la decisión del rey, pero aprovechando la oportunidad para criticar la actitud del pontífice; por una parte, porque en medio del furor de dos guerras presentes no se había condolido de los trabajos y cuidados del Rey, y por otra, porque continuamente intentaba reducir la jurisdicción y la autoridad real en Milán y en Nápoles, además de no considerar de dónde había de sacar el dinero para tantos gastos. De hecho no cambiaron ni un ápice la decisión de Felipe II, quien, como sabemos, pensaba resarcirse a corto o largo plazo.

Acto seguido, el rey escribió a Andrea Doria –Almirante de Sicilia–, ordenándole que uniera sus fuerzas a las de Venecia y del pontífice. Después escribió también al Marqués de Santa Cruz, explicándole que por complacer al Papa había mandado a Juan Andrea Doria que con todas la galeras de España asistiera a Sicilia y que él mismo, acatase las órdenes que aquel le diese.

Córdoba, a 24 de Abril de 1570. 

Habiendo enviado S.S. a D. Luis, de Torres, clérigo de cámara, a tratar conmigo de su parte algunos negocios de importancia, y entre ellos a pedirme sea yo servido de dar orden que se junten en el nuestro reino de Sicilia la mayor banda de galeras que se pudiere de las nuestras y de las que andan a nuestro sueldo, para lo que se podrá ofrecer, abajando la armada del turco este verano, como se tiene por cierto, he holgado mucho de ello por complacer a S.S., y así envío a mandar a Joan Andrea que con todas las galeras que hubiese juntado, conforme a la orden que se tiene dada de antes para atender a lo de la Goleta, asista en el dicho reino de Sicilia y por aquellas partes: de lo cual os he querido avisar para que lo tengáis entendido, y para que en todo lo que se ofreciere de nuestro servicio sigáis la orden que él os diere, conforme a una cédula nuestra que le habemos mandado enviar, que yo seré dello muy servido, y de que me aviséis de todo lo que se ofreciere.

Las mismas órdenes fueron detalladas dos meses y medio más tarde, cuando Felipe II ya había vuelto al Escorial: 

El Rey.

—Marqués, –de Santa Cruz–, pariente: Habiendo entendido por cartas de mi embajador en Roma, lo mucho que S.S. desea que con las galeras que se ha ordenado a Juan Andrea Doria que se junten en Sicilia y estén a punto para lo que se ofreciere, vaya a juntarse con las que S.S. ha mandado armar para socorro de los venecianos, y con las de aquella república; con el deseo que tengo de complacerle en todo, me he resuelto en ordenar a Juan Andrea que así lo haga, y que obedezca a Marco Antonio Colonna como a general de las galeras de S.S., y siga su estandarte el tiempo que durare la dicha junta; de lo cual os he querido avisar para que lo tengáis entendido, y encargaros, como lo hago, que con las galeras de vuestro cargo hagáis lo que el dicho Juan Andrea os ordenare en nuestro nombre, teniendo cuidado, como vos le tenéis, que vayan proveídas de todo lo necesario, como conviene para semejante jornada.—Del Escurial, a 15 de Julio de 1570.—Yo el Rey.—Antonio Pérez.

Después, Felipe II envió poderes a don Juan de Zúñiga, su embajador en Roma, para que junto con los cardenales Granvela y Pacheco, acordara los términos de su participación en la Liga con Venecia y el Papa. 

Cuando Felipe II llegó a Sevilla, se detuvo el tiempo justo para cumplir el objetivo de aquel sorprendente e inhabitual desplazamiento de su persona; la ciudad contribuyó con seiscientos mil ducados para los gastos de la boda, por lo que según Cabrera de Córdoba, estimó el monarca que Sevilla era leal, noble y poderosa. –Bien podía–. remata Astrana.

Así pues, empezaron las conversaciones, en las que Venecia, según costumbre trató de imponer sus condiciones, exigiendo que el socorro se limitase a la defensa de Chipre. Lógicamente, se dio el mando general de las tropas del pontífice a Marco Antonio Colonna.

Fue entonces cuando se alistó Cervantes, aunque no se sabe exactamente qué le llevó a cambiar el servicio de Acquaviva, por el de las armas, sino fue, como apunta irónicamente Astrana:

                  A la guerra me lleva
                  mi necesidad
                  si tuviera dineros,
                  no fuera, en verdad.

Porque dos cosas –dice Antonio Gallo, famoso tratadista militar–, obligan al hombre a salir de su patria a ser soldado: la primera, por ser inclinado a las armas y ganar honra en el exercicio dellas; la segunda, por ser pobre y no se poder sustentar conforme su persona. Si bien –añadía–, un hombre inconsciente o temerario, nunca debería integrarse en el ejército, porque: El que no teme el peligro nunca sale bien dél, por lo cual en el arte militar no se han de listar los que son amigos de pendencias. 

Cervantes, por su parte, asegura en el Persiles, que el soldado ideal es aquel que pasa de las letras a las armas: no hay mejores soldados que los que se trasplantan de la tierra de los estudios en los campos de la guerra; ninguno salió de estudiante para soldado que no lo fuese por extremo, porque cuando se avienen y se juntan las fuerzas con el ingenio y el ingenio con las fuerzas, hacen un compuesto milagroso.

Otro asunto que crea dudas es, además del por qué, el de con quién se alistó Cervantes exactamente, puesto que él mismo dice haber seguido algunos años las vencedoras banderas de Colonna. Según los cálculos, algunos años, equivale a dos años y tres meses, lo que nos lleva al día 26 de octubre de 1572, fecha en que se disolvió la Liga. Lo cierto es, que, como hemos visto, ya se alistara con don Juan de Austria, con Andrea Doria, o con Santa Cruz, estaría bajo las órdenes de Colonna, quien ostentaba el mando de las tropas pontificias y el de todas las fuerzas de la Liga.

Habida cuenta de que en la época, un soldado no tenía especialidad de cuerpo, podía pertenecer a la Infantería, pero servir en la Armada, no como marinero, sino también en calidad de Infante; se supone que Cervantes se alistó en el Tercio de Nápoles, entonces bajo dominio español, al mando de Álvaro de Sande.

D. Juan de Austria, Andrea Doria, de Sebastiano del Piombo y Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz

Tampoco sabemos si Cervantes llegó a Nápoles por mar o por tierra, ni si fue en verano o en invierno, aunque se presume esta última estación, porque, como dice Quevedo, allí, la insana canícula, suele transcurrir ladrando llamas.

A través de Mateo Alemán, sabemos cómo se hacía la gente o la recluta. El Consejo de Guerra nombraba Capitanes al efecto, de acuerdo con las necesidades de cada año. Entonces salía el alférez con la bandera seguido por tambores y recorría la ciudad en cuestión, anunciando la leva. Una vez realizado el aviso, se colocaba la bandera en la ventana del edificio donde debían acudir los voluntarios, que se inscribían a la orden del capitán de conducta; un curioso personaje, que solía encantusar a los hombres, con la promesa de muy buenas pagas, fiestas continuas y noches de vino y fiestas. La verdad, es que Quevedo, gran fotógrafo de la realidad, decía que cuando aquellos hombres querían dárselas de héroes y valerosos, solían decir: ¡Qué trances hemos pasado, camarada, y qué tragos,–solamente lo de los tragos se les creyera.

Formada la compañía, los hombres eran embarcados, aun considerando seriamente la eventualidad de que a última hora, algunos desertaran, tras haber cobrado su paga de asiento

Al parecer, Cervantes no pasó por la recluta, sino que se presentó directamente a Andrea Doria, y así empezó a disfrutar de la vida en Italia, a la que se refiere en El Licenciado Vidriera, pero también observaría el brutal comportamiento que, muy a menudo caracterizaba a los soldados españoles, habituados a ser protegidos y a la ausencia de castigos, para equilibrar la falta o el retraso permanente de las pagas.

Riña entre soldados –en este caso, a cuenta de los naipes–, ante la embajada de España –La Rissa–. Atribuido a Velázquez. Pallavicini Collection. Roma.

El entretenimiento favorito de los soldados en mar y tierra.—Naipes del tiempo de Cervantes.

Así describe Cristóbal de Villalón en su Viaje de Turquía, la actitud de buena parte de aquellos soldados: 

Cuando éste y otros tales llegaban a la posada del pobre labrador italiano, luego entraban riñendo: 

–¡Pese a tal con el puto villano! ¿Cada día me habéis de dar fruta y vitella no más? Corre, mozo, mátale dos gallinas, y para mañana, por vida de tal que yo mate el pavón y la pava; no me dejes pollastre ni presuto en casa ni en la estrada.

De acuerdo con Astrana, las Cortes de Castilla denunciaron muchas veces estos abusos, de los que también se haría eco Calderón de la Barca, pero lo cierto es, que cuando la decadencia se hizo evidente, los Tercios no se libraron; la falta creciente de pagas hacía temer continuos motines y provocaba sanguinarios abusos y crueles saqueos cuando entraban en una ciudad –generalmente, enemiga, aunque también ocurría en ciudades amigas–, ya que ello constituía en ocasiones, su única compensación.

Cuando Felipe II llegó a San Quintín y observó la violencia del saqueo que se estaba llevando a cabo, quiso ordenar que se impidiera aquella barbarie, pero le fue aconsejado, que sería mejor que no lo intentara; los hombres de los Tercios, buenos soldados, siempre mal pagados y peor entretenidos, consideraban que aquello era un derecho inviolable.

Por lo que respecta a la vida en las galeras de Nápoles, descubría el Licenciado Vidriera la extraña vida de aquellas marítimas casas, adonde lo más del tiempo maltratan las chinches, roban los forzados, enfadan los marineros, destruyen los ratones y fatigan las maretas… del frío de las centinelas, del peligro de los asaltos, del espanto de las batallas, de la hambre de los cercos, de la ruina de las minas, con otras cosas deste jaez, que algunos las toman y tienen por añadiduras del peso de la soldadesca y son la carga principal della.

Pues ¡y las pagas, que nunca venían corrientes! A la verdad, la vida del soldado, por gustosa que fuera, tenía poco de apetecible; y todos ellos, si a veces podían pavonearse con el arcabuz al hombro y fieros los mostachos (mientras algunas pagas juntas sonaban en la faldriquera), a menudo pasaban largos paréntesis sin cobrar un maravedí con la descomodidad presumible. 

Sabido es que la familia de Cervantes nunca cobró, a la muerte de su hermano Rodrigo, sus pagas atrasados como Alférez en un Tercio de Flandes. Con verdadero conocimiento de causa, escribió Miguel en el Quijote

no hay ninguno más pobre en la misma pobreza –que el soldado–, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia; y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con solo el aliento de su boca, que como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza.

A pesar de todo, existía toda una precisa normativa acerca del comportamiento y la actitud del soldado; así, escribe el citado Antonio Gallo: No sea perezoso ni duerma mucho, que es muy ruin costumbre para soldado y no será estimado. Sea curioso de saber bien jugar las armas, que es parte muy necesaria, así pique como espada y daga, broquel y rodela, arcabuz y mosquete, que para infantería es bueno e importante... guárdese de afrentar a persona ninguna, que no tendrá sueño descansado, y la diligencia que pusiere en guardarse, pondrán los otros en buscarle; y cuando se ofreciere ocasión, ofenda con la espada y no con la lengua. 

Ya años antes, en referencia a los soldados de los Tercios, escribió Marcos de Isaba, en su Cuerpo enfermo de la Milicia Española: con Discursos y auisos, para que pueda ser curado, vtiles y de prouecho. Compuesto por el Capitan Marcos de Isaba Castellano de Capua: Acabado por el Teniente Miguel Guerrero de Caseda, a cuyo cargo estuvo el Castillo de la ciudad de Capua... publicado en Madrid, en 1594: El soldado ha de entender que se despoja de la libertad que ha tenido; El buen soldado ha de tener mucha paciencia, si el sueldo o paga se entretuviesen, y cualquier cosa que le mande su oficial la pondrá en ejecución, sin andar en preguntas o respuestas, etc.

El licenciado Francisco Márquez Torres, en la Aprobación de la Segunda Parte del Quijote, fechada en Madrid a 27 de Febrero de 1615, dice que muchos caballeros franceses, de los que vinieron con el embajador duque de Mayenne, le preguntaron muy por menor la edad de Cervantes, su profesión, calidad y cantidad. Y añade: Halléme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre.

Cervantes, fue arcabucero, y así, su imagen en aquel momento, era un soldado con el arcabuz al hombro, en marcha, o de ronda o de posta, es decir, de guardia o centinela.

Hay dos detalles más dentro de la milicia, que parece interesante destacar, antes de volver con Cervantes y su arcabuz. En primer lugar, que, en teoría los pretendientes menores de veinte años no eran admitidos, aunque como aclara Astrana, en un tiempo en que la edad se determina por el aspeto, y no por un documento fidedigno, si el menor presentaba una apariencia de edad y fortaleza, no tenía ninguna dificultad para alistarse.

En segundo lugar, hay que destacar la categoría y consideración de un Capitán de los Tercios, que era de la mayor importancia y responsabilidad. Su grado de compromiso resulta evidente cuando leemos acerca de la guerra en los Países Bajos; bajo el mando del Duque de Alba, son los Capitanes los que dirigen, encabezan y mandan todas las acciones militares. Julián Romero constituye todo un paradigma.

Julián Romero y su santo patrono. 1612 – 1618. El Greco o Escuela. Óleo/Lienzo
207 cm x 127 cm. Museo del Prado.

Se identifica al caballero santiaguista como Julián Romero, el de las Hazañas (c.1518-1578), un valeroso soldado que alcanzó primero el grado de capitán de los Tercios y luego el de Maestre de Campo, además de ser varias veces comendador de Santiago. Fue uno de los artífices del triunfo de Felipe II en San Quintín (1557), y participó en importantes campañas en Holanda, junto al duque de Alba, y en Italia.

Quedaría, por último, aclarar el motivo por el que los Tercios siempre están destacados fuera de España; la península estaba totalmente tranquila en aquel momento y apenas había guarnición permanente, excepto las relativamente pequeñas guardias normales del Alcázar, por ejemplo, así como las levas que pudieran hacer en algún momento de necesidad, algunos de los más importantes señores del reino.

En cuanto a Cervantes, como hemos apuntado, no fue sólo soldado de tierra, sino más bien, soldado de mar, aunque no estrictamente marinero. En su Memorial a Felipe II de 21 de Mayo de 1590, declaró haber servido a Su Majestad muchos años en las jornadas de mar y tierra

Aunque la vida de las galeras era, en muchos aspectos, similar a la de los campamentos, siempre era más agudo el malestar y la incomodidad cuando se navegaba. De acuerdo con el Obispo de Mondoñedo, Antonio de Guevara, en su célebre Libro de los inventores del arte de marear y de los muchos trabajos que se pasan en las galeras

En la mar, se sufre hambre, frío, sed; calor, fuego, fiebre, dolores, enemigos, tristezas, desdichas y enojos padecen doblados los que navegan… a merced del viento que no los trastorne y de la espantable agua que no los ahogue.

Todos en la galera, incluidos soldados y marineros, gozaban de protección y tenían derecho a paga o soldada, excepto los forzados, que navegaban en condición de esclavos. A medio día recibían el rancho: habas o garbanzos, si había, en su defecto, mazamorra, un compuesto de harina de maíz, y un cuartillo de aceite y no recibían vino, salvo en ocasiones muy excepcionales.

La vida de estos forzados, era horrorosa y Cervantes la describe con exactitud y gran detalle, creando asimismo, aunque literariamente, la ocasión de que don Quijote se arriesgue a ayudar a un grupo de condenados al remo, a conseguir la libertad, fuera cual fuere la causa por la que fueran enviados a galeras, encadenados unos a otros, porque el héroe loco sueña con librarlos de su terrible destino. Solían remar encadenados al banco y su salvación era prácticamente imposible en caso de naufragio; remaban sometidos al cómitre, que no les daba tregua, y recibían frecuentes latigazos sin la menor posibilidad de protegerse de ellos. 
***


El 1º de Julio la escuadra turca amarraba en Chipre, junto a la ciudad de Limisso –Limasol-, en la bahía de Akrotiri. Venecia creía que Famagusta sería atacada, y allí envió refuerzos. Pero a última hora decidieron atacar Nicosia, la capital.

El 25 de julio empezó el asedio, que los defensores, a pesar de su inferioridad, resistieron con energía, haciendo incluso una salida en pleno calor del mediodía, durante la cual llevaron a cabo una terrible matanza, cuya venganza aceleró su caída, que se produjo el 9 de septiembre, seguida del degüello de sus defensores. 30.000 chipriotas fueron sacrificados y 20.000 entregados al cautiverio. Hubo veinticuatro horas de saqueo, al que siguió el incendio general y matanzas dispersas por toda la capital, que horrorizaron a la cristiandad. Cervantes recordaba el desastre en su novela El amante liberal

¡Oh, lamentables ruinas de la desdichada Nicosia, apenas enjutas de la sangre de vuestros valerosos y mal afortunados defensores! Si, como carecéis de sentido, le tuviérades ahora, en esta soledad donde estamos...

***

Durante el resto del verano, la armada veneciana permaneció amarrada en la costa de Dalmacia, hasta que se produjo una oleada de peste, que obligó a su traslado a Corfú. Fue entonces cuando llegó la carta de Felipe II en la que ordenaba que Doria se pusiera al servicio de Colonna y que sus galeras, con las de Santa Cruz, debían reunirse en Sicilia con las del Papa. La orden, que salió del Escorial a finales de julio, alcanzó a las galeras reales –en las que se encontraba Cervantes-, cuando llegaron a Mesina

Doria llegó a Otranto, donde ya se encontraba Colonna, el 21 de agosto, y se reunió con los venecianos en Corfú. Su flota contaba con 49 galeras reforzadas con 5.000 españoles y 2.000 italianos, municiones y despensa. El 30 de agosto, llegaron a Candia, donde dos días después llegaron 50 galeras venecianas.

Todos los generales debatieron sobre el punto al que debían dirigirse; Colonna, como representante de Venecia, propuso acudir en defensa de la isla de Chipre, pero Doria propuso hacer un recuento de fuerzas, antes de decidir. Observó que la armada veneciana estaba mal provista y aparejada, y que precisaba aumentar el número de embarcaciones, así como el de remeros y soldados, añadiendo que también era preciso reconocer las fuerzas del adversario, ya que si resultaban ser muy superiores, como se creía, las naves cristinas deberían eludir el enfrentamiento, y no arriesgarse frente a una escuadra, entonces considerada invencible.

Sin embargo, se recibieron informes de que había muy pocas galeras enemigas, lo que animó a los venecianos a combatir, y, a pesar de que Doria sospechó de la información, se ignoró su criterio.

Pronto surgió la diferencia de actitudes y opiniones entre Doria y Colonna, a quien el primero se negó a obedecer tras observar su falta de experiencia en el mando de una escuadra semejante.


Después de que dos galeras espías que llegaron a Kalamata, llevaron la noticia de la pérdida de Nicosia, y tras varias tempestades, seguidas de desórdenes, malentendidos y diferencias, Doria creyó que ya no tenía sentido ayudar a los venecianos y decidió volver a Italia, pero entonces los venecianos pensaron que, en ese caso, Venecia sería irremediablemente atacada, por lo que Doria prometió de nuevo su apoyo, pero no convenció a Colonna.

-Si yo –preguntó este a Doria-, en virtud de la comisión que tengo, le ordenase que no se parta, ¿obedecerá?

-No habiendo ocasión de pelear ni de hacer empresa –respondería Doria-, tengo libertad para hacer lo que conviene al servicio de mi rey.

La distancia se agrandó entre ambos, y Doria se vio obligado a dar explicaciones al rey de España, sobre las acusaciones vertidas contra él, tanto por Venecia como por el Papa. Álvaro de Bazán volvió a Nápoles en diciembre y se dispuso a invernar. Entre su gente estaba Cervantes.

Venecia, pues, dudaba de la buena fe de los españoles; pero España dudaba también de Venecia, pues había sospechas de que trataban una paz, separada y secreta, con los turcos. Pío V, asistido por Granvela, decidió, a pesar de las diferencias,  mantener su acuerdo con Felipe II frente al ejército turco, cada vez más crecido y hasta entonces, invencible.

***

El 12 de Noviembre se celebraba en Segovia la boda de Felipe II con su sobrina Ana de Austria. 

Ana de Austria. Sánchez Coello. Museo Lázaro Galdiano, Madrid.

Ana de Austria llegó a Santander, el 3 de Octubre e hizo su entrada solemne en Burgos, desde donde viajó a Valladolid. Cabe recordar que ella había nacido en Cigales muy cerca de aquella ciudad, durante la regencia de sus padres, Maximiliano y María, la hermana de Felipe II, quien la esperaba en Segovia, con su otra hermana, Juana y hasta allí escoltaron a Ana sus hermanos Rodolfo, Ernesto, Alberto, y Wenceslao, que se educaban en España. La boda se celebró en la catedral y hubo numerosos festejos, excepto las acostumbradas corridas de toros, que Pío V había condenado y prohibido explícitamente y para siempre, en 1567.

Poco antes de la boda, don Juan de Austria, había dado por terminada la guerra de las Alpujarras, acción que, en cierto modo, parece que cumplió a su pesar, vista la carta que envió Ruy Gómez, Príncipe de Éboli: Es grande el número de los moriscos que han salido desta sola parte, y hanse echado con menos que mil soldados, con la mayor lástima del mundo, porque al tiempo de la salida cargó tanta agua, viento y nieve, que, cierto, se quedaban en el camino a la madre la hija, y la mujer al marido, y a la viuda su criatura. No se niegue que ver la despoblación de un Reino es la mayor compasión que se puede imaginar. Al fin, señor, esto es hecho. 

A mediados de diciembre volvió don Juan a Madrid, para recibir órdenes acerca de su nuevo destino, es decir: el mando de la armada de la Liga.

Posiblemente, Cervantes se encontrara para entonces en Nápoles, basándose los investigadores en las palabras del escritor en el Viaje del Parnaso, donde dice que permaneció allí más de un año.

El Papa decidió la elección de don Juan de Austria, con los generales Marco Antonio Colonna y Sebastián Veniero, para mandar la Liga perpetua contra el Turco y sus reinos tributarios, Argel, Túnez, Trípoli.

—Las fuerzas sean doscientas galeras, cien naves, cincuenta mil infantes, cuatro mil y quinientos caballos con municiones y aparatos –artillería-. Los generales estén en fin de Marzo o Abril en los mares de Levante con sus armadas. Embistiendo el Turco alguno de los coligados, envíe la Liga ayuda suficiente, o vayan todos, si es necesario. Los confederados asistan en Roma por sus embajadores al Otoño, para deliberar la jornada que se hará a la Primavera siguiente. Pague el Pontífice tres mil infantes, doscientos y setenta caballos y doce galeras. El Rey Católico, de lo restante, contribuya con tres quintos, y dos Venecia. La República dé al Pontífice las galeras armadas y artilladas, con que él las pague o restituya salvas. Ponga cada uno más fuerzas en tierra o mar, según tuviere aparejo, y satisfágase de lo demás... De las diferencias entre los confederados, sea juez el Pontífice. Ninguno pueda hacer paz con el Turco sin consentimiento de los demás coligados.

El 20 de Mayo se publicaba la Liga contra el Turco y el 25 asumía el mando oficialmente don Juan de Austria, quien tras recibir detalladísimas instrucciones de Felipe II, junto con su secretario, Juan de Soto, salió de Madrid el día 6 de Junio, acompañado por un gran séquito de nobles y gentilhombres. El día 9 recibía cartas de Roma, en las que urgían su presencia en Mesina.

En Barcelona se reunió con su lugarteniente, Luis de Requeséns –el prudente, maduro y mesurado hermano de don Juan de Zúñiga-, con quien Felipe II se proponía equilibrar –o acaso, frenar–, a don Juan. En Barcelona se reunieron todas las fuerzas disponibles, acudiendo asimismo Alejandro Farnesio. También llegaron los Tercios que habían luchado en las Alpujarras; el de Lope de Figueroa y el de Miguel de Moncada, los dos en los que militaría Cervantes: en el primero como soldado de la compañía de Ponce de León y en el segundo, en la de Diego de Urbina.

A primeros de julio, se esperaba la llegada del Marqués de Santa Cruz, pero Felipe II –que estos altibajos tiene en su vida, según Astrana-, había concebido ciertas desconfianza hacía don Juan, porque sospechaba que se dejaba tratar de Alteza, lo que le movió a enviarle una carta en la que le prohibía tajantemente que admitiera aquel tratamiento. El asunto, aunque parece menor, afectó profundamente a don Juan, que no creía haber merecido semejante reprobación, que, por otra parte, Felipe II no dudó en comunicar a todos cuantos acompañaban a su hermano. Así pues, llegó don Juan a plantearse –no sabemos con qué grado de convicción-, que quizás hubiera sido mejor que se dedicara a la vida religiosa, como deseaba su padre, y no tener que someterse a tan ácidas reconvenciones, que en aquel caso, entendió como una absoluta injusticia, puesto que sobre su obediencia a las órdenes reales, no cabía la menor duda. 

El asunto provocó muchas habladurías y cierto escándalo, ya que, en la práctica, fue una verdadera ofensa a la dignidad de don Juan, que a la vez le restaba autoridad, por el hecho de que el rey se lo comunicara a todos sus compañeros, en lugar de tratarlo con don Juan de boca, habiendo tenido ocasión sobrada para hacerlo. Unos creen que el rey pretendía bajarle los humos, pero muchos más, que estaba celoso de su enorme celebridad y de la simpatía y el afecto general con que era recibido y tratado en todas partes… algo que al monarca no le había pasado nunca.

Muy grande merced me ha hecho V. M. en mandar a Antonio Pérez se me envíe traslado de lo que se escribe a los ministros de Italia cerca del tratamiento que se me ha de hacer -de Excelencia-; y no sólo me será de mucho gusto conformarme con la voluntad de V. M. en este particular, pero aún holgaría de poder adevinar sus pensamientos en todo lo demás para seguirlos, como lo he de hacer. 

Sólo me atreveré, con la humildad y respeto que debo, a decir que me fuera de infinito favor y merced que V. M. se sirviera tratar conmigo ahí, de su boca, lo que en esta parte deseaba, por dos fines: el principal, porque en cosas de esta cualidad no es servicio de V. M. que ninguno de sus ministros hayan de conferir conmigo lo que es su voluntad, pues ninguno dellos está tan obligado a procurarla como yo; lo otro, porque hubiera hecho antes de partir de ahí algunas prevenciones enderezadas al mismo fin, que se consiguiera, como V. M. lo quiere y con menos rumor. Y por lo que debo a haberme hecho Dios hermano de V. M. no puedo excusarme de decir no dejar de sentir haber yo por mí valido tan poco, que cuando todos creían merecía con V. M. más y esperaban verlo, veo por su mandato la prueba de lo contrario, igualándome entre muchos, no merecida, cierto, en mi ánimo; porque de tenerle yo harto más enderezado al servicio de V. M. que a vanidades ni a otras cosas tales, hago a Dios testigo y de la pena que me da esta ocasión por solamente ver la poca satisfacción qué de mí se muestra... 

Al parecer, Requeséns puso todo su empeño, sin lograrlo, en convencer a don Juan de que el asunto carecía de importancia, porque él conocía a su hermano y sabía que nunca hablaba gratuitamente.

El 26 de Julio de 1571, a bordo de la nave Capitana llegaba don Juan a Génova, donde tuvo un fastuoso recibimiento por parte de españoles e italianos. El 5 de agosto, salió en compañía de su sobrino Alejandro Farnesio, junto al cual llegaba cuatro días después a Nápoles, donde Granvela le ofreció un fastuoso recibimiento. Cervantes pudo muy bien encontrarse allí con su hermano Rodrigo, que se supone llegó en las galeras del Marqués de Santa Cruz. 

La semana siguiente recibía don Juan el bastón de mando, así como el famoso estandarte de la Liga, de damasco azul: Toma, dichoso príncipe, la insignia del verdadero Verbo humanado; toma la viva señal de la Santa Fe de que en esta empresa eres defensor. Él te dé la victoria gloriosa del enemigo impío, y por tu mano sea abatida su soberbia. –Dijo públicamente el pontífice, tratando de Príncipe a don Juan.

El día 24 de agosto llegaba a Mesina, donde ya se encontraba la mayor parte de fuerzas de la Liga, siendo objeto de nuevo, de un grandioso recibimiento.

En total, trescientas embarcaciones y ochenta mil hombres, que don Juan tuvo que redistribuir a causa de las carencias de la flota veneciana, siendo esta la causa de que Cervantes pasara a las galeras de Andrea Oria y a la compañía de Urbina. 

En Nápoles y en Mesina pudo ver Miguel a algunos de sus amigos escritores; así, Juan Rufo, Gabriel López Maldonado, Pedro Laínez, Andrés Rey de Artieda y Cristóbal de Virués, muchos de los cuales tomarían notas y contribuirían a crear la gran literatura en torno al combate de Lepanto. Así, la Relación de la guerra de Chipre y suceso de la batalla naval de Lepanto, la Canción por la victoria de Lepanto y Soneto, de Fernando de Herrera; la Felicísima victoria, de Corte Real; La Araucana (III), de Ercilla; La Austríada, de Rufo; El Monserrate, de Virués, etc. 

Una semana después de la llegada a Mesina, no había noticias de la flota turca, lo que unido a la llegada del otoño, hizo pensar a algunos de los capitanes que tal vez fuera mejor dejar la empresa para el año siguiente, a pesar de las grandes dificultades de abastecimiento que conllevaría tal retraso. Finalmente se decidió poner proa hacia Corfú, en busca de la armada turca y, en todo caso, estar apercibidos para un enfrentamiento inmediato, si esta aparecía.


***
Don Juan convocó a los generales a un Consejo, en el que se decidió salir en busca de los turcos de inmediato, medida con la que don Juan se mostró de acuerdo, si bien, por orden de Felipe II, no estaba autorizado a tomar ninguna decisión, aunque procediera del Papa o de Venecia, sin antes consultar el parecer de Requeséns, Santa Cruz y Andrea Doria, por lo que tras consultarlos, el día 14 dio orden de partida.

El día siguiente, tras enviar por delante algunas naves en dirección a Corfú, la flota salió del puerto de Mesina. Navegaba en la vanguardia Andrea Doria cuyas naves se distinguían por estandartes verdes; el cuerpo central los llevaba azules, además de portar el gran estandarte de la Liga en la galera Real. A su derecha la capitana del Papa con Marco antonio Colonna y a su izquierda Sebastián Veniero con la Capitana de Saboya y el príncipe de Urbino.

Seguía un tercer escuadrón con banderines amarillos; en una de sus galeras, la Marquesa, iba Cervantes. Un cuarto escuadrón se distinguía por sus gallardetes blancos.

Navegaron toda la noche, esperando encontrarse con la flota turca, que tampoco apareció entonces.

Recorrido el mar Jónico, el día 26 de septiembre llegaban a Corfú, donde se supo que Alí Pachá estaba en Preveza, en el golfo de Arta, por lo que don Juan volvió a reunir al Consejo, al que asistieron, Colonna, Veniero, Barbarigo, Requeséns, Santa Cruz, Doria y Cardona, además de los Príncipes de Parma y Urbino, Miguel de Moncada y el Conde de Priego.

Doria propuso atacar Navarino, plaza fuerte de los turcos en el Peloponeso –Morea–, pero Santa Cruz y Colonna, se mostraron partidarios de buscar la flota turca y atacarla, dondequiera que se encontrase; esta última propuesta pareció la mejor a don Juan.

Al amanecer el día 3 de octubre se dirigieron a Cefalonia, donde llegaron al día siguiente, para ser informados de la catástrofe acaecida en Famagusta, cobrada por los turcos tras una larga e insoportable resistencia de cinco mil hombres asediados por ciento veinte mil, viéndose obligados a capitular el día 30 de julio, bajo condiciones que, habiendo sido aceptadas por los vencedores, no fueron después respetadas, procediendo estos a los habituales saqueos y matanzas, librándose sólo los soldados que, de acuerdo con las capitulaciones ya habían embarcado para trasladarse a Candía –Creta–, pero solo para pasar a la esclavitud, una vez evacuados de las naves por la fuerza. Por último, tras secuestrar a las mujeres, toda la isla de Chipre fue incendiada.

El día 5 de octubre por la noche, la escuadra turca se encontraba en Patras, mientras la de la Liga, salía del puerto de Fiskardo. Tanto unos como otros desconocían el número de naves y efectivos del contrario, tendiendo ambos a minimizar las posibilidades del otro, excepto el famoso Uluch Alí, quién daba por sentado que, siendo don Juan hermano de Felipe II, no acudiría indefenso. Pero no fue escuchado, por Alí–Pachá.

Día 6 de octubre: Alí Pachá sale de Patras y se dirige al puerto de Galata, mientras que don Juan navega a lo largo de las Curzolari –Echinades–, frente a la costa de Albania. Ni uno ni otro son conscientes de su proximidad.

Amanece el domingo, 7 de octubre de 1571. Cervantes navega enfermo en su galera veneciana. A las seis menos cuarto, poco antes de amanecer, la escuadra de la Liga se dispone a doblar la punta del Cabo Skrofa, cuando un vigía de la nave real, descubre las velas turcas, que, con toda seguridad, van a efectuar la misma operación de avance desde el Este.


Don Juan se embarcó en una fragata, con Luis de Cardona, Caballerizo Mayor, y con su inseparable secretario Juan de Soto, y visitó toda la flota animando a la gente. Poco después sonó una cañonazo turco pidiendo batalla, que la armada cristiana respondió mostrando su aceptación.

Bajo cubierta y sumido en la fiebre, Cervantes percibe los primeros movimientos de alarma.