sábado, 27 de abril de 2013

Proust, Valentin Louis Georges Eugène Marcel





Marcel Proust nació en Auteuil, uno de los distritos más elegantes de París, el 10 de julio de 1871. Su obra cumbre, À la recherche du temps perdu –En busca del tiempo perdido-, empezó a publicarse en 1913 y terminó en 1927; Proust había fallecido cinco años antes.

Su madre le llamaba mon petit jaunet; que podría ser algo como mi rubito, pero teniendo en cuenta que “jaunet” se llamaba coloquialmente a la moneda de un Louis de oro o también al Franc de oro de Napoleón; mon petit serin: canario u otro pajarillo doméstico; mon petit benêt: enfermito; mi pobre lobo, etc.

Sus amigos también se referían a él con sobrenombres amistosos, como Lecram, que no es sino su nombre propio, Marcel, al revés, pero también: Abeja de flores heráldicas, o Flagorneur, a causa de su interés por la aristocracia y por su actitud halagadora. También hablaban de su forma de escribir como proustificar, en referencia a su peculiar prosa, siendo finalmente conocido también como Proust del Ritz, por sus famosas cenas en aquel hotel de París. Por otra parte, él mismo empleó seudónimos con cierta frecuencia cuando publicaba en prensa, así: Bernard d'Algouvres, Dominique, Horatio, Marc-Antoine, Écho, -Eco-, Laurence o, sencillamente, “D”.

Ya desde la infancia, su salud fue muy delicada y padeció siempre de las vías respiratorias a causa del asma. Siendo aún muy joven asistió a salones literarios en los que conoció artistas y escritores y se creó una reputación de dilettante y mundano. Gracias a su fortuna no necesitaba trabajar, por lo que pudo entregarse plenamente a la búsqueda del tiempo que, evidentemente, no había perdido.

En 1895, a los 24 años, emprendió la redacción de una novela de la que sólo escribió algunos fragmentos que, no obstante, fueron publicados en 1952 bajo el título de Jean Santeuil.

En enero de 1900 moría el escritor inglés John Ruskin a los 81 años, una pérdida que animó a Proust, como admirador de su obra, a escribir una nota en la Gazette des Beaux-Arts: Hace apenas unos días temíamos por la vida de Tolstoi, pero el temor no se ha cumplido, sin embargo el mundo sufre hoy una pérdida todavía mayor: Ruskin ha muerto. Nietzsche está loco, Tolstoi e lbsen parecen caminar hacia el final de su carrera y Europa pierde uno tras otro a sus grandes formadores de conciencia.

Marcel Proust, su madre y su hermano Robert, hacia 1895

Ruskin -uno de los más grandes escritores de todos los tiempos y de todos los países-, había escrito Modern Painters, by a Graduate of Oxford y Stones of Venice, -Pintores Modernos, por un Graduado de Oxford y Piedras de Venecia-, dos obras de gran calidad que animaron a Proust a viajar ese mismo año a Venecia y Padua, intentando seguir los pasos del filósofo, sobre el que publicó varios artículos y tradujo parte de su obra, aunque sin éxito.

Ya en 1907 empezó la redacción de À la recherche du temps perdu, cuyo segundo volumen, À l’ombre des jeunes filles en fleurs –A la sombra de las muchachas en flor-, obtuvo el Premio Goncourt en 1919, tres años antes de su fallecimiento. 

Su obra cumbre implica una profunda reflexión sobre el tiempo y la memoria afectiva, así como del papel del arte, cuyo objetivo sería proponer una visión de aquellos. La Recherche viene a ser en cierto modo otro estilo de Comedia humana en la que entran en juego factores que hasta entonces no habían sido suficientemente considerados por la literatura y constituye, además, un sabio y detallado espejo de la época del autor, que acierta a proponer un punto de vista que jamás hubiéramos podido percibir sólo a través de un análisis sociológico, por ejemplo. 

La genialidad de Proust reside asimismo en su propia y original forma de plantear su historia; partiendo de un hallazgo estrictamente personal, muy íntimo, va aumentando su campo visual hasta englobar lugares, caracteres y escenas que asumen un aspecto de presente o continuidad espacio–tiempo, a través, no de argumentos, sino de las sensaciones que una acción o una imagen provocan hasta transformarse en universales –primera condición de la obra maestra–, por mano del autor. Proust extiende su complejísimo lienzo ante el lector sin apenas preocuparse de crear una trama o de describir algún personaje en concreto, lo cual no significa que no aparezcan caracteres en su obra –hay más de 200–, que siguen siendo hoy objeto de análisis profundos y complejos, en un intento de alcanzar la causa precisa que dota a su obra del alcance que posee.

Y todo empieza con una sensación estremecedora, pero muy sencilla, que Marcel Proust describe detalladamente en: Du coté de Chez Swann

Marcel Proust, de Jacques-Emile Blanche, 1892

Un día de invierno, cuando volví a casa, mi madre, viendo que tenía frío, me propuso tomar, en contra de mis costumbres, un poco de té […] Mandó a buscar uno de esos pastelillos menudos y densos llamados Pequeñas Magdalenas […].

[…] Me llevé a los labios una cucharada del té en el que había dejado ablandarse un trozo de magdalena. Pero en el instante mismo en que el sorbo, mezclado con las migas del dulce tocó mi paladar, me sobresalté, atento a algo extraordinario que pasaba en mi interior. Un delicioso placer me había invadido, aislado, sin la noción de su causa.

Bebo un segundo sorbo en el cual no encuentro nada más que en el primero; un tercero me aporta menos que el segundo. […] Está claro que la verdad que busco no está ahí, sino en mí. […] Dejo la taza y me vuelvo hacía mi propia razón, que es quien debe hallar la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre siempre que el espíritu se siente superado por sí mismo; cuando él, el que busca, está mezclado con la tierra oscura en la que debe buscar y donde todo su bagaje no le sirve de nada. ¿Buscar? no solamente crear. […]

Quiero intentar que reaparezca. Voy hacia atrás con el pensamiento hasta el momento en que tomé la primera cuchara de té. Vuelvo a encontrar el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi espíritu un esfuerzo más; que vuelva a traer la sensación que ha huido.

Tras la segunda vez hago el vacío ante mí, pongo frente a él el sabor aún reciente de ese primer sorbo y siento latir dentro de mí algo que se mueve, que quiere elevarse, algo que ha soltado el ancla a una gran profundidad, no sé lo que es, pero asciende muy despacio: siento la resistencia y oigo el rumor de las distancias recorridas.

¿Llegará hasta la superficie de mi conciencia clara este recuerdo? No sé.

[…] De pronto aparece el recuerdo. Es el sabor del trocito de magdalena que el domingo por la mañana en Combray […] cuando iba a ver a mi tía Léonie, me ofrecía después de humedecerlo en su infusión de té o de tila. La vista de la magdalena no me había recordado nada antes de probarla […]

Y desde el momento en que reconocí el sabor del trozo de magdalena mojada en tila que me daba mi tía (aunque todavía no supiese y debía dejar para mucho más tarde el descubrimiento de por qué aquel recuerdo me hacía tan feliz), inmediatamente, la vieja casa gris […] y con la casa, la ciudad, la Plaza donde me mandaban antes de comer, las calles a donde iba a hacer los recados desde la mañana a la noche y en cualquier época, los caminos que tomaba si el tiempo era bueno […] todo esto, tomando forma y solidez, surgió, ciudad y jardines, de mi taza de té.

El recuerdo del té, la magdalena y su examen, casi psicoanalítico, envolvió a Marcel Proust, a su vida y a su obra en una nube en la que todo se hizo presente mediante su retorno a la actualidad provocando su consiguiente representación literaria.

Cuando Marcel nació, en París ardía La Commune; su padre, Adrien Proust, médico y profesor en la Facultad de Medicina, fue herido por una bala perdida un día que volvía del Hospital de la Caridad. Mme. Proust -Jeanne Clémence Weil, hija de un agente de cambio de origen alsaciano y judío-, terriblemente impresionada, trajo al mundo con grandes dificultades un bebé muy débil y enfermizo, al que llamó Marcel.

En cierta ocasión, volvía Marcel de un paseo por el Bois de Boulogne con sus padres, cuando de pronto sintió que le faltaba el aliento; incluso su padre creyó que no sobreviviría a un ataque tan grave, pero sorprendentemente lo superó, aunque la crisis se convirtió en aviso de una segura y permanente amenaza para su vida. Tal vez ese conocimiento de la inseguridad de la existencia, fue el motor que le enseñó a degustarla hasta sus menores matices, tal como la reflejará en su obra. A menudo faltaba a clase en el Lycée Condorcet, precisamente, a causa de las crisis asmáticas, pero se sabía de memoria a Víctor Hugo y a Alfred de Musset.

Pronto se dota a sí mismo de una imagen de snob en los salones de París, más o menos por la misma época -1895 –24 años-, en que conoce a Lucien Daudet, hijo de Alphonse Daudet, escritor él mismo, algo más joven que Marcel, con el que le unieron lazos sentimentales, aunque esto sólo se supo por las revelaciones de Jean Lorrain, un escritor escandaleux, de la Belle Epoque que, en 1897 se batirá en duelo con Marcel Proust, tras haber criticado ásperamente su obra Les Plaisirs et les Jours –Los Placeres y los Días-.

Marcel Proust, sentado y Lucien Daudet a la derecha. Fotografía de 1894

Recuerda Proust con agrado el servicio militar que como voluntario hizo en Orleans, en 1889-90, durante el cual hizo amistad con Robert de Billy, que después sería embajador, y con el que mantuvo largas conversaciones sobre asuntos literarios y filosóficos. Billy, un joven educado dentro del protestantismo estricto; recordaría que gracias a Proust había conocido la alegría de saber que se podía pensar en una forma diferente a la emanada de sus firmes principios religioso–morales. Proust, por su parte reconoció y valoró la cultura, la franqueza y la indudable lealtad de Robert de Billy.

Antes de terminar su licenciatura en Letras, publica Les Plaisirs et les Jours, una especie de poemario en prosa que supone, más que nada, una promesa; el texto contiene ilustraciones de Madeleine Lemaire, organizadora de un salón que Proust frecuenta en compañía de su amigo, el compositor venezolano de origen vasco y alemán, Reynaldo Hahn, un destacado alumno de celebridades como Massenet, Gounod y Saint-Saëns.

Reynaldo Hahn, de Lucie Lambert, 1907

Proust recibe críticas regulares, pero, especialmente violenta es la del citado Jean Lorrain. Para entonces, Proust ya se había labrado su reputación de escritor mundano fin de siècle, de la que sólo se libró, como de un pesado lastre, cuando empezó la publicación de La Recherche.

Les Plaisirs, V.
La vida es extrañamente fácil y suave con ciertas personas de una gran distinción natural; espirituales, afectuosas, pero capaces de todos los vicios, aún cuando no practiquen ninguno públicamente y aunque no se les pueda achacar ni uno sólo. Tienen algo de escurridizo y secreto. Después, su perversidad pone algo cortante en sus ocupaciones más inocentes, como pasear por la noche en los jardines. 

Sus recursos financieros le permiten llevar una vida holgada –realmente, no necesita que sus libros le aporten ingresos–, y se puede permitir el acceso a los salones de moda de los Faubourgs Saint Germain y Saint Honoré, donde conoce al escritor simbolista Robert de Montesquiou, en realidad, Conde de Montesquiou-Fézensac, quien, ya en las proximidades del siglo XX, le franquea el acceso a los círculos aristocráticos. Los recuerdos de Proust van adquiriendo precisión y conformando una base de datos que un día pasará intacta a su obra. El dandy Montesquiou estará allí transformado en el celebérrimo Barón de Charlus de La Recherche.

Robert de Montesquiou, de Giovanni Boldini. Musée d’Orsay. París.

En 1895 pasa las vacaciones en Kreuznach, Alemania, con su madre, y un par de semanas en Saint Germain-en-Laye, donde escribe La Mort de Baldassare Silvande, que dedica a Reynaldo Hahn, con quien también pasa unos días en Dieppe y en Bretaña. Todavía no habla a nadie de ello, pero Hahn es su primera relación conocida.

Llega así la época del estudio de la obra de Ruskin, cuyas traducciones, por deseo expreso del autor, Proust sólo publicará tras su desaparición. Negligente ante la tarea, son sus padres, siempre protectores, quienes le preparan las traducciones literales que él remodela con su personal estilo.

En 1907 empieza la redacción de su obra maestra, a la que se dedicará durante quince años, ya recluido en su habitación tapizada de corcho en la casa del Boulevard Haussmann, donde se instala en 1906 tras la muerte de sus padres. Allí recuerda, escribe y corrige acerca de unos doscientos personajes que llegan y desaparecen a lo largo de cuatro generaciones.

Pero su salud empeora paulatinamente; Proust se agota escribiendo durante las noches y descansando durante el día. En ocasiones va a cenar al Ritz, unas veces solo y otras, con amigos. Su único objetivo, recobrar las sensaciones de un tiempo que parece perdido pero que permanece agazapado en algún lugar de su mente.

Du côté de chez Swann -que se suele traducir como: Por el camino de Swan-, publicado en 1913, fue rechazado, en principio por la editorial Gallimard, siguiendo el consejo de André Gide, del que posteriormente se arrepintió de forma expresa. Finalmente fue Grasset la editora que se alzó con la gloria de dar a conocer una obra única. Posteriormente, Gallimard se haría cargo de À l’ombre des jeunes filles en fleurs –A la sombra de las muchachas en flor-, que recibiría el Premio Goncourt en 1919.

Entre tanto, en mayo del 14, Proust había perdido a su amigo Alfred Agostinelli –que hasta entonces pasaba por su secretario personal-, en un accidente aéreo. Le quedan tres años de vida y un torrente de recuerdos que quedarán impresos en los cinco libros de su Recherche.

Jean Santeuil. Es la historia de un parisino de fines del siglo XIX. Evoca el Affaire Dreyfus, del que el escritor fue contemporáneo y sobre el cual tomó partido, desde el principio, en favor del oficial falsamente inculpado. En Jean Santeuil, ofrece Proust una extraña interpretación de algunos de los protagonistas del caso. En la vida real, Proust envió su firma a la prensa y escribió cartas para conseguir el apoyo de personajes célebres del momento, por ejemplo, la de Anatole France.

Las Traducciones de Ruskin: A pesar de que La Bible d'Amiens, de 1904, y Sésame et les lys, de 1906, fueron bien recibidas por la crítica, recibiendo la honrosísima aprobación de Henri Bergson –Nobel de Literatura en 1927–, parece que Proust no seleccionó lo mejor de Ruskin, o quizás, no lo que en ese momento resultaba más interesante, y su publicación constituyó un fracaso editorial, pero sirvió para que el autor terminara de afirmar su personalidad y diera forma casi definitiva a su pensamiento filosófico, que quedó ampliamente reflejado en el conjunto de notas y comentarios con que acompañó el texto de Ruskin, con quien no siempre se mostraba de acuerdo, ya que su estudio le sirvió más bien para esclarecer los conceptos en los cuales había asumido ya su propio criterio, por ejemplo, en relación con lo que llamó su idolatría estética; en su opinión, admirar una obra porque un escritor habla de ella, es un error; hay que amarla por sí misma. Este concepto que a primera vista parece de una simpleza sorprendente, mantiene su vigencia en la actualidad.
John Ruskin. John Everett Millais

Contre Sainte-Beuve: No se trata de una obra propiamente dicha, sino de un puñado de páginas no publicadas hasta 1954, junto con algunos fragmentos narrativos sueltos y breves proyectos de ensayo, referidos a los escritores que Proust más admiraba y de los que anotaba fragmentos críticos, como son los dedicados a Balzac o a Flaubert. Entre ellos somete a Sainte–Beuve a un severo ataque dirigido contra su método crítico, según el cual, la obra de un escritor sería, ante todo, reflejo de su vida, sin la cual, la propia obra no tendría explicación. Proust no lo cree así y sus ideas al respecto, vendrían a ser la razón de la existencia de La Recherche.

Pastiches et mélanges: De 1919. Es un compendio de algunos de sus prefacios y artículos de prensa aparecidos, sobre todo, en Le Figaro a partir de 1808 y reunidos para su edición en Gallimard.

À la recherche du temps perdu: Se ha dicho que esta obra marcó el comienzo de la novela moderna, que ya no se centraba en una intriga o en una línea argumental, sino que se proponía ofrecer una verdad interna. Proust quiso retener la vida fluyendo, sin más orden que las propias fluctuaciones de la memoria afectiva. Según una especie de plan musical, diversos instrumentos se incorporan a la partitura inicial, que a su vez, ha surgido casi del azar. Su sistema sin sistema creó retratos, lugares, reflexiones e imágenes sobre el vacío existencial y el arte.

Sólo por el arte podemos salir de nosotros mismos y saber lo que ven otros en este universo que es diferente del nuestro y cuyos paisajes nos serían tan desconocidos como si fueran de la luna. Gracias al arte, en lugar de ver un solo mundo, vemos multiplicarse el nuestro y, en tanto que haya artistas originales, tendremos mundos a nuestra disposición, más diferentes unos de otros, de los que giran en el infinito y que mucho después de que se haya extinguido el fuego que emanaban, ya se llame Rembrandt, o Vermeer, nos seguirán enviando su especial brillo.

El trabajo del artista, el de buscar y descubrir bajo la materia, bajo la experiencia, bajo las palabras, algo diferente, es exactamente el trabajo inverso del que late cada minuto, cuando vivimos secuestrados por nosotros mismos; por el amor propio, las pasiones, la inteligencia y las costumbres, que se amontonan sobre nuestras verdaderas impresiones hasta ocultarlas completamente, y se transforman en los fines prácticos a los que falsamente llamamos vida. –Le Temps retrouvé–.

En busca del tiempo perdido, hace que el lector reflexione sobre la existencia del tiempo, su relatividad y la imposibilidad de retener el presente. La vida misma se escapa sin que el individuo tenga consciencia y, sólo un elemento fortuito, a través de una sensación –provocada por una magdalena humedecida en té, por ejemplo–,  hace remontar la conciencia del pasado en su conjunto y comprender que sólo el tiempo transcurrido; perdido, tiene un valor; es la reminiscencia proustiana

El tiempo no existe, ni en presente, ni en futuro, sino sólo en pasado; tomar conciencia de su paso, es parecido a la muerte, pero sólo la consciencia del tiempo pasado da unidad a la interpretación correcta de los fragmentos resultantes de la vida cotidiana.

Al igual que Balzac, Proust ha creado un mundo imaginario poblado de personajes que se han convertido en prototipos sociales y hasta morales, que representan la ambición, la entrega, la mundanidad o la indignidad.

On n'aime que ce en quoi on poursuit quelque chose d'inaccessible, on n'aime que ce qu'on ne possède pas; -Solo se ama aquello en lo que se persigue algo de inaccesible-, escribió en La Prisonnière.

Como un factor complementario, La Recherche, hace Proust un sitio importante al análisis de la homosexualidad mediante la inclusión del personaje –al que ya nos hemos referido- llamado Charlus en Sodome et Gomorrhe.

En una agenda de su acompañera Antoinette, hija de Félix Faure -que después sería Presidente de la República-, Proust respondió dos veces a las preguntas de una especie de test; la primera en la adolescencia y la segunda, cuando estuvo en el ejército. El manuscrito con las respuestas se vendió en 2003 por más de cien mil euros.

Primer test:
Virtud favorita: Todas las que no son propias de una secta; las universales.
Cualidades favoritas en un hombre: Inteligencia; sentido moral.
Cualidades favoritas en una mujer: Dulzura, naturalidad, inteligencia. 
Ocupación favorita: Lectura; ensueño; versos; Historia; teatro. 
Idea de la felicidad: Vivir cerca de aquellos a los que amo, con los encantos de la naturaleza; una buena cantidad de libros y partituras y, no lejos, un teatro francés.
Tu Idea de la tristeza: Estar separado de mamá.
Color y flor favoritos: Me gustan todos, y de flores… no sé.
Otra persona que te gustaría ser: Como no he pensado en plantearme esa cuestión, prefiero no resolverla. En todo caso, hubiera querido ser Plinio el Joven.
Donde te gustaría vivir: En el país del ideal, o, más bien, de mi ideal.
Prosistas favoritos: George Sand; August Thierry.
Poetas favoritos: Musset.
Pintores y compositores favoritos: Meissonnier; Mozart, Gounod.
Héroes favoritos de la vida real: Un término medio entre Sócrates, Pericles, Mahoma, Musset, Plinio el Joven, August Thierry.
Heroína favorita de la vida real: Una mujer genial que viviera como una mujer normal.
Héroe favorito de ficción: Los heores novelescos poéticos; los que son un ideal más que un modelo.
Heroína favorita en la ficción: Las que son más que mujeres sin salirse de su sexo; todo lo que sea tierno, poético, puro, bello, en todos los géneros.
Falta con la que serías más tolerante: La vida privada de los genios.
Divisa favorita: Una que no puede resumirse, porque su más sencilla expresión es todo lo que hay de bello, de bueno, de grande, en la naturaleza.

Este cuaderno fue hallado por André Berge, que publicó por primera vez en 1924 las páginas con las respuestas de Marcel. Berge asegura que algunas páginas tienen fechas entre 1884 y 1887.

Segundo test:
Rasgo principal de carácter: La necesidad de ser amado y, para precisar, la necesidad de ser acariciado y mimado, mucho más que la de ser admirado.
Cualidad que prefiere en un hombre: Sus encantos femeninos.
Cualidad que prefiere en una mujer: Las virtudes del hombre y la franqueza de la amistad.
Lo que más aprecia en un amigo: Que sea tierno conmigo si su persona es lo bastante exquisita como para dar un gran valor a su ternura.
Principal defecto: No saber, no poder “querer”.
Ocupación preferida: Amar.
Ideal de felicidad: Temo que no sea suficientemente elevado, y no me atrevo a decirlo por temor de que al hacerlo, desaparezca.
El mayor dolor: No haber conocido a mi madre ni a mi abuela.
Cómo te gustaría ser: Pues, como me quieren las personas a las que admiro.
El país en el que te gustaría vivir: Aquel en el que ciertas cosas que deseo, se hicieran realidad como por encanto y donde la ternura fuera siempre compartida.
Color que prefieres: La belleza no está en los colores, sino en su armonía.
La flor que prefieres: La de ella, y después, todas las demás.
El pájaro que prefieres: La golondrina.
Prosistas favoritos: Hoy, Anatole France y Pierre Loti.
Poetas favoritos: Baudelaire y Alfred de Vigny.
Héroes de ficción: Hamlet.
Heroínas: Berenice.
Compositores preferidos: Beethoven, Wagner, Schumann.
Pintores preferidos: Leonardo da Vinci y Rembrandt.
Héroes de la vida real: M. Darlu, (Profesor de Filosofía de Proust, en el Lycée Condorcet) M. Boutroux (Filósofo, escritor y Profesor en La Sorbonne).
Heroínas de la Historia: Cleopatra.
Nombres favoritos: Sólo tengo uno a la vez.
Lo que detesto por encima de todo: Lo malo que hay en mí.
Caracteres históricos que echo de menos: No estoy suficientemente instruido.
El hecho militar que más admiras: ¡Mi voluntariado!
El don natural que quisieras tener: Voluntad y poder de seducción.
Cómo preferiría morir: Mejor; y amado. (Parece que pudo escribir: Mejor, no).
Estado de ánimo actual: La molestia de haber pensado en mí para responder a todas estas preguntas.
Faltas que te inspiran más indulgencia: Las que comprendo.
Divisa: Temo demasiado que me trajera mala suerte.


André Maurois fue testigo de sus últimas horas.

Hacia las diez del día siguiente Marcel pidió aquella cerveza fresca que le iban a buscar al Ritz. Albaret salió enseguida, y Marcel murmuró a Céleste que la cerveza, como todo lo demás, llegaría demasiado tarde. Le costaba un enorme esfuerzo respirar. 

El profesor Proust, a quien fueron a avisar al hospital, acudió a toda prisa. El doctor Bize no tardó en llegar. Los ojos del enfermo adoptaron una expresión irritada cuando el doctor Bize entró en la cámara. Marcel, por lo general exquisitamente cortés, no dio los buenos días al médico y, para patentizar aún más su descontento, se volvió hacia Albaret, que llegaba con la cerveza solicitada. “Gracias, mi querido Odilon -le dijo-, por haberme ido a buscar esta cerveza.” 

Todos bullían a su alrededor. Lo intentaron todo, pero, ¡ay!, era demasiado tarde. Con sumo cuidado el profesor Proust levantó a Marcel sobre las almohadas. “Te estoy moviendo mucho, muchacho: ¿te duele?”. Y, con una exhalación, Marcel pronunció sus últimas palabras: “¡Oh, sí, mi querido Robert!” Se extinguió hacia las cuatro, suavemente, sin un movimiento, con los grandes ojos muy abiertos.

Sus amigos, aquella tarde, se telefonearon unos a otros para comunicarse, con tristeza y casi con incredulidad, la turbadora noticia: “Marcel ha muerto.”

No aparentaba cincuenta años, sino apenas treinta, como si el Tiempo no hubiese osado tocar a quien lo había domado y conquistado. Presentaba el aspecto de un eterno adolescente. 

En el entierro, al salir de Saint-Pierre de Chaillot, Barrès, con el paraguas colgando del antebrazo, se encontró con Mauriac. En fin, ¡vaya! -exclamó-. Era nuestro joven amigo… En realidad era, sobre todo, y lo es aún, nuestro gran hombre. Barrès, algo más tarde, supo reconocerlo: ¡Ah, Proust, genial compañero, qué excepcional eras! ¡Y con qué ligereza te juzgaba yo!

Era el 18 de noviembre de 1922. Sus funerales se celebraron con honores militares –como le correspondía por su pertenencia en la Legión de Honor-. Fué enterrado en el cementerio Père-Lachaise de París.

Vale más soñar la propia vida que vivirla, aunque vivirla es también soñarla.




sábado, 20 de abril de 2013

EL RETORNO DE DANTE


La puerta del Infierno. Rodin

El creador de la obra que conocemos como La Divina Comedia, se llamaba, en realidad, Durante y su ópera magna, simplemente, La Commedia, y ello, no porque se tratara de una comedia precisamente, sino porque, de acuerdo con los cánones, el autor no podía clasificar su obra como Tragedia, puesto que terminaba bien, es decir, en el Paraíso, un lugar al que llega el viajero del éter de la mano de Beatriz, después de haber pasado por el Infierno y el Purgatorio en compañía de su mentor, el excelso poeta latino Virgilio.

El año de inicio de su verdadero viaje, el de la vida, sólo se puede deducir de sus propios textos, pero el de su partida sí se conoce con exactitud, 1321, aunque más seguro es el de su retorno: 2007

Así era Dante, de acuerdo con la recreación de Botticelli en 1495.

Así es su verdadero rostro –Il vero volto- ya reconstruido.

Esta es, pues, la imagen que ofrecía a su vuelta, el día 11 de enero de 2007, por obra y arte de los equipos de los profesores Gruppioni –Universidad de Bolonia–, y Mallegni –Universidad de Pisa–, mediante una reconstrucción de fragmentos óseos, a partir de los datos clasificados en los años 20 del siglo pasado por otro profesor de la Universidad de Bolonia, Fabio Frassetto; todo ello, de acuerdo con la información publicada por el diario La Reppublica.

Il Sommo Poeta en interpretación de Rafael, 1483–1520. Dante en El Parnaso. 
Stanza della Segnatura. Vaticano.

Un hombre siempre melancólico y pensativo, decía Boccaccio.

Dante, según su amigo Giotto, 1267–1337. 
Capilla del Podestá en el Palacio del Bargello. Florencia.

Era a Dante a quien imaginaba Rodín cuando creó su Pensador para la Puerta de su Infierno.

Durante di Alighiero nació en Florencia y murió en Rávena, en el exilio, el 14 de septiembre de 1321. Su primera biografía, Trattatello in laude di Dante, fue escrita por Giovanni Boccaccio (1313-1375); además de melancólico y pensativo, en su opinión, Dante era también hombre  d'animo alto e disdegnoso molto. –De carácter altivo y muy desdeñoso–.

A falta de datos más confiables, su nacimiento se supone alrededor de 1265, aceptando el contexto del Inferno, en el que el autor se sitúa: Nel mezzo del cammin di nostra vita. El mezzo estaba entonces en los 35 años y la obra es de 1300, por lo que se podría deducir -si el verso es biográfico-, que Dante habría nacido alrededor de 1265. También por sus versos se sabe que nació en el período correspondiente al signo de Géminis, es decir, entre el 21 de mayo y el 21 de junio.

Bautizado el 26 de marzo de 1266 como Durante –Dante correspondería al uso familiar-, en el Baptisterio de Florencia, como hijo de Alighiero de Bellincione, un güelfo blanco, y de Bella –diminutivo de Gabriella-, degli Abat, que falleció cuando el poeta era un niño. Posiblemente su padre volvió a casarse, aunque no es seguro, con Lapa di Chiarissimo Cialuffiche con la que tendría dos hijos más: Francesco y Tana – o Gaetana-.

Tenía Dante 12 años cuando fue acordado su matrimonio con Gemma, hija de Messer Manetto Donati, con la que se casaría, efectivamente, en 1291. Tuvieron cuatro hijos: Jacopo, Pietro, Giovanni y Antonia.

Casi nada se sabe de la formación que recibió, pero sí que se aficionó a los juglares Provenzales y, sobre todo, la cultura latina, especialmente a Virgilio, a quien convirtió en su mentor para el viaje por el otro mundo:
Tu se' lo mio maestro e 'l mio autore, 
(Infierno, Canto I, v. 85).

Estudió, pues, al menos, latín y provenzal.

Cuando tenía 9 años vio pasar a Beatriz Portinari, de la que se enamoró para siempre, aún sin haber cruzado ni una palabra con ella. 

Era intra la turba de’ giovinetti una figliuola del sopradetto Folco (Portinari), il cui nome era Bice […] Beatrice, la cui età era forse d’otto anni.
Estaba entre el grupo de jovencitas una hijita del dicho Folco (Portinari), cuyo nombre era Bice –Beatrice– que tendría unos ocho años.

Sí la vio después, quizá con cierta frecuencia; al menos, parece que se saludaban, pero no llegaron a crear ni siquiera lazos de amistad. En todo caso, se ignora el verdadero sentido del incondicional amor que Dante aseguró profesarle durante toda su vida, pero el hecho es que Beatriz se convirtió en el objeto de su poesía, y Dante se entregó a su recuerdo con una devoción que sólo se vio superada por su compromiso político.

Así, es su evocación la verdadera esencia de Beatriz, que murió en 1290 –Come ciascuno puote evidentemente conoscere, niuna cosa è stabile in questo mondo–;Como todo el mundo puede evidentemente saber, nada es permanente en este mundo–. Tendría el poeta, unos 25 años, y su desaparición le llevó a refugiarse en el estudio de la literatura latina, asistiendo asimismo, a la escuela religiosa de Santa María Novella, en Florencia.

Dividida la ciudad –in due parti perversissimamente divisa– se vio el poeta Inmerso en el conflicto entre Güelfos, partidarios del papado, y Gibelinos, que defendían el poder de los emperadores alemanes y en los que se integraba buena parte de la aristocracia, participando en la batalla de Campaldino -1289-, del lado los Güelfos florentinos frente a los Gibelinos de Arezzo. El año siguiente se produciría la desaparición de Beatriz.

Dante se hizo médico y boticario, un oficio que más adelante le sirvió para poder ocupar un cargo público, ya que era necesario, para hacerlo, pertenecer a un gremio, aunque parece que él más bien vendía sus libros en la farmacia.

Más adelante, sus correligionarios Güelfos se dividieron radicalmente entre Blancos; Bianchi -facción a la que se unió el poeta-, y Negros, Neri. La situación política en Florencia se complicó cuando, en 1301, el papa, Bonifacio VIII, se propuso entregar el poder a Charles de Valois; los florentinos rechazaban la tutela que el pontífice se proponía imponerles por medio del francés. 

Dante fue elegido para representar a la ciudad en una embajada que debía parlamentar con Bonifacio VIII y tratar los términos de un acuerdo que pudiera satisfacer a ambas partes, pero el papa optó por retenerlo acusándolo de contumacia, en tanto que, en su intento por dominar la ciudad, se ponía de acuerdo con los negros, que inmediatamente iniciaron una campaña de persecución contra los blancos. Poco después, el Valois entraba en Florencia con el apoyo de los negros, que mataron a un gran número de blancos y destruyeron u ocuparon sus propiedades. El nuevo gobierno condenó a Dante a dos años de exilio y a pagar una multa superior a sus posibilidades financieras, por lo que su orden de exilio temporal se transformó en otra de carácter perpetuo, con el agravante de acabar en la hoguera si volvía por la ciudad.

questo merito riportò Dante dell’avere con ogni sollecitudine cercato il bene, la pace e la tranquillità de’ suoi cittadini!-. 
esto fue lo que mereció Dante por haber buscado solícitamente el bien, la paz y la tranquilidad de sus ciudadanos.

Abandonó Florencia para no volver nunca más, pero su esposa permaneció allí, en un intento de salvar, al menos, sus bienes dotales, que no podían ser confiscados.

Empezó entonces el poeta la redacción de la Commedia y también su relación con una dama llamada Gentucca, probablemente madre de sus dos hijos pequeños.

En 1310 Enrique VII de LuxemburgoArrigo VII, el Alto Arrigo del Paradiso–, siendo Rey de Romanos, invadió Italia. Dante le envió muchas cartas reclamando venganza contra los negros, de modo que cuando estos decidieron publicar una amnistía en favor de los blancos, excluyeron al poeta.

Florencia. Hartmann Schedel: Liber chronicarum.Nürnberg, 1492

Más tarde, cuando Enrique VII, ya Emperador de Alemania, fue coronado Rey de Italia en Milán, atacó y tomó la ciudad de Florencia derrotando a los negros; Dante se había distanciado también de los de su partido, y no tuvo participación alguna en aquellos eventos, a pesar de que se cumplía su deseo de evitar que Florencia pasara al poder pontificio. Mantuvo un tiempo la esperanza de que las cosas cambiaran de forma más acorde con sus deseos, pero Enrique murió en 1313 –unos dicen que de malaria, otros que lo envenenaron en la comunión–, convirtiendo en cenizas la posibilidad de que Dante pudiera volver a Florencia. Se instaló entonces en Verona.

Ya en 1315 se publicó una nueva amnistía, en este caso, con la condición de que los perdonados pasaran por una ceremonia en la que debían reconocer públicamente su traición. Dante se negó a hacer tal cosa, en vista de lo cual, su condena de exilio se convirtió en pena de muerte extensiva a sus hijos. A pesar de que su mayor deseo era volver a Florencia, el poeta consideraba que solo lo haría en condiciones más honorables que las que se le habían propuesto. Como sabemos, no volvió más.

Era in que’ tempi signore di Ravenna, famosa e antica città di Romagna, uno nobile cavaliere, il cui nome era Guido Novel da Polenta. En 1318 recibió Dante una invitación –del noble caballero Gido Novel da Polenta, que era entonces señor de Rávena, famosa y antigua ciudad de Romagna–, para instalarse en Rávena, que aceptó. Allí terminó de escribir El Paradiso y allí terminó también su vida tres años después, cuando tenía 56. Poi che la sua ora venne segnata a ciascheduno, essendo egli già nel mezzo o presso del cinquantesimo sesto suo anno infermato. –Porque todos tenemos la hora marcada y él se encontraba ya en el quincuagésimo sexto de sus años.

En su tumba, un epígrafe latino de Bernardo de Canaccio define a la ciudad de Florencia como “Parvi Florentia mater amoris”; Florencia, madre de poco amor.

Oh ingrata patria, quale demenzia, qual trascutaggine ti teneva, quando tu il tuo carissimo cittadino, il tuo benefattore precipuo, il tuo unico poeta con crudeltà disusata mettesti in fuga.
Oh patria ingrata, qué locura, qué ignorancia te acometió, cuando a tu ciudadano amadísimo, a tu primer benefactor, a tu poeta único, con desusada crueldad pusiste en fuga.

Quinientos años después Florencia intentó recuperar sus restos, pero la ciudad tuvo que conformarse con erigirle un túmulo en el interior de la Basílica de la Santa Croce. Su estatua se alza, asimismo, ante la fachada de esta bellísima iglesia.


Túmulo y estatua del poeta, en el interior y exterior de la Santa Croce.

E perciò con la tua ingratitudine ti rimani, e Ravenna de’ tuoi onori lieta si glorii tra’ futuri.
Y por eso te quedarás con tu ingratitud, y Rávena, con tu honra, disfrutará la gloria en el futuro.

La obra del Dante:

La Vita Nuova, muy probablemente escrita entre 1293 y 1295, y en todo caso, no después de 1300, fecha en la que muere su destinatario, Guido Cavalcanti -mio primo amico a cui io ciò scrivo-, es la primera obra que se atribuye a Dante con certeza. Se trata de un prosimetro: mezcla de prosa –42 capítulos- y verso -25 sonetos, una balada y cinco canciones-, escrita poco después del fallecimiento de Beatriz, siguiendo los cánones del dolce stil nuovo.

Concebida como un exemplum, la obra es autobiográfica y habla de la evolución espiritual y poética del Dante. La crítica parece acorde en destacar la canzone Donne ch’avete inteletto d’amoreSeñoras, que sabéis de amor-, y el soneto Tanto gentile e tanto onesta pareTan gentil y honesta se muestra-.

Por alguna razón Dante construye la historia de su amor por Beatriz en torno al número 9: Desde que él nació el cielo había pasado 9 veces por el mismo punto. Beatriz empezaba su noveno año, cuando él lo terminaba y habían pasado otros nueve desde su primer encuentro. A la hora novena tiene Dante una visión que parece anunciarle la muerte de Beatriz; la visión vuelve a presentarse a la primera de las nueve últimas horas de la noche.

9 es el número de Beatriz, como se ve en la Vita Nuova. […] Es el número de las jerarquías angélicas, y por consiguiente el de los Cielos, y es también el de los círculos infernales, ya que hay una cierta relación de simetría inversa entre los Cielos y los Infiernos. (R. Guenon: El Esoterismo de Dante).

A partir de entonces, Dante se propone cantar su amor por Beatriz y dedicar la vida a venerar su recuerdo.

De Vulgari Eloquentia fue concebida por Dante en defensa de la lengua vulgar frente a la latina –a pesar de que la compuso en latín, pues todavía era el vehículo de la cultura–, constituyéndose en uno de sus primeros impulsores. Creía que las diversas lenguas tenían un origen común que se fue transformando en subdivisiones que se corresponderían con las de procedencia griega, germánica y latina. En esta obra, Dante defiende la absoluta calidad de la lengua vulgar, incluso como lengua literaria. (1303–1304).

La Divina Comedia. Dante pudo empezar a escribirla hacia el 1300, que fue año jubilar y, de hecho, puso el día 7 de abril de aquel año, como fecha de inicio de su viaje a la selva oscura y trabajó en esta obra hasta el último día de su vida.

El texto se reparte entre las sucesivas visitas al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso. Cada parte tiene 33 cantos divididos en tercetos encadenados; en este caso, el número simbólico es, naturalmente, el tres.

Hoy es difícil comprender del todo la obra, aparte de su belleza formal, sin la ayuda de un gran aparato de notas que nos aclaren quién es cada uno de su numerosos personajes, aunque entonces eran del conocimiento común.

Hay una arquitectura simétrica, como se ha visto, en el conjunto de la obra, en torno al número tres. Como dato curioso veamos algunas cifras. La Commedia contiene, en total 14.223 endecasílabos dispuestos de la siguiente manera:

Tres Cantos:

Inferno: 34 cantos y 4.720 versos
Purgatorio: 33 cantos y 4.755 versos
Paradiso: 33 cantos y 4.758 versos.

Todos ellos terminan con estrellas:

Último verso del Inferno: E quindi uscimmo a riveder le stelle. 
Y entonces, al salir, volvimos a ver las estrellas.

Último verso del Purgatorio: puro e disposto a salire a le stelle.
puro y dispuesto a subir a las estrellas.

Último verso del Paradiso: l'amor che move il sole e l'altre stelle.
el amor que mueve el Sol y las demás estrellas.

Il Convivio (1304-1307), convivium, banquete, en este caso, de sabiduría. Es la primera obra escrita inmediatamente después de su salida de Florencia. Se trata de un compendio de todo lo que un hombre debe saber para dedicarse a la actividad pública sin haber ido a la Universidad. Escrita también en prosimetro, en lengua vulgar, por lo que tampoco hay que saber latín para comprender los principios aristotélicos que llenan la obra. Dante asiste a un banquete en el que se sirve la comida –los versos–, acompañada de pan –la prosa–, necesario para mejor asimilar la esencia.

De Monarchia: Escrita con motivo de la caída de  Arrigo VII, entre 1310 y 1313, tiene también tres partes. En ellas afirma Dante la necesidad de un imperio universal, como única forma de garantizar la paz y la unidad y la autoridad del monarca como derecho divino, es decir, que depende de la voluntad divina, exclusivamente, no debiendo por tanto, responder a ninguna autoridad, ni aún la pontificia. Los soberanos nacionales han de actuar con independencia, tanto del emperador, como del papa.

oooOooo

Se puede intuir, pero no definir con seguridad, la razón por la que una creación, literaria en este caso, se convierte en patrimonio de la humanidad, cuyo valor, lejos de disminuir, aumenta con el paso de los siglos. Tales obras tienen una importante cualidad que suelen compartir; su universalidad.

La obra de Dante ha servido de inspiración a escritores, pintores, músicos y escultores. Ya Boccaccio había escrito que la madre del poeta tuvo un sueño, según el cual poco antes del parto se encontraba bajo un laurel altísimo, sopra uno verde prato en el que brotó un manantial. Allí mismo, antes de su nacimiento, supo la madre quien iba a ser su hijo.

El poeta griego Ángelos Sikelianós, dando una interpretación personal a aquel sueño premonitorio, escribió La madre de Dante, un bellísimo poema en el que trasciende el hecho de la maternidad hasta sus máximas posibilidades líricas.

Una traducción del poema en este blog: 

En el Canto V del Infierno, Dante revive la tragedia de Francesca da Rímini y Gianciotto Malatesta, que él eleva a la calidad de mito. Gianciotto y Francesca se casan como consecuencia de una alianza política de sus respectivas familias, sin que ellos se conozcan siquiera. La tragedia se produce cuando Francesca se enamora de Paolo, hermano de su esposo y ambos son descubiertos y apuñalados por este cuando serenamente leían la historia de Lancelot du Lac.

 Dante Gabriel Rossetti. Fragmento de Francesca da Rimini 
Francesca da Rimini. William Dyce. Fragmento. National Gallery of Scotland, Edinburgo

Dante y Virgilio encuentran a los amantes vagando en el Infierno, donde los describe, en el círculo de los lujuriosos, condenados a ser perpetuamente arrastrados por un doloroso torbellino que también maltrata a Helena de Troya, a Cleopatra, o a la reina Ginebra, con sus respectivos y pecadores enamorados. 
Gaetano Previati Paolo e Francesca

La escena ha sido reinterpretada en múltiples ocasiones; los amantes aparecen vivos, o en el momento de la venganza, o muertos, o vagando en el vacío, indistintamente.

Mosè Bianchi: Paolo e Francesca, 1877 c.
Acquarello e oro su carta, Milano, Galleria Civica d’Arte Moderna.

Franz Liszt compuso sólo dos Sinfonías, una de ellas fue Dante; una obra de carácter romántico, compuesta en 1855, a través de cuyas impresionantes notas, músico y poeta –la genialidad los une– recorren el Inferno y el Purgatorio. Carece del tercer movimiento y, por tanto, del tercer recorrido, el Paradiso. Parece que Wagner convenció a Liszt de que la descripción del Paraíso estaba por encima de las facultades humanas por eminentes que estas fueran. Finalmente Liszt remató el segundo movimiento con un bellísimo Magníficat para voces femeninas que, en teoría, habría correspondido al final del Paradiso.

Tchaikowsky, Пётр Ильич Чайковский –otro de los grandes creadores a los que la humanidad debe tanta belleza–, se hizo eco del dantesco drama que convirtió en -Франческа да Римини– Francesca da Rímini. Fantasía sinfónica según Dante, en mi menor, op. 32. 

Sería interminable; casi imposible, seguir la huella de inspiración que dejó sembrada la obra de Dante, pero también es posible que tan maravilloso periplo nos diera una idea aproximada sobre qué pueda ser aquello que convierte a una obra, en una obra maestra.

En cuanto al Dante, si resulta fantástico decir que volvió a través de la reconstrucción de su rostro, tal vez sea más apropiado pensar que nunca se fue del todo.
Dante y Virgilio. Dante Gabriel Rossetti
(Fragmento de Francesca da Rimini)

sábado, 13 de abril de 2013

Góngora Proparoxítono

Don Luis de Góngora y Argote


Como una especie de premonición, el apellido de este Señor de las Letras, es un proparoxítono, es decir, esdrújulo. Luis, el hijo mayor de Francisco de Argote y Leonor de Góngora, tuvo tres hermanos, Francisca de Argote, María Ponce de León y Juan de Góngora y Argote. 

Los condicionamientos sociales de la época convirtieron a sus ascendientes en factores negativos para el futuro del escritor; el padre era hijo de un segundo matrimonio, así que no heredó a pesar de pleitear por ello. Era, sin embargo, un hombre bien formado, gran erudito, buen lector y propietario de una excelente biblioteca, además de Licenciado en Salamanca. 

En cuanto a Leonor, llevaba sobre sí el estigma de que su madre era hija de clérigo, según se decía, o se mal decía, ya que resulta más cierto que la abuela de Góngora, Ana de Falces, fue hija de un caballero llamado Alonso de Hermosa, que tuvo una relación con su madre, cuando era viuda. Este Alonso, que murió en la guerra de Granada, era pariente próximo de Francisco de Eraso, secretario de Carlos V y de Felipe II, un hecho que vino a abrir ciertas perspectivas en el futuro del poeta, puesto que proporcionó a su padre algunos medios honrosos de ganarse la vida, como nombrarle Juez de Residencia o de Bienes Confiscados por la Inquisición, cargos que requerían las dichosas pruebas de limpieza

Todavía no pesaban los antecedentes de Leonor –ella no es ascendiente de su marido–, pero sí marcaban a los hijos y, de un modo u otro, persiguieron a Góngora toda su vida por intermedio de escritores rivales, que tal vez no se basaban tanto en consideraciones de carácter literario, como en las específicamente sociales, según las cuales, casi valía lo mismo ser cristiano nuevo, que hijo natural. Como sabemos, los había que haciendo ostentación de sangre y ancestros limpios, podían lanzar sus dardos envenenados contra los que no podían recorrer hacia el pasado su línea familiar, cualquiera que fuera la causa; sólo hay que leer cosas como: Yo te untaré mis obras con tocino,/porque no me las muerdas, Gongorilla, que, evidentemente no constituyen un argumento literario.

Está prácticamente fuera de duda que Góngora asistió al Colegio de los Jesuitas en Córdoba entre los años 1570 y 1575. El poeta se refirió a ellos en el Panegírico que dedicó al Duque de Lerma, como el redil ya numeroso del ganado –de San Francisco de Borja–, su glorioso tío –del Duque–, cuya causa de canonización se iniciaba entonces gracias a las reiteradas instancias del Valido. 

A los 14 años recibió Góngora su primer beneficio. Después se matriculó en Cánones en Salamanca en 1576, de lo cual hay documentación, aunque no la hay de que alguna vez recibiera el título correspondiente. Sí aprendió latín, por supuesto, y algo de italiano y portugués, pero, fundamentalmente, debió decidir por entonces, que lo que más le atraía era escribir; en principio, la vocación más recomendada para pasar miserias. 

Hay composiciones suyas datadas en 1580 en las que ya apuntan sus famosas esdrújulas construidas sobre léxico y sintaxis muy latinos, aunque también componía letrillas de carácter y lenguaje más popular.

No resulta, de lo que sabemos, que Góngora llevara una vida censurable –como el Inquisidor General al que él mismo denunciaría a través de un escrito hallado por Amelia de Paz en 2012, o como Lope de Vega, singular cortejador de mujeres casadas, a pesar de que también era clérigo, en su caso, por elección–; parece que Góngora llevaba una vida sin escándalos, si bien, sobre todo si creemos a sus detractores, se sentía demasiado atraído por el juego –en el que pudo perder mucho dinero–, y por el espectáculo taurino, cuya asistencia estaba prohibida a los clérigos y que le costó una sanción económica. Por lo demás, sus faltas mayores consistían en asistir poco al coro, dedicarse a charlar cuando lo hacía  y prestar poca atención a los rezos. Góngora respondió a todo esto diciendo que prefería caer en aquellas liviandades, y no ser hereje; no podía alegar ante su superior que la vida clerical era un medio de subsistencia y no una elección meditada y decidida libremente. Pecaba más en lo relativo a las otras dos acusaciones de sus colegas: tratar con representantes de comedias y escribir coplas. Tenía por entonces 28 años.
Góngora. Retrato conservado en el Museo Lázaro Galdeano

En el cumplimiento de sus obligaciones tuvo que viajar a distintas ciudades; algo que le agradaba evidentemente, pero era Madrid su destino preferido, ya que en la capital tenía la posibilidad de relacionarse con el mundo de la cultura y allí se quedaba siempre que podía, aunque se resintiera su salud y, sobre todo, su bolsillo, sin que ello le aportara beneficios mayores; cuando hizo balance –al volver a Córdoba en 1603–, el resultado de sus esfuerzos constituyó una enorme decepción que le echó encima, junto con el desengaño, veinte años más de los que en realidad tenía, que eran 42.

Otras cuestiones sustentaban su interés por permanecer en la corte, como, por ejemplo, la necesidad de buscar un futuro para sus sobrinos, algo que fue logrando por medio de halagos y triquiñuelas, a la vez que intentaba equilibrar su propia posición económica, siempre muy inestable. 

Otra lucha común a los hombres de letras en la época, era la necesidad de encontrar mecenas y, en este caso, a Góngora tampoco le acompañó la fortuna. Primero se decantó por el Marqués de Ayamonte, quien murió poco después de recibir su visita, en 1607. Tampoco tuvo éxito su intento de formar parte de la corte del Conde de Lemos en su nuevo destino como Virrey de Nápoles. Aunque para entonces ya era sobradamente conocido y valorado, la mala suerte no le ahorró los ataques más duros provenientes de otros poetas que, aunque también eran extraordinariamente buenos, no podían permitir sin más, el reconocimiento de la superioridad que apuntaba hacia Góngora. 

En 1611, de nuevo en Córdoba, cedió algunas de sus prebendas a un sobrino y se concentró en su producción literaria; de 1613 es el extensísimo poema Polifemo; si hoy buscamos en esta obra algo más que los interesantes malabares léxicos ejecutados por el poeta, nos exponemos a caer en un aburrimiento profundo.

De nuevo en Madrid –tenía entonces 55 años–, la necesidad de encontrar mecenas o simple apoyo económico, era ya tan imperiosa que le llevó a componer el Panegírico al Duque de Lerma, del cual, Habiendo acabado setenta y nueve octavas, las envió el poeta al duque a ver que le parecían; respondió el duque que muy bien pero que no las entendía, con lo cual don Luis no prosiguió. 

Logró, no obstante, hacerse con el empleo de capellán real, un nombramiento que, seguramente, no conllevaba muchas ocupaciones, pero sí requería la condición de que se ordenara sacerdote. Fue entonces cuando le expurgaron los antepasados.
Soledades. 1613. Manuscrito Chacón.

Las Soledades determinaron reparos, burlas y ataques, tanto entre los doctos como en los círculos más populares que centraba Lope. (E. Orozco Díaz)

La mala fortuna que perseguía al poeta, volvió a cerrarle los caminos: Lerma cayó en desgracia y se vio obligado a abandonar la corte seguido por su propio Valido, Rodrigo Calderón; Lerma, hacia el cardenalato; Calderón, hacia el patíbulo, con orden ya firmada por Felipe IV.

                                 De tal sitial después al mal cadalso
                                 precipitado, ¡oh cuánto nos avisa!

El nuevo Valido, Olivares, simulaba atender los requerimientos del escritor, pero no se ocupaba de su caso verdaderamente y además, otros asuntos de gravedad contribuyeron a amargar la existencia del poeta, como el asesinato de su amigo el Conde de Villamediana, o el fallecimiento del conde de Lemos. La soledad iba haciéndose un sitio a su lado, las deudas empezaban a llenar el espacio de los sueños y la enfermedad avanzaba amenazadora pisando por sus huellas.

Paradójicamente, un joven Diego de Silva Velázquez que está a punto de abandonar la corte ante la imposibilidad de retratar al monarca, recibe un consejo de Pacheco, su suegro: debería pintar a una celebridad aunque sólo fuera para aprovechar el viaje, con ello podrá dejar el artista muestra de sus brillantes cualidades. Esa celebridad fue Góngora.

Velázquez, 1622. Museum of Fine Arts, Boston

Para entonces han pasado 61 años desde que Góngora nació, precisamente en 1561; no tenemos delante a un hombre feliz, ni muchísimo menos; Velázquez era preciso y el óleo refleja la realidad, sin disimulos y sin dudas.

¿Será verdad que Quevedo compró la casa en la que vivía Góngora, con el exclusivo objeto de echarlo a la calle y que después se burló diciendo que había quemado garcilasos para desengongorarla?

                             Por eso, en insolente desatino,
                             sólo te codició Paravicino.
                             Y págalo Quevedo
                             porque compró la casa en que vivías,
                             molde de hacer arpías,
                             y me ha certificado el pobre cojo
                             que de tu habitación quedó de modo
                             la casa y barrio todo,
                             hediendo a Polifemos estantíos,
                             coturnos tenebrosos y sombríos,
                             y con tufo tan vil de Soledades,
                                  que para perfumarla
                                  y desengongorarla
                                  de vapores tan crasos,
                                  quemó como pastillas Garcilasos.

                                                   Alguacil del Parnaso, Gongorilla

Lo cierto es que la gran rivalidad literaria entre ambos autores es más bien un mito basado en algunos poemas de carácter sarcástico -los más populares-, en los que Góngora tacharía a Quevedo de bebedor y este a Góngora de judío. Parece hoy más seguro que la distancia entre ambos escritores dependía más bien de la diferente forma de entender la vida de cada uno de ellos, de una disparidad que podríamos llamar ideológica, y no de una verdadera rivalidad poética que, si la hubo, seguramente fue muy superficial y, ciertamente, a Góngora no parece que le importara demasiado, ni que le afectara en absoluto - a don Luis le importaba un comino lo que pensara don Francisco-, en tanto que Quevedo parece más suspicaz. Ciertamente, la distancia poética y vital entre ambos es inmensa, como dice Amelia de Paz (citando a Antonio Carreira), la enorme fama poética de Quevedo en su tiempo no es más que un espejismo.

Enfermo, sin recursos, sin afectos y sin memoria, el hombre que dotó al lenguaje de sus máximas posibilidades, volvía finalmente a Córdoba en busca del descanso definitivo, que halló el 23 de mayo de 1627. No sabemos qué ha sido de sus restos mortales.

                                           lágrimas cansadas,
                              que lanza el corazón, los ojos llueven,

                              …porque aquel ángel fieramente humano
                              no crea mi dolor, y así es mi fruto
                              llorar sin premio y suspirar en vano.

Manuscrito Chacón

Se puede decir –escribió Dámaso Alonso-, que la única desazón fundamental de don Luis fue la honra. Y de ahí se deriva la que fue su angustia más constante y evidente: la falta de dinero. Porque en aquel extraño concepto que tenían muchos españoles del siglo XVII, el dinero era necesario para la honra. Basta leer el epistolario del poeta para comprender que él también pensaba así. 
Portada del Manuscrito Chacón

94 Romances auténticos más 18 atribuidos, escritos entre 1580 y 1626. Los hay líricos, satíricos, amorosos y picarescos.

                                        …en la verde orilla
                                       de Guadalquivir.

                                        …Dejadme llorar
                                       orillas del mar.

                                       …Dejadme triste a solas
                                      dar viento al viento y olas a las olas.

54 Letrillas auténticas, más 29 atribuidas: líricas, satíricas, burlescas y sacras.

                                     Tan asaeteado estoy,
                                     que me pueden defender
                                     las que me tiraste ayer
                                     de las que me tiras hoy;
                                     si ya tu aljaba no soy,
                                     bien a mal tus armas echas,
                                     pues a ti te faltan flechas
                                     y a mí donde quepan más.
                                     ¡Ya no más, ceguezuelo hermano,
                                     ya no más!
                                     …
                                     No son todos ruiseñores
                                     los que cantan entre las flores,
                                     …
         [En persona del Marqués de Flores de Ávila, estando enfermo]

                                     Aprended, Flores, en mí
                                     lo que va de ayer a hoy,
                                     que ayer maravilla fui,
                                     y hoy sombra mía aun no soy.

167 Sonetos auténticos más 50 atribuidos; sacros, heroicos, morales, etc.



                              A Córdoba
                              ¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
                              De honor, de majestad, de gallardía!
                              ¡Oh gran río, gran rey de Andalucía,
                              De arenas nobles, ya que no doradas!
                                        …
                             Inscripción para el sepulcro de Dominico Greco

                             Esta en forma elegante, oh peregrino,
                             de pórfido luciente dura llave,
                             el pincel niega al mundo más süave,
                             que dio espíritu a leño, vida a lino.

33 composiciones de arte mayor, entre ellas, 3 poemas largos:

Fábula de Polifemo y Galatea, de 1613. 504 endecasílabos que componen la obra más representativa del Barroco europeo, en opinión de Dámaso Alonso.

                              Al Conde de Niebla

                              Estas que me dictó, rimas sonoras,
                              Culta sí aunque bucólica Talía,
                              Oh excelso Conde, en las purpúreas horas…
                               …
                              Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece,
                              Copa es de Baco, huerto de Pomona:
                              Tanto de frutas ésta la enriquece,
                              Cuanto aquél de racimos la corona.

Soledades, 1613-1614: Góngora se propuso escribir cuatro, pero sólo completó la primera, con 1091 versos, y terció la segunda, que alcanzó hasta el verso 979. 

                              Al Duque de Béjar

                              Pasos de un peregrino son, errante,
                              Cuantos me dictó versos dulce Musa
                              En soledad confusa,
                              Perdidos unos, otros inspirados.
                               …
                              Era del año la estación florida
                              en que el mentido robador de Europa
                              –Media luna las armas de su frente,
                              Y el Sol todos los rayos de su pelo–,
                              luciente honor del cielo,
                              en campos de zafiro pace estrellas.

Panegírico al duque de Lerma, de 1617; un poema cortesano de 632 versos, del que ya hemos hablado y que contiene una especie de resumen histórico de los más importantes sucesos del reinado de Felipe III, cuyo interés tiende a disiparse entre los fastidiosos halagos al Duque y sus antepasados. 

                               XII
                              Crece, oh de Lerma tú, oh tú de España
                              bien nacido esplendor, firme coluna, 
                              que al bien creces común, si no me engaña
                              el oráculo ya de tu fortuna;

2 obras dramáticas: Las firmezas de Isabela, de (1610) y El doctor Carlino, de 1613. 

La primera obra de teatro que escribió Góngora es una comedia en tres actos con un argumento muy complejo, pero cuidado y organizado de forma muy minuciosa hasta el menor de sus detalles.

                           Una habitación de la casa de Fabio. Entra Marcelo.

             MARCELO: 
                          ¿De qué seno inmortal, oh pensamiento,
                          o por dónde has venido,
                          si de tus alas torpes huye el viento?

                         De plumas no, de ingratitud vestido,
                         y dos veces vendado,
                         ciego dos veces para mí es Cupido.
                          …
                        Entra Fabio
            FABIO:
                        Marcelo, amigo, ¿qué es eso?
                        ¿Qué andas pagando perdido
                        hospedajes de escondido
                        con melancolías de preso?
                         …
            MARCELO
                        Creía que en la gloria
                        no había, Fabio, penas,
                        y que en la libertad no había cadenas,
                         …
           VIOLANTE
                       Desdichada Violante,
                       a la flor de tu nombre parecida;
                       celosa como amante,
                       tan de azul, tan de púrpura teñida,
                       que es, amante y celosa,
                       un lilio breve, una pequeña rosa.

124 cartas. 
Carta de Góngora. 30 de agosto de 1622, manuscrita sobre papel. 28 x 18,5 cm. Colección de Rafael de Góngora. Madrid

El éxito de la obra de Góngora fue rotundo en el siglo XVII y durante buena parte del XVIII; su obra fue comentada y sometida a exégesis muy pronto, como hasta entonces sólo se había hecho con autores clásicos, a pesar de los ataques de Lope de Vega y Quevedo.

Tras un período de olvido, el poeta fue de nuevo reivindicado a fines del siglo XIX por los simbolistas franceses, especialmente, por Verlaine y Mallarmé, a quienes siguió Rubén Darío. Todos ellos veían en Góngora al artista ajeno a la crítica oficial, un modelo representativo de su propia actitud ante la vida o ante la poesía y un maestro de gran perfección lingüística al que trataban de imitar en su intento de sustituir el mundo sensible por su representación poética.

En 1927, trescientos años después de la desaparición del poeta, el mejicano Alfonso Reyes recuperó su obra, al mismo tiempo que un grupo de poetas españoles emprendía una tarea similar, eligiendo a Góngora como símbolo redivivo de su propia generación: García Lorca, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre, destacaron la perfección formal y la intención estética de la obra de su poeta-patrón. 

Luis de Góngora es, hoy por hoy, el más actual de nuestros poetas clásicos: su densidad, su excelencia, su modernidad y su proyección en las poéticas contemporáneas lo convierten en un adelantado a su tiempo, en un modelo para todo creador consciente de que lo que nos define como humanos está radicalmente vinculado al lenguaje y a la belleza. (J. Roses)