martes, 29 de enero de 2013

EL MONTE OLIMPO Όλυμπος (3) Hermes 'Eρμης


Hermes atándose una sandalia. Mármol de principios del Imperio Romano, probable copia de un bronce de Lisipo. Louvre


'Eρμης fue hijo de Zeus y de Maia, la menor de las siete Pléyades, hijas de Atlas y Pléione y tenía numerosas oficios. 

Crióforos, dios de los ganados, un título ancestral, precedente del Buen Pastor en la iconografía cristiana.


1 Moskóforo de la Acrópolis, 570 aC. Μοσχοφόρος της Ακροπόλεως
2 Hermes Krióforos, 1ª mitad del siglo V aC. Ερμής Κριοφόρος
3 El Buen Pastor, Καλού Ποιμένος


Enodios, dios de los caminos y los cruces, que él mismo había despejado y señalizado alineando las piedras en los arcenes. Agoreos y Kerdoos, divinidad de los mercados y de la riqueza. Logios, de la Elocuencia. Llamado Argifontes, por haber matado a Argos y Enagonios, por la creación de ciertos concursos. Como Psycopompos ψυχοπομπóς es el que acompaña las almas hasta la laguna Estigia en su último viaje y, sobre todo, es el Mensajero de los dioses, αγγελιαφόρος των θεών.


Sus símbolos o señas de identidad inconfundibles son, el casco con alas, que no siempre lleva puesto, o lo sustituye por el sombrero de los comerciantes y viajeros; el caduceo o Κηρύκειο, la vara con las serpientes enroscadas y, las sandalias, también con alas, llamadas talaria.




Nació en Arcadia Αρκαδία, (Peloponeso Πελοπόννησος) en una gruta del monte Cylene Κυλλήνη, donde Zeus solía acudir, a escondidas de su esposa, para verse con Maia. Desde el primer momento de su vida Hermes ya sabía hablar y andar y, con estas aptitudes, su primer deseo fue hacerse una lira, a cuyo efecto, cazó inmediatamente una tortuga, cuyo caparazón serviría a la perfección como soporte. Para fabricarse las cuerdas tampoco tuvo dudas; sabía que en Tesalia, Apolo cuidaba los rebaños de Admeto, así que, aprovechando un descuido del pastor, le robó un gran número de reses, a las que ató ramas en las colas para que fueran borrando sus propias huellas.


Cruzó Grecia con su rebaño hasta que en Pilos Πύλος encontró una cueva donde ocultarlo. En el camino, se cruzó con un anciano llamado Batos, que sospechó de la procedencia de los animales, pero el inteligente bebé se aseguró su silencio sobornándole con un buey.
Hermes, sobornando a Batos. Sir-Edward-John-Poynter (1860).


Finalmente, sacrificó dos bueyes a los Olímpicos, es decir, en parte, a sí mismo, y volvió a la gruta de Cylene, donde había nacido, llevando consigo las tripas de los animales sacrificados, que tensó sobre el caparazón de tortuga, con lo que terminó de construir la cítara. Hecho esto, volvió junto a su madre, que aún descansaba del parto y se echó a dormir en una cuna. Prácticamente había recorrido Grecia de Norte a Sur.


Cuando Apolo echó en falta a sus reses, se lanzó a buscarlas por los caminos, hasta encontrar a Batos, que le contó todo lo que sabía, aun a pesar de su promesa de silencio, pero en este caso, lo hizo a cambio de dos bueyes. En un futuro próximo, Hermes, recordando que Bato le había prometido que mantendría su silencio como una piedra, le hizo una visita haciéndose pasar por un desconocido y lo convirtió en piedra. Entre tanto Apolo dio con el ladrón, aunque no con las reses. Preguntó al niño, pero este le aseguró que no sabía ni lo que era una vaca. La madre, por su parte, juró que el niño no se había movido de la cuna, así que Apolo, impotente, lo llevó a casa de su padre, es decir, ante Zeus, el padre de ambos; Hermes se hizo el loco, pero durante la conversación, Zeus observó cómo su pequeñín le quitaba el arco y las flechas al mismísimo Apolo sin que este se diera cuenta; entonces lo comprendió todo.


A Zeus le agradó la habilidad de su niño cuatrero, aunque, por cuestión de principios, le mandó devolver cuanto había robado. Apolo, por su parte, se maravilló al oir el bellísimo sonido de la lira de Hermes, lo que sugirió al astuto bebé una gran idea; le propuso cambiársela por las reses desaparecidas. Apolo aceptó encantado y muy pronto aprendió a tocarla como divina maestría.

Apolo con la lira de Hermes.


Una vez cerrados sus negocios, Hermes, un poquito cansado, corrió a acurrucarse en brazos de Hera, quien lo acogió amorosamente sin saber que se trataba del hijo de su esposo y, enternecida, decidió encargarse de su crianza. 

Para mejor pasar el tiempo y, a falta de su lira, al pequeño caco se le ocurrió fabricarse una flauta, que también gustó mucho a Apolo, quien en esta ocasión le ofreció por ella un bastón de oro; el famoso caduceo. Como propina, Hermes exigió que el dios le enseñara a predecir el futuro por medio de piedras.

Zeus estaba entusiasmado con las agudezas de aquel hijo que había heredado su gran talento, así que decidió convertirlo en mensajero de la tribu divina y le encargó también acompañar a los difuntos en su viaje al Hades. Con su gran bagaje de sabiduría Hermes protagonizó algunas aventuras muy conocidas; entre ellas destacaremos las más gloriosas. 


Fue idea suya el funesto concurso de belleza entre Hera, Atenea y Afrodita haciendo que el troyano Paris eligiera a la más hermosa de las tres. Las diosas se presentaron ante el héroe un día que estaba cuidando sus rebaños en el Monte Ida -o Psilorítis Ψηλωρείτης; sin árboles, en Creta-. Hera y Afrodita iban desnudas –no así Atenea, siempre pudorosa–, y procedieron a hacer sus ofertas: Hera le prometió que le haría rey de Europa y Asia; Atenea le otorgaría la gloria reservada a los grandes guerreros y Afrodita, el matrimonio con la mujer más hermosa. París entregó a Afrodita la manzana de oro como símbolo de su elección y, a partir de ese momento, Atenea y Hera concibieron hacia él un odio tan furibundo que influiría en los resultados de la Guerra de Troya Τρωικός πόλεμος; no hay que decir que ambas se alinearon con los griegos frente a Paris.
Elección de Paris y la Manzana de la Discordia. 
F. X. Fabre. 1808. Virginia Museum of Art.


Hermes intervino a su vez en los avatares de aquella guerra. Acompañó a Príamo, padre de Héctor, a la tienda de Aquiles, donde aquel pidió entre lágrimas que se le devolviera el cuerpo de su hijo, al que Aquiles había matado y con cuyos restos se proponía ensañarse. También fue él quien, por decisión de Zeus, ordenó a Calipso que dejara libre a Ulises, a quien retenía desde hacía siete largos años. 


Cuando Deméter se consumía de dolor por la desaparición de su hija Perséfone, Hermes fue personalmente a buscarla al Hades para devolvérsela. También ayudó a Dionisos, otro de los hijos extramatrimoniales de Zeus, entregándolo a Atamas y a Ino, a quienes pidió que lo criaran como a un hijo, evitando que cayera en manos de la celosa Hera.

Hermes parecía mejor persona –o divinidad– cuando cumplía ciertos encargos de Zeus, aunque no todos eran de la misma naturaleza. Así, le ayudó –siempre a espaldas de Hera–, cuando, transformado en toro visitaba a Ío convertida en vaca, para ello mató a Argos, el fiel perro de cien ojos a quien la diosa encargó la misión de impedir que alguien se acercara a la vaquita Ío, especialmente, su marido.

Hermes y Argos. Velázquez, c. 1659. Museo del Prado.


Escribió Ovidio en Las Metamorfosis, que lo primero que hizo Zeus para visitar a Ío sin ser visto, fue extender una densa cortina de niebla que su esposa no tardó en disipar y que fue entonces cuando el amante convirtió a su amada en vaca para que pasara desapercibida, pero Hera también lo supo y mandó al fiel Argos que la vigilara con sus cien ojos, que nunca se dormían todos a la vez.

Aquí entró Hermes en acción: se puso a tocar la flauta con tal dulzura que el pobre Argos se durmió completamente. –Es este el momento que refleja Velázquez, representando a Argos en forma humana–. Una vez dormido el guardián, Hermes le dio muerte y se llevó a la vaquita que aparece a su espalda en el lienzo. Más tarde, Hera –según parece, muy apenada–, recogió los cien ojos de Argos y los colocó, uno por uno, sobre las plumas de un pavo real.


Hermes tuvo también sus amores, más o menos al estilo olímpico practicado por Zeus, aunque nunca se casó. Así, se enamoró de Afrodita, que lo rechazó tajantemente, pero con la ayuda de Zeus, el enamorado logró anular su resistencia apareciendo de improviso cuando ella se estaba dando un baño. Tuvieron un hijo al que llamaron Hermafrodito, al parecer, el muchacho más guapo del mundo.


Un día en que Hermafrodito se estaba bañando en el río Aqueloo, la Ninfa Salmacis se volvió loca por él y, acercándose por su espalda sin ser oída, se abrazó fuertemente al muchacho y pidio a los dioses que sus dos cuerpos se unieran en uno solo para siempre. Su deseo fue escuchado y Hermafrodito se convirtió en una mezcla de hombre y mujer. En adelante, todo el que se bañaba en aquel lugar sufría la misma transformación, quisiera, o no.

Hermaphrodite Borghese. Musée du Louvre


En otra ocasión se enamoró de Perséfone, quien, como sabemos, sería entregada a Hades. Siguiendo el ejemplo de Ares, Hefesto y Apolo que ya lo habían intentado, Hermes la cortejó cuanto pudo, pero Deméter, atenta al cuidado de su hija, logró que el divino abandonara sus intenciones.

Hermes con Dionisos niño (Fragm.) . Praxíteles (Atrib.)
Mármol. Arqueológico de Olimpia.


Cuidó de Dionisos, aunque no era hijo suyo, cuando Semele, su madre, murió del susto que le provocó una terrible exhibición de los rayos de Zeus; el padre de los dioses se injertó al niño en una pierna para que completara su gestación. Cuando nació, el padre de ambos encargó a Hermes su custodia.


Tuvo otro hijo con la ninfa Dríope, al que conocemos como Pan, que nació con cuernos y pezuñas de carnero. Asustado por los gritos de su madre cuando le vió, escapó al monte, donde Hermes lo encontró y lo devolvió al Olimpo. 

A su hijo Abdero, por último, se lo comieron las yeguas antropófagas que Herakles había robado a Diomedes. Herakles que tenía gran amor al hijo de Hermes, lloro su funesta muerte, y, para honrar su recuerdo, fundó la ciudad de Abdera en Macedonia.


***
Del nombre de este olímpico y de la evolución, anterior y posterior de los conceptos que representa, procede la Hermenéutica, ἑρμηνευτικὴ τέχνη, el arte de explicar, traducir o interpretar textos, tanto teológicos como filológicos, así como el Hermetismo ερμητισμός, una ciencia filosófico-religiosa que se basa en los escritos de Hermes Trismegisto.


Ερμής Τρισμέγιστος -ο τριπλός μάγος, Tres Veces Mágico-, es una mezcla del Hermes griego y el  Dyehuty egipcio. Se le atribuyen estudios de alquimia como la Tabla de esmeralda—que fue traducida del latín al inglés por Isaac Newton— y de filosofía, como el Corpus hermeticum.
Edición latina de la Tabla Esmeralda, de traductor desonocido. De Alchimia, Chrysogonus Polydorus, Nuremberg 1541.

Edición holandesa del Corpus Hermeticum de 1643.

Tratado VI. El bien sólo está en dios y en ningún otro. 
VII. La ignorancia de dios es el mayor mal entre los hombres. 
VIII. Ningún ser perece, sino que equívocamente se denomina destrucción y muerte a lo que no es sino cambio. 
IX. Sólo en dios y en ningún otro existe lo Bello y lo Bueno.


Hermes Trismegisto con la Esfera Armilar. D. Stolcius von Stolcenbeerg mostrando dos principios complementarios y eternos: Sol y Luna. Viridarium Chymicum, 1624 
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miércoles, 23 de enero de 2013

Yannis Ritsos Γιάννης Ρίτσος: Sonata del Claro de Luna - H σονάτα του σεληνόφωτος



(Noche de primavera. Salón grande de una vieja casa. Una mujer algo mayor vestida de negro, habla con un joven. No han encendido las luces. Por las dos ventanas entra una implacable luz de luna. 

Olvidaba decir que la mujer de negro ha publicado dos o tres interesantes poemarios de tema religioso. Finalmente, la mujer de negro habla al joven.)

Déjame ir contigo. ¡Qué luna esta noche!
Es buena la luna; no se notará
que mi pelo blanquea. La luna
lo hará otra vez dorado. Tú no lo entenderías.
Déjame ir contigo.

Cuando hay luna crecen las sombras en la casa,
manos invisibles corren las cortinas, 
y un dedo tenue escribe en el polvo del piano
palabras olvidadas -No quiero oírlas. Calla.

Déjame ir contigo
sólo un poco, hasta la tapia de la fábrica de ladrillos,
hasta donde la calle gira y aparece 
la ciudad cimentada y aérea, encalada en luz de luna, 
tan indiferente e inmaterial,
tan positiva que al final, metafísicamente,
podrías creer que existes y que no existes,
que nunca has existido, y que no existe el tiempo ni su deterioro. 
Déjame ir contigo.

Nos sentaremos un poco al borde del camino, en la subida
y cuando se levante el aire de primavera, 
hasta podríamos imaginar que volamos,
porque muchas veces, incluso ahora, oigo el roce de mi vestido
como si fuera el batir de dos alas poderosas 
y, cuando ese sonido te envuelve, 
sientes la presión en el cuello, en el pecho, en los músculos,
y así, ceñido por el impulso del viento azul,
entre los vigorosos nervios de las alturas,
ya no tiene importancia si vas o si vuelves,
ni siquiera importa si el pelo se me va poniendo blanco; 
esa no es mi pena –lo que me entristece es no tener  blanco el corazón. 
Déjame ir contigo.

Sé que todos caminamos solos en el amor,
solos, en la gloria y en la muerte.
Lo sé. Lo he comprobado. No sirve de nada. 
Déjame ir contigo.

Esta casa está embrujada, me espanta – 
quiero decir que ha envejecido mucho, se le caen los clavos,
los cuadros caídos se sumergen en el vacío,
y el yeso se desploma sin ruido,
como cae el sobrero de los muertos
de la percha en el oscuro pasillo,
como cae el gastado guante de lana de las rodillas del silencio
o como cae una cinta de luna sobre este viejo sillón desvencijado. 

Una vez también fue nuevo,– no la fotografía que estás mirando con tanta incredulidad–
lo digo por el sillón, tan cómodo
podrías sentarte en él horas y horas
con los ojos cerrados, y soñar, lo que surja,
–una arena suave, húmeda y resplandeciente, brillando a la luna,
más reluciente  que mis viejos zapatos elegantes, que cada mes
llevo a la tienda de la esquina,
para que me los limpien,
o como una vela de barco pesquero que desaparece a lo lejos
impulsado por su propio respiración, 
una vela triangular, como un pañuelo doblado en dos
como si no tuviera nada que guardar,
o retener, o despedirse, saludando desplegado. Siempre
tuve locura por  los pañuelos,
no para guardar nada atado,
nada de semillas de flores, o manzanilla recogida en el campo 
al atardecer,
ni para hacerles cuatro nudos y llevarlos como hacen
los albañiles que trabajan ahí enfrente,
ni para limpiarme los ojos, -siempre tuve buena vista,
nunca he llevado gafas. Los pañuelos son sólo un capricho.

Ahora los doblo en cuatro, en ocho,  en dieciséis,
para tener los dedos ocupados, y, ahora recuerdo
que así medía la música cuando iba al Conservatorio
con el delantal azul, el cuello blanco y mis trenzas rubias
-8, 16, 32, 64-
de la mano de mi amiguita como un melocotón,
todo luz y flores rosas,
(perdona que hable tanto – mala costumbre) -32.64-
Mi familia puso 
grandes esperanzas en mi talento musical.
En fin, te decía que en el sillón-
roto- se podían ver los muelles oxidados y el esparto-
siempre decía que lo iba a llevar a arreglar aquí al lado,
pero con qué tiempo, qué dinero y qué ganas – y ¿qué arreglar primero?
También dije que le pondría una sábana por encima, pero me dio miedo
una sábana blanca con esta luz de luna. Aquí se sentaron
personas que soñaron grandes sueños
como tú y como yo después de todo,
y ahora descansan bajo tierra
sin preocuparse por la lluvia o la luna.
Déjame ir contigo.

Descansaremos un poquito en la escalera de mármol de San Nicolás,
y luego tú seguirás y yo volveré 
llevando en mi costado izquierdo el calor 
del roce casual de tu chaqueta
e incluso las luces cuadradas de las ventanas del barrio
y este rocío blanquísimo de la luna, 
que es como una gran procesión de cisnes plateados -
y no me asusta esta expresión porque yo, 
muchas noches de primavera hablaba con Dios, que se me aparecía
revestido de un halo de gloria  como la luz de la luna
ardía en los ávidos ojos de los hombres, 
y el indeciso éxtasis de los más jóvenes.
Asediada por exuberantes cuerpos bronceados,
poderosos brazos y piernas entrenados en natación, remo, atletismo, 
fútbol (hacía como si no los viera)
frentes, labios y cuellos, rodillas, dedos y ojos, 
troncos, bíceps y muslos (y de verdad no los veía)
-sabes, a veces, admirando, te olvidas de lo que admiras
te basta con tu admiración,-
Dios mío, qué ojos todo estrellas;  me elevaba
en una apoteosis de negación de estrellas
porque así asediada, por fuera y por dentro, 
no me quedaba sino ir hacia arriba o hacia abajo.-
No, no es suficiente.
Déjame ir contigo.

Lo sé, han pasado las horas. Déjame,
porque tantos años, días y noches y rojos atardeceres, he permanecido sola
intransigente, sola y virginal
incluso en mi cama de matrimonio, virginal y sola
escribiendo gloriosos poemas en las rodillas de Dios,
poemas que, te lo aseguro, persistirán como grabados en mármol irreprochable
hasta más allá de mi vida, y de tu vida, mucho más. No es suficiente.
Déjame ir contigo.

Esta casa ya no me soporta.
y yo no aguanto llevarla a la espalda.
Hay que estar siempre pendiente,
sostener la pared con el aparador grande,
sostener el aparador con la antiquísima mesa tallada,
sostener la mesa con las sillas,
sostener las sillas con las manos,
poner el hombro bajo la viga que se está desprendiendo.
Y el piano, como un negro féretro cerrado. No te atreves a abrirlo
Siempre esperas, esperas, que no caiga nada, que no te caigas tú.  No lo soporto.
Déjame ir contigo

Esta casa, con todos sus muertos, no se deja morir.
Insiste en vivir con sus muertos, 
de sus muertos,
en vivir la certeza de su muerte, 
y en seguir ordenando sus muertos cuidadosamente en desvencijadas camas y armarios.

Déjame ir contigo.

Aquí, no importa que me mueva silenciosamente en el halo de la noche, 
ya sea en zapatillas, o descalza,
algo va a chirriar, -un cristal que se rompe, o algún espejo,
se oyen pasos –no son los míos.
Fuera, en la calle, puede que no se oigan estos pasos –
el arrepentimiento, dicen, lleva zapatos de madera.
Y si te pones a mirar en este o en otro espejo, 
detrás del polvo y las grietas
ves más confusa y fragmentada tu cara,
tu cara, para la que no pedías más a la vida
sino que fuera limpia e íntegra.
Los labios de la copa brillan a la luz de la luna 
como una navaja circular –¿cómo acercarla a mis labios?
por mucha sed que tenga, ¿cómo acercarla? ¿Ves? 
Aún me quedan ganas de hacer comparaciones, esto es lo que me queda, 
lo que me asegura que aún no me he ido.
Déjame ir contigo.

A veces, cuando anochece, tengo la sensación
de que frente a la ventana pasa un domador
con una osa vieja y pesada
con el pelo lleno de espinas y cardos
levantando polvo en las calles del barrio,
una solitaria nube de polvo, incienso para el anochecer.
Y los niños han vuelto a casa para cenar
y ya no les dejan salir, 
aunque al otro lado de las paredes 
adivinan  el paso de la vieja osa-
y la osa, cansada, camina en la sabiduría de su soledad,
no sabiendo a dónde ni por qué-
está pesada, ya no puede bailar sobre sus pies
no puede llevar su gorrito de encaje 
para divertir  a los niños, a los vagos, a los exigentes
y lo único que quiere es tumbarse en el suelo, 
dejando que le pisen el vientre, jugando así su última juego,
mostrando su tremenda fuerza para la resignación
su desobediencia a los intereses de los demás, 
a los aros en sus labios, a la falta de sus dientes
su desobediencia al dolor y a la vida, 
con la segura complicidad de la muerte – incluso de una muerte lenta
su final desobediencia a la muerte, con la continuidad y el conocimiento de la vida, 
que asciende con el conocimiento y la práctica, por encima de su esclavitud.

Pero ¿quién puede jugar hasta el final?
La osa volverá a levantarse  y seguirá obediente con su correa, sus aros, sus dientes,
sonriendo con sus labios heridos a las moneditas 
que le echan los hermosos  y confiados niños
(hermosos precisamente porque son confiados)
y dándoles las gracias. Porque las osas que envejecen
lo único que saben decir es: gracias, gracias.
Déjame ir contigo.

Esta casa me ahoga. Sí; la cocina
es como el fondo del mar. Las cacerolas colgadas brillan 
como redondos y grandes ojos de increíbles peces, 
los platos se mueven lentamente como las medusas,
algas y ostras se enredan en mi pelo 
–no puedo despegármelas después,
no puedo ascender otra vez a la superficie –
el plato se cae de mis manos mudas, me hundo 
y veo las burbujas de mi respiración que ascienden, ascienden
e intento entretenerme mirándolas
y me pregunto qué diría alguien que las viera aparecer arriba, que viera las burbujas,
quizás que alguien se está ahogando o que un buceador está explorando los fondos del mar.

Y, la verdad, no son pocas las veces en que descubro allí, 
en el abismo del ahogo,
corales, perlas y tesoros de barcos naufragados,
encuentros inesperados; el pasado, el presente y el futuro,
casi compruebo la eternidad,
un respiro, una sonrisa de inmortalidad, como dicen,
cierta felicidad, embriaguez, hasta entusiasmo,
Corales, perlas y zafiros
sólo que no sé darlos –no; los doy,
pero no sé si pueden cogerlos –aún así, yo los doy.
Déjame ir contigo.

Un momento, cogeré la chaqueta.
Este tiempo es tan  imprevisible, que  hay que desconfiar.
Hay humedad por la noche, y la luna,
¿no te parece?, en realidad, es como si aumentara el frío.

Deja que te abroche la camisa –qué fuerte tu pecho,
qué fuerte esta luna, el sillón, digo
-y cuando levanto la taza de la mesa 
queda un agujero de silencio, pongo encima la palma de la mano rápidamente
para no mirar dentro, -dejo otra vez la taza en su sitio
y la luna es un agujero en el cráneo del mundo -no mires dentro,
es una fuerza magnética que te atrae –no mires, no miréis,
oíd lo que os digo –caeréis dentro. Este vértigo 
bello, etéreo –caerás,-
un pozo de mármol la luna,
sombras que se mueven y alas mudas, voces misteriosas, ¿no las oís?

Profunda, profunda la caída
profundo, profundo el ascenso,
la sutil estatua entre sus alas abiertas,
profunda, profunda la despiadada bondad del silencio,-
parpadean luces en la otra orilla,
Mientras te balanceas en tu propia ola, 
soplo del océano. Bello y tenue 
este vértigo –atención, ¡te vas a caer! No me mires a mí,
para mí este es mi sitio: el balanceo, el exquisito vértigo.
Así, cada noche 
tengo un poco de dolor de cabeza, algún mareo.

A menudo voy a la farmacia de enfrente por alguna aspirina
otras veces me da pereza y me quedo con mi dolor de cabeza
oyendo entre el hueco las paredes el ruido 
que hacen las tuberías del agua,
o hago un café, y, siempre distraída, 
preparo dos tazas –¿quién se tomará la otra?
tiene su gracia, la verdad, la dejo en el alféizar para que se enfríe
o a veces me tomo también la segunda, mirando
por la ventana la luz verde de la farmacia
como la luz verde de un silencioso tren que viene para llevarme 
con mis pañuelos, mis zapatos gastados, 
mi bolso negro, mis poemas,
sin maletas – ¿para qué las necesitas?
Déjame ir contigo.

Ah, ¿te vas? Buenas noches. No, yo no voy. Buenas noches.
Yo saldré pronto.  Gracias. Porque finalmente, 
tengo que salir de esta casa destruida.
Tengo que ver la ciudad un ratito, -no, la luna no -
la ciudad con sus manos llenas de callos, la ciudad asalariada, 
la ciudad que jura por su pan y por sus puños 
la ciudad que nos soporta a todos sobre sus espaldas
con nuestras pequeñeces, nuestras maldades, nuestras enemistades,
nuestras ambiciones, nuestra ignorancia, y nuestra vejez.
Tengo que oír los grandes pasos de la ciudad,
y no oír más los tuyos, 
ni los pasos de Dios, ni mis propios pasos. Buenas noches.


(El salón se queda a oscuras. Parece que alguna nube va a ocultar la luna. De pronto, como si una mano hubiera subido el volumen de la radio del bar del barrio, se oye una fragmento de música muy conocido. Y entonces comprendo que toda esta escena la acompañaba muy lejanamente la Sonata del Claro de Luna; sólo el primer movimiento. El joven estará bajando por la calle, con una sonrisa llena de ironía compasiva en sus dibujados labios, y con un sentimiento de liberación. Cuando llegue a San Nicolás, antes de bajar por la escalera de mármol, reirá –con risa fuerte e imparable. Su risa no sonará inadecuada bajo la luna. Quizás lo único inadecuado sea que no suene inadecuada. En un instante, el joven callará, se pondrá serio y dirá: “La decadencia de una época”. Así, ya completamente tranquilo, desabrochará su camisa y seguirá su camino. En cuanto a la mujer vestida de negro, no sé si al final salió de la casa. La luz de la luna brilla otra vez. Y en los rincones de la habitación las sombras se ahogan en un insoportable y desgarrador arrepentimiento, casi indignación, no tanto por la vida, sino por esa inútil confesión. ¿Oís? La radio sigue).


***


La vida de Ritsos Γιάννης Ρίτσος (1909-1990) transcurrió entre la ruina paterna, la dramática desaparición de parte de la familia, la prisión y la enfermedad, pero aún así y a pesar de las múltiples y graves dificultades que atravesó, escribió sin pausa y su obra es una muestra de solidaridad, ternura y confianza en el ser humano.


Nacido en Monemvasiá Μονεμβασιά, (Peloponeso) el 1º de mayo de 1909, tras la muerte temprana de la madre y del hermano mayor, su padre, ya arruinado, padeció una enfermedad mental; el poeta a su vez, enfermó de tuberculosis, lo que le obligó a permanecer hospitalizado durante casi cinco años. 

En 1931 se unió al KKE, Partido Comunista Griego. En 1934 publicó su primer poemario, Tractor Τρακτέρ y, el año siguiente, Pirámides Πυραμίδες, obras en las que se mezcla la fe en el futuro con la impotencia y desesperación de aquellos difíciles momentos.

Epitafio Επιτάφιος, de 1936, surgió del choque emocional producido cuando el poeta vio en la prensa la fotografía de una madre que, arrodillada en la calle lloraba a su hijo muerto en el transcurso de una manifestación en Salónica. Ritsos escribió en aquella ocasión algunos de sus versos más conmovedores.


¿cómo han cerrado tus ojos, que no puedes ver cómo lloro?
πῶς κλείσαν τὰ ματάκια σου καὶ δὲ θωρεῖς ποὺ κλαίω;


Siguieron, La canción de mi hermana Το τραγούδι της αδελφής μου (1937), Sinfonía de Primavera Εαρινή συμφωνία (1938) y Mazurca antigua con ritmo de lluvia Παλιά μαζούρκα σε ρυθμό βροχής (1943). 

En Greciedad Ρωμιοσύνη (1954) Ritsos canta a la abatida tierra helénica y la lucha interminable de sus gentes:


Cuando se estrechan las manos, el sol es una certeza para todos.
Ὅταν σφίγγουν τὸ χέρι, ὁ ἥλιος εἶναι βέβαιος γιὰ τὸν κόσμο.

Cuando se duermen, doce estrellas salen de sus bolsillos vacíos.
ὅταν κοιμοῦνται, δώδεκα ἄστρα πέφτουν ἀπ᾿ τὶς ἄδειες τσέπες τους

Señora de las Viñas Η Κυρά των Αμπελιών (1945–47)


Señora de las Viñas, ¿cómo llevar tanto cielo sobre los hombros? ¿Cómo llevar tanto silencio con todos los secretos de los árboles?
Κυρά των Αμπελιών, πώς να κρατήσουμε στους ώμους μας τόσο ουρανό πώς να κρατήσουμε τόση σιωπή μ' όλα τα μυστικά των δέντρων;


La Sonata del Claro de Luna Η σονάτα του σεληνόφωτος (1956) es un monólogo en prosa en el que una mujer, dirigiéndose a un personaje invisible, hace balance de su vida. La soledad, la crisis de los antiguos valores o la vejez inexorable, aparecen en sus reflexiones, acordes con la ruinosa casa que constituye un paralelo material del abandono y la decadencia, mientras desde la radio de un café próximo se oye la Sonata Claro de Luna de Beethoven.


Los poemarios, 
El Hombre con el clavel Ο άνθρωπος με το γαρύφαλλο (1952); 
Dieciocho Canciones de la Patria amarga Δεκαοχτώ λιανοτράγουδα της πικρής πατρίδας (1973); 
Olla Humeante Καπνισμένο τσουκάλι (1974); 
Himno y llanto por Chipre Υμνος και θρήνος για την Κύπρο (1974) y 
El último Siglo antes del Hombre Η τελευταία προ Ανθρώπου Εκατονταετία (1975), son sólo una parte de la ingente obra de Yannis Ritsos.

Esta noche
hemos aprendido algunas cosas que la pluma no puede expresar.
Esta noche hemos sabido que tenemos que ser felices,
amarnos unos a otros. 
Fue como si en el centro de detención, la vida, 
despojada de su esencia más fundamental, 
hubiera permitido esta claridad inesperada.


Diario del Exilio 9 de noviembre 1948.


El compositor griego Mikis Theodorakis Μίκης Θεοδωράκης empezó a componer en 1959 sobre los textos de Ritsos; el poeta y el músico tuvieron ocasión de trabajar juntos con frecuencia y el resultado se tradujo en varias composiciones, algunas de las cuales, además de acercarnos la poesía a través de extraordinarias composiciones e interpretaciones, ocupan los primeros lugares en la creación musical griega del siglo XX.

Yannis Ritsos y Mikis Theodorakis


Otros compositores griegos de gran prestigio asumieron igualmente la compleja tarea de poner música a los imperecederos poemas de Yannis Ritsos. 
***


Yannis Ritsos consiguió el milagro de escribir sobre dioses con los versos más humanos, de escribir sobre héroes y reyes con la libertad y la pasión del rebelde.
Perteneció, como Odysséas Elýtis, a la llamada en Grecia Generación del 30, que se correspondería con la del 27 española, aunque cronológicamente, tanto Ritsos como Elýtis estuvieran más cerca de la del 36, la de Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco y Dionisio Ridruejo. Elýtis nunca se mezcló en política, tal vez por ello sí consiguiera el Premio Nobel (1979), galardón al que Ritsos fue candidato en numerosas ocasiones sin conseguirlo, aunque sí obtuvo el llamado Nobel comunista, el Premio Lenin. Diario ABC 19/12/2012.


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miércoles, 16 de enero de 2013

CRISTINA DE SUECIA. EL DESENLACE (y 4)


Palacio de Fontainebleau

Cristina de Suecia interpretaba sus deseos como razones de Estado y consideraba inalienable su derecho a ejecutarlos sin dar cuentas a nadie más que a Dios, a quien dedicó unas Memorias que no llegó a terminar y en las que se refiere a sí misma en términos que no pueden ser más halagüeños. 

Soy, por vuestra gracia, de todas vuestras criaturas, la que más habéis favorecido. Habéis vertido sobre mí, a manos llenas, todo lo que puede hacer a una criatura feliz y gloriosa en este mundo.

El canciller Oxenstierna dedicaba todos los días tres o cuatro horas a instruirme en mi deber y, si me atrevo a decirlo sin faltar a la modestia, aquel gran hombre se vio obligado más de una vez a admirar a la niña a la que habíais dotado de semejantes talentos.

También tenía defectos que no disimularé; era desconfiada, sospechaba de todos, ambiciosa hasta el exceso, colérica, soberbia, impaciente, despectiva y maliciosa. No daba cuartel a nadie y estos defectos, en lugar de disminuir con la edad y la fortuna, han aumentado enormemente.

Es evidente que, aún dispuesta a reconocer algo que no fuera digno de alabanza en su alta consideración, Cristina olvidó decir que en su admirable hechura también entraban, el rencor, la venganza, el despotismo, la traición y el homicidio –término, este último que, a causa de la indefinición legal sobre unas prerrogativas que ya entonces se discutían, incluso en relación con los monarcas en activo–, algunos autores emplean en lugar de asesinato por medio de sicarios, en este caso, ejecutado además con una crueldad extrema. Y todo ello a pesar de que ella misma –hablando con Dios, claro está–, confesó que sentía una cruel compasión cada vez que mataba una animal, aunque, en ocasiones dedicaba hasta diez horas al día a ese ejercicio y se envanecía de su gran habilidad como cazadora, actividad en la que, como siempre y en todo, era mejor que cualquier otro.

Después de asegurar que, siendo un bebé la tiraban al suelo con el fin de estropearla o matarla, añade que había alguna irregularidad en su anatomía, que ella misma habría podido corregir, si se hubiera tomado la molestia de hacerlo.

Mi madre no podía soportarme porque decía que era niña y fea y no se equivocaba mucho porque tenía la piel muy oscura, pero mi padre me amaba muchísimo y ordenó que se me diera una educación completamente viril y se me enseñara todo lo que un joven príncipe debe saber. Así  tomé una aversión, una antipatía invencible, hacia todo lo que hacen y dicen las mujeres, y desarrollé una falta de habilidad insuperable para las labores femeninas, pero en cambio, aprendí con maravillosa facilidad todas las lenguas, las ciencias y los ejercicios que quisieron enseñarme antes de los catorce años, aunque después aprendí muchas cosas más sin ayuda de ningún maestro, pues no lo necesité para aprender alemán, francés, italiano y español. (Memorias de Cristina de Suecia, escritas por ella misma y dedicadas a Dios. 1681).

Su prestancia, sus maneras, eran las de un hombre y de un hombre mal educado. Se tumbaba en el asiento y estiraba las piernas, las cruzaba, o las abría a derecha e izquierda, cuidándose muy poco de que su postura pareciera perezosa e incluso, indecente, escribió Alfred Franklin, Administrateur Honoraire de la Bibliotèque Mazarine- a principios del siglo XX, añadiendo que, en efecto: A los diez años Cristina escribía con extrema facilidad en sueco, francés y latín, y buen latín, por cierto, como lo prueban algunas cartas que se han conservado. A los dieciocho hablaba ya ocho idiomas, comprendía once y había empezado a estudiar hebreo y árabe.

Su conversión le aportó un crédito ilimitado en el mundo católico del que ella se sirvió para rehacer su vida en Roma, al principio, rodeada de una corte española, después francesa y finalmente italiana, pero por encima de todo, con la protección del pontífice. -He explicado al mundo entero que por obedecer a Vuestra Santidad, ho lasciato con somma allegrezza mi reino, donde la veneración por V. S. se cuenta entre los pecados imperdonables, y he hecho saber que todo cristiano debe preferir la gloria de obedecer a Vuestra Santidad antes que el trono más hermoso-.

Abracé el catolicismo sin devoción -escribirá más adelante-; abjuré de los dogmas de la reforma y entré en la iglesia católica porque no creía en nada.[…] Me persuadí de que si un día me expatriaba en Italia, estaría loca si no me unía radicalmente a alguna creencia o no me inclinaba por las suyas.

En fin, ya no escucho sermones, desprecio a todos los oradores; después de lo que dijo Salomón, todo lo demás son tonterías, pues cada cual debe vivir contento, comiendo, bebiendo y cantando.

Sin embargo, la última de las célebres acciones de esta soberana que renunció al trono, pero no a sus prerrogativas, vino a dañar notablemente su credibilidad ante cuantos le habían dado protección y apoyo, aunque no afectó en absoluto a su indestructible autoestima.

LOS HECHOS

Era la segunda vez que Cristina viajaba a Francia y, en esta ocasión se hizo acompañar por dos favoritos, que, al parecer mantenían entre sí una sorda y enconada lucha por el favor de aquella señora que, de un modo u otro, sabía concitar grandes rivalidades entre sus servidores por la proximidad a su persona. Se trataba, en este caso, del Conde Sentinelli y el Marqués de Monaldeschi, que se alojaron con ella en el palacio de Fontainebleau.

Cristina llevaba algún tiempo tratando con Mazarino ciertos asuntos de los que, al parecer, sólo había informado a aquellos dos íntimos aristócratas italianos. Mazarino, muy semejante a la sueca en algunos aspectos, era, sin embargo, superior a ella en astucia y avaricia, cualidades que le ayudaron a alcanzar gran poder y extraordinario patrimonio. De hecho era él quien gobernaba en Francia a través del absoluto dominio que ejercía sobre la Regente Ana de Austria. Cristina necesitaba su apoyo militar y financiero para llevar a cabo sus proyectos, pero Mazarino le daba largas, reduciéndose a mandarle algún dinero –inmerso como estaba, en una tratado con la Inglaterra de Cromwell, a quien prometió la cesión de ciertos territorios en los Países Bajos, una vez que se los hubiera arrebatado a España–. Pero nada satisfizo a la impaciente Cristina que, en un intento de forzar la aparente indecisión del Cardenal, decidió acudir personalmente a su encuentro.

Ana de Austria y Luis XIV. Versalles

El Cardenal Mazarino. Musée Condé. Chantilly

Si su anterior visita a Francia había constituido una sucesión de fastos y homenajes, esta resultó, por el contrario, intempestiva y poco acertada, más aún, porque nadie comprendía la necesidad de su presencia. Se le asignó una zona del palacio de Fontainebleau como residencia –La Conciergerie– y allí se instaló con su pequeña corte decidida a acelerar las negociaciones que debían hacer realidad sus sueños. Perfectamente comprensible por otra parte, el silencio que envolvía su actividad, al tratarse de algo que, por utilizar el lenguaje de la época, constituía una auténtica bellaquería.

Un día empezó a sospechar Cristina que sus comunicaciones no parecían funcionar correctamente, por lo que decidió redoblar su atención y vigilar el correo que entraba y salía del palacio. Y así fue como dio con unas cartas que nunca hubiera esperado encontrar. En ellas se desvelaban sus planes, precisamente, ante aquel contra el que iban dirigidos; Felipe IV.

Ante la escasez de ingresos para cubrir sus enormes gastos y, movida, sobre todo, por el deseo de seguir siendo reina, que, por más que dijera lo contrario, nunca se borró de su mente, había decidido arrebatar Nápoles a su antiguo protector, el rey de España, y coronarse en aquel reino, del que a partir de ese preciso momento, percibiría las rentas. Pero como no disponía de ejército, ni de dinero para contratar uno, necesitaba que Mazarino le proporcionara ambas cosas. 

Al principio tuvo dudas sobre quien fuera el autor de las cartas, pero pronto supo que se trataba de Monaldeschi, al parecer, movido exclusivamente por celos de Sentinelli, que empezaba a ocupar su sitio al lado de la ex reina, que serenamente se dispuso a preparar una justicia que, igual podríamos llamar venganza, tratándose de un traidor que quiere castigar a otro. No sería así, si Cristina fuera aún soberana de un reino en guerra con España, tanto declarada como latente, pero no era el caso, en primer lugar en el plano legal, porque ella ya no era nadie para declarar guerras –de ahí la ineludible necesidad de la firma de Mazarino– y, en segundo lugar, en el aspecto moral, porque se trataba de defraudar gravemente a alguien que no sólo nunca le había hecho daño alguno, sino que la había apoyado y protegido sin otro interés que favorecer su acercamiento al catolicismo.

Con razón, su ira no tuvo límites, porque además de ver frustradas sus aspiraciones –Felipe IV envió inmediatamente tropas de refuerzo a Nápoles–, sino que quedó en evidencia y arrastró a sus amigos, que resultaban así sospechosos de apoyar un turbio plan de guerra, de carácter unilateral, sin justificación política, histórica, o de cualquier otra clase, aparte de la caprichosa voluntad de aquella dama en el exilio que decía no desear otra cosa que agradar a Dios y al Papa. Como diría el Canciller Oxenstierna, se oían los truenos desde lejos.

El día 6 de noviembre de 1657 por la mañana, Cristina mandó llamar al Padre Le Bel, Trinitario del convento de Fontainebleau. Cuando este llegó, fue conducido a la Galería de los Ciervos, donde Cristina le aseguró que podrían hablar con entera libertad. Dicha Galería comunicaba su residencia con el palacio propiamente dicho.


Fontainebleau. La Galerie des Cerfs. 74 metros desde y hacia Diana.

–Lleváis un hábito –le dijo–, que me obliga a confiar en vos, pero debéis prometerme que guardaréis secreto sobre lo que os voy a confiar.
–En cuestión de secretos –afirmó Le Bel–, soy por naturaleza ciego y mudo, tanto más si se trata de secretos reales–. Cristina le entregó entonces un paquete de papeles con tres sellos y sin ninguna indicación escrita, añadiendo finalmente, –me lo devolveréis en persona cuando yo os lo pida.

El sábado siguiente, Cristina envió de nuevo un criado al convento y, llevando consigo el paquete, Le Bel fue conducido a la misma galería que la primera vez. Cuando Cristina entró, cerró la puerta tras de sí con tal energía que el fraile dice que se sorprendió; ella se dirigió hacia el centro de la galería donde habló con el marqués de Monaldeschi cerca del cual había tres hombres. Cristina se volvió después hacia el fraile y, con un tono de voz bastante alto, le pidió el paquete que le había confiado. Lo abrió, sacó algunas cartas y se las enseñó al marqués.
–¿Conocéis estas cartas? –preguntó al noble con voz grave y segura–.
–No –respondió él, al advertir que eran copias.
Cristina dejó pasar unos instantes; sacó de entre su ropa los originales firmados por él y se los puso ante la cara. Monaldeschi cayó de rodillas al mismo tiempo que los tres hombres que esperaban a cuatro pasos de ellos, desenvainaban sus espadas.
–Padre –dijo Cristina a Le Bel, –sois testigo de que doy a este traidor, a este pérfido, todo el tiempo que quiera y más del que podría esperar de una persona ofendida, para que se justifique, si puede.
Después se volvió de nuevo hacia el marqués, y el fraile vio que aquel vaciaba sus bolsillos, dejando caer al suelo, unas llaves y algunas monedas, tras lo cual, Cristina volvió a hablar.
–Padre, me retiro y os dejo a este hombre; disponedlo para la muerte y ocupaos de su alma.

Al oír aquello, no pude aterrorizarme más –escribió Le Bel–; el marqués cayó a sus pies, como lo hice yo mismo, solicitando el perdón.

Christina de Suecia negándose a perdonar la vida a su Caballerizo Monaldeschi. 
Félicie de Fauveau (1799-1886) Musée de Louviers

–Eso no es posible –respondió Cristina–; este traidor es más culpable y criminal que cualquier otro, porque habiéndole comunicado, como a un súbdito fiel, mis asuntos más importantes y mis más secretos pensamientos, los ha traicionado, y eso sin contar los muchos  beneficios que le he otorgado, más, incluso, de lo que hubiera hecho con un hermano, que es como siempre le he tratado. 

Acto seguido, abandonó la galería dejando allí al fraile, al marqués y a los tres espadachines, que instigaban al noble a que procediera a hacer su confesión, empujándole en los costados con la punta de la espada. 

Monaldeschi era la imagen de la desesperación. El que parecía ser jefe de los tres hombres –Le Bel no sabía entonces que se trataba de Sentinelli-, salió a su vez de la galería, en opinión del fraile, para pedir clemencia a Cristina. Pero volvió entristecido y, entre lágrimas, se acercó a Monaldeschi.
–Marqués, pensad en Dios y en vuestra alma; debéis morir.
Monaldeschi se arrojó a los pies de Le Bel, rogándole desesperado que fuera hablar con Cristina una vez más.

Encontré sola a Su Majestad en la cámara –continúa Le Bel-; su rostro estaba sereno y no reflejaba emoción alguna. De rodillas, le supliqué, por las llagas de Cristo que tuviera misericordia del marqués, pero me dijo que sentía no poder acceder a mi demanda.

–Después de la perfidia y la crueldad que ese desgraciado ha usado contra mí –recalcó-, no debe esperar jamás remisión ni gracia; más de uno ha sido enviado a la muerte mereciéndolo menos que ese traidor.
–Pero –titubeó Le Bel en un extremo intento–, os halláis en casa del Rey de Francia; acaso debierais meditar si a él le parecerá bien lo que vais a hacer.
–¡No soy ninguna refugiada, ni prisionera del rey de Francia y sí enteramente dueña de mi voluntad para administrar justicia a los servidores de mi casa en cualquier lugar y tiempo, y sólo debo responder de ello ante Dios!
–Señora –intentó por último el fraile–: por el honor y la estima que habéis adquirido en Francia y por la esperanza que todos los buenos franceses tienen en el éxito de vuestros asuntos; os suplico muy humildemente, Majestad, que evitéis esta acción, que aunque en vuestra opinión sea justa, puede parecer violenta y precipitada. Haced un acto de generosidad y misericordia hacia el marqués, o al menos, ponedlo en manos de la justicia del rey; haciéndole seguir un proceso en forma obtendréis satisfacción y conservaréis el título de admirable que por todos vuestros actos tenéis ante los hombres.
–¿Pero qué decís, Padre? ¿Yo, en quien debe residir la justicia absoluta y soberana ante mis súbditos, verme reducida a solicitarla contra un traidor doméstico, cuando tengo las pruebas de su crimen escritas y firmadas por su propia mano?
–Cierto, Señora, pero Vuestra Majestad es parte interesada…
–¡No, no, Padre! –Interrumpió Cristina-; yo se lo haré saber al Rey. Volved con él y atended a su alma; no puedo, en conciencia, conceder lo que me pedís.

En tal situación, yo ya no sabía que hacer; no podía irme y aun cuando pudiera –dice Le Bel–, me sentía ligado por un deber de caridad y de conciencia, a socorrer al marqués para disponerlo a bien morir. Volví, pues, a la Galería y abrazando al pobre desgraciado sumido en lágrimas, le exhorté en los mejores términos que Dios me inspiró, para que se resignara a morir y que atendiera a su conciencia. Gritó unas palabras, se arrodilló y empezó su confesión, en latín, en francés y en italiano, según se lo permitía la angustia en que se encontraba.

En aquel momento llegó el Limosnero de la reina y, Monaldeschi, sin esperar la absolución se dirigió a él. Hablaron durante bastante tiempo en un rincón, en voz baja con las manos enlazadas y, cuando terminaron, el Limosnero salió seguido por el jefe de los tres encargados de la ejecución. Poco después, el hombre uniformado volvió sólo.
-Marqués –dijo-, pedid perdón a Dios, porque tenéis que morir sin más dilación-. Acto seguido empujó a Monaldeschi hacia la pared del otro extremo de la Galería y le tuteó: -¿Te has confesado?

Pude ver que le daba un golpe en el estómago –continúa Le Bel-. El Marqués, queriendo pararlo, inconscientemente aferró la espada con la mano derecha, perdiendo tres dedos cuando el otro la retiró y vio que estaba un poco forzada.  -¡Lleva una cota de malla! –gritó a los que iban con él- y le hirió en la cara.

-¡Padre, Padre!- gritó entonces Monaldeschi.
Le Bel se acercó y le dio la absolución, pidiéndole que perdonara a los que le iban a matar. Monaldeschi cayó al suelo; otro de los tres se acercó y le dio un golpe en la cabeza, que le hizo saltar los huesos. El herido hacía señales para indicar que le cortaran el cuello y uno de ellos lo intentó, pero sin gran resultado, porque lo estorbó la cota de malla. El que daba las órdenes preguntó al fraile si no convendría acabar de una vez.
-¡No tengo consejos que darle sobre eso; yo deseo su vida, no su muerte!

A todo esto, el marqués, que ya sólo esperaba el último golpe, vio entrar al Limosnero. A duras penas se arrastró hacia él; le habló en voz baja y el religioso volvió a darle la absolución.
Monaldeschi (Magasin Pittoresque, 1907)

-Permaneced a su lado –dijo el clérigo a Le Bel-, y en ese momento, el hombre que había herido al marqués en el cuello, le atravesó la garganta con una espada larga y estrecha. Monaldeschi cayó boca abajo y no volvió a hablar, pero aún se le oyó respirar dificultosamente durante más de un cuarto de hora. 

Murió a las tres y cuarto. Mientras Le Bel estaba rezando el De Profundis, el jefe de los tres, sacudió un brazo y una pierna al cuerpo ensangrentado, y, tras asegurarse de que estaba muerto, buscó entre su ropa encontrando un Libro de Horas de la Virgen y un cuchillo pequeño. Después de que los tres sicarios abandonaran la Galería, salió Le Bel a su vez para recibir las órdenes de Su Majestad, quien le encargó que se ocupara del entierro de la víctima y de hacerle decir unas misas. A las seis menos cuarto ya estaba todo hecho.

Cota de malla y espada de Monaldeschi expuestas, desde 1830, en el Castillo de Fontainebleau. (Le magasin Pittoresque, 1907). La espada auténtica tenía protección o cazoleta y la cota, según Le Bel, no pudo ser atravesada.


Aunque logró eludir las consecuencias inmediatas de su decisión, la vida de Cristina de Suecia inició una línea descendente que nunca más pudo remontar a pesar de su rotunda negativa a aceptar que se había equivocado gravemente. Monaldeschi había cometido un delito de traición que, según los criterios de la época, merecía la pena de muerte, pero Cristina ya no era reina y, por tanto no tenía derechos jurisdiccionales y no podía aplicar la pena capital, mucho menos, hallándose en territorio extranjero. 

La noticia recorrió París aumentando su tamaño por el camino. Cristina ya no sólo era una asesina, sino que también era una sádica que charlaba alegremente y reía durante la atroz ejecución de su antiguo amigo. El rey expresó su condena inmediatamente, mientras que Mazarino, apenas pudo salir de su asombro, se propuso tramar una explicación que pareciera coherente para evitar males mayores. Si salían a la luz sus promesas de colaboración, podría ver su imagen arrastrada con el escándalo, y él, al contrario que Cristina, sí tenía responsabilidades políticas y diplomáticas; la guerra en Nápoles, no entraba en los planes de la Corona de Francia en aquel momento. Pidió pues, a Cristina que hiciera correr la noticia de que la muerte de Monaldeschi se debía exclusivamente a Sentinelli –era fácil hacer creer a todos en una vulgar vendetta, porque los italianos, ya desde los tiempos de Catalina de Médicis, habían adquirido en Francia una grande, aunque no siempre justificada reputación en esos menesteres–, pero está claro que el Cardenal no conocía a Cristina como creía, porque cuando esta oyó la propuesta, su cólera, siempre a punto, se disparó sin freno. Ella nunca renunciaría al derecho de impartir justicia en su casa, ni toleraría la menor duda al respecto, y si el Cardenal insistía, ya encontraría ella otros amigos que no fueran tan estúpidos como él.

Se propuso entonces Mazarino enviarle intermediarios que debían intimidarla sobre las posibles nefastas consecuencias de sus actos. No ha conseguido asustarme –escribió ella, valerosa, como de costumbre–; los del norte somos algo fieros y tenemos una disposición natural a no conocer el miedo; yo encuentro más sencillo estrangular a la gente que tener miedo de ella. Lo que yo le he hecho a Monaldeschi, si aún no hubiera ocurrido, lo haría ahora, antes de que anocheciera, después de oír vuestras amenazas.

La carta reflejaba una soberbia sin límites, pero Cristina podía superarse. Por ejemplo, cuando más tarde supo que Mazarino había ordenada en secreto una investigación sobre lo sucedido.

Los que os han hecho saber los detalles de la muerte de Monaldeschi, mi Gran Escudero, estaban muy mal informados y encuentro muy extraño que emplearais a tanta gente en el esclarecimiento de la verdad de los hechos. 

Vuestro proceder, a pesar de su locura, no debería sorprenderme, pero jamás hubiera creído que ni vos ni vuestro joven amo os atreveríais a testimoniarme el menor resentimiento.

Sabed todos, ya seáis amos o criados, pequeños o grandes, que ha sido mi voluntad actuar así; que no debo ni quiero rendir cuentas de mis acciones a nadie, y sobre todo, a vos.

Habéis representado un papel muy singular para un hombre de vuestro rango. Cualesquiera que sean las razones que os han determinado a escribirme, les hago muy poco caso como para que me ocupen un solo instante. Quiero que sepáis y que digáis a quien quiera oírlo, que a Cristina le importa muy poco vuestra corte y vos todavía menos, y que para vengarme no necesito recurrir a vuestro formidable poder.
 Mi suerte lo ha querido así; mi voluntad es una ley que debéis respetar y vuestro deber es callaros y muchas personas a las que no estimo más que a vos, harían bien en aprender lo que deben a sus iguales, antes de hacer más ruido del que les conviene. (Atribuirse más autoridad de la que les corresponde).

Sabed, Señor Cardenal, que Cristina es reina dondequiera que esté y en cualquier lugar donde le plazca vivir, los hombres, por muy falsos que sean, la preferirán antes que a vos y a vuestros secuaces.

El príncipe de Condé tenía mucha razón para quejarse, cuando le tuvisteis detenido de forma tan inhumana en Vincennes: -Ese viejo zorro que hasta ahora ha engañado a Dios y al diablo, no se cansará nunca de ultrajar a los buenos servidores del Estado, si el Parlamento no destituye o castiga a este ilustrísimo canalla de Pescina-.(Abruzos, Italia; el lugar donde nació Mazarino).

Creedme, Jules, comportaos de manera que merezcáis mi benevolencia; o no sabréis ni cómo actuar.

Dios os guarde de aventurar jamás el menor comentario sobre mi persona. Aunque sea el fin del mundo, conoceré vuestro comportamiento. Tengo amigos y cortesanos a mi servicio que son tan hábiles y vigilantes como los vuestros, aunque estén mucho peor pagados.
                                                                           Cristina
Fontainebleau, el 19 de Noviembre de 1657

Aun así, Mazarino hizo circular su propia versión sobre el crimen, –sin mencionar el plan de Nápoles, al que Cristina se refería en sus cartas, como la causa común–, mientras que el Cardenal Azzolino, el más íntimo conocedor de todo lo que pasaba por la cabeza de su amiga, perfectamente informado de sus planes, se hartó de repetir ante la Corte española que todo aquel asunto no era más que una farsa.

El grandioso concepto que Cristina tenía de sí misma, aumentaba al tiempo que su prestigio disminuía en todas partes; su proyecto de arrebatar Nápoles a la Corona de España, sólo se sostuvo a causa de la ingenuidad de un Felipe IV, incapaz de aceptar semejante traición de una mujer a la que admiraba y había apoyado, no sólo en el terreno material, sino en el espiritual, convencido de que ella jamás actuaría en aquel sentido después de su grandiosa conversión. Dos meses después de la muerte de Monaldeschi llegaban noticias a España; parte de las cuales, procedía sin duda del terreno abonado de las habladurías: Dícese que en Tolón hay 20 navíos ingleses y se aprestan otro 24 para ir a dar calor a los malcontentos de Nápoles que ofrecen aquel reino a la reina de Suecia y que se case con el hijo segundo de Francia, la cual ha ido y venido a aquella corte para el ajuste dos veces, haciendo matar a puñaladas en presencia suya a un caballerizo, unos dicen por haber descubierto este trato, otros por imputarle que se echaba con aquel rey.

Pero otras, como la del embajador español en Roma, respondían a un claro conocimiento de los hechos y expresaban un profundo reproche al monarca: Que Vuestra Majestad sabía que Cristina estaba en Francia y que se decía que había de venir a Roma por Generalísima de las armas de aquel rey de Francia para invasión del reino de Nápoles, pero que VM no daba crédito a aquellas voces, ni por ellas se apartaría de desear a la reina sus mayores conveniencias y lo mismo le había dicho don Luis de Haro.

De hecho, Cristina, no sólo llevaba tiempo intrigando con el duque de Módena y otros nobles del norte de Italia, así como con algunos napolitanos rebeldes al dominio español, sino que había encargado a toda prisa docenas de uniformes de color violeta, para la que debía ser su guardia napolitana; todos los que acudieron a visitarla en Fontainebleau pudieron verlos allí almacenados, esperando el inminente golpe que la colocaría sobre el trono de Nápoles en dos minutos. Incluso el sueco Courtin había informado a Carlos Gustavo, que, cuando supo la muerte de Monaldeschi, intentó evitar por todos los medios, que alguien pudiera relacionarlo con la historia.

Cristina, por su parte, escribió a Alejandro VII para darle el chivatazo de que al fin y al cabo, Monaldeschi merecía la muerte porque también le había traicionado a él, escribiéndole libelos. En ocasiones, esta mujer podía parecer tan noble por su sinceridad, como en otras, vil por sus recursos.

Finalmente, toda la documentación relativa a la invasión o conjura de Nápoles, fue destruida, pero no así la relacionada con Monaldeschi, que, en todo caso, puso al límite la credibilidad de la antigua reina. Sus amigos temieron verse arrastrados como cómplices de una acción inexcusable. Por mucho que todos ellos estuvieran tramando operaciones similares contra la Corona de España, como enemigos más o menos declarados, representaban a un Estado, mientras que Cristina, a pesar de su endiosamiento, no era más que una particular que necesitaba dinero.

Luis XIV le hizo saber de la forma más diplomática posible, que estaba invitada a abandonar su reino; a Roma no podía volver, al menos hasta que a Alejandro VII se le pasara el disgusto expresado públicamente; a los Países Bajos españoles que antaño se habían puesto a su servicio, ya, ni en sueños; en Suecia, el Parlamento había aprobado tal lista de restricciones para el caso de que decidiera visitarlos, que Cristina perdió completamente las ganas de hacerlo, e Inglaterra ya tampoco la recibiría en tanto que católica.

¿Qué hacer? Tenía que calmarme, obedecer a aquel canalla tonsurado que guiaba a Francia, y roer mi freno en el exilio de Fontainebleau.

Lo cierto es que Cristina jamás cambió de actitud, pero sí el Cardenal, ya que, en un momento en que ella ya no sabía a donde dirigir sus pasos, puso a su disposición el palacio Rospigliosi, en Roma, que era de su propiedad, y que Cristina aceptó, pues de hecho, se convirtió en su única alternativa.

Los españoles, ya prevenidos, le hicieron saber que para ellos se había convertido en una simple emisaria de los intereses de una Francia más que nunca, hostil a ellos. 

Según Cristina, sólo había hecho matar a Monaldeschi por una traición producto de los celos, pero los españoles se inventaron aquella ficción sobre Nápoles, que tuvo tanto éxito en Roma, que ni aún el Papa le ahorró las sospechas. Así, un día que se propuso visitarlo en Sant’Angelo con algunos franceses, le quitaron la idea a fuerza de evasivas. –Quizás sospechaba el Papa -dijo Cristina con furiosa ironía-, que también me proponía  conquistar Roma, o tal vez hacerme Papisa; lo único que me faltaba para alcanzar la cumbre de mis locuras-. Para colmo, en aquel momento Suecia ya no le enviaba fondos, por lo que se vio obligada a vender sus pedrerías.

Cuando pensaba en mi abdicación, soñaba con la inmortalidad que me aportaría un sacrificio tan extraordinario, pero ¿se me ocurrió acaso pensar en los usureros a los que ahora tendría que recurrir? ¡Qué cosa más prosaica, tener que poner mi real firma para cubrir mis necesidades! A esto me habían reducido mis ideas de grandeza y mis sueños de una inmortalidad insólita.

El Cardenal Azzolino entró en acción en aquel momento y consiguió que el Papa otorgara a Cristina un nueva pensión que le permitió montar una casa magnífica y tomar a su servicio gentilhombres y pajes de primera calidad. A pesar de todo, ella, educada para reina, no prestaba atención a las cuentas, como lo haría un ama de casa del Trastévere, así que gastaba con tanta largueza, que el dinero del Papa no le llegaba para nada. Reclamó entonces su pensión a Suecia –en aquel momento, en guerra contra Polonia, Dinamarca y Brandeburgo-. El Senado le contestó que los dominios hipotecados para su pensión, se hallaban en Pomerania y que habiendo sido devastada aquella por las tropas imperiales, no aportaba nada al tesoro en aquellos momentos.

Cristina pareció comprenderlo, lamentando los difíciles tiempos que atravesaba su antigua patria: Ahí tenéis a los suecos, los que me ofrecían su vida y sus bienes, los que nunca dejaban de proclamar su devoción por mí, los que juraban que el recuerdo de la hija de Gustavo Adolfo jamás abandonaría su corazón. Ahí estaban, añadiendo ironía, frialdad y sarcasmo a la adversidad que ya me perseguía.

La negativa a enviarle fondos, le hizo concebir una brillante idea: pidió veinte mil hombres al Emperador,  con los que recuperaría Pomerania, que, al fin y al cabo era de su propiedad, y como compensación, dicho territorio pasaría al poder de Austria tras su fallecimiento. Pero justo entonces, Azzolino consiguió una nueva e importante entrega de fondos por parte del pontífice. Cristina recibió la noticia al mismo tiempo que llegaba el emisario del Emperador; -¡menos mal que no había firmado nada!-, exclamó, y encargó a Sentinelli que se encargara de anular sus planes sobre Pomerania.

Fue en esta época cuando aumentó considerablemente su colección de estatuas y pinturas, si bien, para acabar con la desconfianza del Papa sobre sus tendencias filo francesas, abandonó el palacio de Mazarino, se trasladó a un convento, asistió a las procesiones y mostró un semblante tan alegre, que acabó con las sospechas. Pero no hay que creer que hiciera vida monacal, que no era lo suyo; el convento era un verdadero palacio en el que se instaló con, al menos veinte servidores y reanudó su vida rodeada de arte y amigos. Al decir de las gentes, yo tenía la vivacidad que caracteriza a los franceses, la agudeza de espíritu de los italianos, la valentía de una verdadera sueca y la cortesía de los romanos, lo que hacía de mi un conjunto bastante satisfactorio.

Con todo -dice Cristina-, los españoles no dejaban de molestarla, especialmente, el cardenal Farnesio, gobernador de Roma, que había hecho promesa de fastidiarla y que arrestaba a aquellos que salían de su casa a altas horas de la noche, debiendo ella, después de soltar toda clase de improperios, acudir continuamente al Papa, para que los pusiera en libertad.

Entonces recibió la noticia de la muerte de Carlos Gustavo y decidió viajar a Suecia para ver en qué estado se encontraban sus asuntos, y, tal vez, para tantear la sucesión. En esta ocasión Suecia le pareció maravillosa a lo lejos, pero antes de llegar, en Hamburgo recibió una respetuosa invitación para que no siguiera adelante. El 21 de agosto de 1660 escribía una carta  al Parlamento asegurando que iba a seguir adelante. Se dieron órdenes de cortarle el paso. ¡Aquellos que tanto lloraban cuando los abandonó! Cristina no podía salir de su colérico asombro.

-Estoy en la desgraciada necesidad de impediros seguir adelante.
-¡Infames! –gritó ella–: ¡Mariscal, respetaréis mi sagrada persona, o pasaré al precio de mi sangre! Y se lanzó al galope hacia Estocolmo.

A las puertas de la capital, el pequeño rey y su tío el regente, vinieron a recibirme y el niño dijo un discurso aprendido. Todo habría estado bien, si no hubiera sido por el suceso anterior, así que entré en Estocolmo de muy mal humor. ¡Estuve a punto de ser detenida en mis Estados hereditarios! Era extranjera entre los suecos; al menos así fui tratada. Pero apenas entré en mis antiguos apartamentos, me vengué de todos aquellos malos procederes, con una buena misa. Debieron reventar de rabia; hice improvisar un altar y una capilla y me entregué al catolicismo con alegre corazón.

El clero sintió el golpe con todo su peso, aquel clero sueco, tan fanatizado de luteranismo y desconfiado de todo rito extraño que parece que le va a quitar su sitio en el cielo y su dinero en la tierra. Asistí de golpe a más misas que las que había asistido durante toda mi estancia en Roma y en Bruselas. Así, yo que pasaba por poco devota ante España y Roma, ahora lo era demasiado para mis protestantes; había hallado el modo de fastidiarlos a todos. La venganza es el placer de los dioses. En dos meses los saqué de quicio, primero murmuraron y luego lanzaron invectivas contra mí, hasta que sus furibundos sermones trabajaron muy bien el espíritu del pueblo. Cuando me invitó el embajador de Francia, también puse como condición que primero se celebrara una misa.

Cristina reclamó que se ratificaran los fondos para su mantenimiento aprobados en Uppsala en 1654, pero le recordaron el testamento de Gustavo: El que abandone nuestra doctrina y abrace el papismo, perderá sus propiedades, derechos y ventajas en todo el reino de Suecia, añadiendo: SM abjuró de la religión de sus antepasados en Inspruck y bajo juramento se unió a la de la iglesia católica, cuya máxima es no aceptar a los herejes. Y SM ni siquiera ha conservado el nombre de Augusta que por transposición formaba el venerado nombre de su padre, pasando a llamarse ¿cómo? como su nuevo padre, el Papa, ¡Alexandra! Y profesa la devoción al papa incluso en la palacio real.

Cristina observó que el discurso era bien recibido, y contestó:

-Los suecos dicen: Si sirves al estado, el Estado no te abandonará. Yo os he gobernado con justicia, etc. y hoy me veo obligada a venir a reclamar por mi subsistencia. ¿Qué se me reprocha? Para hacerlo, recurrís a anagramas, pero Augusta es un sobrenombre honorífico al que tuve que renunciar cuando entré en la clase plebeya, seguramente preferís que como Augusta Cristina  tenga que ir a inclinarme ante un usurero romano.

-Supongamos que muriera el hijo de Carlos Gustavo, ella podría querer volver, imaginad qué invasión de católicos y jesuitas. Exijamos que ratifique su renuncia a la corona de 1654 y después veremos sus peticiones.

Me retiré a Nikoping a esperar días mejores. Me mandaron enviados para que firmara la ratificación de la renuncia que, al principio mandé al diablo, pero que luego firmé porque me acometió un súbito desprecio por todo lo que fuera sueco. 

Encontrándome al presente y en todo tiempo por venir, desligada y separada de la corona, del cetro y de la regencia de Suecia, así como de todo derecho en este sentido, sin ninguna excepción, reconozco además, que cualquier cambio que pudiera producirse en el reino de Suecia y su gobierno, no tengo nada que pretender bajo ningún pretexto; en virtud de lo cual declaro que renuncio totalmente y por toda la vida, sin admitir ninguna interpretación distinta de la que se refiere a la seguridad del rey Carlos XI, al fortalecimiento del reino y al bien de todos los habitantes, no queriendo de ninguna manera contravenir, sea por fuerza, sea por escrito, protestación o reserva, directa o indirectamente, y sin que ninguna potencia eclesiástica o temporal me pueda dispensar de esta obligación.

¡Ah si alguno de los príncipes que antaño solicitaron mi mano se hubiera presentado; si tuviera un ejército a mi disposición, cómo me habría vengado de ese Estocolmo digno del fuego del cielo y de los hombres!

Por fin, el 20 de marzo de 1661 Cristina abandonaba Suecia y, navegando por el Báltico reflexionaba sobre el hecho de que en aquel momento no tenía donde enterrarse; de que los tiempos habían cambiado y de que en Suecia era como si ya no existiera.

En Hamburgo la esperaba Sentinelli; allí podría asistir a todas las misas que quisiera, pero eso ya no le interesaba, además, tenía otra cosa en la cabeza; solucionar sus finanzas. El Conde había tratado sus asuntos con un portugués; Manuel Teixeira le adelantaría los fondos aprobados por el Parlamento sueco, hasta que estos se hicieran efectivos. Era el mes de Julio de 1661. -Voilà tout ce que j’avais sauvé du naufrage. Puis, sacrifiez des couronnes!- Fue todo lo que salvé del naufragio. ¡Sacrificad coronas para éso! 

A falta de Suecia le quedaban Bremen y Verden donde las costumbres eran suecas y le cuadraban bien, a falta de un destino mejor, pero, más que nada, se establecería en aquellos territorios de su antigua corona, para fastidiar a los regentes y senadores. 

Estaba Cristina descansando en el césped tras una cabalgada en Bremen cuando recibió carta de Jean–François Borri, un famoso alquimista del que había oído hablar. Cierto –pensó-, que la Piedra Filosofal empieza a caer en el ridículo, pero algunos siguen en la tarea. Cristina recordó las humillaciones sufridas por Colón o por Galileo, cuyas hipótesis se cumplieron a pesar de haber sido igualmente tachadas de ridículas. Por otra parte, se preguntaba: ¿por qué la naturaleza será inimitable en la fabricación del oro, cuando se puede copiar todo lo demás? ¿Y si fuera posible? Al menos, su investigación serviría para sacarla de las penosas reflexiones que le obsesionaban a todas horas, aunque su objetivo real era la posibilidad, por lejana que fuera, de enriquecerse rápidamente, en cuyo caso podría levantar poderosos ejércitos y vengarse de aquellos suecos que tantos ultrajes le habían infligido.

Alejandro VII. Pierre Francesco Mola

Cuando murió Alejandro VII, Cristina escribió que aquel pontífice no era amigo de genealogías; acaso –añadió con su acostumbrado toque de malignidad-, porque algunos impertinentes escrutadores de blasones sostenían que Su Santidad era pariente en quinto grado de Mahomet, emperador de los turcos. Pero lo peor, en su perspectiva sobre el fallecimiento del pontífice, era la probabilidad de que el aborrecido cardenal Farnesio fuera su sucesor.

Tuve que renunciar  a vivir en Roma, con pena, porque hay un dolce vivere que me va de maravilla; una vez prohibida para mí, ya le añadía millones de encantos. Desterrada o casi, de Suecia, exiliada o prácticamente, de Roma, ¡pobre Cristina! ¿valía la pena haber pisoteado cetros y coronas para no saber ya a dónde ir? A Francia, no; demasiadas suspicacias y, además cuánta palabrería por la tragedia de Fontainebleau. ¡A Venecia! Sí, iré a Venecia. Pero dudaba entre Venecia y Holanda cuando recibí la buena nueva de la elección del mejor de mis amigos; el cardenal Jules Rospigliosi, que se llamó Clemente IX. Hice lanzar fuegos artificiales e invité regiamente a mis amigos.

Finalmente, en octubre volvió a Italia, donde, a partir de entonces, dedicó casi todo su tiempo al arte y la literatura, fundando la Academia Real, a la que invitó a todas las figuras de la época.

En 1686 empezó a sufrir ataques que se repetían cada año por el mes de febrero, pero, en 1688 la enfermedad pareció retroceder, aunque sólo fue un respiro, pues volvió con más fuerza el año siguiente. Aun así, el 21 de febrero pareció inesperadamente curada. Se celebraron misas de acción de gracias y todo volvía a su cauce, cuando, el 14 de abril sufrió un nuevo ataque, en esta ocasión, definitivo. Murió el día 19.

Cardinal Dezio Azzolino. 
Pinaccoteca Comunale di Fermo, Palazzo dei Priori.

El Cardenal Azzolino la veló día y noche. Cristina quería que la inhumaran sin pompa en la iglesia de la Rotonda o en cualquier otra, pero el pontífice ordenó que las exequias se celebraran ante el sacro colegio y que su cuerpo fuera depositado en la basílica de San Pedro con toda la pompa posible. Finalmente la llevaron a la basílica del Vaticano.

Designó al Cardenal Azzolino como heredero, quien, además de ocuparse de sus cuantiosos bienes, debía encargarse de que se celebraran 20.000 misas por su alma.