domingo, 29 de diciembre de 2013

Jorge Manuel Theotokópulos. Retrato de familia con gato.

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EL GRECO 1614-2014
Blog Temático Centenario
Jorge Manuel alrededor de los 25 años
El Greco?, 1603?. Óleo/lienzo, 74 x 51,5 cm. Museo de Bellas Artes, Sevilla 

El Greco –Δομήνικος Θεοτοκόπουλος– [Domínikos Zeotokópulos], nació en la Candía veneciana –Creta– en 1541 y después de pasar diez años de aprendizaje en Italia, se estableció en Toledo en 1577, donde, un año después, nació su hijo Jorge Manuel, dato acreditado por el pintor en el pañuelo del paje que sostiene la antorcha en el Entierro del Señor de Orgaz


El niño retratado sería el propio Jorge Manuel y en el  pañuelo aparece la firma y una cifra; 1578, es decir, el año de su nacimiento. El cuadro se realizó en 1587.


͵α φοη = 1578

Su madre fue Jerónima de las Cuevas –según el testamento del pintor; mi hijo y de Doña Gerónima de las Cuevas, y Jorge Manuel recibió, castellanizados, los nombres, de su abuelo, Γεώργιος y de su tío, Μανούσο –Yorgos y Manusso, que acompañó al Greco a España y se estableció con él en Toledo. 

Retrato (posible) de Manusso Theotokopoulos. Óleo sobre lienzo, 47.0 x 38.7 cm.
The Norton Simon Foundation. N.Y-. USA.

Padre e hijo compartieron trabajo en ocasiones, unas veces en la composición de lienzos y otras, en el diseño de retablos; Jorge Manuel era Arquitecto y colaboró en el taller de su padre, al menos, desde 1597, año en el que ya firma contratos con él.

De hecho, en 2010 J.M. González Soriano halló un documento firmado por ambos, relacionado con la construcción del Cigarral llamado de Menores, en Toledo, en el que se relacionan varios préstamos concedidos al Greco entre 1595 y 1602, según los cuales, el maestro atravesaba muy difíciles condiciones económicas en aquella etapa, en la que se refleja que incluso se vio obligado , a vender alguna pieza de su ajuar.

En otro documento relacionado con el anterior, ya en 1609, junto a las firmas de padre e hijo, aparece la del doctor Gregorio de Angulo. En este último, el acreedor se compromete a hacerse cargo del sueldo de Francisco Preboste, el inseparable amigo y compañero del Greco. Al parecer, por aquellas fechas –la del documento es el 22 de junio-, el artista no recibía encargos y tuvo que comprometerse a devolver su deuda en un año y medio. Añade el investigador que el documento en cuestión está escrito en la voluntariamente complicada letra procesal, “infame” y “diabólica”, de la que Santa Teresa decía: “No la entiende ni Satanás”. Tendría por entonces Jorge Manuel, 31 ó 32 años.


Gregorio Angulo, padrino de Gabriel, el hijo de Jorge Manuel, es el mismo al que Lope de Vega reverenciaba y al que dedicó una famosa epístola:

                Señor doctor, yo tengo gran deseo
                de escribiros mil cartas, si me diese
                lugar la desventura en que me veo.

                Que puesto que el estilo no tuviese
                aquella urbanidad, cultura y tropo
                que a vuestro igual satisfacer pudiese…

(Epístola segunda. Juan Millé y Jiménez. Bulletin Hispanique.)

De acuerdo con el testamento del Greco, Jerónima de las Cuevas pudo permanecer, o no, a su lado, junto con Jorge Manuel, hasta los últimos días del pintor, puesto que podría referirse a ella en presente –…tengo tratado e comunicado con Jorge Manuel Theotocopuli mi hijo y de Doña Gerónima de las Cuevas, que es persona de confianza y de buena conciencia lo que cerca de ello se a de hazer–. Parece que en lo de la confianza se refiere al hijo, pero todo podría ser, ya que el pintor no tendría un dominio perfecto de la lengua castellana de su tiempo y la frase resulta algo ambigua. No se entendería bien la razón por la que cita a la madre, si había fallecido o no había vivido con él, como creen algunos estudiosos y, por otra parte, dadas las circunstancias, parece gratuita su declaración de confianza en el hijo, que, al parecer, era evidente. En fin, es este uno más de los enigmas de la biografía de El Greco

Plano de Toledo de Jorge Manuel?

Si esta pintura está datada hacia 1610, el muchacho del modelo no se corresponde con la edad de Jorge Manuel, que entonces tendría unos 32 años, aunque sí se acepta generalmente que fue él quien levantó el plano que sostiene. –Se comprende que la parte derecha de la imagen, y, sobre todo la gola, están sin hacer, pero dejo a un lado, por una simple cuestión de perplejidad, el análisis del gran lío de los dedos de ambas manos: la derecha tendría seis, mientras que la izquierda muestra cuatro, uno de los cuales, por su posición, correspondería a la otra mano–.

Vista y Plano de Toledo. 1610? Museo de El Greco. Toledo

Quizás lo que más sorprende en esta pintura, es la aparentemente caprichosa ubicación del Hospital de Tavera, que no sólo se encuentra desplazado, sino que aparece casi sobre una nube. Pero, en esta ocasión, el propio autor proporcionó una explicación suficientemente clara: Ha sido forzoso poner el Hospital de Don Joan Tavera en forma de modelo porque no sólo venía a cubrir la puerta de visagra mas subía el cimborrio o cúpula de manera que sobrepujan a la ciudad y así una vez puesto como modelo y movido de su lugar me pareció mostrar la haz antes que otra parte y en lo demás de cómo viene en la ciudad se verá en la planta.

Detalle del plano. Reflectografía infrarroja. Carmen Garrido. Museo del Prado

A pesar de su apariencia –en opinión de la investigadora citada–, entre los historiadores tampoco hay unanimidad sobre si el plano es, o no, una representación exacta.

Por motivos de oportunidad, no voy a detenerme en el conjunto de esta gran pintura –cuya audacia me impresiona profundamente–, como no lo haré con ninguna otra, excepto si afecta a la imagen de Jorge Manuel. Sólo diré –puesto que intento no multiplicar los términos admirativos–, que toda la obra de El Greco, sin excepciones, me parece absolutamente extraordinaria, bella y genial.

Con cierta seguridad, se atribuye también al hijo del Greco la identidad de este caballero con la mano en el pecho, en la Virgen de la Caridad, de Illescas.


Se conserva el contrato del encargo para el altar de la Virgen del Hospital de la Caridad de Illescas, firmado el 18 de Junio de 1603, de acuerdo con el cual, el autor debía ejecutar además de este, otros tres lienzos representando la Coronación, la Anunciación y la Natividad, que El Greco realizó en colaboración con Jorge Manuel, quien aparecería aquí con la misma edad que tiene en el retrato de Bellas Artes de Sevilla, que encabeza esta entrada. 

La imagen que sigue, es la misma del principio, pero aparece en este caso con el fondo más claro y se distingue –no mucho– la firma del Greco a la derecha apreciándose asimismo, detalles de la vestimenta del modelo.


Lo cierto es, que por la forma en que el retratado parece mirarse a sí mismo, e incluso por la posición de sus manos, se diría que esta imagen corresponde a un autorretrato en el que, de nuevo –al igual que ocurre con el Caballero de la mano en el pecho, tenemos a la vista una especie de instante detenido que, sin embargo, está cargado de vida y movimiento, en este caso, una sensación agudizada por la incipiente sonrisa del modelo.

Tras este somero repaso a la biografía de Jorge Manuel, llegamos, finalmente, a nuestra obra de referencia; un retrato de su familia, en el que él mismo no aparece, pues las mujeres se encuentran, sin duda, en el estrado, que es donde hacen sus labores y no es espacio para hombres.

La familia de El Greco. c. 1605. Óleo sobre lienzo, 97 x 51,5 cm. 
Museo de la Real Academia de San Fernando, Madrid.

Jorge Manuel se casó en 1603 con Alfonsa de los Morales y tuvo un hijo al año siguiente, al que puso por nombre Gabriel.

En esta inusual pintura, vemos al gato presidiendo tranquilamente la escena, muy al estilo griego. Sigue una muchacha a quien, en ocasiones se identifica como Catalina, hermana de Alfonsa; está hilando mientras observa la labor de su hermana o señora, la cual muestra una elegante toca de encaje, muy distinta de las de las demás mujeres, del mismo modo que la manga de su vestido evidencia una prenda artísticamente bordada, probablemente con hilos dorados. Alfonsa borda con delicadeza, lo que parece una cinta, bajo la atenta mirada de una dueña –¿por qué no Jerónima?- que la observa a través de sus lentes. Finalmente, una joven ama se ocupa del pequeño Gabriel, o de Jorge Manuel.

Por un documento parroquial en el que aparece registrada la casa de Jorge Manuel, -14 años después de la desaparición de su padre-, sabemos que tenía tres criadas llamadas, Ana, Quiteria y Mariana, además de otros criados -y dos señoras; doña Gregoria de Guzmán, su segunda esposa-, y doña Catalina de los Morales, hermana de su primera esposa.

El elemento más transcendente de esta obra, en todo caso, es la gran duda que existe acerca del hecho de si fue Jorge Manuel, o sería su padre, quien pintó esta bonita escena familiar, aunque mayoritariamente la opinión parece decantarse hoy por la autoría del hijo. La lógica se inclina también en este sentido, a pesar de que la imagen central, es decir, la de la madre de Gabriel, es muy, muy del estilo del padre, de tal modo que, para decir la verdad, no sorprendería que se recuperara la antigua identificación, según la cual, la mujer que borda, no sería la esposa, sino la madre de Jorge Manuel.


En 1621 Jorge Manuel volvía a casarse, en esta ocasión, con la citada Gregoria de Guzmán Camino, también viuda, con quien tendría tres hijos: Claudia, María y Jorge.

Finalmente, en 1629, tendría Jorge Manuel alrededor de 52 años, cuando se casó con Isabel de Villegas, teníendo una hija más en 1630, a la que llamó Jerónima, quizás en recuerdo de su madre.

Jorge Manuel obtuvo el puesto de Maestro Mayor de la Catedral de Toledo y, en esta condición, participó en la construcción de la llamada Capilla del Ochavo, así como en la cúpula de la Mozárabe de la Catedral, al tiempo que empleó sus conocimientos en la planificación del Ayuntamiento herreriano de la ciudad, tal como lo vemos hoy. Al final, perdió un pleito con el Hospital de Tavera, por el que le fueron embargados todos sus bienes.

Todavía existen dudas sobre la autoría de otras obras que, en cierto momento se adjudicaron directamente al padre; el retrato de Jorge Manuel, así como el cuadro, que siempre se ha titulado, la Familia de El Greco, están, quizás entre las que ofrecen más dificultades de autoría.

Jorge Manuel, el muchacho de la mirada risueña,  murió en 1631.


sábado, 21 de diciembre de 2013

Catalina de Médicis

Clouet. Copia en el Castillo de Chaumont, de un original en Uffizi

A pesar de su enorme presencia histórica, Catalina de Médicis tuvo una vida poco envidiable desde el día en que nació. Inmersa en la tragedia desde entonces, asumió la protección de sus hijos, huérfanos de padre, también desde muy pequeños, convirtiendo la defensa de la autoridad real de los herederos, en el objetivo de su existencia, comprometida, en ocasiones, tanto para católicos, como para hugonotes. A pesar de sus titánicos esfuerzos, su descendencia masculina se extinguió, relativamente en poco tiempo. 

A la muerte del último monarca Valois, Enrique de Navarra, o de Borbón, descendiente de Luis IX y hugonote, pasó a ser el heredero del trono de Francia como Enrique IV de Francia, no sin antes luchar contra las tropas de la Santa Liga y sus aliados españoles, que llegaron a entrar en París. Al final, en 1593, él mismo decidió convertirse al catolicismo y sólo entonces fue llevada a cabo su coronación en Chartres. 

Catalina de Médicis había fallecido seis años antes.

Hija de Lorenzo II de Médicis (1492–1519), duque de Urbino, y de Madeleine de la Tour d’Aubergne, (1495–1519), se dice que fue llamada Catalina en honor de Catalina Sforza, madre del famoso Giovanni delle Bande Nere, que reunificó las dos ramas Médici.

Siendo biznieta de Lorenzo el Magnífico, tenía asimismo entre sus antecesores al papa León X, hijo del Magnífico, que fue quien concedió el ducado de Urbino a su sobrino, el padre de Catalina, título que ella no heredó, al ser asumido por su pariente Francesco Maria della Rovere.

Casados Lorenzo y Madeleine en cumplimiento de la alianza entre León X y Francisco I, contra el emperador Maximiliano I, Catalina nació el 13 de abril de 1519. La madre murió quince días después de su nacimiento y el padre sólo vivió una semana más.

Mientras León X vivió, Catalina fue cuidada por su abuela paterna Alfonsina Orsini, esposa de Pietro de Médici, que también murió al año siguiente, por lo que la niña pasó a manos de su tía Clarice Strozzi. A este pontífice le sucedió otro Médici, Giulio, que se llamó Clemente VII, en 1523, quien ordenó el traslado de Catalina al Palazzo Médici Riccardi, en Florencia. Tenía entonces, la niña 4 años y era conocida como la duchessina, precisamente, porque no lo era.

Apenas habría cumplido 8 años cuando los Médici fueron derrocados por la facción opuesta al representante pontificio que gobernaba Florencia; Catalina pasó por diversos conventos, hasta que, más o menos se asentó en el de la Santissima Annunziata delle Murate.

En aquel momento, Clemente VII y Carlos I, el Rey de España, no tuvieron más remedio que ponerse de acuerdo; Carlos necesitaba que el pontífice accediera a coronarlo –a pesar de que sus tropas lo habían hecho prisionero poco antes–, y este, que el emperador le ayudara ahora a recuperar Florencia. En consecuencia, las tropas de don Carlos pusieron sitio a la ciudad, cuyos defensores, según se dice –cuesta creerlo, aunque esté documentado en el Discours Merveilleux, probablemente escrito por un hugonote, muy crítico con Catalina–, no dudaron en proponer los medios más inhumanos para resistir; por ejemplo, colgar a la niña de las murallas, para utilizarla como escudo, u ofrecérsela a las tropas asaltantes como botín sexual… Finalmente se produjo la capitulación, el día de Santa Chiara, en 1530.

   Brantôme y Henri Estienne? –A favor y contra Catalina de Médicis

Liberada Florencia, el Papa hizo que Catalina fuera llevada a Roma, donde la recibió emocionado, e inmediatamente decidió que lo mejor sería buscarle un marido que pudiera protegerla. Así, después de un intento frustrado de Jacobo V de Escocia, Francisco I de Francia, que necesitaba urgentemente la suculenta dote de Catalina, ofreció la mano de su hijo Henri, Duque d’Orlèans, en 1533 y el pontífice aceptó.

En Marsella, el 28 de octubre de 1533 se celebraba la boda entre el heredero y la Gran Banquera –como la apodaron entonces–; se convirtió en el acontecimiento del siglo por su derroche de lujo y por el intercambio de valiosísimos regalos. Los contrayentes tenían 14 años, pero tanto el papa como el rey, comprobaron atentamente que el matrimonio fuera consumado.

Henri había pasado cuatro años de su infancia prisionero en Madrid, con su hermano François, ambos en calidad de rehenes, como garantía de que Francisco I –prisionero de Carlos I en Pavía–, cumpliera los acuerdos firmados para su liberación.

Al principio, Catalina fue bien recibida en la Corte, aunque a su esposo lo veía raramente, pero la amabilidad desapareció al fallecer Clemente VII, un año después de la boda, siendo sucedido por Paulo III, quien denunció la alianza francesa y se negó a completar el pago de la dote de Catalina.

En 1536 moría Francisco, duque de Bretaña, el primogénito de Francisco I; Enrique y Catalina, se vieron Delfines. Tardaron más de diez años en traer al mundo a su primer hijo, que, no obstante, luego fue seguido por otros nueve: 

-François, en 1544, tras diez años de matrimonio. Casado con Mary Stuart. (1560).
-Elisabeth, 1546 –la que sería entregada como esposa a Felipe II–. (1568).
-Claude, en 1547, -casada con Charles III de Lorraine. (1575)
-Louis, 1549, - Duque de Orléans (1550).
-Charles, en 1550, -rey desde 1560 hasta 1574, como Charles IX.
-Henri, en 1551, -rey de Polonia en 1574 –unos meses- y luego, de Francia, como Henri III, hasta 1589. Fue el último Valois que reinó. Sobrevivió unos meses a su madre.
-Marguerite, en 1553, -casada y divorciada de Henri III de Navarra -después, IV de Borbón-, en 1572. Es la hija rebelde y fue la más longeva.
-François Hercule, en 1555 -Duque d'Alençon y de Anjou. 1584. No alcanzó el trono, aunque lo intentó.
-Victoire y Jeanne gemelas, el 24 de junio de 1556; la primera no llegó a nacer y la segunda murió un mes después. Catalina estuvo a punto de morir como consecuencia de este parto. 

Henri II y Catherine.
François; Elisabeth; Claude; Louis; 
Charles; Henri; Marguerite; François Hercule; Victoire y Jeanne.

Una numerosa familia que, en absoluto significa que hubieran mejorado las relaciones entre el matrimonio. A pesar de que el cronista Brantôme dice que el rey amaba a Catalina apasionadamente, la verdad es que Enrique, sencillamente, cumplía con sus obligaciones dinásticas, en ocasiones, aconsejado por su amante Diana de Poitiers, con quien mantenía una relación desde 1538, es decir, desde los 19 años. Diana le doblaba la edad y actuaba como madre y educadora de los hijos de Catalina, quien, no obstante, fue coronada, como correspondía, en Saint Denis el 10 de junio de 1549.

Entre tanto, la familia Guisa iba creciendo al lado de la Casa Real; Charles, fue hecho Cardenal y François, Duque de Guisa. Su hermana, María, casada con Jacobo V de Escocia, fiera defensora del trono de Escocia, de su hija María Estuardo, quien, como sabemos, se educó en la Corte de Francia al lado de los hijos de Catalina desde los cinco años.

Charles, Cardenal de Lorena–Guise. Clouet. Musée Condé.
François de Lorraine, II Duque de Guise. Clouet. Louvre

A principios de abril de 1559, Enrique II suscribió la Paz de Cateau–Cambrésis, con el fin de terminar con los enfrentamientos en Italia. Como parte del acuerdo, Isabel, la segunda hija de Catalina, entonces 13 años, se casaría con Felipe II y, con motivo de esta boda, que se celebró por poderes –el Duque de Alba representó a Felipe II–; se organizaron justas, en cuyo transcurso, Enrique II obtuvo varias victorias, hasta que, en una inesperada evolución, el joven Conde escocés, Gabriel de Montgomery, un caballero de la Corte de Mary Stuart, involuntariamente acertó a introducir su lanza por la celada del rey, atravesándole un ojo, lo que acabó con la vida del monarca el día 10 de julio de 1599


Catalina asumió una lanza rota con la divisa latina: lacrymae hinc, hinc dolor –de aquí las lágrimas, de aquí, el dolor–, y vistió luto el resto de su vida. Pero a pesar de que Enrique antes de morir, perdonó públicamente a Montgómery, ella no descansó –podríamos decirlo así–, durante quince años, hasta acabar con el escocés. Lo desterró al día siguiente de la muerte del rey; puso precio a su cabeza y reclamó, sin éxito, su extradición cuando este se refugió en Inglaterra, hasta que en 1574, asediado en Domfront, se rindió ante el general Matignon. Catalina mandó confiscar sus bienes; retiró derechos y títulos a sus ocho hijos y, finalmente, hizo que el Conde fuera decapitado en la Place de la Grève en junio de 1574.

François II. Clouet

Francisco II heredó la corona a los quince años, pero el Cardenal de Lorena y el Duque de Guisa habían tomado el poder a pocas horas de la muerte de Enrique II y se instalaron en el palacio del Louvre con los nuevos reyes, François y Mary, asumiendo el poder de la Corona. 

En un principio, Catalina lo soportó, porque su hijo era menor y ella aún no disponía de apoyos en la corte, pero sí obligó a Diana de Poitiers a devolver las joyas que había recibido de manos de Enrique y a abandonar el Castillo de Chenonceau.

Diana de Poitiers. Gran Senescala (viuda) y un aspecto del Castillo de Chenonceau.

Cuando los Guise iniciaron la persecución sistemática de protestantes, Catalina, aún siendo católica, desaprobó su actitud. Los protestantes pidieron ayuda al navarro Louis, Príncipe de Condé para luchar contra ellos. Los Guise, advertidos, se trasladaron al castillo de Amboise, desde donde lanzaron un ataque sorpresa contra los hombres de Condé, muchos de los cuales murieron desprevenidos, otros se ahogaron y otros más terminaron ahorcados en las almenas del castillo.

En junio de 1560 Michel de L'Hospital, nombrado Canciller de Francia por Catalina, se propuso recuperar la legalidad frente al desorden reinante, defendiendo la idea de que los protestantes simplemente oraban en privado, por lo que no debían ser atacados por las armas. Condé en tanto, habiendo formado un ejército, empezó a tomar ciudades del sur. Catalina le hizo llamar, lo encerró en prisión e hizo que fuera juzgado y sentenciado a muerte, sentencia que no se ejecutó a causa del fallecimiento de Francisco II, ya que Catalina pactó con Antonio de Borbón, que si renunciaba a la regencia, como pariente más próximo del nuevo rey Carlos IX, indultaría a su hermano Condé. En cuanto a Michel de l'Hospital, sus intentos de pacificación le hicieron acreedor del odio eterno de los Guise.

Francisco falleció, pues, el 5 de diciembre de 1560 y Catalina fue nombrada Gobernadora, aunque no pudo ejercer su tarea propiamente, ya que una buena parte de la nobleza era más poderosa que la misma Corona. Convocó a los líderes de ambos credos a la Conferencia de Poissy, en un intento de entendimiento entre las facciones, pero su proyecto resultó un fracaso rotundo.

En enero de 1562 promulgó el Edicto de Saint-Germain; una nueva tentativa de paz, pero solo dos meses después, se producía la Masacre de Wassy. El duque de Guisa y sus seguidores atacaron inesperadamente una comunidad de hugonotes cuando celebraban su liturgia en un granero. Resultaron de ello 74 muertos y más de un centenar de heridos entre los que rezaban, hecho que el duque calificó de lamentable incidente y que se convirtió en el prólogo de las Guerras de Religión. Al volver a París fue vitoreado.

Louis de Bourbon, Príncipe de Condé y Gaspard Almirante de Coligny

Un mes después, Condé y Coligny –veterano de San Quintín–, habían reunido un pequeño ejército, y, con ayuda de Inglaterra, tomó varias ciudades. Catalina trató de apaciguar a Coligny, pero este se negó a detener sus ataques, por lo que ella envió un ejército a la ciudad de Rouen, que se hallaba en poder de los hugonotes. Antonio de Borbón, el rey de Navarra, resultó allí gravemente herido de una bala de arcabuz y Catalina acudió a visitarlo en su lecho de muerte, después insistió en visitar el campo de batalla y al ser advertida del riesgo, respondió: -Tengo tanto valor como vosotros. Rouen pasó a manos de los católicos.

En febrero de 1563 un espía que había vivido y servido en España, Poltrot de Méré disparó en una emboscada al duque de Guise durante el sitio de Orleans. A pesar de ser su aliado, Catalina confesó que si el duque hubiera muerto antes, habría sido posible la paz. No obstante, de Meré fue juzgado y condenado a morir por descuartizamiento, sin que llegara nunca a confesar por cuenta de quien actuaba.

En marzo de 1563, el Edicto de Amboise terminó con aquella guerra; viendo a los soldados vacantes, y para evitar que volvieran a enfrentarse, Catalina reunió un ejército formado por tropas de las dos confesiones, con un objetivo común, el de recuperar El Havre de manos de los ingleses.

El 17 de agosto de 1563, Carlos IX fue declarado mayor de edad y coronado, pero nunca supo ni quiso reinar, de modo que Catalina continuó sus tareas de gobierno.

Carlos IX. F. Clouet

Para entonces, la reina madre se había propuesto dos objetivos: hacer efectivo el Edicto de Amboise y recuperar la fidelidad de los súbditos a la Corona, a cuyo efecto, realizó una gira por toda Francia durante un año y medio, en compañía de su hijo. En su transcurso, visitó a la reina de Navarra, Juana III y se vio con su hija Isabel de Valois en Bayona, quien acudió en compañía del duque de Alba, que hizo saber a la reina su opinión, el Edicto de Amboise debía ser abolido, porque con los herejes sólo servía el martillo.

Jeanne III. Taller de Clouet

En 1566, Catalina concibió un plan para el que necesitaba la colaboración de la Sublime Puerta. Crear una especie de colonia militar en Moldavia en la que se asentarían hugonotes y luteranos, franceses y alemanes, con lo que, además de crear una barrera frente a los Habsburgo, proporcionaría una salida a los hugonotes de su reino –recordemos que ella era católica sin sombra de dudas-; pero el plan fracasó al no lograr despertar el interés de los turcos.

Cuando en el otoño de 1567, mediante la llamada Surprise de Meaux, los hogonotes de Condé, quisieron secuestrar al rey, Catalina, decepcionada por lo que consideró una traición, culpó a L’Hospital de su fracaso y decidió cambiar de actitud. Le dijo al embajador de Venecia, que la única política aceptable para los protestantes era el terror, tal como lo practicaba el Duque de alba en los Países Bajos, donde todos los calvinistas eran condenados a muerte.

Los hugonotes se retiraron entonces a La Rochelle, que estaba fortificada, decididos a luchar hasta la muerte, y allí acudieron Jeanne d’Albret y su hijo, Henri de Bourbon. Catalina estaba furibunda ante el descaro de Jeanne, pero en aquel momento no disponía de fondos para pagar a sus tropas, por lo que se vio obligada a firmar la Paix de Saint Germain, por la que se legalizaba una cierta libertad para los hugonotes.

También recurrió Catalina a los acuerdos matrimoniales con las grandes casas reinantes; en 1570 casó a su hijo Carlos IX con Isabel de Austria, hija del Emperador Maximiliano II; una especie de oveja negra en la Casa de Austria, a quien su padre había amenazado repetidamente a causa de sus simpatías luteranas. 

Tras la temprana muerte de Isabel de Valois, quiso casar a su otra hija, Margarita, con el viudo Felipe II, que no aceptó la propuesta. Pensó entonces en casarla con Enrique de Navarra, con el fin de crear un puente con los Borbón. Se dice que descubrió que su hija era amante del hijo menor del duque de Guise; y que ella misma, en compañía de su hijo, entró en la habitación de los enamorados y le propinó una soberana paliza a Margarita.

Después quiso obligar a Jeanne d’Albret a que acudiera a la corte, prometiéndole que no le haría ningún daño, lo que provocó la risa de Jeanne que, irónicamente, le respondió que jamás había tenido miedo de ella. No obstante acudió a visitarla y Catalina se empeñó en convencerla de que la boda era lo más indicado para ambas, prometiendo que su hijo podría seguir siendo hugonote. Inesperadamente, y cuando aún se hallaba en París, Jeanne enfermó y murió. Nada indicaba que hasta entonces su salud fuera a quebrarse y solo tenía 44 años, por lo que cundió la sospecha de que Catalina le había regalado unos guantes envenenados.

Enrique y Margarita se casaron de todos modos, en Notre Dame, en agosto de 1572, pero el matrimonio fue un fracaso y la propia boda se convirtió en una siniestra señal. Sólo tres días después, se dirigía Coligny a su residencia del Louvre, cuando recibió un disparo de arcabuz. Catalina le hizo una visita y le prometió castigar al culpable. Unos dijeron que la idea había sido suya, otros, que de los Guise y otros aún, que del Papa o de Felipe II, para acabar con la influencia del Almirante sobre Carlos IX, que le llamaba mon pére.

Dos días después, el 24 de agosto de 1572 se producía la terrorífica Masacre de San Bartolomé de cuyos horrores nos ahorramos la descripción. El hecho es que se dijo que, temiendo una venganza hugonote por el atentado contra Coligny, Catalina y su hijo, o su hijo y ella, decidieron adelantarse, eliminando a todos los líderes hugonotes, que en aquel momento habían acudido a París para la boda de Margarita y Henri. 

Todavía hoy no se sabe de quién procedió la idea, ni si Catalina la promovió por sí misma, o se vio obligada a aceptarla, o si fue instigada por la Corona de España, e inducida por el duque de Alba, que era partidario de aquel tipo de soluciones, o si fue su hijo, el rey, o si fueron los nobles católicos, pero la matanza fue tan brutal y sangrienta y duró tanto tiempo y se extendió a tantas ciudades, que sólo puede causar horror, incluso tras el paso de los siglos. 

Sin duda, Francia, o Europa en general, ha tenido reinas más nefastas, pero Catalina parece haberse ganado el título de la peor; su interés por mediar entre dos fanatismos religiosos, la hizo odiosa a ambos bandos según las ocasiones, a pesar de que nunca logró imponer sus principios de tolerancia. 

Michel de L´Hospital, abrió las puertas de su residencia a los que iban a matarlo, pero por alguna razón, no acabaron con su vida; que no obstante, se agotó por sí misma pocos días después, a causa del horror y la tristeza que le provocaron las interminables matanzas. El Almirante Coligny, todavía convaleciente de sus heridas, fue sacado de la cama y arrojado por la ventana. Se dice también que un caballero hugonote buscó refugio en las habitaciones de Margot Valois

En el dormitorio de Marguerite... Fragonard. Louvre

El 30 de mayo de 1574, moría Carlos IX, quien, habiendo enfermado gravemente tras los sucesos de San Bartolomé, también despertó rumores de envenenamiento, hasta el punto de que el célebre médico Ambroise Paré tuvo que practicarle la autopsia, determinando que había muerto de pleuresía. La Corona recaía entonces en su hermano, Enrique III que ocupaba el trono de Polonia hacía apenas unos meses. 

Henri III de Jean Decourt

Catalina urgió su presencia en París, asegurándole por carta, que si le ocurriera alguna desgracia, ella misma se enterraría con él. Enrique asumió la Corona, pero no mostró excesivo interés por ella. Practicaba ostensiblemente muchas acciones piadosas: oración, peregrinaciones, etc., aunque fundamentalmente se hizo célebre por el grupo de Mignons, que siempre le acompañaba y que a todo el mundo disgustaba a causa de su arrogancia y sus provocativas excentricidades, como usar joyas y atuendos femeninos, pero, sobre todo, por los ostentosos regalos y prebendas que recibían del monarca.

Henri se casó con Louise de Lorraine-Vaudemont en febrero de 1575, pero no tenía buena salud y nadie creyó que llegara a tener herederos, lo que animó a su hermano menor, François d’Alençon –conocido como Monsieur-, a comportarse como un verdadero traidor, aprovechando la previsible falta de futuro de su hermano y las revueltas civiles que continuaban. Parece que, en la infancia, la viruela le había desfigurado la cara y que padeció un problema de huesos que dificultó su crecimiento.

François, Duque de Alençon.

Así, en 1576, se alió con los hugonotes para presionar su hermano y Catalina tuvo que aceptar sus exigencias, otorgando el Edicto de Baulieu, igualmente conocido como la Paz de Monsieur, pues todo el mundo pensó que había sido él el inductor de su firma. Sin embargo, François pronto dejó de ser una amenaza; en 1584, tras una fallida intervención en los Países Bajos, murió de tuberculosis.

Catalina de Médicis y sus hijos.
Desde la izquierda: Alençon, Charles IX, Margot y Henri III.
Clouet, Studio. Col. Privée.

A pesar de que Catalina, bien buscando un acuerdo con los hugonotes, bien por previsión –vista la debilidad de sus hijos varones–, intentó, como ya hemos apuntado, casar a su hija Margarita con el Príncipe Carlos, entonces heredero de Felipe II y después con Sebastián de Portugal, sobrino, a su vez del rey de España, al final, llegó a un acuerdo con Enrique de Borbón, el heredero navarro, en agosto de 1572. El forzado matrimonio no funcionó y, diez años después de la boda –1582–, Margarita abandonaba a su marido. Catalina la convenció para que volviera, si no con Enrique de Navarra, sí al menos a sus territorios, y así, en 1585 se instaló en Agen, en Aquitania, con una pequeña pensión alimenticia otorgada por su madre. Más tarde se trasladaría a Carlac, en el Valle de Arán, muy cerca de la actual frontera entre Francia y España, donde vivió un romance con d’Aubiac, causando un escándalo que su madre trató de tapar, enviándola, de acuerdo con Enrique de Borbón, al castillo de Usson, en Auvergne, después de ejecutar al amante. Margarita permaneció 18 años en Usson en condición de quasi prisionera y ella y su madre no volvieron a verse nunca más. 

Marguerite. Estudio de Clouet. Musée Condé

Se dice que Margarita –Margot–, al igual que su marido, tuvo varios amores, entre ellos, Joseph Boniface de La Molle, que murió decapitado por atentar contra Carlos IX; Bussy d’Amboise; Saint–Luc; Champvallon; el citado Aubiac, condenado a muerte por ello; Vermont y, finalmente, Dat de Saint–Julien, que murió a manos del anterior.

En 1594 empezó a escribir sus Mémoires, en las que relata anécdotas y curiosidades de los reinados de sus hermanos Charles IX y Henry III y de su ex marido, Henri IV.

Ante la imposibilidad de dominar la voluntad de su hijo Henri como había hecho con sus hermanos, Catalina se propuso realizar de nuevo una tarea de carácter diplomático, a cuyo efecto, en 1578, ya con casi 70 años, emprendió un recorrido por el sur de Francia, en un intento de apaciguar a los líderes hugonotes. París la recibió a su vuelta con señales de aprobación por su esfuerzo. Pero Catalina sabía bien que aquel entusiasmo no estaba justificado; basándose en la experiencia y las observaciones de su viaje, volvió con la certeza de que la Guerra de los Tres EnriquesValois, Navarra y Guisa–, iniciada cuatro años antes, prácticamente no había hecho más que empezar. 

El 5 de enero de 1589 Catalina moría en el Châteu de Blois.

El asesinato de Henri III, seis meses después del fallecimiento de la reina madre, a manos del dominico Jacques Clément, sería, precisamente, la vía por la que Enrique de Borbón alcanzaría el trono de Francia. Enrique IV siempre dijo que Catalina había actuado de la mejor manera que le fue posible, siendo viuda, con hijos pequeños, cuya herencia debía salvaguardar, mientras dos poderosos partidos, Borbón -el suyo- y Guise, se la disputaban.

La octava y última guerra de religión no terminaría hasta 1598 con las firmas del Edicto de Nantes, que trató de equilibrar las diferencias religiosas, y la Paz de Verbins, por la que se zanjó el conflicto con España.

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Se cuenta que quince años antes de la muerte de Catalina, su astrólogo, Ruggieri, le había predicho que moriría cerca de Saint Germain. La Reina, que, sorprendentemente, creía en los augurios astrológicos, procuró mantenerse alejada de todo lo que le recordara siquiera el nombre de Saint Germain, así, por ejemplo, interrumpió la construcción del Palacio de las Tullerías, porque estaba enclavado en la parroquia de Saint Germain l’Auxerrois, instalándose en el que después sería el Hôtel de la Reine. Poco antes de morir, cuando un sacerdote acudió a darle la extremaunción, Catalina le pregunto su nombre, -Mi nombre es –respondió el sacerdote-, Julien de Saint-Germain.
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sábado, 14 de diciembre de 2013

AJEDREZ en la Corte de Felipe II

                   Sfida scacchistica alla corte del Re di Spagna –Luigi Mussini-.
Desafío ajedrecístico en la Corte del Rey de España.

A mediados de agosto de 1575, Felipe II aceptó –seguramente a propuesta de don Juan de Austria–, que se organizara un torneo de ajedrez en su residencia de El Escorial, al que fueron invitados los cuatro mejores jugadores de Europa; dos españoles: Ruy López, de Zafra, Extremadura, con Alfonso Cerón, de Granada, y dos italianos: Leonardo da Cutri y Paolo Boi, conocidos como Il Puttino –de corta estatura–, y el Siracusano. En esta final se enfrentan Ruy López y Da Cutri.

En la escena recreada por Mussini en 1886, da Cutri –junto al tablero y vestido de naranja–, se levanta, separando la silla enérgicamente con la mano izquierda, mientras con la derecha muestra al rey el tablero. Al otro lado de la mesa, con ropas talares, Ruy López, sigue estudiando la partida. 

Las reglas establecían que el campeón sería aquel que obtuviera tres victorias seguidas; Ruy López había ganado dos anteriormente al italiano, que, en esta ocasión, sin embargo alcanzó las tres consecutivas requeridas, que le convirtieron en campeón indiscutible. El premio fue tan notable como la ocasión: 1000 ducados; una capa de armiño y la exención de impuestos durante veinte años para la ciudad de Cutri, en Calabria.

A pesar de algunos pequeños aportes imaginativos, la pintura es relativamente fiel a la ocasión y, exceptuando a Fray Diego de Chaves, y a don Juan de Austria, que se encontraban en Italia por diferentes motivos, es muy probable que el resto de los personajes que aparecen retratados, estuvieran presentes efectivamente y, de ellos vamos a ocuparnos, aprovechando, precisamente, esta especialísima y rara ocasión, tan poco conocida excepto en el mundo del Ajedrez.


Así pues, tenemos ante nosotros, en primer lugar, al campeón español; subcampeón, en este caso, Ruy López. A su lado, de pie, el Duque de Lorena –con armadura, igual que don Juan de Austria, a la derecha, lo que constituye una de esas incoherencias a las que nos hemos referido–. Fray Diego de Chaves, Confesor y, a la vez, Consejero y colaborador del rey. A da Cutri, el campeón; le sigue Cristóbal de Moura, que parece hablar o escuchar al monarca, a cuya derecha, y, apoyando la mano en el brazo de su sillón, se encuentra su hija Isabel Clara Eugenia, a quien una doncella habla disimuladamente al oído. Catalina de La Cerda, Duquesa de Lerma, es la dama que aparece detrás del sillón en el que está sentada la reina, Anna de Austria. Finalmente, dos mayordomos, uno de los cuales habla con don Juan de Austria, quien, como hemos dicho, no podía estar presente y cuya armadura está asimismo, completamente fuera de lugar, máxime, sabiendo que era cuidadosísimo con su atuendo y una especie de árbitro de la elegancia.
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Rodrigo López de Segura -35 años a la fecha del campeonato, a pesar del aspecto que presenta en esta ocasión-.


(1540-1580) De su imagen sólo disponemos, curiosamente, por recreaciones en sellos de correos: Guinea Bissau, Kampuchea, Laos y Cuba.

Clérigo y gramático -Grammaticae institutiones, publicado en Lisboa, en 1563-, además de ajedrecista, es también confesor y consejero de Felipe II. A los veinte años viajó a Roma donde se celebraba el cónclave en el que se eligió a Pío IV y ya entonces derrotó a todos los italianos que quisieron medir sus fuerzas con él. Sólo un año después publicó en Alcalá de Henares su Libro de la invención liberal y arte del juego del Ajedrez, muy útil y provechosa para los que de nuevo quisieren deprender a jugarlo, como para los que ya lo saben jugar, en cuya primera parte hace un paralelismo entre el ajedrez y la guerra y ofrece múltiples consejos para distraer la atención del oponente/enemigo. En la segunda, expone, entre otras, la famosa técnica conocida como la apertura española, que también se llama apertura Ruy López y que aún se emplea. López llama trebejos a las piezas del juego.

A los 33 años había derrotado a todos los mejores, como Esquivel, Alfonso Cerón, Pedrosa, etc. Por esa época vuelve a Roma para visitar a Gregorio XIII y se enfrenta a da Cutri, ganándole en dos ocasiones, hasta que, en este torneo en El Escorial, en 1575, él mismo resulta derrotado por da Cutri.


El resto de su vida, hasta los 40 años vivió en la corte de Felipe II como maestro de ajedrez y consejero. Se dice que solía llevar una cadena de oro de la que colgaba una torre de ajedrez, regalo del monarca.

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Carlos III, Duque de Lorena –Charles, Duc de Lorraine -32 años a la fecha del campeonato-.

Nacido el 15.2.1543. Sobrino de Felipe II. Es hijo de Francisco I duque de Lorena y de Cristina de Dinamarca, hija, a su vez, de Isabel de Austria, hermana -menos conocida- de Carlos V, casada con Christian II de Dinamarca; un matrimonio frustrado desde el principio, pues el danés siempre antepuso a su amante Diveke Sigbritsdatter. Cristina, y el I Duque de Lorena, son los padres del tercer Duque, el de la partida de ajedrez.

Isabel de Austria, (de Jan Gossaert) hija de Juana I de Castilla y Felipe El Hermoso y Cristina de Dinamarca, su hija, (de Michiel van Coxcie).

Charles de Lorraine y Claude de Valois, su esposa, –hija de Henri II y Catalina de Médicis– que falleció de parto el mismo año de la partida de ajedrez (a los 27). Biblioteca Nal. de Francia.

Charles sucede a su padre en 1545, con regencias hasta 1552, cuando el rey de Francia, Henri II, retira la regencia a su madre, lógicamente partidaria de la Casa de Austria –se había criado en Malinas, con Carlos V y sus hermanas–, así como la custodia de su hijo, de 9 años, a quien lleva a educar a la Corte y a quien casa, a los 16 con su hija menor, Claude, permitiéndole entonces, volver a sus estados. Poco después muere el monarca en un torneo con el que se celebraba la boda de su hija Isabel de Valois, hermana mayor de Claude, con Felipe II.

Charles siempre intentó mantenerse neutral frente al Imperio, porque sus territorios eran paso obligado de  tropas, tanto las de apoyo a los hugonotes alemanes, como las españolas que se dirigían a los Países Bajos.

Su afinidad con Felipe II se estrechó, especialmente, a la hora de tomar partido, en medio de las terribles Guerras de Religión en Francia. Católico convencido, cuando el nuevo rey de Francia Henri III, casado con una prima de Charles –Louise de Lorraine Vaudemont–, firmó la Paix de Beaulieu con los Hugonotes –unos meses después de la partida de ajedrez–, aunque Charles aún no formaba parte de la Liga Santa, encabezada por sus primos los Guise, acogió a sus representantes en sus territorios.

En 1589, Henri III era asesinado después de designar a Henri IV de Navarra como sucesor, a condición de que se hiciera católico, algo que nuestro Duque Charles no quiso aceptar, por lo que aprobó la promoción de su propia candidatura como católico descendiente de los Carolingios.  En realidad, el ordinal que le correspondía era, Charles II, pero los genealogistas de la familia intercalaron a Charles, Duque de Baja Lotaringia entre sus ancestros del siglo X, a fin de justificar un origen carolingio, que lo situaba en la línea de sucesión real. Finalmente, se unió a la Liga Santa.

Declarada la guerra, la paz no vuelve hasta que el nuevo rey se convierte y es coronado en Chartres en 1594 y tras la boda de Catherine, hija del nuevo rey, con Henri de Bar, hijo mayor y heredero de Charles de Lorraine.

Murió el 14 de mayo de 1608, a los 65 años y sus funerales fueron una de las ceremonias más fastuosas y sonadas de su tiempo, similar en grandeza a las de la coronación del Emperador.

Funeral del Duque de Lorena en Nancy

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Fray Diego de Chaves -68 años en la fecha de la partida, el de más edad de los presentes-.

Fray Diego de Chaves, nacido en Trujillo el 6 de julio de 1507, era dominico desde los 18 años. Estudió Artes y Teología en Salamanca. Como Doctor en Teología intervino en la segunda etapa del Concilio de Trento (1551-1552) colaborando con Melchor Cano en los debates sobre la confesión, tras lo cual, reanudó sus clases en Salamanca.

En 1555 obtuvo una Cátedra en la Universidad de Santiago de Compostela y fue prior del convento de Dominicos de la misma ciudad. En 1559, ya como Prior en Toledo, fue cuando entró en contacto con la Corte y con Felipe II, que en 1563 lo nombró Confesor de su heredero, el Príncipe Carlos.

En 1572 viajó de nuevo a Italia, en esta ocasión, para participar en el proceso del  Cardenal Carranza, siendo él uno de los firmantes de las descalificaciones a los Comentarios sobre el catecismo cristiano, así como de la censura de la traducción del Catecismo Romano, llevada a cabo por el Arzobispo. 

Parece algo complicado que se encontrara presente en la transcendental partida de El Escorial, pues el proceso contra Carranza, no terminó hasta el año siguiente; parece que el dominico permaneció en Italia hasta el verano de 1577 y que, sólo unos meses después  fue nombrado confesor real.

No obstante, hacía años que Chaves colaboraba íntimamente con el monarca; de hecho, participó de forma muy activa en la especie de proceso secreto que se llevó a cabo contra el Príncipe Carlos y que lo condujo a su encierro definitivo y a la muerte. Chaves custodiaba los papeles relativos al caso, ya que hubo órdenes escritas de Felipe II, por las que, tras su muerte, mandaba que todos los papeles que se encontraran en su celda, fueran quemados ante testigos, sin leerlos. Más tarde, también participó en el proceso, asimismo, quasi secreto, contra Antonio Pérez, de modo que, tras la quema de los documentos, que parece se hizo efectiva al pie de la letra, él fue el penúltimo conocedor de lo ocurrido, tanto en el caso del Príncipe como en el del Secretario.

Dada su intimidad con el monarca, su presencia en la velada de ajedrez, hubiera sido perfectamente lógica, si no fuera por la coincidencia de fechas con el proceso de Carranza.
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Giovanni Leonardo Da Cutri, 1552 – 1597 -23 años cuando ganó el Torneo de El Escorial-.

Apellidado Di Bona, nacido en Cutri, y también conocido como  Il Puttino, tiene una biografía muy novelesca, si son ciertas las aventuras que se le adjudican, pero, sobre su maestría y dominio del arte del ajedrez, no cabe la menor duda; aunque no se sabe nada más con seguridad.  


Al parecer, algún tiempo antes del campeonato que nos ocupa, un hermano suyo fue hecho cautivo por piratas sarracenos; da Cutri propondría a su secuestrador que se jugara la libertad del cautivo al ajedrez. Da Cutri, no sólo lograría así la liberación del hermano, sino también, una buena recompensa, debida a la admiración que provocó en su adversario.

Cuando volvió a Italia después de su célebre partida en El Escorial, supo que su esposa había muerto, lo que le animaría a presentarse en la corte de Portugal, entonces bajo el cetro del joven rey Sebastián, del cual, también obtuvo grandes recompensas gracias a su extraordinaria habilidad.

Después de sus productivas aventuras, cuando finalmente decide volver a su país, se dice que murió a los 45 años, asesinado por un mal perdedor.

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Cristóvão de Moura e Távora, 1538. –37 años en la fecha de la partida.


Moura era un fidalgo portugués, que de niño sirvió como menino a la princesa doña Juana –hermana de Felipe II-, entonces casada con el heredero de la Corona de Portugal, Juan III. En 1554 volvía la princesa a Castilla, ya viuda, dejando en la corte a su hijo Sebastián, a quien nunca volvió a ver. Con ella llegó Moura a la Corte, donde continuo su servicio junto a la princesa y fue nombrado Gentilhombre del príncipe Carlos, el hijo de Felipe II. La corte portuguesa propuso la boda de Sebastián con Isabel Clara Eugenia, pero corrían rumores sobre la salud de aquel heredero, que indujeron a Felipe II a enviar a Moura a indagar sobre el asunto; sea como fuere, aquella boda ni siquiera llegó a plantearse oficialmente.

Cuando Sebastián se propuso emular las hazañas de su antepasado Alfonso el Africano, pidió ayuda a Felipe II, quien le envió a Moura para que se informara de los detalles de su proyecto de invasión en el norte de África.

Como sabemos, aquel intento resultó desastroso; don Sebastián, desapareció/murió en Alcázarquivir, junto a sus principales caballeros y los que salvaron la vida, volvieron arruinados por el pago del rescate. Se abría así el problema de la sucesión en aquel reino, para la que Felipe II se consideraba con mejor derecho que cualquier otro pretendiente. Al efecto, envió de nuevo Moura para que con unos sobornos aquí y unas amenazas allá, pusiera a la corte obediente a los deseos de su señor; algo que logró, pero sólo entre la nobleza y el clero. El duque de Alba se encargaría de doblegar al pueblo: cosa difícil, según Moura, por el odio general que tienen á Castilla.

Sus secretas tareas, en fin, le hicieron ganarse la confianza de Felipe II, a quien sirvió con una lealtad ciega, llegando a formar parte de sus famosas Juntas de Noche, por lo que el rey, poco antes de morir, recomendó encarecidamente a su hijo que contara con él. Pero Felipe III, que llegó al trono de la mano de su propio confidente, el duque de Lerma, no valoraba mucho a Moura, puesto que formó parte del íntimo grupo que había asegurado a Felipe II que su heredero no servía para reinar. Por respeto a la voluntad de su padre, Felipe III lo nombró Virrey de Portugal, alejándolo así de su Corte, sin causarle excesivos perjuicios.

Tras una vida al servicio de Felipe II, siempre manteniéndose en un discreto segundo plano y manteniendo buenas relaciones con todos, aún cuando estos fueran enemigos entre sí, murió don Cristóbal en 1613.

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Isabel Clara Eugenia, 1566-1633 -9 años en el momento de la partida.


La hija mayor de Isabel de Valois –tercera esposa de Felipe II, fallecida siete años antes de la partida de ajedrez-, aparece con vestido y tocado similar al del retrato de Sánchez Coello de 1579, que se conserva en el Museo del Prado. 

Como descendiente Valois, Felipe II pretendió para ella el trono de Francia, al agotarse en 1589 aquella dinastía, tras la muerte, ya citada, de todos los hermanos de su madre. Pero la Ley Sálica impidió que se plantearan siquiera sus reclamaciones, y además, Isabel de Valois, había renunciado a todos sus derechos a aquella corona en los acuerdos previos a la boda con Felipe II.

Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. Alfonso Sánchez. 1568-1569.
Monasterio de las Descalzas Reales

Ella y su hermana Catalina Micaela eran muy pequeñas cuando murió su madre, y siempre estuvieron juntas y muy unidas, por lo que sorprende que no aparezca Catalina en la velada del campeonato, ya que eran las dos de edad muy similar y nunca se separaron hasta la boda de esta última.

Isabel Clara Eugenia permaneció al lado de su padre hasta el día en que este falleció, dejando dispuesta su boda con el Archiduque Alberto de Austria, su primo, previa renuncia de este al Cardenalato, y nombrando a ambos Gobernadores de los Países Bajos.

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La Duquesa de Lerma, Catalina de la Cerda. 1551–1603. -24 años en 1575.


Fragmentos de un retrato realizado por Pantoja de la Cruz en 1602. 
Col. Medinaceli. Casa Pilatos. Sevilla.

Lo cierto, es que doña Catalina aún no era Duquesa de Lerma, pues no se casó con el Duque hasta el año siguiente, el cual, en aquel momento tampoco era sino Marqués de Denia, ya que el ducado lo recibió en 1599, de mano de Felipe III. Catalina se encontraba en la Corte en condición de dama de la reina Anna de Austria.

Llama la atención el colorido de su vestimenta durante la partida, que al igual que la de la reina, rompe con la austera norma implantada en la Corte de Madrid, tras la muerte del Príncipe Carlos y de Isabel de Valois, por lo que encajaría mucho más la ropa de la pintura de Pantoja de la Cruz, realizado veinticinco años después del evento ajedrecístico.

Al igual que el señor Moura, doña Catalina permaneció siempre en un discreto segundo plano, sin la menor semejanza con la descomunal y enfermiza vanidad de su marido, el imprescindible favorito de Felipe III, quien llegó a utilizar el cadáver de su esposa como una elemento más para satisfacer su estúpida necesidad de vanagloria y su incontrolable ansia de ostentación.

El duque había encargado a Pompeo Leoni que modelara para su propio monumento funerario, dos esculturas doradas similares a las que en El Escorial representaban a Carlos I y Felipe II con sus respectivas esposas, haciendo que fueran colocadas en la capilla mayor de San Pablo de Valladolid. Cuando murió doña Catalina, el Duque organizó un entierro a la altura de la realeza, al que debía asistir toda la corte, que, como sabemos, en aquel momento, tenía su sede, precisamente, en Valladolid. Pero, he aquí que su esposa falleció en Buitrago de Lozoya, a 170 kilómetros de la Corte, camino que emprendió el cortejo, en el mes de julio, para no defraudar los planes de Lerma. En consecuencia, mucho antes de llegar a la ciudad, parece ser que los restos de la duquesa, ya despedían un olor insoportable, lo que Lerma sintió como una amenaza para sus planes de gloria y lucimiento personal, aunque en ningún momento se planteó renunciar a ellos.


Así pues, en cuanto el cortejo fúnebre llegó a la ciudad, Lerma hizo que los restos descompuestos de la duquesa se llevaran en secreto a San Pablo, donde fueron enterrados en secreto aquella misma noche.

El día siguiente, sin la menor dificultad, se llevó a cabo la ceremonia del entierro oficial, previo su recorrido por la ciudad, con objeto de que todo el pueblo expresara su duelo; formaban el cortejo, la Grandeza de España; la más alta jerarquía eclesiástica y la nobleza presente en Valladolid, todos los cuales ignoraban que acompañaban un féretro cargados de piedras. Pero el fatuo Duque de Lerma tuvo su imprescindible hora de gloria. A todo esto, doña Catalina había expresado claramente su voluntad de ser enterrada en Medinaceli.
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La reina Anna de Austria -26 años en la pintura de Mussini.

                           Sánchez Coello

La cuarta esposa de Felipe II era la hija mayor de su hermana María. Nacida en Cigales, Valladolid en 1549, cuando sus padres –María y Maximiliano-, regentaban el reino en nombre de Felipe II, que la debió conocer a su regreso de Inglaterra, tras la muerte de María Tudor. Felipe se casó con Anna a finales de 1570 dos años después del fallecimiento de Isabel de Valois. 

Se diría que está llorando y no sorprendería, porque su hijo Carlos Lorenzo había fallecido unos días antes, sin llegar a cumplir tres años.

Una vez en su vida contradijo la voluntad de su esposo. Cuando Felipe II esperaba en Badajoz noticias sobre la actividad del duque de Alba en Lisboa, tras las muerte del rey Sebastián, sufrió una gripe, que, al parecer, lo puso a las puertas de la muerte. Anna logró que el Secretario le revelara el contenido de su testamento, temiendo que no sería nombrada regente por su hijo, Felipe III, como así fue. Pero, he aquí que el rey se recuperó y, aunque no sabemos cómo reaccionó con respecto a su esposa, cesó fulminantemente al Secretario. Poco después, la gripe alcanzó a su vez a la reina, que moría por esta causa.
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Al igual que ocurre con Felipe II, la biografía de don Juan de Austria –alrededor de 30 años en aquel momento-, es suficientemente conocida, por lo que tampoco le prestaremos atención en este momento, sabiendo asimismo, que era prácticamente imposible su presencia en el torneo. El rey le hizo enviar una carta, fechada el 22 de agosto, en la que le informaba del resultado del campeonato y le felicitaba por ello, lo que nos lleva a corroborar, primero, que no se halló presente en el mismo y, segundo, que es posible que la idea de celebrarlo hubiera sido suya, pues llevaba ya algún tiempo en Italia, sin conseguir más encargo por parte del rey, que dejar pasar el tiempo, por lo que, seguramente fue él quien primero tuvo noticia de da Cutri y tal vez él mismo quien se encargó de invitarlo a viajar a España.

Lo más probable es que aquellos días estuviera ocupado armando una flotilla que, desde Nápoles, debía venir a España el mes siguiente, para recoger los fondos que finalmente se le habían concedido después de reclamarlos mil veces. El dato es importante, porque en aquella flotilla viajaba Cervantes, que volvía a España cuatro años después de la hazaña de Lepanto. 

El 26 de septiembre, un mes después de la partida de ajedrez, la galera Sol, en la que viajaba el escritor, fue apresada, ya a la vista de la costa catalana; Cervantes fue hecho prisionero, o cautivo, y llevado a Argel.

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Luigi Mussini. 1813-1888. Autorretrato

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