martes, 27 de marzo de 2012

CERVANTES EN LA CÁRCEL. PROCESO EZPELETA (y II)


Estamos ante la casa de dos pisos, divididos en cuatro viviendas o cuartos, y un ático, donde viven más de veinte personas, de la mayoría de las cuales sabemos con cierta exactitud lo que estaban haciendo a la hora en que don Gaspar de Ezpeleta pidió auxilio desde la calle.


Miguel de Cervantes, que tiene más de cincuenta años, vive en el cuarto primero de la izquierda, estaba acostado y, hacia las once, oye ruido y voces en la calle. Le llama Luis de Garibay, se levanta y sale a la escalera. Luis de Garibay le dijo que le ayudase a subir a un hombre que venía herido. Así lo hizo, y estaba presente cuando llegó el cirujano.

Luisa de Montoya. Es viuda del Cronista Esteban de Garibay y Zamalloa; tiene más de cuarenta años y vive en el primer cuarto de la derecha.

El lunes por la noche fue a rezar a San Llorente y, a la vuelta, sobre las once, vio a un hombre embozado, un poco más arriba del puente de madera. Ella es corta de vista y no puede dar detalles, pero recuerda que su hijo don Esteban, que es clérigo, le dijo: quisiera tener una ballesta para tirarle.


Esteban de Garibay. Hijo de Luisa de Montoya que tiene doce años y medio. Hacia las diez o las once, oye gritos en la calle: ¡Cuchilladas, cuchilladas!, se asoma y, a la puerta ve a un hombre pidiendo socorro. Después actúa como ha dicho su madre, aunque añade que, cuando bajó a auxiliar al herido, le acompañó su hermano don Luis.


Isabel de Islallana. Tiene veinte años y es criada de doña María de Argomedo (segundo, a la derecha) desde hace cuatro meses. La noche del lunes, 27, día del duelo, entre las once y las doce, se quedó sin agua, cogió un cántaro para ir a la fuente de Argales, en la Puerta del Campo, y dio un cuarto a un pícaro para que se lo trajese a la vuelta. Cerca del Hospital de la Resurrección vio a un hombre embozado en la esquina, que se le acercó y le pellizcó diciéndole que si se quería ir con él. Ella le dijo que se fuera al diablo. Entonces él la llamó por su nombre y supo que era don Gaspar, al que conocía por haberle visto en casa de sus amas. Él insistió, pero ella no hizo caso y siguió adelante a por el agua mientras él se iba calle abajo hacia el Rastro.


Doña Magdalena de Sotomayor. Es hermana de Miguel de Cervantes y vive en el mismo cuarto que él. La noche del lunes había ido con doña Luisa y don Esteban Garibay a rezar a Nuestra Señora de San Llorente. A la vuelta, vieron a un hombre embozado hacia el río, pero ella es corta de vista y no puede dar detalles. Estaba ya en su aposento –aún no había acabado de quitarse el manto– cuando oyó decir: –¡Cuchilladas, cuchilladas!-, y empezaron a ladrar los perros y a alborotarse. Abrió la ventana, pero no vio a nadie, aunque oyó una voz que decía: –¡Válgame Dios!- y ella respondió: –¡Él te valga!-.  Después salieron de casa de doña Luisa y subieron a don Gaspar, que iba diciendo: –¿No habrá quien socorra a este caballero, que le han muerto?-. Luego le curaron y vino el Alcalde.

Doña Gerónima de Sotomayor. Casada con Rodrigo Montero, Continuo de los del Duque de Lerma. Vive en el cuarto de doña Juana Gaitán –segundo, a la derecha– y tiene veintitrés años.
La noche del lunes, queriéndose ya acostar, oyó una vez que dijo: –¡Válganme aquí, que me ha muerto un traidor!-. Se asomó, pero no vio a nadie.

Isabel de Ayala. Viuda del doctor Espinosa. Es beata y tiene más de cuarenta años. Vive en el ático. La noche del lunes 27 estaba en casa de otro vecino y no se enteró de la pelea.

Andrea de Cervantes. Vive en el cuarto de Cervantes, su hermano. Es viuda. Fue mujer de Sante Ambrosio, florentín, pero antes estuvo desposada y concertada con Nicolás de Ovando. Tiene cincuenta años.
El lunes, entre las once y las doce oyó una voz en la calle: –Señores ¿no habrá quien tenga caridad de un caballero que le ha muerto un ladrón?-. Y le subieron a casa de doña Luisa.

Doña Isabel de Saavedra. Es hija de Miguel de Cervantes, en cuya casa vive con doña Andrea y doña Magdalena, sus tías y doña Constanza, su prima. Tiene veinte años y es doncella.


Catalina de Aguilera. Edad, veinte años. Estado, doncella. Es sobrina de doña Juana Gaitán y vive en el cuarto de esta; segundo a la derecha. El lunes por la noche estando en su cuarto y a mitad de que había empezado a cenar, su criada, llamada Mencía, se asomó a la ventana porque oyó ruido. Ella también se asomó, pero no oyó ni vio nada. Luego supo que había un herido en casa de doña Luisa y bajó a verlo.

Doña Luisa de Ayala. Doncella de veintidós años. Vive en el cuarto de Juana Gaitán, su huéspeda. El lunes por la noche estaba cenando, cuando una criada se asomó a la ventana, ella también lo hizo y oyó a don Gaspar –a quien conoce de haber visitado a su huéspeda-, que decía: -Señores ¿no hay caridad para un caballero, que le han muerto? Luego vio que le metían en el aposento de doña Luisa.

Doña María de Argomedo. Viuda de Alonso Enríquez. Treinta y cinco años. Vive en el cuarto de Juana Gaitán. A don Gaspar –a quien conocía de vista de tres meses antes, porque había ido a dar el pésame a doña Juana por la muerte de su marido-, le oyó gritar la noche del lunes: -¿No hay quien socorra a un caballero que le ha muerto un ladrón? Bajaron los hijos de doña Luisa y le subieron, según ha oído decir, porque ella no lo vio.

Doña Juana Gaitán. Tiene más de treinta y cinco años y es viuda de Pedro Lainez. Segundo a la derecha. La noche del lunes oyó gritar desde la calle: -Señores ¿no hay caridad para un caballero? Sólo después, cuando le llevaron a casa de doña Luisa, supo que se trataba de don Gaspar, a quien conoció en Madrid, hacía ya catorce años y además la había visitado tres meses antes para darle el pésame por su marido.

Todos han oído gritar a don Gaspar de Ezpeleta, la mayoría lo ha visto, ya herido, pero nadie sabe por qué se batió ni quién le hirió. 


El Alcalde Villarroel, tras interrogar en vano al herido, hace registrar sus pertenencias, entre las cuales se encuentran algunos objetos, que podríamos decir, de uso habitual, como un rosario, una bolsita con reliquias, llaves, pedernal, eslabón, yesca y, en dinero, 72 reales. Pero en sus bolsillos y calzas había otras cosas, de las que, cuando menos, diríamos que no eran nada comunes: 


Por una parte, dos sortijas pequeñas de oro, una con diamantes pequeños, que es unas memorias que se parten en tres partes, y la otra, de tres esmeraldas


Por otra, se halló en las calzas un papel doblado hecho billete, escrito toda una cara, el cual, sin leerle ninguna persona, tomóle dicho señor Alcalde en su poder.


La causa de la pelea parece empezar a aclararse a partir del momento en que un hombre de veinticinco años, Martín Corroza, criado del marqués de Falces, declara que  Ezpeleta se hospedaba en una casa de la calle de los Manteros y que tiene dos pajes y un lacayo.

Francisco Camporredondo. Es uno de los pajes de Ezpeleta. Tiene 19 años.
La noche de la pelea a eso de las diez, don Gaspar le pidió su capa y se la llevó puesta.
-Don Gaspar ha tratado y trata amores con una mujer casada –cuyo nombre y dirección declara, aunque no aparece-. 

Según Camporredondo, el marido lo supo y, entonces hubo entre él y Ezpeleta, sus dares, tomares y pesadumbres, porque don Gaspar entraba y salía de la casa con toda libertad y muchas noches dormía allí. Personalmente, no sabe lo que harían allí los dos, pero sus amores los conocían todos los criados.


-¿Sabe si alguien había amenazado a don Gaspar, o él recelaba de alguien de aquella casa?

-Sí, recelaba de cierta persona –también da el nombre, pero tampoco aparece-; aunque luego se les ha visto amigos. Pero la mujer tiene cuñados y deudos principales, que sabían de sus liviandades y libertades, además de que don Gaspar acostumbraba a salir sólo y armado.
-¿Sabe quién le hirió?
-No. Pero sólo ha podido ser alguien de la casa de la mujer que he dicho.

Andrés Ramón. Lacayo de Ezpeleta. 19 años.
-Don Gaspar suele ir a una casa hacia la Puerta de san Esteban; no sé a qué va, pero un escudero de esa casa le lleva y trae recados.

El día 29 a las seis de la mañana fallecía don Gaspar de Ezpeleta.

Ese día, el Alcalde recibe un aviso de parte de Juana Ruiz, la casera de don Gaspar quien asegura que sabe alguna cosa en razón de las heridas de don Gaspar. Juana Ruiz se encuentra enferma de tabardillo, por lo que Villarroel le manda a los alguaciles Francisco Vicente y Diego García para que le tomen declaración.

Al llegar a la casa, doña Juana acababa de recibir la comunión. En su aposento hay una mujer –que parecía persona de calidad- con dos criadas, y todas van tapadas. Preguntan a la mujer cómo se llama y que hace allí.
-No tienen necesidad de saberlo –responde ella. Ante su actitud, Diego García le ordena que espere allí mientras él va a informar al alcalde. Entre tanto, el otro alguacil procede a escuchar la declaración de Juana Ruiz.

***

El Alcalde mandó al alguacil Diego García que llevara ante él a la mujer tapada, de modo que aquel volvió a la calle de los Manteros y junto con Francisco Vicente, acompañaron a la dama a casa de Villarroel. El alcalde estuvo un rato a solas con ella y después llamó al escribano para que anotara su declaración después de tomarle juramento.
-¿Cómo se llama?
-Ya se lo he dicho al señor Alcalde.
-¿Qué hacía en casa de Juana Ruiz en la calle de los Manteros?
-Pasaba por la calle cuando vi que llevaban el Santísimo Sacramento y entré en la casa a donde lo llevaron. Después me quedé a visitar a la mujer enferma que lo había recibido. Entonces llegaron dos alguaciles que me preguntaron quién era y querían que me descubriera. Yo les dije que soy mujer principal y por eso me han traído aquí. Esto es lo que pasó y nada más y es la verdad para el juramento que he hecho.

Declaración del Alguacil Diego García. Fuimos a la calle de los Manteros a tomar declaración a Juana Ruiz, huéspeda de la casa donde residía don Gaspar de Ezpeleta. Cuando llegamos, acababan de darle el Santísimo Sacramento y de su aposento salió una mujer con dos criadas, tapadas todas. Al quererlas identificar y que se descubrieran, la mujer dijo que era persona principal y que no lo había de hacer. Fui a informar al Alcalde Villarroel que me mandó que las llevase a las tres ante él.

a) ¿Mentirían los dos Alguaciles compartiendo además sus falsedades con la dueña de la posada de don Gaspar de Ezpeleta?
b) Si don Gaspar había entregado las sortijas a los dos frailes, ¿por qué estaban en su poder el día que fue herido?
c) Si los criados de Ezpeleta, la casera de don Gaspar y los dos Alguaciles habían proporcionado pistas tan claras sobre las posibles causas del duelo del caballero, ¿por qué el Alcalde Villarroel decidió ignorarlas?
d) ¿Por qué el mismo Alcalde se guardó, sin más diligencias, la carta hallada en las calzas de Ezpeleta?

Por extraño que parezca, el señor Villarroel ignoró por completo todas las declaraciones y pruebas relativas a la mujer tapada, pero como, al parecer, debía presentar algún resultado, decidió atender a otras que le inspiró la maledicencia, por las cuales Cervantes se vio legalmente implicado, entonces, en un asunto con el que seguramente, nunca tuvo nada que ver y, posteriormente, cuando apareció la documentación del proceso, en el que aparecía, si no implicado, sí muy comprometido.
Repasamos lo sabido hasta ahora.

El 27 de junio de 1605, a eso de las once de la noche, el señor Licenciado Cristóbal de Villarroel, Alcalde de Casa y Corte tiene noticia de que en las casas nuevas que están junto al Rastro nuevo, había un caballero muerto o herido, por lo que se dirige allí en compañía de dos alguaciles y un escribano. En la casa se encuentra el Marqués de Falces, que identifica al herido, del cual era gran amigo.
Villarroel procede a los siguientes interrogatorios.
-Don Gaspar de Ezpeleta.
-Miguel de Cervantes.
-Doña Luisa Garibay.
-Martín Corroza, que es repostero del marqués de Falces.
-Juan Gallardo, criado del mismo.
-Francisco Camporredondo, criado de Ezpeleta.
-Pablo Bravo de Sotomayor, de doce años, pasaba por la calle y vio a los dos hombres que venían acuchillándose, y vio que uno de ellos cayó al suelo, que venía corriendo y dijo: -¡Ah, ladrón, que me has muerto!-, y se fue a avisar a su tío, don Gonzalo Bravo de Sotomayor, que era clérigo, que fue a donde estaba el herido y le confesó.
-Don Esteban de Garibay.
-Pedro Díaz, vecino del Rastro Viejo. Oyó ruido de cuchilladas, se asomó a la ventana y vio a un hombre que huía por el puente hacia el Hospital de la Puerta del Campo.
-Andrés Ramón, criado de Ezpeleta. Lacayuelo de 18 años.
-Andrés Gasco, Tratante del Rastro. Se acostó pronto, porque al día siguiente tenía que madrugar para ir a Tordesillas; no vio nada, ni oyó nada, ni sabe nada.
-Antonio Bagona. Vecino del Rastro, de más de treinta años. No sabe nada.
-Martín de Encabo. Vecino del Rastro, de más de cuarenta años. No sabe nada.
-Dionisio Gutiérrez. Tratante del Rastro. Treinta años. No sabe nada.
-Francisco Nissartas. Cochero de los Príncipes de Saboya. Vecino. Treinta años. No sabe nada.
-Jusepe Trujillo. Vecino del Rastro Viejo. Veintiocho años. No sabe nada.
-Alonso Ruiz. Vecino de más de veinticuatro años. No sabe nada.
Ya que amanecía, terminó la primera tanda de interrogatorios, pero antes de retirarse, mandó el Alcalde que los Alguaciles fueran por todas las iglesias, para saber si había en ellas algún retraído y a los hospitales, para informarse si los cirujanos han curado a algún herido de espada.
Se notifica el auto al alguacil, a las cuatro de la mañana de hoy martes veintiocho del presente.
El mismo día vuelve el Alcalde a interrogar a Ezpeleta, quien no contestó más de lo que ya había dicho, intentándolo por tercera vez, a las siete de la tarde, con el mismo resultado.

De la búsqueda en iglesias y hospitales, ni se supo ni se entendió nada.


A la vista de este desenlace y basándose en sus anónimas informaciones, el día 29 Villarroel inicia una nueva ronda de interrogatorios.

En primer lugar, declaran aquellos que se hallaron a la muerte del caballero, por si hubiera hecho alguna declaración, pero no hay ninguna novedad:

–Luisa de Montoya.
–Magdalena de Sotomayor.
–Sebastián Macías, el cirujano.
Se lleva a cabo el embargo de los bienes del difunto y se asienta su inventario. Todo se deja en depósito a Juana Ruiz, su casera  y se procede a hacer pública la licencia para que se efectúe el entierro en el lugar y condiciones que don Gaspar dejó estipulado mediante un codicilo.
Hecho todo esto, Villarroel procede a interrogar a los testigos que considera convenientes, con vistas a averiguar, no ya lo relativo al duelo y muerte de Ezpeleta, propiamente, sino la conducta de aquellas mujeres de la casa, de las que alguien le ha hablado.

ESTEBAN DE GARIBAY.
–En el segundo a la izquierda, sobre el cuarto de Cervantes, vive doña Mariana Ramírez con su madre y unas niñas pequeñas. Allí entra don Diego Miranda, con quien trata y está amancebada, y ha estado preso con ella y todavía entra y sale. 


En el cuarto alto que cae encima del de mi madre, vive Juana Gaitán y Luisa y María de Argomedo y allí he visto entrar a don Gaspar de Ezpeleta. También he visto al duque de Pastrana y al conde de Cocentaina y de ello hay nota y murmuración. Por último, en el cuarto de las Cervantas entran, Agustín Raxio y el portugués Simón Méndez. 


[Conviene recordar que este testigo tiene poco más de doce años de edad.]

MARÍA DE ZEBALLOS.
–La criada de la casa de Cervantes es, quizás, la testigo más discreta de todos. Por ella sabemos que en la casa viven Cervantes, su mujer y una beata que se llama doña Magdalena (parece desconocer su parentesco con el escritor), y doña Isabel, que es hija del dicho Miguel y doña Constanza, que es sobrina. En el cuarto del lado vive doña Luisa de Montoya, viuda, y sus hijos y, en lo alto, otras señoras que no sabe cómo se llaman. Ella no ha visto entrar ni salir a nadie en la casa, porque sólo atiende a sus tareas.


Obsérvese que casi todas las mujeres en la casa son doñas, -aunque aquí no lo repitamos contínuamente-, como la mayoría de los vecinos y vecinas, exceptuando a las criadas y a Cervantes, a quien a lo largo de todo el proceso, jamás se le trata de “don”.

CATALINA DE REBENGA. Criada de doña Luisa de Montoya.

-Doña Constanza -declara- es hija de Andrea, la hermana de Cervantes, que es viuda y. En el cuarto de Cervantes entran personas, de día y de noche, pero no sé como se llaman, ni si son parientes o no.


En el cuarto de arriba de doña Luisa, posan, doña Juana Gaitán, doña María de Argomedo, doña Catalina de Salazar,  y Montero, con su mujer, que se llama Gerónima y, en esa casa no he visto entrar a nadie. Sin embargo, en el cuarto que hay sobre el de Cervantes, vive doña Mariana Ramírez con sus hijas, niñas pequeñas, y en su casa sí entra un hombre que se llama don Diego, que dice que se va a casar con doña Mariana, pero aun así, ha habido y hay murmuración. No sé más sobre este negocio.


ISABEL DE ISLALLANA.
Es la criada de María de Argomedo. (La que iba a la fuente el día de autos).
–¿Qué persona entiende, de las que visitan a sus amas, en quien puedan concurrir las señas del hombre al que vio envainando la espada?
–Ninguna. Yo sólo he visto al duque de Pastrana, al conde de Cocentaina y otros caballeros.
–¿Y en casa de Cervantes?
–Al señor de Higares, que no sé a qué va, pero ayer por la noche le vi hablando con una señora de esa casa, a la ventana que da a la calle.


MAGDALENA DE SOTOMAYOR.
(Hasta la fecha, ignoramos por qué se hace llamar Sotomayor). Declara que no conoció a don Gaspar hasta la noche que fue herido.
–¿Cómo dice no conocerle, cuando en su testamento le deja un vestido de seda?
–No lo sé, pero será por haberle cuidado por caridad.
–Pero, si profesa hábito de beata, ¿no se lo habrá dejado para que se lo entregue a otra persona?
–No entiendo ni sé por qué lo hizo.
–¿Entraba don Gaspar en los aposentos de sus sobrinas doña Isabel y doña Constanza?
–Nunca le vi, como tengo dicho, ni a él ni a nadie.
–¿Y en la casa, quién entra?
–Don Hernando de Toledo, el señor de Higares, una o dos veces, a visitar a mi hermano Miguel de Cervantes y Simón Méndez.


DOÑA LUISA DE MONTOYA.
–Personalmente nunca había visto a don Gaspar, pero mi hijo don Esteban, dice que le ha visto en el aposento de doña Juana Gaitán, doña María de Argomedo y sus sobrinas y hermana. Yo he oído que también entran otros caballeros, sobre todo, el duque de Pastrana y el conde de Cocentaina, que venían a tratar de un libro que había compuesto un fulano Laynez, el primer marido de doña Juana, pero, en todo caso, sus visitas han dado ocasión de que se murmure entre los vecinos. En el cuarto de Cervantes entra el señor de Higares, que no se a quien va a ver, y también Simón Méndez, que dice que visita a Cervantes.
–¿Por qué cree que don Gaspar le dejó un vestido a doña Magdalena, cuando ella es beata y sólo viste de jerga; no sería para que se lo diera a otra persona?
–No estuve a la lectura del testamento, pero, por ser pobre doña Magdalena, se lo habrá mandado por caridad y no por otra cosa, porque yo la tengo por gran sierva de Dios por la buena vida que hace.


DOÑA GERÓNIMA DE SOTOMAYOR.
Es la esposa de Rodrigo Montero, continuo del duque de Lerma. Viven en casa de Juana Gaitán.
–Conocía a don Gaspar de haberle visto en el aposento de doña Juana Gaitán y doña María de Argomedo y su hermana y su sobrina, y también ha habido visitas de otros caballeros.
–Diga qué visitas entran en casa de Miguel de Cervantes.
–No lo sé, porque no las trato sino de cruzarme con ellas al entrar o salir de casa, pero he oído que en la casa entra el señor de Higares, aunque no sé a dónde va y Simón Méndez, que entra en el cuarto de Cervantes.


ISABEL DE AYALA.
–Como la noche del crimen no estaba en casa, no sabe nada, pero de ello podrán más particularmente decir los que viven en la taberna y otros.
–¿Qué sabe de las personas e la casa?
–Doña Luisa de Montoya y sus hijos, son gente honrada y recogida, pero en el cuarto de Miguel de Cervantes –que cae encima de la taberna–, que tiene una hija bastarda, que se llama doña Isabel y vive con dos hermanas y una sobrina, hay algunas conversaciones de gentes, que entran de noche y de día algunos caballeros que yo no conozco, pero provocan escándalo y murmuración. Especialmente, un Simón Méndez, que es público y notorio que está amancebado con la dicha doña Isabel; aunque dice que entra por amistad, se sabe públicamente que le ha regalado un faldellín de más de doscientos ducados. Yo le he reprendido muchas veces.
En la cuarto de arriba de ellos vive doña Mariana Ramírez, que es público y notorio que está amancebada con don Diego de Miranda, aunque dice que se quiere casar con ella. pero ya han estado presos por lo mismo, aunque se siguen viendo.
Encima de doña Luisa viven, doña Juana Gaitán; su hermana doña Luisa, que es soltera; su sobrina doña Catalina, también soltera y doña María de Argomedo. Admiten visitas de día y de noche, como son el duque de Pastrana y Maqueda, el conde Cocentaina y el señor de Higares, que es el que va más veces, aunque también frecuenta mucho el cuarto de Cervantes.
–¿Entraba don Gaspar en esos aposentos?
–Bien podría haber entrado, aunque yo no lo puedo decir, porque no lo conocía, pero entraban caballeros del hábito de Santiago…
–¿Por cuál de la mujeres que ha dicho fue la pendencia de don Gaspar?
–No lo sé, pero he oído que fue por alguna de ellas…, yo no trato con ninguna, porque como he dicho, siempre me ha parecido mal y causado escándalo las demasiadas conversaciones y libertades con que viven…

***

Es entonces, el día 29, cuando se produce la declaración de Juana Ruiz, la huéspeda de Ezpeleta, sobre la Tapada y sus sortijas, que el alcalde parece querer mantener al margen, procediendo, sin embargo, a interrogar a los detenidos.
***


CONSTANZA DE OVANDO
Es doncella de 28 años. Comparece por primera vez y declara  –en la cárcel– ser hija de Nicolás de Ovando, con quien su madre, Andera Cervantes, declaró haber estado desposada y concertada.
Conocía a Ezpeleta de verle pasar con el marqués de Falces por delante de las casas donde vive y en casa de doña Juana Gaitán y doña María de Argomedo estuvo una tarde, que ha muchos días. A su casa acuden algunos amigos que van a visitar a su tío, Miguel del Cervantes y Simón Méndez también le visita para tratar de negocios.
–¿Y a su prima doña Isabel no la visita Simón Méndez?
–No lo sé.
–¿Y don Hernando de Toledo, señor de Higares?
–Desde hace un año que vivo aquí, sólo vino una noche a ver a mi tío, porque se conocían desde Sevilla. El martes por la noche –al día siguiente del duelo– vino a ver al señor Ezpeleta, pero no llegó a entrar porque había demasiada gente, y entonces se vino a mi casa y estuvo hablando con todas nosotras.
–¿Qué visitas entran en casa de doña Juana Gaitán?
– El duque de Pastrana y conde de Cocentaina le han visitado en razón de que ella tenía un libro que Lainez, su primer marido, dedicado al duque, e por esta razón fue allí dos o tres veces.
–¿No es verdad que las heridas de don Gaspar se las dieron por la costumbre que tenía de entrar en casa de doña Juana Gaitán?
No lo sabe.

ANDREA DE CERVANTES
–¿Qué visitas suelen entrar en su casa?
–Algunas personas entran a visitar a mi hermano, Miguel de Cervantes, porque es hombre que escribe, trata negocios e por su buena habilidad tiene amigos.
–¿Es cierto que Simón Méndez acostumbra a entrar en su casa por trato que tiene con su sobrina doña Isabel de Saavedra?
–Simón Méndez, algunas veces ha visitado a Miguel de Cervantes, mi hermano, sobre ciertas fianzas que le ha pedido que vaya a hacer al Reino de Toledo, para las rentas que ha tomado, y por ningún otro motivo ha sido.
–¿No han recibido, de día y de noche, las visitas de don Gaspar de Ezpeleta y don Fernando de Toledo?
–Don Fernando de Toledo es amigo de mi hermano desde Sevilla; el otro día vino a ver a don Gaspar, pero como había mucha gente, vino a mi cuarto a contarnos el caso.
–¿Y quién visita a doña Juana Gaitán?
–El duque de Pastrana y el conde de Cocentaina; creo que es por un libro que ella tiene.
–¿Sabe que Diego de Miranda trata a su vecina de arriba, doña Mariana Ramírez, como si fuera su esposa?
–He oído que era amigo de su difunto esposo. Desde que pasó la pelea sólo le he visto subir una vez.

ISABEL DE SAAVEDRA
–¿Conoce a don Gaspar de Ezpeleta?
–De vista, de trato no. Ha oído decir que entró una vez en casa de doña Juana Gaitán de visita.
–¿Reciben visitas en su cuarto?
–Don Fernando de Toledo, particularmente, ha visitado dos veces a mi padre por amistad que tiene con él desde Sevilla. La última fue el martes pasado, que había ido a ver a don Gaspar, pero no pudo entrar porque había mucha gente, y vino a nuestro aposento.
–¿De qué conoce a Simón Méndez, el portugués?
–Es amigo de mi padre y va a tratar y comunicar sus negocios con él.
–¿Ha tenido particular trato y amistad con el dicho Simón Méndez, y le ha regalado y servido?
–No; nunca con tal respeto entró en casa de mi padre.
–¿Qué personas han entrado en el aposento de doña Juana Gaitán y las demás que viven con ella, a visitarlas?
–El duque de Pastrana y el conde de Cocentaina han entrado dos veces de visita, y de don Gaspar, lo que ya he dicho.
–¿Es verdad que en el aposento de doña Mariana Ramírez entra don Diego de Miranda de día y de noche?
–Hace tiempo ya que le he visto entrar en su aposento, pero decía que entraba porque era amigo del marido de doña Mariana Ramírez y no sé otra cosa.
“Y esto es la verdad para el juramento que hecho tiene, y lo firmó de su nombre  y luego dijo que no sabía firmar e no firmó.” (?)

CATALINA DE AGUILERA
–Diga si don Gaspar de Ezpeleta ha entrado en el cuarto donde vive y a quien va a visitar.
–Conocí a don Gaspar de Ezpeleta hace mas ha de doce años en Madrid, en casa de doña Juana Gaitán, y en esta corte también le he visto; un día en el Carmen se encontró con doña Juana Gaitán, mi tía, y allí se hablaron, y después vino a nuestro aposento dos veces, aunque de la una a la otra pasaron dos meses.
–Estuvo don Gaspar en su casa el día de las heridas?

-No.
-¿Qué visitas recibieron ese día?
 –No hubo visita ninguna.
–¿Y los días anteriores?
-El duque de Pastrana y el conde de Cocentaina han entrado dos o tres veces sobre un libro que doña Juana tiene, que se lo quiere dedicar al duque de Pastrana.
–¿Y en el cuarto de Miguel de Cervantes?
–No sé nada, excepto, en días atrás don Fernando de Toledo, que estuvo una vez.
–¿Y Simón Méndez?
–He oído decir que es amigo de Miguel de Cervantes.
–¿No es verdad que en el cuarto de doña Mariana Ramírez entra don Diego de Miranda y trata con ella?
–Antes la visitaba, pero no lo he vuelto a ver.

LUISA DE AYALA
–¿Conocía a don Gaspar de Ezpeleta?
–Sí, le conocía de una vez que entró a visitar a doña Juana Gaitán, mi huéspeda, que vivo en su aposento.
–El día de las heridas, entró don Gaspar en su aposento?
–Ni esa noche, ni muchas antes. Sólo entraban el duque de Pastrana y el conde de Cocentaina, por un libro o dos, que compuso Diego Lainez, su marido, que se lo ha dirigido. Nadie más ha entrado.
–Y ¿quién entra en casa de Miguel de Cervantes, de día o de noche?
–Un portugués, que no sé cómo se llama, y vi una vez a don Fernando de Toledo, el señor de Higares. No sé nada más.
–En el aposento de doña Mariana Ramírez entra don Diego de Miranda?
–Le he visto entrar algunas veces de un mes a esta parte, y dice que se ha de casar con ella.

MARÍA DE ARGOMEDO
–¿Conocía a don Gaspar de Ezpeleta?
–Le conozco de vista de un día que visitó a doña Juana Gaitán, hará tres meses, que fue a darle el pésame de la muerte de su marido.
–La noche que sucedió la pendencia qué personas estuvieron de visita en su cuarto?
–Nadie.
–¿Y en el cuarto de Miguel de Cervantes?
–No lo sé.
–¿Qué personas la visitan habitualmente?
–Don Francisco Zapata y otras personas, deudos de mi marido, y a doña Juana Gaitán la han visitado el duque de Pastrana y conde de Cocentaina para darle las gracias de un libro que tenía.
–En el cuarto de doña Andrea de Cervantes ¿qué visitas de caballeros o de otras personas entran de ordinario?
–Sólo he visto allí a Simón Méndez, portugués. Y una noche estuvo don Fernando de Toledo, que decían que le estaban haciendo una manga para el juego da cañas.
–¿Qué sabe de la amistad entre doña Mariana Ramírez y don Diego de Miranda?
–He oído decir que entra en su casa e que se quiere casar con ella, pero como cosa cierta, no lo sé.

DOÑA JUANA GAITAN
–La noche de las heridas ¿qué caballeros y otras personas estuvieron de visita en su cuarto?
–No estuvo ninguna persona más de los de casa.
–En el cuarto de doña Andrea de Cervantes e sus hermanos ¿qué personas estuvieron la dicha noche de visita?
–No lo sé.
–Otros días e noches antes, qué personas solían ir de visita a su cuarto?
–Me han visitado dos o tres veces el duque de Pastrana y el conde de Cocentaina con sus criados, por razón de dos libros que tiene dirigidos al dicho duque, de las obras de Pedro Lainez, su marido, y fue para darme las gracias. A doña María de Argomedo la han visitado algunos caballeros conocidos de su marido, para tratar de pleitos.
–¿Qué visitas ha habido en el cuarto de doña Andrea de Cervantes, de su hija y su sobrina?
–Hace más de dos meses, una tarde vi entrar hablando con Miguel de Cervantes a un portugués que se llama Simón Méndez, y otra noche sé que ha estado allí don Fernando de Toledo.
–Qué amistad hay entre don Diego de Miranda e doña Mariana Ramírez?
–Muchas veces ha visto entrar en su cuarto a don Diego de Miranda, pero no sé a qué va.
Día 1 de julio de 1605

MARIANA RAMÍREZ. Viuda, de más de treinta años.
–¿Conoce a don Diego de Miranda?
–Sí, de vista y de ser amigo de mi marido.
–¿Ha estado presa con el dicho don Diego de Miranda, y fueron mandados soltar y que no se juntasen?
–No; estuve en mi casa por cárcel y me remito al proceso.
–¿Y no es verdad que después de haber estado presa, y aunque les mandaron que no se juntasen, han dormido y comido juntos?
–No es verdad; eso no ha pasado.

DIEGO DE MIRANDA. Treinta y cuatro años, y es casado.
–¿Ha estado preso con doña Mariana Ramírez, por decir que estaban amancebados, e por auto de la sala fueron mandados que no se juntasen?
–Me remito a la causa.
–¿Es verdad que de entonces a ahora ha tratado con la dicha doña Mariana Ramírez, y entra y sale en su casa de día y de noche públicamente?
–Eso no ha pasado.

CURADORÍA
En Valladolid a primero día del mes de Julio de mil y seiscientos y cinco años, habiendo visto que doña Isabel de Saavedra, doña Catalina de Aguilera y doña Luisa de Ayala son menores de veinte y cinco años, proveyeron por su curador a Gerónimo de la Cueva.


ACUERDO
Simón Méndez está ya embargado, en la cárcel de la ciudad.
Simón Méndez no entre en esta casa, ni hable en público ni en secreto con esta mujer.
Don Diego de Miranda dentro de quince días se despache y salga de esta corte y no se junte en público ni en secreto él ni doña Mariana Ramírez, pena de ser castigados por amancebados, y dejen los dichos don Diego y doña Mariana seis ducados para pobres y gastos.
Doña Andrea y doña Juana y las demás suéltenlas en fiado, su casa por cárcel, y Miguel de Cervantes en fiado.
Se notifica a todos y el 8 de julio también a Simón Méndez.

Pedimento
Muy poderoso señor.—Gerónimo de la Cueva, en nombre de doña María de Argomedo, y doña Luisa de Ayala, y doña Andrea de Cervantes, y doña Constanza de Figueroa, y doña Juana Gaitán, y doña Catalina de Aguilera, y doña Isabel de Saavedra y doña Mariana Ramírez, digo: que mis partes tienen sus casas por cárcel sobre la muerte de don Gaspar de Ezpeleta, y en cosa ninguna, como a V. A. le es notorio, no tienen culpa.—A V. A. suplico mande se les alce la carcelería, soltándolas libremente, y pido justicia, y para ello, etc.—Gerónimo de la Cueva.

lunes, 19 de marzo de 2012

MARY SHELLEY O LA IMAGINACIÓN. FRANKENSTEIN.


Fueron días excepcionalmente fríos a pesar de la estación; el viento y la lluvia transformaron el aspecto veraniego de aquel bellísimo paisaje suizo, creando, de un momento a otro, un lienzo de finales de otoño, de tal forma que apenas pudieron salir de aquella casa, cuyos muros, repentinamente, parecían sacados de un paisaje de hielo. Pero el frío no impidió, sino muy al contrario, favoreció, la tertulia habitual del grupo, que aquel día -17 de junio de 1816- se celebró junto al fuego y se prolongó hasta el amanecer.

 Villa Diodati; la casa de Byron junto al Lago de Ginebra

Fue Byron –George Gordon-, al que siempre se referían por su apellido, quien propuso el tema que, por otra parte, no sorprendió a nadie, porque en aquella época, aparecía frecuentemente en periódicos y revistas: se trataba de las nuevas y sorprendentes teorías de Darwin.

Aún estaba por venir Charles Darwin el autor de El origen de las especies; entonces se trataba a su abuelo, Erasmus, quien había propuesto que quizás fuera posible reanimar cadáveres de personas y animales por medio de la electricidad –galvanismo-, yendo un poco más lejos de donde después se llegaría por medio de los desfibriladores, de cuyo empleo podría decirse que fue pionero.

Georges Gordon, Lord Byron. (Thomas Philipps)

 El punto de partida de la tertulia fue, pues, qué pasaría si existiera la posibilidad de devolver la vida a un cuerpo mediante descargas eléctricas.

Cuando, ya muy avanzada la noche, cada uno había expuesto ante los demás su opinión sobre el galvanismo y sus posibilidades, Byron sugirió una especie de reto. Cada uno de los asistentes debía crear una historia literaria en la que intervinieran las fantásticas posibilidades de aquella relación entre la electricidad y la vida.

Mary Godwin, que  más tarde se emplearía a fondo en desarrollar la fantástica idea concebida esa misma noche, escribio: vi, con los ojos cerrados pero con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de artes impías, –que más tarde sería el doctor Frankenstein–, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural. Debía ser terrible; dado que sería inmensamente espantoso el efecto de cualquier esfuerzo humano para simular el extraordinario mecanismo del Creador del mundo.




Mary Shelley y J.B. Polidori


De aquela tertulia salieron dos libros. Mary Godwin, basándose en la historia que tanto llegó a inquietar su sueño, compuso Frankenstein o el moderno Prometeo y John William Polidori, el médico de Byron, quien le acompañaba habitualmente a causa de su delicada salud, escribió Ernestus Berchtold o el moderno Edipo.


Pasado aquel verano creador, la vida reservaba terribles acontecimientos a los alegres contertulios, demostrándoles, con dolorosa insistencia, la insalvable distancia que hay entre la vida y la muerte.

Mary Godwin apenas había conocido a su madre, Mary Wollstonecraft, porque abandonó el mundo poco después de su nacimiento, pero dedicó mucho tiempo a saber todo lo posible sobre su vida y su obra. Así supo, mucho después, que Mary Wolstonecraft-Godwin se encontraba en Francia durante la Revolución, en compañía de Gilbert Imlay, el cual, prácticamente la abandonó cuando supo que esperaba un hijo suyo. Pero, inesperadamente, Inglaterra declaró la guerra a Francia, y ambos se vieron en la necesidad de registrarse como matrimonio con el fin de evitar riesgos, de modo que, aunque nunca se casaron realmente, la hija de ambos fue inscrita legalmente con el apellido del padre; se llamaba, pues, Fanny Imlay.

William Godwin (James Northcote)  y Mary Wollstonecraft, los padres de Mary Shelley

Cuando Mary Wollstonecraft se casó, con William Godwin, este adoptó a Fanny, a quien Mary durante años creyó hermana de sangre. Sin embargo Fanny siempre se mostró profundamente inquieta respecto a su origen. En octubre de 1817, expresó su deseo de conocer a la familia de Godwin en Dublín, y emprendió un viaje que, lejos de alcanzar aquel proyecto inicial, terminó en la habitación de un hotel de Swansea, en Gales, con restos de láudano en un frasco en la mesilla. Nunca se supo qué fue exactamente lo que la llevó a tomar tan drástica decisión; estas cosas nunca se saben en realidad.

Un mes después, Harriet Westbrook, tomó la misma decisión, arrojándose al Lago Serpentine en Hyde Park. Pero ¿cuál era la relación Harriet con  nuestro grupo de jóvenes escritores?
Lo cierto es que cuando Harriet se arrojó al lago, ya no se llamaba Westbrook, sino Shelley, porque estaba casada precisamente, con el poeta Percy Bisshe Shelley, con quien tenía dos hijos, y que, en aquel momento, ya vivía con Mary Godwin.
Percy Bisshe Shelley




Harriet había escapado de su casa familiar a los dieciséis años, en compañía del poeta Shelley, exactamente lo mismo que había hecho después Mary, a la misma edad y con el mismo hombre.


Mary Wolstonecraft murió de parto cuando Mary tenía apenas tres años y William Godwin volvió a casarse, en aquella ocasión, con Jane Clairmont, quien ya para entonces, también tenía dos hijos, Charles y Claire. Claire fue para Mary una verdadera amiga que la seguía a todas partes y compartía sus amigos. Tanto fue así que, durante la primavera anterior al creativo verano suizo, Claire mantuvo una relación amorosa con Byron, de la cual nació, a mediados de enero de 1817 una niña que recibió el nombre de Allegra.

Claire Clairmont (Amelia Curran)



Entre tanto Shelly y Mary Godwin se habían casado en un intento de ganar legitimidad para conservar a los hijos de Shelley y Harriet, a pesar de lo cual el juez les denegó la custodia, alegando falta de estabilidad en la pareja y entregando en adopción a los hijos del poeta.

Un par de meses después de la boda, Claire rogó a Mary y a Shelley que viajaran con ella a Italia, donde residía Byron desde 1816 -había decidido no volver a pisar Inglaterra, hastiado por lo que a él le parecía una sociedad hipócrita en la cual nunca encajó del todo-. Claire quería que el poeta conociera a su hija. Mary y Shelley esperaron al nacimiento de su hija Clara, que llegó en el otoño y, al año siguiente, se trasladaron todos a Venecia.

Pero Italia perdió todo su elocuente atractivo para Mary, cuando la muerte decidió golpearla sin la manor piedad, una vez más. Perdió dos hijos en aquellas tierras. Y no se detuvo ahí el infortunio. Su amigo John Keats –el tercer gran poeta, junto a Byron y Shelley-, se encontraba por entonces muy enfermo y le recomendaron un cambio de aires, de modo que decidió viajar también a Italia y unirse a sus amigos.

Durante los primeros meses, su salud mejoró de forma visible, pero antes de que pasara un año, su vida se agotó definitivamente. John Keats fue enterrado en Roma, bajo una lápida cuya inscripción sugirió él mismo:

Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.

… y el alma de Mary se iba llenando de luto por tantas desapariciones.

También Polidori, aunque ya había abandonado el servicio de Byron, se suicidó por una deuda de juego, en 1821. Tenía 25 años.

Cuando nació su hijo Percy Florence, Mary ya había perdido también a Shelley, aunque para entonces el poeta no ocultaba, ni a ella ni a nadie, su relación –que tampoco iba a ser muy duradera-, con Jane Williams. Shelley había salido a navegar unos días con Byron y otros amigos, algunos de los cuales desembarcaron en el norte de Italia, permaneciendo en el velero el propio Shelley y el capitán. Ambos naufragaron por causas desconocidas y perecieron ahogados en las costas del Tirreno, no lejos de Florencia.

Tres días después, el mar devolvió a la playa el cuerpo de Percy. En uno de sus bolsillos llevaba todavía un libro de tragedias de Esquilo.

El grupo de amigos optó por incinerar su cuerpo en la playa, llevando despues las cenizas a Roma, donde fueron depositadas junto a los restos de John Keats.

El funeral de Shelley. Luis Edouard Fournier.

Mary volvió poco después a casa de su padre y su madrastra, y permaneció con ellos hasta que pudo alquilar una vivienda gracias a una pequeña pensión recibida del padre de Shelley.


En la primavera de 1824 moría también Byron en Mesolonghi, apoyando la lucha de los griegos por su independencia y convirtiéndose así en un héroe nacional.



Nunca volvió a Inglaterra. Se había casado con Anabella Milbanke y, aunque el matrimonio apenas duró un año, tuvieron una hija, Ada Byron, Lovelace por su matrimonio. Ada Lovelace fue una brillante científica, que contribuyó a la creación de una máquina pionera de los actuales ordenadores, lo que le valió el apodo de Enchantress Of Numbers; La Encantadora de Números.


Anabella Milbanke  y Ada Lovelace
  
Mary siempre mantuvo muy buenas relaciones con su hijo Percy Florence, que se fue a vivir con ella cuando terminó los estudios y permaneció a su lado después de casarse. Con Percy Florence, en un principio y con el matrimonio después, Mary realizó interesantes viajes que dejó reflejados en algunos de sus libros.

<Percy Florence

Finalmente, tras una enfermedad que, con diversos altibajos, se extendió a lo largo de diez años, Mary Shelley fallecía el 1 de febrero de 1851 a los 53 años.


                                                          ***


Por la lectura de sus Diarios conocemos con exactitud gran parte de sus actividades entre las cuales destacan, sin duda, viajar, leer y escribir. Así, sabemos que entre sus lecturas figuraba El Quijote que –de acuerdo con sus anotaciones– leería habitualmente entre los 20 y los 23 años, es decir, entre 1816 y 1820.
                                                          ***



jueves, 15 de marzo de 2012

LA SOLEDAD DEL REY ENRIQUE. PLANTAGENET II


Despues de cumplir aquella penitencia, consistente en acudir descalzo a Canterbury y ser azotado públicamente ante la tumba de Thomas Becket, Enrique Plantagenet consiguió alejar de su pueblo la amenaza de excomunión, pero no pudo evitar otra igualmente peligrosa que procedía de su esposa y sus hijos.

Ocho hijos nacieron de aquel matrimonio que presumiblemente empezó por amor y así se mantuvo hasta el nacimiento del hijo menor. Los hijos que sobrevivieron, dieron lugar a una larga saga familiar, que conservó el poder en manos Plantagenet casi hasta el siglo XV. (1399)

                 William –Guillermo–, sólo vivió tres año.

            Henry The Young King  –El Joven Rey–, casado con Margarita, hija del monarca francés.

          Matilda de Inglaterra, casó con Henry The Lion, Duque de Sajonia y tuvieron cinco hijos, entre los cuales, uno fue Emperador; Otto el Grande.

         Richard I, The Lionheart, casado con Berengaria –Berenguela– de Navarra. No tuvieron hijos y pronto veremos por qué.

        Geoffrey, Duque de Bretaña por su matrimonio con Constanza de Bretaña. Tres hijos.

        Eleanor de Inglaterra, casada con Alfonso VIII de Castilla. De este matrimonio nacieron once hijos que ciñeron varias coronas, por ejemplo, Berenguela, reina de Castilla; Urraca, que casó con Alfonso II de Portugal; Blanca de Castilla, casada con Luis VIII de Francia; Leonor, esposa de Jaime I de Aragón y, por último, Enrique I, rey de Castilla.

           Juana de Inglaterra, casada, primero con Guillermo II de Sicilia y después con Raimundo VI de Toulouse. Dos hijos en el segundo matrimonio.

          Juan Sin Tierra; John Lackland, casado en primera nupcias con Isabel de Gloucester y después, con Isabelle de Angouléme que tuvo cinco hijos, entre ellos, el heredero, Enrique III; Juana, que casó con Alejandro II de Escocia e Isabel, casada con otro Emperador, Federico II.

Fue durante la gestación de Juan Sin Tierra cuando Enrique y Alienor se distanciaron definitivamente. Enrique había empezado una relación con  Rosemunde Clifford, que Alienor no estaba dispuesta a consentir.

Para empezar, el mayor, o mejor, el Joven Rey –de quien su padre había hecho una especie de correinante en aquella ceremonia que le costó la insubordinación definitiva de Thomas Becket-, reclamó porque su título no comportaba poder efectivo.

Más tarde, para facilitar el matrimonio del hijo menor, John, Enrique le otorgó la propiedad de tres castillos en Anjou, lo que provocó una nueva exigencia por parte de Henry el Joven, la de gobernar personalmente, bien en Inglaterra, bien en Normandía o Anjou. Ante la negativa del rey Henry huyó a la corte francesa y con la ayuda de su suegro, el monarca francés, se rebeló contra su padre. Pronto se le unieron sus hermanos, Richard, duque de Aquitania y Geoffrey, ya duque de Bretaña, por su matrimonio.

La reina Alienor, tomó partido por los hijos; se supone que para entonces, Enrique ya mantenía aquella relación con Rosemunde Clifford, con la cual se dijo que tuvo el rey dos hijos, a los que amó tiernamente.

Eleanor intentó reunirse con Richard y Geoffrey en Francia, a cuyo fin emprendió viaje disfrazada de hombre, pero fue capturada y encarcelada por su marido en el castillo de Chinón de donde no salió hasta la muerte de este.

Cuando el monarca francés fracasó en su ataque a Normandía, Enrique tuvo la oportunidad de hacer las paces con sus hijos, aunque no por mucho tiempo. El Joven Henry se enfrentó de nuevo a Richard, y este pidió ayuda a su padre, lo que no impidió que el Joven Henry –siguiendo a su mala estrella–, se dedicara a devastar Aquitania. Durante esta acción, asaltó y saqueó el célebre santuario de Rocamadour. Después de lo cual cayó mortalmente enfermo.

Rocamadour es el prestigioso templo de la Virgen Negra, construido sobre las rocas, en las que tradicionalmente también se encuentra Durendal –Durandarte, la celebérrima espada de Roland.

Cuando el Joven Rey supo que la muerte estaba próxima, pidió que pusieran su cuerpo en tierra sobre un lecho de ceniza, en señal de penitencia. Después imploró a su padre que acudiera a su lado para otorgarle el perdón. Enrique II, desconfió porque ya antes había caído en una emboscada cuando, habiendo acudido a parlamentar con su hijo, recibió una lluvia de flechas. Se negó, pues, a verlo, pero le hizo llegar un anillo de zafiro, que había pertenecido a su abuelo Enrique I, como símbolo de perdón.

Pocos días después, moría el Henry el Joven. Tanto su padre como Eleanor, lloraron sinceramente la pérdida de aquel hijo de tan inestables afectos.

Enrique se vio obligado entonces a volver a repartir el Imperio. Ofreció Anjou, Maine, Normandía e Inglaterra a Richard, con la condición de que renunciara a Aquitania en favor del pequeño Juan, aunque de nada sirvió, porque, siguiendo la acostumbrada, diabólica y mejor tradición Plantagenet, Richard, indignado, se negó a ceder nada. John y Geoffrey fueron enviados a Aquitania para arrebatarle la provincia por la fuerza, pero ni los dos juntos reunieron la suficiente energía para derrotar a Richard.

Tras esto, Enrique ordenó a los dos que volvieran a Inglaterra, pero Geoffey, definido por la crónica como un verdadero traidor indigno de toda confianza,  encontró la muerte en París en el curso de un torneo, en 1186.

Felipe Augusto, el monarca francés, estaba loco por intervenir en las luchas familiares de los Plantagenet con el fin de arrancarles los territorios que anteriormente habían pertenecido a su familia, así que sembró la suspicacia entre padre e hijo, sugiriendo a Richard que aquel se proponía desheredarlo en favor del pequeño Juan, al que todo el mundo sabía que el rey prefería. Richard reclamó entonces el reconocimiento efectivo y pleno de su condición de heredero de todo el imperio angevino, algo a lo que Enrique se negó radicalmente, sin permitir siquiera que se le hablara de ello.

Richard en consecuencia, le declaró la guerra. Pero para entonces, el rey a quien empezaban a pesar la edad y las decepciones, cayó enfermo y no pudo acudir al campo de batalla. Richard interpretó que todo eran disculpas urdidas para evitar el encuentro, por lo que impetuosamente, y con la colaboración de su aliado francés Louis Phillip, decidió atacar la ciudad de Le Mans, donde se encontraba su padre.

Ante la seguridad de que se iba a producir una entrada peligrosa, Enrique ordenó quemar los suburbios del sur de la ciudad, lo que cortaría el paso a las tropas asaltantes, pero –siempre aquella negra estrella-, el viento cambió y el fuego se volvió contra él, destruyendo ante sus ojos y su impotencia la ciudad donde había nacido y donde estaba enterrado su padre.

Obligado a abandonarla, enfermo y abatido, fue perseguido por su hijo, que como se ve, no albergaba el menor sentimiento de piedad hacia su progenitor.

Más tarde, desde la distancia, Enrique volvió la vista sobre las cenizas de Le Mans y, con el corazón lleno de amargura, maldijo al cielo por lo que consideraba como un terrible destino.

Cerca de Tours se organizó una reunión entre las partes en conflicto. Felipe de Francia, impresionado por el aspecto demacrado del Rey, le ofreció su capa para que pudiera sentarse sobre ella en el suelo, pero con un destello de su antiguo espíritu, orgullosamente, Henry rechazó la ayuda. Con sus energías agotadas y el corazón destruido, el monarca se vio obligado a aceptar todas las condiciones impuestas por Richard.

Terminada la conferencia, los contendientes debían darse un beso en señal de paz; parece que ello dio ocasión a Enrique para susurrar al oido de su hijo:

¡Quiera Dios que no muera hasta que me haya vengado de ti!.
(God grant that I die not until I have avenged myself on thee).

Después, expresó un único deseo, que se le entregara una lista con los nombres de todos los señores que se habían levantado contra él.

El Viejo León, profundamente herido y cruelmente decepcionado, se retiró a Chinón. Cuando le entregaron la lista de los rebeldes, su dolor se tornó insoportable; el primer nombre, era el de su hijo menor, John, por el que tanto había luchado y tal vez al que más amó.

–¡Ya has dicho bastante! –exclamó al oírlo y, a partir de aquel momento no quiso saber nada más.

Sólo dos hombres permanecieron leales a su lado, William Marshall y su hijo ilegítimo Geoffrey, quien no le abandonó en ningún momento. Este Geoffrey, más tarde Arzobispo de York, era entonces considerado  como uno de los hijos de Rosemunde Clifford.

-Tú eres mi verdadero hijo –le dijo el rey con amargura-; los otros; esos son los bastardos. (You are my true son, the others, they are the bastards).

Fue el día 6 de julio de 1189. A punto de perder la conciencia aún se le oyó decir:
-Ahora, que las cosas vayan como quieran; ya no me preocupo, ni por mi mismo, ni por ninguna otra cosa más en este mundo. (Now let everything go as it will, I care no longer for myself or anything else in this world.).

Sus últimas palabras fueron: ¡Humillación sobre un rey vencido!.

Su cuerpo fue depositado en la capilla del castillo de Chinon, donde quedó miserablemente despojado por la servidumbre, hasta el punto que se dice que William Marshall y Geoffrey, para poder colocarle los acostumbrados símbolos reales; corona, cetro y anillo, tuvieron que quitárselos a una estatua del castillo.

William Marshall convocó al nuevo rey Richard I, quien se quedó mirando el cadáver de su padre sin la menor señal de emoción. Todavía no era conocido como Corazón de León.
Finalmente, y de acuerdo con sus deseos, el cadaver de Henry fue llevado a Fontevrault o Fontevraud, en Anjou, donde recibió sepultura. A partir de su enterramiento,  la abadía se convirtió en mausoleo de los monarcas angevinos.

Varias mujeres participaron significativamente en la vida de Enrique II, pero habría que destacar a dos entre ellas, de las cuales ya hemos hablado. La primera, sin duda, sería su esposa Leonor de Aquitania, cuya talla histórica requiere más espacio. Sobre la otra, Rosemund Clifford, añadiremos algo ahora.
Rosemund sería, sin duda la cara opuesta de la medalla de Alienor, aunque es muy poco lo que se sabe de ella, se acepta generalmente que su historia de amor con Enrique II fue breve y desinteresada, y aunque se extendió a lo largo de once años. Lo más verosímil es que ambos se reunieran en muy contadas ocasiones.

Como ya hemos recordado, se dice que podrían haberse conocido cuando Alienor estaba embarazada de su último hijo, John Lackland, cuyo nacimiento, de acuerdo con una tradición muy popularizada, se produjo en el castillo de Beaumont y no en el de Woodstok, que era el apropiado, pero en el cual vivía entonces Rosemunde.

Se creyó durante mucho tiempo, que Rosemunde había tenido dos hijos con Enrique –uno de los cuales, Geoffrey, fue el que acompañó a su padre en ocasión de su derrota y muerte–, pero en ambos casos, la maternidad fue posteriormente adjudicada a otras amantes del monarca Plantagenet.


Sea como fuere, la Belle Rosemonde o Fair Rosamund, tras ser públicamente insultada por Gerald of Wales quien latinizó su nombre como Rosa Inmundi –una ingeniosidad que causó mucha risa–, decidió retirarse, en 1176 al Priorato de Godstow, cerca de Oxford, donde falleció tras una existencia de piedad y oración.

Godstow Priory
Y allí permanecieron sus restos, curiosamente convertidos en objeto de veneración popular hasta que –después de la muerte de Enrique II– el obispo de Lincoln ordenó que fueran retirados de la capilla y trasladados al cementerio exterior, bajo un humillante epitafio, indigno, como venganza sobre un muerto, y deplorable por su vulgaridad.

Rosamunda se convirtió en una heroína romántica que constituyó la base de algunas recreaciones imaginativas de carácter artístico y literario. Así, Gaetano Donizetti estrenó, en 1834 la ópera Rosmonda d'Inghilterra con libreto de Felice Romani.

Óleo firmado en 1917 por  John William Waterhouse, titulado Fair Rosamund.


domingo, 11 de marzo de 2012

DOS GRANDES AMIGOS. HENRY II PLANTAGENET - THOMAS BECKET

DOS GRANDES AMIGOS

La Abadía de Fontevraud se eleva serena y majestuosa muy próxima a los magníficos castillos y palacios que bordean el curso del Loira.
  
Sobre unos sencillos monumentos funerarios, que ya no contienen restos mortales, yacen cuatro figuras policromadas, dramáticamente evocadoras de un período de la turbulenta historia que, en tiempos compartieron Inglaterra y Francia.
Leonor de Aquitania y su marido, Enrique II de Anjou, rey de Inglaterra –uno de nuestros DOS GRANDES AMIGOS–, están representados en los dos túmulos superiores.


En cuanto al segundo GRAN AMIGO, Thomas Becket, sabemos que sus restos se guardaron en este cofrecito que hoy se custodia en el Museo Victoria y Alberto de Londres.
  
Los hechos que siguen son complejos, pero es relativamente fácil, relacionarlos si seguimos el hilo de las crónicas; lo realmente difícil es describir las pasiones humanas que los propiciaron. En definitiva, Henry II de Anjou, Plantagenet, fue y es considerado un buen monarca, pero tuvo una vida privada absolutamente desastrosa y trágica de principio a fin. En su devenir se enfrentaron a él, su esposa, sus hijos y su mejor amigo, a todos los cuales perdió finalmente. Sólo Geoffrey, Arzobispo de York, su hijo ilegítimo, permaneció junto a él para confortarlo en sus últimas horas.

En 1189 fallecía Enrique en el castillo de Chinon; sus restos fueron depositados en la Abadía de Fontevraud, como sabemos, donde descansaron hasta la Revolución francesa.

Antes de que Enrique ascendiera al trono, Inglaterra atravesó un período de desorden que duró aproximadamente veinte años. Enrique I había designado como heredera a su hija Matilde –Maud–, casada con Geoffrey, Conde de Anjou, pero al morir el monarca surgió otro pretendiente: Esteban, un nieto de Guillermo el Conquistador. Los súbditos repartieron sus simpatías y sus armas entre ambos y así transcurrieron esos veinte años, durante los cuales, todas las energías se emplearon a partes iguales entre la guerra y la construcción de monasterios; sólo Esteban hizo levantar más de cien edificios de carácter religioso.

Y fue la Iglesia quien finalmente ideó y propuso una solución que aceptaron las dos partes: en Wallingford se firmó un Tratado, posteriormente confirmado en Westminster, mediante el cual Enrique, el hijo de Maud –que para entonces ya era Conde de Anjou por muerte de su padre–, sería adoptado por Esteban y se convertiría en su heredero.

Enrique II es uno de los pocos monarcas que no tienen sobrenombre, pero era un Plantagenet, apellido que procedía de un antepasado que solía llevar una Plant–a–Genet –ramita de genista–, en el sombrero; Sprig–a–Broom, dentro del bilingüismo reinante, expresión ésta que, a su vez, el pueblo transformó en Sprig–a–Devil, es decir, Rama del Diablo, ya que dicha familia era conocida por sus célebres maldades y por la supuesta práctica de la brujería, todo lo cual los convertía popularmente en descendientes del diablo.

Enrique era hombre sobrado de energías y duro de carácter, pero también asombrosamente culto; tenía modales exquisitos y, al parecer, era un gran seductor, tanto, que cuando se presentó ante el rey de Francia Luis VII para rendirle el homenaje debido por sus posesiones en Anjou, la reina, Alienor, Leonor de Aquitania, se quedó prendada de él. Era Leonor tan temperamental, violenta e inmediata como su vasallo y, por aquel entonces, le pesaba su esposo, el rey Luis, al que consideraba un monje.

Dos meses después –el 18 de enero de 1152–, se casaban, Henry, de 19 años y Alienor de 29, quien entregaba como dote a su nuevo esposo el Ducado de Aquitania con todos sus territorios y señoríos, de modo que Henry, quien por sus padres ya era Duque de Normadía y Anjou, alcanzaba en Francia unos dominios territoriales superiores a los del propio monarca francés. Ocho hijos tuvieron, de algunos de los cuales se ocupará mucho la Historia.

He aquí que el Arzobispo de Canterbury tenía gran interés en vigilar los pasos del nuevo soberano y, a este efecto, destinó a Thomas Becket, un normando de 38 años que procedía de una familia de mercaderes acomodados y había sido educado como un gentilhombre.

Desde el primer momento Henry y Thomas se hicieron inseparables. Buen jinete, torneador, ingenioso y trabajador, Thomas se convirtió en el perfecto Canciller y amigo junto al cual el rey vivió las que probablemente fueron las mejores horas de su vida.

Becket o el honor de Dios de Jean Anouilh, fue la base del guión para la película de igual título, dirigida en 1964 por Peter Glenville, en la que Richard Burton –Becket– y Peter O'Toole –Henry II–, representan con asombroso realismo las características de ambos personajes.

En esto, falleció el Arzobispo de Canterbury y Henry se propuso colocar a Becket en su sede. Para ello hubo de empeñarse, pues el Canciller era famoso y mucho más conocido por caballero que por religioso. Pero Henry se proponía y hacía, así que Becket fue Arzobispo de Canterbury, aunque se dice que en un principio se negó a aceptarlo previendo que su elección podría imponerle ciertas decisiones desagradables para su amigo el rey cuya personalidad e intereses conocía con exactitud.

Prácticamente desde el momento en que Becket puso un pie en Canterbury, dejó fuera al caballero y al amigo del rey y se convirtió en una especie de asceta con un claro concepto de sus nuevas prioridades, si se veía en la necesidad de optar entre el servicio de Dios y el de su señor. El monarca quedó al margen de su existencia, como quedó su armadura. Y empezó la guerra entre los dos amigos. 

Hacía años que en Inglaterra se habían separado los tribunales civiles y los eclesiásticos, pero, andando el tiempo, la iglesia fue asumiendo la mayor parte de las causas, aduciendo que en el origen de todo crimen o delito, siempre había un caso de conciencia. Además, el pueblo, en general, prefería la justicia eclesiástica, que sólo imponía multas o penitencias, al contrario que la civil, muy habituada a cortar cabezas.

A su vuelta del Concilio de Tours, Becket traía varios presupuestos que no consideraba negociables: abolición de la jurisdicción civil sobre la eclesiástica; elección por parte de la iglesia de sus prelados, sin intervención real y propiedad absoluta e independiente de sus bienes.

Enrique, por su parte, exigía la igualdad de todos los individuos ante la ley, de modo que, en su opinión, cualquier clérigo condenado por delitos civiles debía ser degradado y entregado a la justicia civil, a lo que Becket se opuso, alegando que semejante medida supondría ser juzgado dos veces por el mismo delito. En consecuencia, Enrique, viendo que la administración civil de justicia perdía contenido de día en día, convocó a su vez el Concilio de Clarendon, en el cual, finalmente, se aprobaron todas las propuestas reales. Becket también las firmó, pero más tarde alegó que lo había hecho bajo amenazas. El Papa relevó al Arzobispo de su juramento, pero ello no le libró de ser condenado por un tribunal civil; hasta ahí habían llegado las cosas entre los dos viejos amigos.

Acto seguido, Becket se armó con su báculo y se fue a Francia, a la ciudad de Vezelay, desde donde lanzó excomuniones para todos aquellos que se habían pronunciado contra él.

Enrique II, a quien también alcanzaba la temida excomunión, sabía que si esta llegaba a pronunciarse, todo su reino seguiría la misma suerte, de modo que reprimió su cólera y, reuniendo toda la paciencia de que fue capaz, acudió a Freteval, en Normandía, donde se encontraba entonces el Arzobispo, resuelto a hacer las paces con él, algo que pareció lograr, cuando finalmente Becket juró respetar las leyes civiles y aceptó volver a Inglaterra. El sacrificio de buena parte de sus principios por parte de ambos, parecía haberlos devuelto a la senda del buen entendimiento.

Pero, en realidad nada se había resuelto. Apenas llevaba el Arzobispo unos días en Inglaterra, cuando recibió despachos de Roma, que él mismo había solicitado, mediante los cuales, el Pontífice degradaba a todos los Obispos que no le habían apoyado.

El hecho desató la ira, a duras penas contenida hasta entonces, de Henry. De acuerdo con las leyes que Becket había jurado acatar, ningún súbdito podía recurrir a Roma sin autorización real. Pero las diferencias no terminaron ahí.

En 1170 los arzobispos de York, Londres y Salisbury, celebraron una ceremonia en Londres, por la cual coronaban al segundo hijo de Enrique, con el fin de que pudiera ejercer el gobierno con su padre. Henry, el hijo, fue llamado The Young King, El Joven Rey, aunque tal vez fuera más popular su curioso apodo, Courtmantle; Manto Corto. Al parecer, tal ceremonia era privilegio de Canterbury, de modo que cuando Becket lo supo, procedió a excomulgar a los tres obispos participantes.

Enrique recibió la noticia cuando celebraba la noche del 24 de diciembre de 1170, en Lisieux. De acuerdo con todos los relatos, fue entonces cuando, agotada su paciencia ante aquella actitud que consideraba un verdadero reto, gritó:
-¿Qué miserables haraganes y traidores he alimentado y criado en mi propia casa, que permiten que su señor sea tratado de forma tan ignominiosa por un clérigo mal nacido?

Al parecer, tales palabras, con el tiempo sufrieron una extraña transformación: "¿Es que nadie me va a librar de ese sacerdote turbulento?"

En todo caso, cuatro caballeros presentes, bien al sentirse aludidos como miserables haraganes, que no hacían nada por su señor, o quizás porque  entendieron como una orden lo de que alguien debía impedir que ese mismo señor fuera tratado de forma tan ignominiosa, se dispusieron a cruzar el Canal aquella misma noche.

Cinco días después, el 29 de diciembre, Sir Reginald Fitzurse, Sir Hugo de Morville, Sir William Tracy y Sir Richard Le Breton llegaban a la Catedral de Canterbury.

Dejando sus espadas al pie de un arbol junto al atrio, y ocultas sus armaduras bajo la capa, entraron en el templo acompañados por un cierto subdiácono, clérigo del diablo, llamado Hugh.

–¿Dónde está Thomas Becket, traidor al rey y al reino?
No hubo respuesta.
–¿Dónde está el arzobispo? –Preguntaron de nuevo.
–Aquí estoy –se oyó una voz tranquila–, y no soy un traidor al rey, sino un sacerdote. ¿Por qué me buscáis? Dios me prohibe enfrentarme a vosotros con la espada–, dijo e hizo ademán de marcharse, pero los caballeros se aproximaron a él.
–Absuelve y restaura en la comunión a aquellos que has excomulgado y devuelve sus oficios a los que has suspendido–, dijo uno de ellos, a lo cual Thomas replicó:
-No se han arrepentido, de modo que no los absolveré. 
-Entonces morirás ahora y experimentarás lo que tú mismo has provocado.
–Estoy preparado para morir por mi Señor y sé que mi sangre traerá a la iglesia paz y libertad, pero, en nombre de Dios omnipotente os prohibo que hagáis daño a estos hombres en ningúna manera, sean clérigos o civiles.

Entonces le informaron de la obligación de presentarse en Winchester para dar cuenta de sus actos, pero, como era de esperar, Becket respondió que no tenía que dar cuenta de nada y menos en Winchester. Los caballeros salieron de nuevo y tomaron sus espadas.

Con un rápido movimiento pusieron sus sacrílegas manos sobre él tratando de sacarlo fuera de los muros de la iglesia como un prisionero, pero no pudieron separarlo de una columna. Entonces dijo Becket a uno de los caballeros:

–No me toques, Rainaldus –Fitzurse-, tú, que me debes fidelidad y obediencia; tú que como loco sigues a tus cómplices.


–No te debo ninguna fidelidad ni obediencia porque te opones a la lealtad que debo al rey mi señor.

El invencible martir –continúa describiendo el testigo llamado Grim-, viendo que llegaba la hora que le traería el final de esta miserable vida mortal, inclinó la cabeza y se puso a orar uniendo las manos. Pero apenas terminó de hablar el impío caballero, temiendo que Thomas pudiera ser salvado por la gente y escapara con vida, de pronto se lanzó sobre él y le hirió en la cabeza. Grim, que por el mismo golpe fue herido en un brazo, sostuvo al Arzobispo entre sus brazos.

Becket recibió otro golpe en la cabeza y aún se mantuvo en pie, pero con un tercero, cayó de rodillas diciendo en voz baja: Por el nombre de Jesús y la protección de la Iglesia, estoy preparado para abrazar a la muerte.

Entonces el tercer caballero infligió una herida definitiva al caido; con rabia golpeó con la espada su coronilla separándola de la cabeza y cayó al suelo, donde el cerebro se mezcló con la sangre, cambiando su color en lila y rosa –los colores de la Virgen María–.

Un quinto hombre, no caballero, sino clérigo que entró con ellos, pisando el cuello del santo sacerdote –¡horrible es tener que decirlo!-, esparció sus sesos y la sangre por el suelo, diciendo a los demás:

–Podemos irnos de aquí, caballeros, este no volverá a levantarse.

Los mismos hombres que no dudaban en sacrificar la vida sin otro interés que el de recuperar los santos lugares en beneficio exclusivo de su alma, podían, llegado el caso, matar ferozmente a un hombre desarmado; la brutalidad asociada a la caballeresca armadura, produjo actos de ambos tipos en innumerables ocasiones.

Hasta aquí, la muerte del primero de los dos amigos. El rey Plantagenet siguió muriendo, aunque tardó mucho más que Thomas.

Cuando los monjes disponían el cuerpo de Thomas Becket para su enterramiento, lo hallaron lleno de marcas y heridas causadas por la aplicación de disciplinas.

El Papa excomulgó a los cuatro caballeros quienes posteriormente hubieron de peregrinar a Roma en busca del perdón, que el pontífice les concedería tras cumplir  una penitencia consistente en catorce años de servicio en Tierra Santa.

Menos de tres años después de su muerte, Becket fue canonizado y sus restos mortales se convirtieron en objeto de peregrinaciones masivas. En un principio fueron depositados en Saint Dunsntan, para pasar más tarde a la Capilla Holly Trinity, también en Canterbury. Hoy arde permanentemente una vela en el lugar que ocuparon antes de pasar al Museo Victoria y Alberto, dentro la urna que ya conocemos, en uno de cuyos laterales se representa vivamente el momento fatal del ataque de los caballeros.



La veneración del Santo dio lugar a su vez, a un cierto ambiente de sordo rechazo hacia el rey excolmulgado, cuya popularidad decrecía al mismo ritmo que aumentaba la del santo.

Finalmente Henry se vio compelido a solicitar la absolución, a cuyo efecto hubo de hacer frente a su propia penitencia. Se dirigió a Canterbury en peregrinación –parece que iba descalzo– y allí, en la cripta, junto a la tumba de su antiguo amigo, habiendo dejado su torso al descubierto, se dice que fue azotado por setenta monjes.

Enrique fue absuelto, pero la vida le reservaba terribles decepciones, propiciadas, esencialmente por parte de sus propios hijos. De ellos nos ocuparemos en próximos capítulos, porque se trata de personajes del calibre histórico de Ricardo Corazón de León  –Richard Coeur de Lion–, o Juan Sin Tierra –John Lackland–.

Nos detendremos un instante, sin embargo, en su hija, Leonor Plantagenet, quien en 1170 se casó con el rey castellano Alfonso VIII. La novia recibió en arras la ciudad de Soria, en cuyo centro se encontraba la Iglesia de San Nicolás, de la que hoy podemos contemplar una sugestiva ruina que logra abstraernos de la actualidad a pesar de los siglos. 

Pues bien, como homenaje o, tal vez como desagravio hacia Becket, Leonor hizo pintar sobre sus muros una representación de los hechos que dieron lugar a la muerte de Santo Tomás Becket, parte de la cual fue descubierta e identificada, hace muy pocos años.

Continuará…