sábado, 24 de febrero de 2018

“DONDE HAY MÚSICA” ● ENSEMBLE GUERRERO ● ATENEO DE MADRID


Poco desviados de allí hicieron alto estos tres carros, y cesó el enfadoso ruido de sus ruedas, y luego se oyó otro, no ruido, sino un son de una suave y concertada música formado, con que Sancho se alegró, y lo tuvo a buena señal; y así, dijo a la duquesa, de quien un punto ni un paso se apartaba:
— Señora, donde hay música no puede haber cosa mala.

MIGUEL DE CERVANTES
El Ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha, II, XXXIV

Ensemble Guerrero. Fotografía de Concha Cano

                                     Juan Ignacio Díaz Hellín, Piano
                                     Juana Molinero, Soprano
                                     Isabel Egea, Mezzosoprano
                                     Emiliano Cano, Tenor
                                     Rodrigo Guerrero, Barítono y Director

El domingo, 18 de febrero de 2018, el Ensemble Guerrero, presentó en el Ateneo de Madrid, un Concierto titulado, Las líneas en torno a Manuel de Falla, con un variado e interesante programa, cuyas piezas estaban seleccionadas, justamente, en torno a tres etapas relacionadas con la evolución artística del gran compositor nacido en Cádiz, y exiliado en Argentina.

Primera Línea. Sus Fuentes: Con piezas de Tomás Luis de Victoria, Francisco Guerrero, Juan Vázquez y una Tonada popular granadina.

Segunda línea. Su Círculo: Con obras del propio Falla, como la conocida Danza del Molinero, de El Sombrero de Tres Picos; Ave María, de Stravinsky, y Dieu qu’il la fait bon regarder, (de las Trois Chansons de Charles d'Orlèans) de Claude Debussy

Tercera línea. Su Herencia: Para la sepultura de don Quijote, de Tres Epitafios (Op. 17), de Rodolfo Halffter; Ojos claros, serenos (Gutierre de Cetina), con música de Valentín Ruíz Aznar; Cien jinetes enlutados, de Juan Alfonso García, y Nocturnos de la Ventana, de Francesc Vila.

Me gustaría extenderme en detalles, tanto sobre los compositores, como con las obras -algunas de ellas, basadas en textos fundamentales, también en la literatura castellana- y en esta ocasión, también en cada uno de los componentes del extraordinario Ensemble Guerrero, cuyo trabajo nos ha permitido escuchar piezas poco frecuentes en los conciertos; todas ellas interpretadas con excelente calidad y, ¿por qué no decirlo? con una dosis de simpatía, que no restó en absoluto solemnidad al evento, pero sí le aportó un matiz de ligereza, que a su vez contribuyó a que la velada se hiciera corta, lo que provocó el regalo de dos bises.


Surgirán oportunidades, no tengo la menor duda, para volver sobre el Ensemble Guerrero y sus componentes, pero entre tanto, quisiera ahora centrarme en una pieza de la última parte del programa; el Epitafio Para la Sepultura de don Quijote, por razones tan obvias como son mis nunca disimuladas preferencias por Cervantes, que aprovecharé asimismo, para exponer, cómo y por qué surgió para Rodolfo Halffter, el deseo, o quizás la necesidad de componer sobre los Tres Epitafios –de don Quijote, de Dulcinea y de Sancho, los dos últimos, también contenidos en la obra de Cervantes-, en una bellísima composición que, sinceramente, gracias a este concierto he tenido la oportunidad de escuchar por primera vez.

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LA MUERTE DE DON QUIJOTE

Capítulo LXXIV. De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte. Fragmentos. (Fin de la Segunda Parte).

Como las cosas humanas no sean eternas, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba.

El médico dijo que por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro, y que melancolías y desabrimientos le acababan.

Don Quijote lo oyó con ánimo sosegado y rogó que le dejasen solo, porque quería dormir un poco, así y durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas. Despertó al cabo del tiempo dicho, y, dando una gran voz, dijo: 
–Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia. Y añadió:

La muerte de don Quijote, pintura de José López Tomás. 
Museo de Bellas Artes, Valencia

–Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa. Traíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento.

Acabóse la confesión, y salió el cura, diciendo: 
–Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno. 

Comenzó Sancho a hacer pucheros y a derramar lágrimas.
–¡Ay! No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado. 

Entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió. 

Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha, había pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazañas. -como había hecho, de forma hartera, un supuesto “Avellaneda”-.

Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

Sansón Carrasco le puso éste [epitafio]: 

                    Yace aquí el Hidalgo fuerte 
                    que a tanto estremo llegó 
                    de valiente, que se advierte 
                    que la muerte no triunfó 
                    de su vida con su muerte. 
                    Tuvo a todo el mundo en poco; 
                    fue el espantajo y el coco 
                    del mundo, en tal coyuntura, 
                    que acreditó su ventura 
                    morir cuerdo y vivir loco. 


Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: 

–Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. 

A despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja.
Vale.
Fin

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Capitulo LII -final de la primera parte.

Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna, ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo médico que tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se renovaba; en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sus hazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y costumbres.

Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone el fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. 

Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló en la caja de plomo eran estas:
Los académicos de la Argamasilla, lugar de la Mancha, en vida y muerte del valeroso don Quijote de la Mancha, «hoc scripserunt». Y siguen los epitafios de Sancho Panza, cuyos últimos versos, son estos:

                    ¡Oh vanas esperanzas de la gente,
                    cómo pasáis con prometer descanso
                    y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño! 

Y el de Dulcinea:

                    Fue de castiza ralea
                    y tuvo asomos de dama;
                    del gran Quijote fue llama
                    y fue gloria de su aldea. 

Con un verso de Ariosto, contenido en el Orlando Furioso -XXX, 16, 

Forse altro canterà con miglior plectro-, 

termina Cervantes esta parte de El Quijote, y con él nos proporciona la ocasión de referirnos al mejor plectro, en esta ocasión, el de Rodolfo Halffter.

Tras aclarar que el plectro, que procede de la palabra griega πλήκτρον, [plíctron] es la púa que se emplea para tocar instrumentos de cuerda, y que también se emplea poéticamente, como inspiración, nos permitimos, citar, justo el siguiente verso de Ariosto:

Io sono a dir tante altre cose intento.

Estas altre cose, serán, pues, los nexos que, de uno u otro modo surgen y aproximan identidades, entre algunos creadores españoles del siglo XX, en torno a la luz del planeta del inmortal Cervantes. Aunque intentaré describir, en la medida de mis posibilidades, al menos, los relativos a Rodolfo Halffter, también podemos hallarlos, entre otros, en el compositor que encabeza el programa del Ensemble Guerrero; Manuel de Falla, cuyas líneas recorreremos brevemente. Pero hay más, como se verá a continuación.

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Don Quixote, de Edward John Gregory. England, 1850-1909

El exilio puede revestir mil formas diferentes; el de Cervantes, fue un exilio interior, provocado por la falta de su merecido reconocimiento en vida, aunque todo el mundo conociera a don Quijote

Fue víctima de una especie de plagio de su obra maestra, cuyo objetivo era hacer fracasar su propia Segunda Parte del Ingenioso Hidalgo, ya convertido en Caballero

Se le ofrecieron trabajos duros, peligrosos y mal pagados, como el de requisar víveres para la “Gran Armada”, o el de recaudar impuestos atrasados; un menester que nunca se encomendaba a cristianos viejos, y que al inmortal le causó la ruina y le llevó a la cárcel. 

Por último, fue despachado con un “Busque por aquí” cuando solicitó un empleo en Indias, de aquellos que también estaban reservados para cristianos viejos. En fin, que, hasta la fecha -exceptuando la estancia en su exilio interior-, no sabemos cómo ni de qué vivió uno de los principales escritores del mundo y del que hasta los huesos se han extraviado.

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Thomas Mann, el Nobel alemán, al parecer, conocía la pintura de El Greco -otro exiliado-, y poco más, en relación con España. Pero cuando él mismo, antiguo simpatizante del nacional socialismo -opinión que le costó gravísimas y dolorosas discusiones con su hermano Heinrich-, comprendió lo que estaba pasando, y aun lo que iba a pasar en Europa, también emprendió el camino del exilio, y fue entonces cuando, para entretener la larga travesía por mar hacia América: 19 a 29 de mayo de 1934-, leyó El Quijote, en la traducción del poeta e hispanista alemán, Ludwig Tieck

Estaba entonces escribiendo Mann la tetralogía José y sus hermanos, y descubrió que la más bella muerte jamás contada por la literatura era la de don Quijote, lo que le hizo concluir, que, si él mismo no se sentía capaz de describir una muerte más hermosa que la descrita por Cervantes, no valía la pena la empresa.

No hay que entender en sus palabras un afán de superar a Cervantes, porque ése no era su estilo, sino, bien al contrario, quería dejar constancia de que tal objetivo era insuperable, razón por la cual hay que entenderlas más bien, como lo que son, un homenaje a una obra maestra, de la que Mann resalta muchos elementos de admiración, todos relativos a la humanidad del personaje-autor. Bien al contrario de la percepción descrita por Nabókov, a quien sólo se le alcanzó un objetivo de burla donde, en realidad, hay una dolorosa crítica. 

Escribe Mann, por ejemplo, que Cervantes es excepcional, porque después de ridiculizar a los personajes que se enfrentan a Don Quijote, siente compasión por ellos, o destaca la gran dignidad de don Quijote, en un mundo plagado de indignidad, en ocasiones, en el entorno de la nobleza más rancia.

Thomas Mann se muestra igualmente conmovido por la humanidad de Cervantes y por su libertad al llegar a la solidaridad casi total del autor con su héroe; por la tendencia a equiparar su nivel espiritual con el propio, a convertirlo en portavoz de las propias convicciones y opiniones.

Lübeck, la ciudad natal de Thomas Mann, fue completamente arrasada por la aviación aliada al final de la Segunda Guerra Mundial

Harold Bloom, por su parte, también ha escrito al respecto: Nunca se ha escrito nada más grande que El Quijote.

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Rodolfo Halffter Escriche (Madrid, 1900 - México, 1987) fue el primer miembro de una familia de músicos españoles. Estudió en el Conservatorio de Madrid, aunque, sobre todo, fue un autodidacta que recibió muchos consejos de Manuel de Falla, a quien visitó por primera vez en Granada, en 1928.

Fue miembro del grupo de compositores conocido como Los Ocho; de la vanguardia musical iniciada por figuras como Debussy, Schömberg, Ravel, o Bartok, durante la época en que compuso sus mejores obras, a la vez que colaboraba como crítico musical del diario de Madrid, La Voz, siendo asimismo secretario de música del Ministerio de Propaganda del gobierno republicano, motivo por el que tuvo que exiliarse en 1939.

El violinista Samuel Dushkin y R. Halffter en México

Viajó a México, con su familia, invitado por el gobierno mexicano, decidiendo posteriormente nacionalizarse en aquel país. Antes del exilio ya había estrenado en España su composición Dos Sonatas de El Escorial en 1930, en homenaje a Antonio Soler.

En México fue profesor del Conservatorio Nacional de Música y director de las Ediciones Mexicanas de Música. Entre otras cosas, Halffter introdujo allí la música dodecafónica. Nunca dejó de componer y mantuvo siempre la línea y los principios de Los Ocho.

Volvió a España en varias ocasiones, para impartir cursos o dirigir conciertos, y en 1986 recibió el Premio Nacional de Música.

En 1924 Rafael Alberti escribió su poemario Marinero en Tierra, por el que recibió el Premio Nacional de Literatura y el año siguiente, Rodolfo Halffter escribió la música -op. 27-, para cinco de aquellos poemas.

En opinión de Tania Perón Pérez, de la Universidad de Oviedo, la llegada a México de los músicos exiliados españoles no fue en solitario ya que la figura de Miguel de Cervantes estuvo muy presente entre los muchos recuerdos que llevaron consigo de la cultura española al país azteca. Este recuerdo se vio reflejado sobre todo en la figura de don Quijote como punto de inspiración en numerosas composiciones, pero, no sólo de la mano de los autores españoles sino también de algunos compositores mexicanos que se vieron contagiados con este recuerdo que de alguna manera también consideraron como propio. 

Rodolfo Halffter fue uno de los pilares de Los Ocho, quienes tenían grandes afinidades con sus contemporáneos, los poetas de la Generación del 27.

Adolfo Salazar Castro (Madrid, 6 de marzo de 1890-Ciudad de México, 27 de septiembre de 1958). Musicólogo, crítico, historiador, periodista y compositor.

Jesús Bal y Gay (Lugo, 1905 - Torrelaguna, Madrid, 1993), compositor y musicólogo.

Rosa García Ascot (Madrid, 8 de abril de 1902-Torrelaguna, 2 de mayo de 2002) fue compositora y pianista. Se casó con Jesús Bal y Gay en 1933.

Simón Tapia Colman (Aguarón, Zaragoza, 1906-México D.F., 13 de febrero de 1993) fue compositor y violinista.

Gustavo Pittaluga González del Campillo (Madrid, 1906 - Madrid, 1975). Compositor, director de orquesta y ensayista.

¿

Otto Mayer-Serra (Barcelona, 1904- Ciudad de México, México, 1968) Musicólogo. También emigró a México a principios de los años 40. Dio a conocer los primeros escritos sobre música mexicana del siglo XX, y sus estudios se convirtieron en la base del estudio sistemático de la música en México.

María Teresa Prieto Fernández de la Llana (Oviedo, 1896 - Ciudad de México, 1982) Compositora. Emigró a México durante la Guerra Civil.

Los autores españoles encontraron un México emergente tras la revolución de 1910, que llevó a la estabilización de los estamentos políticos y al resurgir económico y cultural, con la llegada, en 1934, de Lázaro Cárdenas al poder. Por lo tanto, la presencia de los músicos españoles en el panorama musical mexicano del momento incentivó las ideas compositivas que llevaban de Europa, pero, aun así, la angustia y la nostalgia que sufrían respecto a su país de origen, se vieron reflejadas en sus obras. Entre muchas de las maneras que aludieron a su tierra de origen, encontramos el Quijote como elemento de referencia debido a su carácter universal.

Manuel de Falla ejerció gran influencia sobre la mayor parte de los compositores del grupo, de forma indirecta, a través del análisis minucioso de sus obras, de la lectura meditada de sus escritos sobre música y músicos, y del respeto que inspiraba su ejemplar condición humana.

Rodolfo Halffter fue fundamental entre los músicos de la generación del 27 y entre los exiliados en México, y sus Tres Epitafios forman parte fundamental del recuerdo y homenaje a Miguel de Cervantes.

Cuando se celebró el cuarto centenario del nacimiento de Cervantes, tanto Halffter como otros compañeros exiliados y algunos músicos mexicanos, pusieron música a varios de sus textos, con el Quijote como protagonista.

Se estrenaron entonces, Dos letrillas de Adolfo Salazar, para coro mixto a capella; el Epitafio a la tumba de Don Quijote de Rodolfo Halffter, para coro mixto a capella; Oda a Don Quijote de Jesús Bal y Gay para pequeña orquesta; Quisiera te pedir, Nisida, de Luis Sandi (1905-1996), para coro mixto a capella; Homenaje a Cervantes para dos oboes y orquesta de cuerda de José Pablo Moncayo (1912-1958) y una Suite para orquesta, después titulada Homenaje a Cervantes de Blas Galindo (1910-1993). Además, se interpretó El retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla (1876-1946) en versión concierto. 

La pieza de Halffter, el Epitafio a la tumba de Don Quijote, era la primera parte de los Tres Epitafios -que compuso a partir de 1947, pero que no terminó hasta 1953-, para coro a capella. La obra formó parte de la programación del I Festival Internacional de Música de Washington, en 1958, interpretada por The Howard University Choir y dirigida por Warner Lawson

Los Tres Epitafios pasaron a ser un símbolo de España a través de la música, convirtiéndose en una obra muy difundida para el mundo coral, a lo largo del siglo XX. 

Para La sepultura de Don Quijote; el Primer Epitafio, el compositor adoptó una estructura en forma de lied y una rítmica, muy empleada en la época de Cervantes. Del mismo modo, se aproxima a un ritmo de petenera, tan relacionado con la música de raíz hispana.

Finalmente, el drama del exilio que sufrieron, al igual que Rodolfo Halffter, numerosos intelectuales españoles, los llevó a plantear esta obra como una crítica al sistema que se estaba viviendo en aquel momento en España. A través de la música, Cervantes representaba la belleza, el orgullo y también la nostalgia, del país que había quedado lejos de forma indeseada.

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Líneas en torno a la biografía de Manuel de Falla

Manuel de Falla

Manuel María de los Dolores Falla y Matheu, nacido en Cádiz, en 1876, como sabemos, es uno de los compositores españoles más importantes de la primera mitad del siglo XX, junto con Albéniz, Granados, Turina y Rodrigo.

A los quince años prefería la literatura y el periodismo, y fundó, con un grupo de amigos, la revista literaria El Burlón y en 1890 participó en otra titulada El Cascabel, que después dirigió, pero en 1893, asistió a un concierto en Cádiz donde, al escuchar algunas obras de Grieg, descubrió que su vocación profunda, era la música.

Desde 1896 asistió al Real Conservatorio de Música y Declamación, en Madrid y en 1897 se trasladó definitivamente a la capital, donde terminó, con honores los estudios. Siguió después con solfeo y piano, terminando en 1899 los estudios oficiales; obtuvo el primer premio de piano y añadió el “de” a su apellido. 

Entre otras obras, estrenó su Serenata andaluza y el Vals-Capricho para piano en el Ateneo de Madrid, dedicándose al mismo tiempo que componía, a impartir clases de piano. 

En 1902 estrenó conoció a Joaquín Turina y colaboró en la composición de algunas zarzuelas.

En 1904, compuso la ópera La vida breve, en colaboración con Carlos Fernández Shaw, que ganó el primer premio de un concurso convocado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Aunque las bases del concurso estipulaban que el trabajo ganador debía representarse en el Teatro Real de Madrid, Falla hubo de esperar ocho años para dar a conocer su obra, en Niza.

La siguiente experiencia se produjo en París, a donde se dirigió aconsejado por Joaquín Turina. Allí conoció a Debussy, Ravel, Dukas, Albéniz, y Pablo Picasso, entre otros.

Debussy le aconsejó que tomara el flamenco como fuente de inspiración, consejo que Falla siguió en la composición de sus Noches en los jardines de España, obra en la que aplicó el impresionismo contemporáneo, pero con armonías, ritmos y sonoridades flamencas.

En parte, fueron las dificultades para estrenar La vida breve, a pesar del premio de la Academia de Bellas Artes, las que le animaron a marchar en 1907 a París, donde permaneció hasta el inicio de la Guerra del 14.

Habían pasado nueve años, cuando, el 12 de febrero de 1923, ya en Granada, Falla escribió a Zuloaga una carta en la que decía:

[...] para cuanto se refiere a mi oficio, mi patria es París. De no ser por París [...] yo hubiera tenido que abandonar la composición y dedicarme a dar lecciones para poder vivir.

Y fue precisamente al principio de aquella estancia en París cuando descubrió la verdadera Granada. 

Había leído el libro de María Lejárraga -la esposa de Gregorio Martínez Sierra, que era quien firmaba sus obras-, Granada: guía emocional, e iba con frecuencia a visitar a Albéniz, que estaba muy enfermo. Allí coincidía con Ángel Barrios, que a veces tocaba a la guitarra Aires de Granada, para distraer al maestro. Justo entonces, creó el nocturno, En el Generalife, que después fue la primera parte de las Noches en los Jardines de España-, cuya inspiración surgió, sin duda, de aquellos momentos, a la vez, emotivos, dolorosos y creadores.

En 1908 Alfonso XIII le otorgó una beca para que pudiera permanecer en París y durante aquel periodo, se dedicó a la lectura exhaustiva de literatura francesa, quedando fuertemente impresionado por Víctor Hugo, cuya obra, Les Misérables, inspiró su obra Con afectos de júbilo y gozo.

En 1909 empezó a componer Noches en los jardines de España y el año siguiente, Trois mélodies, sobre textos de Théophile Gautier y conoció Igor Strawinsky, a Ignacio Zuloaga, a Joaquín Nin y a la pianista y clavecinista Wanda Landowska.

Manuel de Falla en París en 1913

En 1914 compuso las Siete canciones populares españolas, pero la Gran Guerra le hizo volver a España, donde a finales de año, estrenó, finalmente, La vida breve en el Teatro de la Zarzuela.

El 15 de enero de 1915, él mismo y Joaquín Turina recibieron un homenaje del Ateneo de Madrid, en cuyo transcurso se estrenaron las Siete canciones populares españolas, interpretadas por la soprano Luisa Vela, acompañada al piano por el compositor.

En abril estrenó la primera versión de El amor brujo en el Teatro Lara. Después se fue a Barcelona, donde permaneció seis meses. Invitado a pasar una temporada en Sitges por Santiago Rusiñol, terminó allí las Noches en los jardines de España.

En 1916 se hizo amigo de Ígor Stravinsky y de Sergéi Diágilev, que estaban en Madrid con los Ballets Rusos. Ya en 1917 estrenó en el Teatro Eslava la obra El corregidor y la molinera y en el otoño visitó Fuendetodos para asistir a la inauguración de un monumento a Goya

Diagilev, de Valentin Sierov

En 1918 Falla participó en los actos celebrados en Madrid en memoria de la muerte de Claude Debussy, y de aquella ocasión procede una obra fundamental para guitarra, creada a instancias de Miguel Llobet: Le Tombeau de Claude Debussy; seis piezas para piano solo, de Dukas, Roussel, Malipiero, Goossens, Bártok y Schmitt; una para guitarra, de Falla, otra para violín  y violoncello, de Ravel, una melodía de Satie y una adaptación para piano, extraída de la Sinfonías de instrumentos de viento, de Stravinsky.

Fotografía de Claude Debussy dedicada a Falla

En 1919, año en que fallecieron sus padres, el Ballet Ruso de Diágilev estrenó El sombrero de tres picos en Londres, con decorados y figurines de Pablo Picasso. La obra pasó a formar parte del repertorio fijo de la compañía rusa.

En el otoño se le ofreció un homenaje en el Centro Artístico de Granada, ciudad a la que se fue a vivir con su hermana y con el matrimonio Vázquez Díaz. Allí llevó una vida retirada, tratando sólo con algunos amigos entre los que se encontraba Federico García Lorca, y a partir 1920, estuvo muy vinculado a la vida cultural de la ciudad andaluza, frecuentando a personajes tan brillantemente representativos de la cultura, como Fernando de los Ríos, y, sobre todo, el poeta García Lorca

Federico García Lorca

El retablo de maese Pedro, inspirado en el episodio de Don Quijote de La Mancha, se representó el 29 de diciembre en Nueva York, con la Philharmonic Symphony Orchestra y Wanda Landowska, bajo la dirección de Willem Mengelberg

Falla fue nombrado miembro de la Hispanic Society of America.

Falla compuso la música para el Soneto a Córdoba de Luis de Góngora en conmemoración del tercer centenario del fallecimiento del escritor. La obra fue estrenada en la Salle Pleyel de París, con Falla al piano. 

En 1928 tomó posesión como Académico de Número de la Real Academia de Bellas Artes de Granada y en marzo realizó un viaje a París, donde recibió la Legión de Honor. En el otoño de aquel mismo año recibió en Granada la visita de Maurice Ravel y ya en 1931 realizó su última visita a Londres para dirigir El retablo de maese Pedro en una retransmisión de la BBC

El 14 de mayo, un mes después de la proclamación de la Segunda República en España, escribió junto con otros amigos granadinos, al presidente, Niceto Alcalá Zamora, y a su amigo Fernando de los Ríos, ministro de Justicia, pidiendo que tomaran medidas para evitar la destrucción de iglesias. Ese año fue designado vocal de la recién creada Junta Nacional de Música.

El 28 de septiembre de 1939, poco después de terminada la Guerra Civil, pero recién empezada la Segunda Mundial, Manuel de Falla se exilió en Argentina, negándose a volver, a pesar de la constante solicitud del gobierno, que, en 1940 le nombró Caballero de la Orden de Alfonso X el Sabio

Vivió en su exilio argentino gracias a la ayuda de algunos mecenas, y al cuidado de su hermana, pues, para entonces, ya estaba muy enfermo. Y allí falleció el 14 de noviembre de 1946.
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La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu.

Miguel de CERVANTES
El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha: I, XXVIII

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domingo, 18 de febrero de 2018

ROBERT LOUIS STEVENSON


Robert Louis Stevenson, 1850-1894. Ensayista, poeta y novelista, 
retratado por Girolamo Nerli

Robert Lewis Balfour Stevenson, nació en Edimburgo, Escocia, el 13 de noviembre de 1850.

Es posible que alguien no haya leído La isla del tesoro - Treasure Island-; El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde -The Strange Case of dr. Jekyll and mr. Hyde-, o El señor de Balantry -The Master of Ballantrae-, etc. entre las más conocidas de las 153 obras escritas por Stevenson en sus 44 años de existencia.

Quizás es menos famosa la trilogía compuesta por The Amateur Emigrant –El Emigrante Amateur-; Across The Plains-A través de las Grandes Llanuras y The Silverado Squatters –Los Colonos [Ilegales] de Silverado-, publicada en 1892.

Vamos a recordar la biografía y la obra de este gran novelista, ensayista y notable poeta –aunque esta última faceta es la menos conocida de su creación literaria-, pero antes querría contar la anécdota sobre una duda relacionada con Across de Plains, que resolví hace muy poco tiempo.

Probablemente tendría entre doce y quince años cuando leí Del Atlántico al Pacífico, que es como se tradujo el título de Across The Plains, obra de la que más tarde adquirí un ejemplar de segunda mano; edición de 1965, que conservo. Se trataba de un viaje desde Nueva York a San Francisco, que leí, siempre con el Atlas al alcance de la mano, para ir comprobando el recorrido del protagonista; algo que me ayudó a conocer la Geografía de América del Norte, así como la distribución de sus Estados, mucho mejor de lo que hasta entonces había aprendido en clase.

Pues bien, me llamó especialmente la atención el siguiente fragmento, en tanto que describe con exactitud un profundo amor innato y vocacional por la palabra:

Keats, John Keats, señor y Shelley eran sus bravos favoritos. No recuerdo si en alguna oportunidad le pedí su opinión respecto a Rossetti; pero conozco sus gestos [¿gustos?] al dedillo y estoy seguro de que ese autor debió haberle gustado con exceso. Lo que más le atraía era la riqueza del habla; amaba lo exótico, las palabras inesperadas, la cadencia emocionante de una frase; sentía una vaga emoción por las mismas letras del alfabeto; el encanto del lenguaje.

Naturalmente, tuve que acudir a la enciclopedia para saber algo más de Keats y Shelley, pero, sobre todo, me impresionó la forma en que Stevenson describía el amor esencial de un hombre, que era la ruina de un atleta, consumido por la tuberculosis y convertido en mendigo-, por el lenguaje, su cadencia y, hasta las letras en sí mismas.

Sin embargo, me sorprendió que calificara de “bravos” a aquellos dos poetas, término que no me parecía exactamente el más apropiado. Aun así, la expresión resultaba suficientemente admirativa, hasta el punto de que la adopté, apenas sin darme cuenta, y, en adelante, cuando quería referirme a un poeta, pintor, compositor, etc. de mis preferidos, decía –y sigo diciendo-: ¡es uno de mis bravos favoritos!, lo que no significa que hubiera resuelto, ni mucho menos el porqué de semejante adjetivo referido a un poeta.

Pues bien. Han pasado muchos años, y con ellos, la edad de oro de los mapas del Atlas y la Enciclopedia de 25 tomos, pero mi duda seguía ahí, hasta que, hace relativamente poco tiempo, se me ocurrió consultar la versión original de aquel fragmento de Across The Plains, por medio del, para mí imprescindible, Gutenberg Project, en Internet.

Rápidamente encontré el capítulo titulado Beggars, que mi vieja versión traducía como Los Pordioseros, y el fragmento al que me he referido, decía así:

Keats—John Keats, sir—and Shelley were his favourite bards. I cannot remember if I tried him with Rossetti; but I know his taste to a hair, and if ever I did, he must have doted on that author. What took him was a richness in the speech; he loved the exotic, the unexpected word; the moving cadence of a phrase; a vague sense of emotion (about nothing) in the very letters of the alphabet: the romance of language. 

Ahí estaba la solución, bien sencilla, por otra parte. No era “bravos”, sino “bardos” y todo quedaba claro en referencia a Shelley y Keats, dos extraordinarios bardos ingleses, que, indudablemente, hoy están entre mis bravos favoritos; una expresión que seguiré empleando y que tiene la ventaja de que puedo aplicarla, no sólo a poetas, sino a compositores, pintores, etc.



Y hasta aquí la anécdota.

En la citada trilogía, A través de las grandes llanuras [Del Atlántico al Pacífico], es la segunda parte, después de El Emigrante Amateur, obra en la que Stevenson relata su viaje a California, realizado en 1879, cuya primera parte tituló, From The Clyde to Sandy Hook – Desde Clyde hasta Sandy Hook

El Emigrante Amateur se publicó en 1895, cuando Stevenson ya había fallecido, en una versión abreviada que él mismo preparó el año anterior, a causa de la dureza de algunas descripciones, que, tal como habían aparecido en una primera edición, en 1880, le desaconsejaron sus familiares y sus colegas, y que su padre, Thomas Stevenson, se encargó de adquirir completa, considerando que desmerecía de la calidad literaria y del talento de su hijo.

La última parte, Los Colonos de Silverado, es un compendio de correspondencia y otros textos escritos por Stevenson durante el viaje y su estancia en California.

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Hay críticos que consideran a Stevenson sencillamente como autor de novelas de aventuras y relatos fantásticos para adolescentes, pero, en realidad, esta clasificación sólo afecta a una parte de su obra, que en general contiene narraciones de gran belleza y expresividad literaria acorde con la realidad, como ocurre, por ejemplo, con esta trilogía que el autor dedicó al fenómeno de la emigración. Stevenson es, sin duda, un gran narrador, técnica que domina con sorprendente naturalidad; ofrece diversos puntos de vista a través de diferentes personajes y es capaz de redactar escenas visuales, tan reales como imágenes, especialmente cuando trata de asuntos contundentes.

Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson.
Jorge Luis Borges
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Robert Louis Stevenson nació en esta casa, en el 8 de Howard Place, Edinburgh
Fotografía de Anthony Blagg

R.L.S. a los 20 meses
Beinecke Rare Book & Manuscript Library, Yale University 

Stevenson -2 y 13 años-, con sus padres, Margaret Balfour y Thomas Stevenson

Su madre era la hija menor del reverendo Balfour, de una familia procedente de los llamados Borders, el territorio correspondiente a una antigua marca romana, entre el sur de Edimburgo e Inglaterra, mientras que el padre era un calvinista ferviente, cuya familia se había dedicado al diseño y construcción de faros, contribuyendo con ello a la seguridad del litoral escocés durante varias generaciones. Fue su abuelo materno, Louis, quien le bautizó, al más estricto estilo tradicional escocés, un mes después de su nacimiento, dándole los nombres, Robert y Lewis.

Su madre, que padecía de problemas pulmonares y sufría otras enfermedades de carácter nervioso, dejó la crianza de Robert Louis, en manos de varias nodrizas, entre las cuales destacó, desde mayo de 1852, Alison Cunningham –familiarmente, Cummy, a la que el escritor –llamado, también familiarmente, Smout, recordó siempre con singular afecto.

A finales de 1852, el niño enfermó gravemente, lo que llevó a sus padres a cambiar de residencia, en enero siguiente, atribuyendo la enfermedad a la cercanía entre la casa familiar y la llamada Water of Leith, para instalarse en Inverleleith Terrace -Edimburgo-. 

La casa familiar de los Stevenson en el 9 de Inverleith Terrace, Edinburgh 
Fotografía de Anthony Blagg

Pero en marzo, Robert Luis tuvo una grave recaída, cuyos efectos convirtieron los nueve primeros años de su vida en un verdadero suplicio, con múltiples deficiencias respiratorias, que le provocaban continuas recaídas. Cuando un médico asoció aquellas dificultades con el ambiente insano de la zona, los padres volvieron a cambiar de domicilio, pero, al parecer, demasiado tarde, pues la salud del niño había quedado definitivamente afectada.

En consecuencia, Robert Louis salía poco de casa donde hacía su vida junto a su querida Cummy, ya que la madre tampoco estaba en condiciones de hacerse cargo de su cuidado, y dado que el padre debía viajar frecuentemente, Cummy, al parecer una mujer dotada de poderosa personalidad, se convirtió en la segunda madre, primera mujer y ángel de la infancia del futuro autor, que escribirá sobre sus largas noches de fiebre y terrores, durante las cuales ella le cuidaba y tranquilizaba, en su poema North-West Passage, en A Child's Garden of Verses-, así como en Un capítulo sobre los sueños: Ensayos sobre el arte de la Ficción. 

También fue Cummy fue quien le habló de la historia de Escocia; de las persecuciones sufridas por los Covenanters presbiterianos durante el Killing Time, promovido por los monarcas Carlos II y Jacobo VII-, entre las que, a veces, intercalaba cuentos populares siempre relacionados con fantasmas y apariciones.

Tal como explicaría él mismo, la otra influencia que marcó su vida, fue, precisamente, el hecho de ser escocés; un niño escocés que oyó hablar mucho de naufragios, de arrecifes mortales, de tormentas sin piedad y de grandes faros, así como de montañas cubiertas de bruma y de salvajes clanes de Covenanters perseguidos… -A través de Escocia-.

En el otoño de 1856 llegaba a Inverleith su primo Bob, al que la familia pretendía alejar de la presencia de un padre enfermo de demencia, y que tenía tres años más que Robert Louis. Se convirtieron en compañeros de juegos y juntos inventaban historias que encontraban buen asiento en la ardiente imaginación del escritor.

Pero su mejor diversión la constituían las temporadas que pasaba en casa de su abuelo en el presbiterio de Colinton, a las que él se refiere como su Edad de Oro. Estaba cerca de Edimburgo y allí se encontraba con numerosos primos y primas, con los que era feliz, además de la presencia de la benévola Jane Whyte Balfour, la hija mayor del Lewis Balfour, a la que R. Louis se referirá como Auntie, en A Child's Garden of Verses; un paraíso infantil que duró hasta el fallecimiento del reverendo y su sustitución, que obligó a la familia a trasladarse a Londres.

Sus comienzos escolares fueron habitualmente interrumpidos y casi siempre abandonados, ya fuera a causa de su persistente enfermedad, o de la inestable salud de su madre.

En la primavera de 1863 -Louis tiene 13 años-, viaja por Italia durante un mes, seguido de cortas estancias en Austria y Alemania, durante el viaje de retorno. Volvió a casa cinco meses después, mostrando una evidente falta de ánimo para reanudar su accidentada vida académica. Tal disposición animó a su padre, a llevarlo consigo en un viaje, durante el cual debía inspeccionar los faros de la costa de Fife. El proyecto, llenó de ilusión a Louis, que lo definió como su primer viaje en calidad de hombre, sin vestiditos. Pero a la vuelta, su madre había recaído, lo que provocó la necesidad de que la familia se trasladara de nuevo, en este caso, al Sur de Francia, permaneciendo Louis en Burlington Lodge Academy, como interno, muy cerca de la casa de su querida Auntie en Spring Grove.

A pesar de que allí escribió algunos de sus primeros relatos de aventuras para la revista escolar, Louis no se sentía feliz, sino todo lo contrario, por lo que, atendiendo a sus ruegos, el padre decidió que se reuniera algún tiempo con su madre y con Cummy en el sur de Francia, en Mentón, donde permanecería hasta su vuelta a Edimburgo en mayo de 1864, con la promesa de su padre, de que no volvería a Spring Grove.

A los 14 años Louis entró en un colegio especial para niños con problemas de salud, donde encontró un ambiente más llevadero, pero, al parecer prestaba poca atención al aprendizaje, pues para entonces, ya estaba decidido a ser escritor.

1865

Febrero de 1865. Nueva interrupción de la vida escolar, para acompañar a su madre a Torquay, hasta octubre, cuando comienza un nuevo curso, al que, en esta ocasión asistirá, ya con cierta independencia familiar. Entonces crea una revista de la que sólo salieron tres números a principios de 1866, porque en abril tuvo que volver junto a su madre. 

Durante aquel verano empezó a escribir una novela sobre la insurrección de los Covenanters de 1666 en las Pentland Hills, un trabajo que no gustó demasiado a su padre, que le animó a intentar el relato histórico en lugar de la ficción. Luis aceptó la sugerencia y pasó el otoño escribiendo Pentland Rising, obrita de la que su padre hizo imprimir cien ejemplares en Edimburgo, adquiriendo él mismo, también en este caso, toda la edición, a pesar de lo cual, no dejaba de ser la primera obra de Stevenson, y se convirtió, con el tiempo en objeto de deseo para coleccionistas.

15 años c. 1865

A pesar de los continuos tropiezos e interrupciones, para seguir la tradición familiar, a los 17 años, en octubre de 1867, ingresó en la Universidad de Edimburgo para estudiar Ingeniería. Aunque parece que tenía ciertas cualidades, tampoco se aplicó mucho; asentada ya su vocación de escritor, al parecer, se lanzó a una vida desordenada en compañía de una prostituta. Fue entonces cuando cambió su nombre inglés Lewis, por su equivalente francés, Louis.

Hacia 1871 (21 años.)

En el 71 abandonó la ingeniería que le hubiera llevado a la construcción de faros, pensando que los estudios de Derecho estaban más acordes con sus posibilidades físicas y su capacidad, y en esta ocasión, sí terminó los estudios, recibiendo el título en 1875, si bien jamás ejerció la abogacía.

1875, 25 años

El éxito de la titulación definitiva no causó gran alegría a su padre, que no podía olvidar la cosecha de disgustos que le había proporcionado Louis a lo largo de la carrera en Edimburgo. Además de las inesperadas compañías femeninas que elegía, desde el otoño de 1872, frecuentó el Club conocido por las siglas L.J.R. -Libertad, Justicia, Reverencia-, junto con un primo suyo. La sociedad promovía una rebeldía, próxima al ateísmo y rechazaba la obediencia a las imposiciones paternas. Para rematar el disgusto que todo esto supuso cuando llegó a conocimiento de su padre, en 1873, Louis le confesó abiertamente que había perdido la fe.

En 1876 recorrió los Canales de Anvers y Pontoise a través de Bélgica y Francia, una experiencia que después describió en un libro en 1878. Pero la vivencia fundamental en aquel momento, la constituyó su encuentro, en Barbizon, con Fanny Osbourne, una joven americana, pintora; unos diez años mayor que él; separada de su marido, y con tres hijos a su cargo, Isobel, Lloyd y Harvey.

Fanny Osbourne, hacia 1876, poco antes de su encuentro con Robert Louis Stevenson.

Retrato de Robert Louis Stevenson par Fanny Osbourne, 1876

Fanny había dejado a su marido, cansada de sus infidelidades y su inconstancia, viajando a Europa con sus tres hijos, para tratar de ser admitida en la l'Académie Royale des Beaux-Arts d'Anvers. Sorprendida y frustrada al saber que aquella Academia no aceptaba mujeres, tuvo que irse a París, para trabajar en un taller. Pero allí murió su hijo menor, Harvey -de la terrible tuberculosis-, y cuando Lloyd enfermó a su vez, Fanny no dudó en dirigirse a Grez, donde se le dijo que el clima sería más propicio para la salud del pequeño.

Stevenson en Barbizon en 1876 o 1877

Fanny y Louis se reunieron en el verano de 1877 en Grez y en octubre, volvieron a verse en París, siempre, y casi desde el primer momento, con la idea de casarse de inmediato, algo que no era posible, ya que Fanny no estaba divorciada, lo que la obligó a volver a California en 1878 para regularizar su estado lo antes posible. 

Louis deseaba fervientemente acompañarla, pero no disponía de medios económicas y, además, su padre, le amenazaba con retirarle una última y pequeña asignación -sin la cual se habría quedado literalmente sin comer-, en el caso de insistiera en seguir adelante con la idea de aquella boda.

Sus dificultades económicas y la falta de proyectos realizables le hicieron reflexionar sobre sus decisiones, de modo que optó por retirarse algún tiempo a Monastier-sur-Gazeille. 

Bosquejo del Château de Beaufort, realizado por Stevenson durante su estancia en Monastier

Château de Beaufort (Goudet - Haute-Loire), testigo de la terrible Guerra de los Cien Años y de las más terribles todavía, Guerras llamadas, de Religión

A partir de allí, inspirado por la lectura y la experiencia de George Sand, emprendió un viaje en solitario, que después también describió en Viaje con un asno por las Cévennes publicado en 1879, efectuando un recorrido que hoy se conoce como el Camino Stevenson. Viajó efectivamente solo, con una burra llamada Modestine, que compró por 65 francos y un vaso de aguardiente, y a la que sólo cargaba con lo necesario para dormir.

Travels with a Donkey in the Cévennes - French Highlands-. Portada de Walter Krane

Salió el 22 de septiembre de 1878 y recorrió 230 kilómetros. Pero sus sueños no cambiaron, y a pesar de la oposición familiar, acto seguido, decidió viajar a California para reunirse con Fanny Osbourne.

Salió pues, de Glasgow el 7 de agosto, llegando a Nueva York el 18 y, tras un viaje en ferrocarril, se reunió finalmente con Fanny en Monterrey, donde todavía soportaron una larga espera hasta que por fín se produjo el divorcio en enero de 1880.

Para entonces, Stevenson, que seguía sin trabajo y sobrevivía con grandes dificultades escribiendo artículos para el periódico local Monterey Californian, se fue a San Francisco, donde buscó trabajo en periódicos e incluso en el puerto, sin encontrar nada que pudiera proveer a su mantenimiento.

En marzo de 1880, Robert Louis estuvo a punto de morir de neumonía, pero al parecer, se recuperó gracias a los constantes cuidados de Fanny, que pasó seis semanas sin separarse de su lado. Ya casi restablecido, pudo finalmente casarse con ella el 19 de marzo en San Francisco, emprendiendo un curioso viaje de luna de miel, junto con Lloyd, el hijo de Fanny, que pasaron en una mina abandonada en California; Stevenson lo relataría en Los Colonos [Ilegales] de Silverado, en 1883. 

The Silverado Squatters. De un dibujo de J. D. Strough

Finalmente, el 17 de agosto de 1880 estaban de vuelta en Escocia, donde, para su mala fortuna, el verano siguiente fue muy lluvioso, provocando una fuerte recaída al escritor, cuyo médico le aconsejó no salir de casa, y fue entonces, ya a finales de agosto de 1881, cuando, el hecho de dibujar el plano de una isla del tesoro para Lloyd, que por entonces tenía 12 años, le inspiró para escribir una historia con el mismo título. El proyecto le ayudó a recuperar la confianza a su padre, Thomas Stevenson, pero Louis se quedó atascado en el capítulo 15.

El plano que inspiró La Isla del tesoro

A partir de 1880, Stevenson viajó por Escocia e Inglaterra y permaneció algún tiempo en Davos, donde, a partir del 18 de octubre de 1881, esperaba recuperar la salud con la ayuda del clima apropiado, a cuyo efecto el de Davos, en Suiza, era ya muy famoso. Y allí, al poco tiempo, reapareció la inspiración perdida, dando fin, en dos semanas, a los 15 capítulos que faltaban para completar La Isla del Tesoro. Poco después recibía los 30 primeros ejemplares del libro.

Después pasó los años 1883 y 84 en Hyères, en una casa llamada Solitude, de la que escribió: Este rincón, nuestro jardín y nuestra vida son casi celestiales. Canto todos los días con Bunian, el gran bardo y vivo cerca del Paraíso. Posteriormente escribiría: Feliz, fui una vez, y fue en Hières.

En 1887, tras el fallecimiento de su padre, volvió a los Estados Unidos, donde fue recibido por la prensa neoyorkina como una estrella, tras el éxito de El Extraño caso del Doctor Jekill y M. Hyde, de 1886. Después pasó el invierno en los montes Adirondacks, al norte de Nueva York, esperando, como siempre, una mejora en su salud. La primavera siguiente, viajó a Oceanía, visitando las Islas Marquesas, las Gilbert y las de Samoa.

1887

Estando de moda entonces los escritores Naturalistas, Stevenson, se hallaba entre estos y los principios del Impresionismo, teniendo el privilegio y la sabiduría de saber entremezclar ficción y realidad, además de que, por otra parte, procuraba no perder oportunidad de desacreditar a sus contemporáneos victorianos, sin atacarlos, es decir, ofreciendo por su parte todo lo contrario de lo que estos representaban, a través de una prosa realista y generosa con el ser humano.
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En cuanto a Fanny Van de Grift/Osbourne/Stevenson había nacido en Indianápolis, el 10 de marzo de 1840. A los 17 años se casó con Samuel Osbourne, el ayudante del gobernador del Estado, naciendo su hija Belle, un año después. 

Su marido participó en la Guerra de Secesión, tras la cual llegó a las minas de Nevada, donde decidió instalarse, organizando la ida de su esposa y su hija, que ya tenía cinco años y que sufrieron un largo y duro viaje, pasando por Nueva York, el istmo de Panamá y San Francisco, y viéndose, a partir de entonces, obligadas a recurrir a caravanas, carros y diligencias, para poder atravesar el río Reese y el pueblo de Austin, para, finalmente, afrontar una vida llena de dificultades, como era la del poblado minero, donde incluso, apenas había mujeres. Allí, Fanny aprendió a manejar armas y a preparar sus propios cigarrillos.

Después se trasladaron a Virginia City, en Nevada, donde su marido empezó a familiarizarse con un mundo nuevo de alcohol y mujeres, desapareciendo en 1866. Fanny y su hija se vieron obligadas a volver solas a San Francisco, donde les llegó el rumor de que Samuel, su esposo había muerto bajo las garras de un oso. Pero finalmente, volvió a reunirse con Fanny, y en 1868, nació su segundo hijo, Samuel Lloyd, lo que no impidió que el padre volviera al ambiente nocturno y mujeriego, motivo que hizo que Fanny se decidiera a abandonarlo, volviendo a Indianápolis. A pesar de todo, volvieron a reunirse una vez más en 1869, en Oakland, trayendo al mundo un tercer hijo, al que llamaron Harvey

Pero Samuel ya nunca abandonó sus aficiones. Al principio, Fanny se centró en la pintura y la jardinería, pero en 1875 decidió abandonarlo todo y marcharse a Europa con sus hijos.

Tras pasar algún tiempo en Amberes, decidió instalarse en París, para que su hija pudiera estudiar Arte. En cuanto al hijo pequeño, falleció pronto de tuberculosis, siendo enterrado en el cementerio Père Lachaise

Fue en París donde conoció Stevenson, quien, como sabemos, tras esperar unos años a causa de su falta de ingresos, decidió seguirla a California, cuando Fanny había ido a resolver su divorcio. Se casaron en 1880, en el caso de Louis, en contra de toda su familia. Recordemos que Stevenson escribió The Silverado Squatters, inspirado durante el período de su luna de miel, relato al que seguiría The Amateur Emigrant, sobre su propia experiencia del viaje a América. Es un hecho que su vida matrimonial influyó muy positivamente en su carrera literaria.

En el 89 Stevenson viajó a Samoa para hacer una serie de reportajes sobre los Mares del sur, pero el año siguiente enfermó, lo que le decidió a instalarse en Vailima, donde invirtió el pequeño capital que tenía en adquirir un terreno al sur de Apia, la capital de Samoa. Desde allí escribió a su familia, el 20 de enero de 1890, diciendo que aquel clima sería beneficioso para su salud, lo cual sorprendió a todos, ya que hasta entonces, aquel territorio era considerado poco apropiado para un europeo, incluso sano, a causa de su altísimo nivel de humedad. Sorprendentemente, Stevenson alcanzaría allí una llamativa mejoría.

Durante la guerra de Samoa en 1893, Stevenson tomó partido por sus nuevos y hospitalarios amigos frente a Alemania, lo que le valió el agradecimiento eterno de los mismos, que, en adelante, le llamaron Tusitala, el Contador de Historias.

1893
Fotografía de Henry Walter Barnett. State Library of New South Wales

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Stevenson murió a los 44 años y fue enterrado, de acuerdo con su deseo, frente al mar, en la cima del monte Vaea. Su entierro se convirtió en un homenaje por parte de los hospitalarios samoanos. Sobre su lápida se inscribieron como epitafio, los primeros versos de su poema Réquiem, compuesto en 1884, durante su feliz estancia en Hières.


44 años-1894

Tumba de Stevenson en el monte Vaea, Samoa
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Fanny murió en Santa Bárbara, California, 20 años después, el 8 de febrero de 1914. El año siguiente sus restos fueron incinerados y su hija llevó las cenizas a Samoa, donde las depositó junto a las de Stevenson. Sobre la piedra hizo grabar el nombre por el que Fanny fue conocida en Samoa: Aelele, Nube Voladora.


La prensa de California anuncia el fallecimiento de la Viuda de R.L. Stevenson, natural de Indianápolis.


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