domingo, 14 de enero de 2018

FRAY LUIS DE LEÓN • La libertad del intelectual frente al poder



Fray Luis de León. Bronce de N. Sevilla Sánchez. Universidad de Salamanca

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                  Quisiera rematar mi dulce canto
                  en tal sazon, pastores, con loaros
                  vn ingenio que al mundo pone espanto
                  y que pudiera en estasis robaros.
                  En el cifro y recojo todo quanto
                  he mostrado hasta aqui y he de mostraros:
                  Fray Luis de Leon es el que digo,
                  a quien yo reuerencio, adoro y sigo.

Miguel de Cervantes: La Galatea, Libro VI, Canto de Calíope vv. 665-672

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A juzgar por la estrofa del Canto de Caliope, Cervantes tenía a Fr. Luis de León en mayor estima que a ningún otro de los poetas allí celebrados.
Schevill y Bonilla

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Estamos ante una biografía que, de no mediar ciertas circunstancias, habría sido la de un fraile de vida sencilla y recogida -en ocasiones se habla de su escasa sociabilidad, e incluso de mal carácter-, y a la vez, la de un gran lingüista, erudito y excelente poeta, cuya existencia pudo transcurrir entre libros, papeles, tinteros, docencia y meditación, si no hubiera cometido dos graves trasgresiones que complicaron enormemente su vida.

La primera, proceder de judeoconversos, y la segunda, estar profundamente convencido de la verdad de sus convicciones y ser capaz de defenderlas ante las más graves dificultades, surgidas, sin duda, no de la probada calidad de sus conocimientos, sino de aquella procedencia racial.

Nacido en Belmonte, Cuenca, en 1527 ó 28, era hijo de Lope de León y de Inés Varela; cuyos árboles genealógicos fueron convenientemente expurgados, hasta hallar ascendientes conversos que llegaban hasta una tía abuela suya, que había sido penitenciada.

Su padre, no obstante, era abogado en ejercicio, condición que le llevó a establecerse, primero en Madrid, con su familia, el año 1533, o quizás, el 34, cuando nuestro autor tenía 5 ó 6 años y en 1536, en Valladolid, cuando allí se estableció la Corte.

En 1541, su padre fue nombrado Oidor en la Chancillería de Granada, a donde se desplazó igualmente, pero, en esta ocasión, dejando a su hijo, ya de 14 años, en Salamanca, a cargo de su tío Francisco de León, que era Catedrático en Leyes; ya tenía 14 años y debía empezar sus estudios.

Posiblemente, Luis también estaba destinado al ejercicio de las Leyes, pero, estando en Salamanca, en 1542 optó por ingresar en un convento agustino, donde profesó dos años después, a los 17, momento a partir del cual, decidió orientar su formación al ejercicio de la docencia, estudiando Artes, es decir: Gramática Latina, Lógica, Filosofía Moral y Filosofía Natural, grupo de disciplinas necesarias para acceder a los estudios superiores, que podían ser, Teología, Medicina, Leyes, o Cánones.

Así pues, obtuvo el título de Bachiller en Artes entre los años 1544-46, matriculándose el año siguiente en la Facultad de Teología, en la que estudió hasta 1551.

A partir de entonces, estaba oficialmente capacitado para impartir lecciones a alumnos de su Orden, que después debían acudir a exámenes oficiales, en Soria o Salamanca, y en ocasiones, era seleccionado para hablar en actos públicos de cierta trascendencia, como fue, por ejemplo, el Capítulo de su Orden, en Dueñas, de Palencia, en 1557, donde pronunció un discurso de apertura, en el que no se privó de denunciar públicamente, y al parecer, con gran energía, ciertas actitudes que, en su opinión, la Orden Agustina debía corregir.

Universidad de Salamanca. Claustro de las Escuelas Menores

En Salamanca había sido alumno de Melchor Cano, entre otros maestros suficientemente conocidos, pero parece que el empleo de la Escolástica, siguiendo a Santo Tomás y sus defensores, los conocidos como Tomistas, le parecía menos interesante que el estudio directo de los textos bíblicos, razón por la cual, decidió continuar su formación en la Universidad de Alcalá, donde asistió a las lecciones del dominico fray Mancio del Corpus Christi y del cisterciense Cipriano de Huerga, cuyos planteamientos, despertaron enormemente su interés, dejando una huella imborrable en tan especial alumno.

En 1560 obtuvo la licenciatura y el doctorado en Teología y acto seguido, se presentó a la oposición de Cátedra de Biblia frente a otros pretendientes, como Gaspar de Grajal, que fue quien la ganó en aquella ocasión, a pesar de lo cual -estamos ante espíritus exentos de envidias o rencores-, los dos contrincantes se hicieron buenos amigos, y llegaron a compartir, no sólo opiniones, sino también, la persecución inquisitorial y la prisión, en defensa de sus planteamientos.

Finalmente, fray Luis ganó sucesivamente las Cátedras de Santo Tomás y de Durando, en 1561 y 1565 respectivamente; a los 33 y 37 años, más o menos.
Ejercía la docencia en la de Durando, cuando, en 1572, fue denunciado y consecuentemente preso por la Inquisición, desde entonces, y hasta que concluyó el proceso, es decir, hasta 1576.

Al parecer, el mundillo universitario estaba organizado en parcialidades, y, en ocasiones llegaban a actuar y comportarse de forma violenta entre sí. En el caso que nos ocupa, el enfrentamiento entre agustinos y dominicos era evidente y conocido, siendo los últimos, como es sabido, los encargados de los procesos Inquisitoriales.
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Todo empezó en 1569, cuando una comisión de teólogos, presidida por el futuro inquisidor, Francisco Sancho, recibió el encargo de examinar el texto de la Biblia conocida como Vatablo, con vistas a una posible reimpresión solicitada por su editor, Portonaris, en Salamanca.

La controversia más ruidosa, se produjo entre fray Luis y León de Castro, ambos profesores de griego, pero ambos también con opiniones radicalmente opuestas.

Las versiones aprobadas hasta entonces, sin resquicio para la duda, eran la Vulgata, de San Jerónimo, y la llamada de los Setenta, o Septuaginta. Fray Luis; el catedrático de Biblia Gaspar de Grajal y el de Hebreo, Martín Martínez de Cantalapiedra, plantearon la posibilidad de introducir ciertas correcciones de traducción, proponiendo una revisión, basada en los textos originales hebreos, de los cuales, en buena parte, procedían ambas versiones, que a juicio de los tres ponentes, podían ser mejoradas.

Septuaginta de 1709 y Vulgata, de San Jerónimo, de 1714

El mejor conocimiento de las lenguas en que se han escrito los textos originales permitirá una mejor traducción de los textos bíblicos.

Tan chocante proposición, fue inmediatamente denunciada ante la Inquisición por el citado León de Castro y el dominico Bartolomé de Medina, siendo los tres osados renovadores, casi inmediatamente presos en marzo de 1572, momento a partir del cual, naturalmente, se vieron obligados a abandonar la docencia, en principio, por tiempo indefinido.

El proceso culminó con la absolución de los tres inculpados; fray Luis, en diciembre de 1576 y Cantalapiedra en 1577; pero el de Grajal continuó hasta 1578, a pesar de que había muerto, en prisión, tres años antes.

Diez acusaciones concretas pesaron sobre ellos desde un principio, pero el número creció a lo largo del proceso. Entre otras cosas, además de proponer ciertas posibilidades de mejorar la traducción de la Vulgata, fray Luis había traducido también el Cantar de los Cantares de Salomón, al castellano o romance, a pesar de que estaba vedado -aunque, como veremos, aseguró que lo había hecho sólo con carácter privado-.


En todo caso, como era costumbre, el proceso avanzaba de forma desesperadamente lenta para los inculpados; en opinión de fray Luis, a causa, no sólo de una complejísima burocracia, sino de la falsedad de los acusadores, que, procediendo sólo de la envidia, nunca podrían ser probadas, pese a los incansables intentos de sus promotores: -No me acusa la conciencia, ni de hecho, ni de pecho, que aquesto merezca.

El 7 de diciembre de 1576 llegaba de Madrid la sentencia absolutoria:

El dicho fray Luis de León sea absuelto de la instancia deste juicio y en la sala de la audiencia sea reprendido y advertido que de aquí adelante mire cómo y adonde trata cosas y materias de la cualidad y peligro que las que deste proceso resultan y tenga en ellas mucha moderación y prudencia como conviene para que cese todo escándalo y ocasión de errores, y que se recoja el cuaderno de los Cantares traducido en romance; -efectivamente, terminado en 1561, pero que no se publicó hasta 1798-.

De vuelta en Salamanca en diciembre de 1576, fray Luis se reintegró a la docencia y volvió a presentarse a la Cátedra de Sagrada Escritura, que ganó en 1579, siendo su oponente, un hijo de Garcilaso de la Vega, llamado fray Domingo de Guzmán –apellido de la madre del poeta-, que también era dominico.

Ocupando esta Cátedra el resto de su vida, empleó su tiempo, además de la docencia, en la creación literaria y naturalmente, la traducción.


Su primera obra escrita en castellano, De los Nombres de Cristo, fue publicada en Salamanca, en 1583. Se trata de un diálogo entre tres frailes agustinos, que se considera un hito de la prosa del siglo XVI.

Por la misma época empezó su Exposición del libro de Job, en el que se ocupó hasta sus últimos días, pero que tampoco fue publicado hasta 1779.

En 1582 fue de nuevo acusado a causa de sus opiniones sobre la Justificación y el Libre Albedrío, por lo que hubo de presentarse ante el cardenal Quiroga en Toledo, dos años después, si bien en esta ocasión, quedó libre tras ser amonestado benigna y caritativamente: que de aquí adelante se abstenga de decir ni defender pública y secretamente las proposiciones que parece haber dicho y defendido.

También tuvo que declarar ante el mismísimo monarca, ni más, ni menos, que Felipe II, en un pleito sobre Colegios Mayores, viéndose asimismo inmerso en otras causas, que gradualmente, le fueron alejando de la docencia, pero que, a la vez, le pusieron en contacto con otras personas y personajes, algunos de los cuales alcanzarían una notable celebridad.

Tal es el caso de la Madre Ana de Jesús, sucesora de Teresa de Jesús, que fallecería en 1582, siendo canonizada en 1614. La Madre Ana pidió a fray Luis que ordenara los escritos de Teresa, para poder enviarlos a la imprenta, siendo publicados en 1588. Al parecer, la monja Carmelita Descalza tenía gran confianza en el erudito agustino, a quien animó a terminar su trabajo sobre el Libro de Job, proponiendo asimismo su asistencia al Capítulo de Frailes Carmelitas, que debía celebrarse en 1590.

El año 1591, la enfermedad que terminaría con la vida de fray Luis, empezó a dar señales inequívocas de su progreso; ya en enero, tuvo que justificar ante la Universidad largas ausencias, causadas por la necesidad de recibir atención médica en Madrid, aunque volvió a sus clases en julio, y terminó sus trabajos sobre el Libro de Job.

En agosto, fray Luis debía presidir el Capítulo de su Orden en Madrigal de las Altas Torres, en Ávila, donde el día 14 de agosto fue elegido Provincial, cargo que nunca llegó a ostentar, porque falleció nueve días después de ser nombrado, en el convento agustino de aquella población. El día 24 por la noche, era velado en Salamanca, siendo inhumado en el claustro del convento agustino de San Pedro.

Años después, ante los estragos causados durante la Guerra de la Independencia y los debidos al paso del tiempo, la Universidad y la ciudad de Salamanca se propusieron localizar y recuperar los restos de Fray Luis, a cuyo efecto se creó una comisión, que los halló y exhumó el 13 de marzo de 1856, trasladándolos, el 28 a la capilla de San Jerónimo de la Universidad salmantina.

Sobre el féretro se colocaron sus símbolos académicos, una corona de laurel y un tintero, además del manuscrito de su Exposición del Libro de Job, obra a la que apenas acababa de poner punto final.

En 1869, el 25 de abril y por suscripción pública, se inauguró un mausoleo, así como la bella estatua de bronce que hoy preside el Patio de Escuelas de la Universidad de Salamanca, realizada por Nicasio Sevilla, con un acto literario celebrado al efecto.

Álbum poético en homenaje a Fray Luis de León, con motivo de la inauguración de su estatua. 1869

Fray Luis de León sigue siendo, como su estatua, un símbolo de la libertad del intelectual frente al poder.

Basado en el Apunte biográfico de Javier San José Lera,
publicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes 


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Causas, desarrollo y consecuencias del Proceso

Además de que las diferencias personales y de opinión entre los docentes –Dominicos y Agustinos-, que impartían lecciones en la Facultad de Teología de Salamanca, crearon un clima de enfrentamiento en la que los odios y rivalidades personales dejaban frecuentemente al margen los objetivos académicos, los votos de los alumnos eran los que resolvían en las oposiciones y cada maestro procuraba ganárselos; algunos recurriendo a cualquier expediente, por indigno que fuera, como el desprestigio del oponente, generalmente a base de falsedades.

Por otra parte, el Consejo General de la Inquisición, nombraba entre los maestros, Juntas de Teólogos encargados de censurar los libros y crear los Índices. Entre ellos, también primaban Dominicos y Agustinos; los primeros, sujetos a una visión clásica e inamovible, mientras que los agustinos actuaban de forma más avanzada y renovadora; en definitiva, santo Tomás, frente a san Agustín, o aristotélicos frente a platónicos.

Tal enfrentamiento fue el telón de fondo de la decisión de acusar ante el Santo Oficio a tres de los más brillantes maestros de la Universidad salmantina.

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Cuando la traducción bíblica conocida como de Batablo, de 1555, fue incluida en el Index de libros prohibidos por la Inquisición, de 1569, su editor, Gaspar de Portonaris, solicitó una revisión de la misma, con el fin de que, una vez corregidos los errores señalados, pudiera ser reeditada.

Para llevar a cabo dicha revisión, el Consejo, ordenó que se creara una Junta de Teólogos, a cuyo efecto se fueron nombrados diez maestros de Teología.

Francisco Sancho
León de Castro
Juan Gallo
Juan de Guevara
Luis de León
Gaspar Grajal
Martín Martínez de Cantalapiedra
Diego Bravo
García Castillo, y 
Diego Muñoz, a los que poco después se uniría Bartolomé de Medina, una vez obtenido su título.

Biblia de Vatablo. Bayerische StaatsBibliothek digital. BSB

Para analizar y discutir los textos citados como erróneos, se celebraron más de un centenar de reuniones, a lo largo de dos años, durante los cuales se produjeron numerosos enfrentamientos -no siempre, como se ha visto, relativos a asuntos teológicos-, que provocaron insultos, descalificaciones y amenazas permanentes, y al final, desembocaron en una denuncia firme ante la Inquisición, contra tres de los teólogos del Consejo, a los que singularmente denominaban los hebraístas salmantinos: Fray Luis de León, Gaspar Grajal y Martín Martínez de Cantalapiedra, promovida por León de Castro, ya conocido como furibundo enemigo de textos hebreos, de hebraístas y de descendientes de conversos, presuntos o desvelados, quien decidió acusar, casi personalmente, a Fray Luis.

Los tres hebraístas habían recomendado la reimpresión de la versión Batablo, sin necesidad de correcciones, razón por la cual, los dominicos los acusaron de pervertir los textos de la Septuaginta y la Vulgata, avaladas por su práctica exclusividad, garantizada por el Concilio de Trento, a cuyo efecto, no dudaron en el intento de atraerse a algunos estudiantes y otros dominicos, que consideraban a los agustinos como peligrosos innovadores, para que atestiguaran en contra de los tres acusados. Luis de Castro y Bartolomé de Medina tomaron a su cargo la tarea de acabar con la carrera, y acaso, con la vida de los tres hebraístas favorables a la reimpresión sin retoques.

Una vez preparados los testimonios necesarios, Medina redactó diecisiete proposiciones para presentar ante el Tribunal, en las cuales se concentraban los principales delitos cometidos por los tres hebraístas.

-Criticaban la Vulgata, afirmando que contenía errores de traducción.
-Aseguraban que en el Antiguo Testamento no se hallaba promesa de la existencia de una vida eterna.
-Habían traducido el Cantar de los Cantares, de Salomón, al romance; algo expresamente prohibido en Trento.
-Por último, pero ni mucho menos, de menor importancia: los tres frailes acusados, tenían ascendientes judeoconversos probados.

Francisco Sancho, comisario del Santo Oficio -al parecer, con harto malestar, pues era amigo de Fray Luis-, hubo de hacerse cargo de una especie de investigación preliminar, con el fin de averiguar la veracidad de las acusaciones. Sancho terminó su información en 1572 y la remitió a la Inquisición de Valladolid, con la recomendación de que se hiciera otra, más documentada, de los asuntos que allí se planteaban. 

Una vez recibido el informe por Diego González, y ante la evidencia de que los acusados eran de origen converso, la consideró razón suficiente para enviar a la cárcel inquisitorial a los tres denunciados, sin más dilaciones ni averiguaciones acerca del verdadero asunto a investigar, que era, como sabemos, el relativo a las traducciones y comentarios bíblicos.

El primer detenido fue Gaspar Grajal, quien ya conocía la suerte que iba a correr, informado por un alumno al que habían intentado aleccionar en su contra. Cantalapiedra y Fray Luis le siguieron unos días después, tras ser rechazada una oferta de 2000 ducados, ofrecida por un amigo, como fianza para evitar la prisión de este último.

Cuando se produjo el encierro de Grajal, fray Luis, evidentemente preocupado-, se apresuró a enviar copias de sus comentarios sobre la Vulgata a los teólogos más reconocidos de las Universidades de Roma, Lovaina y Sevilla, así como al arzobispo de Granada, quien aprobó inmediatamente sus proposiciones por medio de una carta en la que le ofrecía una declaración firmada al respecto, si fuera necesario, pero sólo habían pasado cinco días entre los arrestos, y la carta llegó cuando fray Luis ya era preso. 

Del mismo modo, los profesores de Salamanca, acordaron enviar una carta al Inquisidor en favor de los tres frailes, al igual que lo hicieron otras Universidades, pero de nada sirvieron apoyos ni testimonios; el temible tribunal no abrigaba el deseo de aceptar ningún testimonio que pudiera favorecer a sus presas. Ante la conocida intransigencia inquisitorial, paulatinamente, los acusados fueron perdiendo simpatías y poyos; era bien sabido que no era fácil salir indemne de semejantes casos.

Fray Luis fue muy pronto trasladado a la cárcel inquisitorial de Valladolid, donde, sorprendentemente, se le permitió disponer de una mesa, una silla, y algunos libros, pero se le prohibió recibir los sacramentos, negándole incluso asistencia médica cuando cayó enfermo.

Dos semanas después de su entrada, fue interrogado por primera vez, de donde resultó una sorprendente acusación formal: ser descendiente de generación de judíos, seguida de otras que, en realidad procedían y eran consecuencia de aquella culpable condición.

Fray Luis, a pesar de contar con ayuda legal, prefirió hacer sus propios alegatos, basándose, fundamentalmente, en la seguridad de que los testigos habían sido aleccionados por enemigos personales, a los que sólo movía la maldad, alimentada de envidia y resentimiento, surgidos de los enfrentamientos académicos, en los que él casi siempre se había alzado con la victoria.

Un año después, ya en la primavera de 1574, fue por fin examinado de algunas de las proposiciones expuestas por él, tanto en latín, como en romance, relacionadas con sus famosas precisiones sobre la traducción de la Vulgata y por la realizada del Cantar de los Cantares

Se le entregaron todas las declaraciones sin firma, pero él reconoció a cada uno de los declarantes, teniendo perfectamente claras las causas que habían movido a cada uno de ellos. 

Durante las sesiones, se reafirmó en su seguridad de que un mismo pasaje de la Biblia puede tener varios sentidos, sin que esto vaya contra el mismo libro ni contra ninguna fe. 

En cuanto a su traducción del Cantar de Salomón, prohibida por el Concilio de Trento, declaró que la había hecho con carácter privado, y exclusivamente, para Isabel Osorio, monja del convento de Sancti Spiritu, que no sabía leer latín, por lo que no era ni se consideraba culpable de que se hubieran hecho copias de la misma.

El hecho es, que la imposibilidad de probar unas acusaciones, evidentemente falsas, así como el inmutable empeño del Tribunal por lograrlo, no hacía sino alargar el absurdo proceso, así como la prisión de los acusados, hasta el punto de que fray Luis llegó a temer la posibilidad de ser condenado a la hoguera, en cualquier caso.

Su inquietud llegó a límites difíciles de soportar, cuando supo que el día 5 de septiembre de 1575, por la noche, había fallecido Gaspar Grajal en prisión, tras una larga enfermedad, y que el suceso había despertado sospechas. En todo caso, el triste suceso no impidió la continuación de la investigación, que se prolongaría hasta 1578.

A mediados de diciembre de 1575, el Tribunal reconocía finalmente, que fray Luis estaba libre de sospechas, a pesar de lo cual, no hizo pública su declaración de inocencia, argumentando que la misma debía ser votada y firmada por todos los componentes del tribunal, y aquello requería tiempo, en realidad, tanto, que un año después, el fiscal encargado de la acusación, todavía teniendo al preso en su poder, llegó a plantear que solo con la tortura sería posible que confesara su culpabilidad. 
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Grabado de: “La antigua Casa de la Inquisición de Valladolid”, 
del artículo de Luis Fernández Martín S.J. de la Real Academia de la Historia.

El arzobispo Carranza y Fray Luis de León ocuparon celdas en el lugar del tercer emplazamiento que tuvo la Inquisición en Valladolid, que sobrevivió desde 1559 hasta 1809 por espacio de dos siglos y medio. Esta tercera y más importante ubicación, tuvo lugar en las casas principales que fueron de Pedro González de León. 

Se sabe por Ambrosio de Morales, que estas casas comenzaron a albergar al Tribunal del Santo Oficio y a las cárceles secretas de la Inquisición desde el año 1559. Pero tratemos de precisar la situación exacta de estas casas de Pedro González de León. Los historiadores que han escrito sobre este asunto sitúan las mencionadas casas, unos “en la calle Real de Burgos”; otros, “en un palacio muy antiguo, próximo a la iglesia parroquial de San Pedro”, “en San Pedro”, cerca de la parroquia de San Pedro. Los autores citados se aproximan pero no aportan documentación contemporánea que fije de manera definitiva la ubicación de la casa de la Inquisición. 

Un documento notarial señala explícitamente la localización de la casa de la Inquisición: “Está en la calle de la Peña de Francia” que solía llamarse también “calle de los Moros”. Sabemos que desde Agosto de 1559 era utilizada la casa de Pedro González de León como lugar de reclusión de presos del Tribunal del Santo Oficio. Pero la propiedad del inmueble no pasó a manos de la Inquisición sino trece años más tarde, en 1572. Ese año el Santo Oficio se decidió a comprar esta casa para instalarse en ella definitivamente. Probablemente para ese año ya había fallecido su dueño Pedro González de León por cuanto la venta la realiza su hija y heredera Doña Mencía de León casada con Don Alvaro de Luna.

Tras dos siglos y medio de pervivencia, las casas de la Inquisición perecieron el año 1809 a causa de un incendio. “Durante tres días en la etapa francesa sin que se llegasen a descubrir los verdaderos responsables del incendio. Este incendio ocurrió al amanecer del 7 de diciembre de 1809 cuando servía de cuartel de soldados alemanes y franceses, y como estaba dada la orden de no tocar las campanas de noche se omitió tocar a fuego hasta el día siguiente a las nueve, tiempo en que ya estaba apoderado. Duró el fuego cuatro días y sólo la fachada y habitación de ésta se pudo conservar”.
Luis Fernández Martín, S.J.
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Es sabido, y, sin duda ya lo era entonces, que, en el tristemente famoso proceso inquisitorial de Valladolid, en 1559, un célebre acusado, incapaz de soportar la tortura, llegó a rogar al tribunal que le dijeran qué era lo que tenía que decir, y que lo diría con tal de que dejaran de causarle tan terribles sufrimientos, sabiendo que al final acabarían con su vida de todos modos. En el caso de fray Luis, el tribunal consideró que no era necesario tal castigo.

Aun así, para el mes de diciembre, y a pesar de que el Cardenal Quiroga, que presidía el Tribunal Supremo inquisitorial, había recomendado rapidez en la conclusión del proceso, optó finalmente por la absolución del preso, que debía ser puesto inmediatamente en libertad, y repuesto en su cátedra, además de ordenar que se le pagaran los sueldos retenidos desde la fecha de su ingreso en la cárcel.

A pesar de su no culpabilidad, es evidente que tampoco se le consideró inocente del todo, pues se le impusieron ciertas condiciones, con la amenaza de ser excomulgado si las incumplía. En primer lugar, se le prohibió terminantemente que hablara con nadie, de nada relacionado con el proceso; que no osara declarar quienes habían sido sus acusadores, ni se le pasara por la imaginación llevar a cabo el menor gesto de represalia contra ellos.

Antes de abandonar Valladolid, fray Luis alegó por escrito, -provocando una nueva queja ante el santo tribunal-: Me han tenido preso sin razón alguna, y no merezco pena sino premio y agradecimiento y si de todo este escándalo que se ha dado y prisiones que se me han hecho queda en los ánimos de vuestras mercedes algún enojo; vuélvanlo no contra mí, que he padecido y padezco sin culpa, si no contra los malos cristianos que engañando a vuestras mercedes, los hicieron verdugos y escandalizaron la iglesia y profanaron la autoridad de este Santo Oficio.

El tercer perseguido, Martínez de Cantalapiedra tuvo que esperar hasta junio del 1577, para recuperar la libertad, siendo asimismo repuesto en su cátedra, si bien, sólo sobrevivió dos años y medio, falleciendo a finales de 1579.

Después de perder casi cinco años de su vida en tan injusta situación -el Tribunal, actuando en secreto, podía permitirse toda clase de arbitrariedades-, fray Luis volvió a Salamanca el 30 de diciembre de 1576, a las 9 de la mañana, siendo recibido por colegas, alumnos y ciudadanos, que ya antes de entrar en la ciudad le esperaban, vitoreándolo y celebrando francamente su liberación.

A pesar de todo, una nueva contrariedad vino a sumarse a su ya largo suplicio, pues su cátedra había sido ocupada por otro maestro, que permaneció en la misma contra toda justicia, debiendo él incorporarse a la de Teología Escolástica, si bien no fue largo su desempeño, ante la queja de un profesor -al que también apoyaron los dominicos-, cuyos alumnos se pasaron en masa al aula de fray Luis, dando lugar a una nueva injusticia: mientras se resolvía la cuestión, fue fray Luis quien se vio obligado a abandonar sus lecciones.

Aula de Fray Luis en las Escuelas Mayores. Salamanca

Ante la situación creada en torno a su persona, y sabiendo que a pesar de la sentencia absolutoria, los recelos nunca terminarían por desparecer, fray Luis decidió presentarse a la cátedra de Filosofía Moral, que ganó en 1578, si bien tratándose de una de las que había que revalidar a los cuatro años, se presentó después a la de Griego, que tenía carácter definitivo, y que obtuvo en 1579, opositando frente a fray Domingo de Guzmán, como ya adelantamos, un hijo de Garcilaso de la Vega.

Pero estaba claro que sus males ya no tendrían fin, una vez que la Inquisición había inficionado su buen nombre. Cuando aprobó la cátedra de griego, se hizo circular el bulo de que hubo fraude en los votos, aunque la idea no prosperó. Poco después, se corrió también la voz de que tenía relaciones amorosas con la priora del Convento de Santa Ana de Madrid, Ana de Jesús. El rencor de la orden enemiga, se mostró infatigable.

Los continuos falsos rumores, se unieron a las dificultades que se le presentaban a la hora de exponer sus lecciones, a causa de las restricciones impuestas, ya que tenía que milimetrar sus palabras, para evitar cualquier posibilidad de ser mal interpretado; una tensión permanente, que fue minando sus energías, por lo que empezó a aceptar encargos fuera de la Universidad, que, a su pesar, le arrebataron paulatinamente el placer que siempre sintió por la docencia.

Todavía en 1584 volvió a ser acusado ante la Inquisición, por una conferencia acerca del libre albedrío pronunciada por su amigo fray Prudencio de Montemayor, a quien acusaron los dominicos. Fray Luis defendió a Montemayor, declarando que no se podían calificar de heréticas cuestiones sobre las cuales se podía opinar. De nuevo fue procesado, si bien, el asunto terminó con una amonestación y la prohibición de volver a hacer las mismas afirmaciones.

A pesar de las sentencias favorables, de los años perdidos injustamente, de la inexistencia de cualquier afirmación que pudiera calificarse de herética, etc. la existencia de fray Luis se había convertido en una tortura permanente, ya que apenas podía hacer o decir nada, sin que a ello se siguieran críticas, bulos o denuncias; algo que cada vez fue más difícil de soportar para aquel hombre, a pesar de su demostrada resistencia, de la gran energía de su carácter y, sobre todo, a pesar de su probada inocencia, todo lo cual, terminó, si no por quebrantar su ánimo si por afectar a su salud.

En el verano de 1591 fue designado para asistir a un Capítulo de la Orden en Madrigal de las Altas Torres, donde, además, fue elegido Provincial de la misma para Castilla. Tenía entonces 64 años, pero no llegó a ejercer su nueva ocupación, pues falleció en aquella localidad, el día 23 de agosto de 1591.

Madrigal

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La poesía de Fray Luis de León y Quevedo

Uno de los capítulos más apasionantes de la historia de la poética del Barroco es el que se refiere a la publicación por parte de Quevedo de la poesía de fray Luis de León. 

Cristóbal Cuevas García. Universidad de Málaga.


Considerando, por una parte, el escrito que Quevedo envió a Felipe IV, en 1633, titulado “Execración contra los judíos” en el cual, afirmaba, como veremos, que las conversiones de aquellos eran siempre falsas y que el único remedio contra la plaga judía era su destrucción, y, sabiendo, por otra parte, que el único delito probado contra fray Luis, fue el de tener ascendientes judeoconversos, ¿por qué, mostraría Quevedo tal predilección por su obra poética, como para hacerse responsable de su publicación en 1631?


¿Había cambiado Quevedo de opinión en dos años con respecto a los descedientes pueblo elegido?

¿Admiraba sinceramente la poesía de Fray Luis, tan diferente a la suya?

¿Hay razones de consideración para comprender semejante actitud en un hombre que, no obstante ser un gran escritor, acostumbraba también a razonar a golpe de espada, cuyo uso dominaba a la perfección, al igual que el lenguaje?

El relato de esta tercera fase de la biografía de Fray Luis de León, constituye un capítulo verdaderamente apasionante, que muy pronto seguirá al presente.

Sirva como pista el soneto que dedicó a don Luis de Góngora, cuando este le dijo que no conocía bien la lengua griega:

                  
                           Con cuidado especial vuestros antojos
                            Dicen que quieren traducir al griego,
                            No habiéndolo mirado vuestros ojos.



SONETO de QUEVEDO en respuesta a LUIS DE GÓNGORA

                  Yo te untaré mis obras con tocino
                  porque no me las muerdas, Gongorilla,
                  perro de los ingenios de Castilla,
                  docto en pullas, cual mozo de camino;

                  apenas hombre, sacerdote indino,
                  que aprendiste sin cristus la cartilla;
                  chocarrero de Córdoba y Sevilla,
                  y en la Corte bufón a lo divino.

                  ¿Por qué censuras tú la lengua griega
                  siendo sólo rabí de la judía,
                  cosa que tu nariz aun no lo niega?

                  No escribas versos más, por vida mía;
                  aunque aquesto de escribas se te pega,
                  por tener de sayón la rebeldía.

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jueves, 4 de enero de 2018

Mariano Fortuny • Magia en los pinceles • Segunda Parte


La Vicaría, El Coleccionista de Estampas y Fantasía sobre el Fausto de Gounod, son tres de las obras más personales y exclusivas de Mariano Fortuny, y tal vez por ello, se han convertido en tres de sus más significativas pinturas.

Fantasía sobre Fausto, 1866. Óleo sobre lienzo, 40 x 69 cm. MNP

Juan Bautista Pujol (1835-1898) ejecutó su Gran fantasía Para Piano, basada en la ópera Fausto, de Gounod, en el estudio del pintor Francisco Sans Cabot (1834-1881). 


Fortuny fijó su impresión del concierto en el lienzo, así como lo hicieron sus dos amigos, que aparecen en la pintura, Agapito Francés (1840-1869) y Lorenzo Casanova (1845-1900), que hicieron sendos bocetos del mismo asunto. Se sabe, incluso, que la actuación se llevó a cabo entre los días, 20 de junio, fecha en que Fortuny llegó a Madrid, y el 25 de julio de 1866, fecha en que Sans Cabot salió de viaje.

Fortuny realizó sobre la marcha estudios del piano y del compositor, en la misma actitud que aparece en el óleo. El momento aquí reflejado, evoca el Cuarteto del Acto III, Escena VIII, en el jardín de la casa de Margarita. 


El jardín de Marguerite en el Acto III de la ópera Fausto de Gounod presentado en la producción original en el Théâtre Lyrique el 19 de marzo de 1859. Litografía de Pierre-Auguste Lamy


En la parte inferior izquierda de la pintura hay una dedicatoria en catalán, al músico Juan Bautista Pujol: Recordando su fantasía de Fausto. M. Fortuny. Madrid 1866

Añade la información del Museo del Prado, que la separación entre lo real y lo imaginado, así como la inclusión de un búho, recuerdan al Capricho 43 de Goya, el artista al que más admiraba Fortuny.

Capricho 43: El sueño de la razón produse (sic) monstruos
Anónimo, Copia de Francisco Goya. 215 x 150 mm. MNP
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La Vicaría, versión de 1867. Col. Part.

Después de su boda, y a la vuelta del viaje de novios, Fortuny dedicó mucho tiempo a componer La Vicaría, otra de sus escenas llenas de vida, movimiento, calor, murmullos y batir de abanicos. Hizo dos versiones de las que esta sería la primera; menos detallada que la definitiva y muchos bocetos preparatorios. Anecdóticamente, se sabe que está realizada sobre una tabla que el pintor compró en el Rastro de Madrid.
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Café de las Golondrinas. The Walters Art Gallery, Baltimore. 1868

Detalle del Café de las Golondrinas

Se trata de una acuarela de carácter orientalista, cuyo tercio superior es un derroche de orfebrería y delicadeza, casi poético.

En el momento de realizar sus pinturas orientalistas, Fortuny se inspiraba siempre en los numerosos bocetos y apuntes que tomaba en sus continuos desplazamientos por los lugares que consideraba más significativos y menos conocidos, en este caso, de Marruecos, que recorrió junto con su guía nativo, llamado Ferrachi, al que también retrató en varias ocasiones.
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Hombre sobre una mesa. 32 x 23. 1868-69. Musée d’Art Hispanique. Castres

Vista la calidad e intensidad expresiva de esta obra, casi podríamos pensar que el toque inacabado, es un recurso que no hace sino resaltar el tema principal; la cabeza del hombre, de hechura perfecta, sobre un fondo oscurecido, y el brillo de su casaca. ¿Ganaría mucho este argumento si la mesa y la silla estuvieran acabadas?
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Pórtico de San Ginés, I. 1868. 60 x 96,5. Hispanic Soc. of America

Algunos comentaristas aseguran que, posiblemente, esta pintura –primera versión de un asunto que también repitió varias veces-, es una de las que más acercan la visión de Fortuny a la de Goya, aseveración que se apoya, además, en el hecho de que se trate de un asunto de ambiente muy madrileño, tan propio, casi exclusivo, del pintor aragonés, al que Fortuny, evidentemente admiraba, y cuyo espíritu supo interpretar con tanto acierto.

También podemos observar aquí infinitos detalles que atraen poderosamente la atención, a pesar de la aparente vaguedad de la pincelada y la falta de dibujo, si se puede expresar así, puesto que estamos, una vez más, ante una escena impresionista. Así, los tapices, colgados a los lados de la puerta; las dos figuras femeninas, creadas sólo con toques luminosos, pero que destacan vivamente sobre el fondo oscuro de la entrada, o la ligerísima insinuación de las rejas de las ventanas. 

La luz del conjunto parece indicar que nos encontramos a la entrada del templo a primera hora de la mañana.

Pórtico de San Ginés, II. 1868. 67 x 90,5. Col. Part.

En esta segunda versión aumenta la imagen impresionista de las dos mujeres que se dirigen al templo, al igual que ocurre con los tapices y los mendigos que piden limosna; tan insinuados que podrían parecer sencillos bocetos, pero que ofrecen una sensación muy verídica, sobre todo, si se observa el resultado definitivo del conjunto. Fortuny expresa aquí, exactamente lo que quería mostrarnos y así nos hace una descripción real y muy activa. 

Pórtico de San Ginés, III. Acuarela. 12,7 x 21. Col. Part.

El mismo asunto, desde otro ángulo, demuestra el placer del pintor por la experimentación. Aquí se ofrece un cambio de decorado y un notable aumento del número de personajes, en relación con las versiones anteriores. La luz también ha cambiado y parece mostrar la posición del sol, que hacia el mediodía, ya provoca un intenso contraste de luz y sombra, atravesando la pintura en diagonal.
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D´Epinay ataviado de goyesco, 1969. 15 x 11. Col. Part.

El escultor y aristócrata Prosper D´Epinay trabajó durante el invierno de 1868-1869 en el estudio de Fortuny en Roma, donde posó para esta tabla vestido con ropas goyescas, en un nuevo homenaje de admiración a Goya. De nuevo, un esbozo, en el que sobresale la excelente factura del rostro del modelo. Aquí también hay luz y sombra, pero apenas dibujo ni otros detalles; sólo sabias pinceladas en torno a un gran retrato. 

Prosper D’Épinay: Busto de Mariano Fortuny. 
1869. Barro cocido, 39 x 22 cm. Museo Nacional del Prado (MNP)

Este busto, que nos da la bienvenida al entrar en la actual y ya citada Exposición Fortuny (Museo del Prado, Madrid; 21.11.2017 – 18.03.2018), muestra la capacidad del artista para transmitirnos, no sólo el rostro del pintor, con su más que característico pelo rizado, sino también, su personalidad. Al igual que haría el escultor napolitano Vincenzo Gemito (1852-1929) del que hablaremos en la tercera y última parte, D’Épinay inmortalizó al artista cuando aún vivía. 
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En 1868 Mariano Fortuny y Cecilia Madrazo habían estado en Granada, donde el artista pintó varias obras e invitó a algunos de sus amigos de París, como Martín Rico, Jules Worms o el bilbaíno Eduardo Zamacois, que murió en Madrid sin haber realizado el viaje.

Es evidente que el pintor hallaba aquí la magia del aire que había descubierto en el norte de África y que guardaba un extraordinario recuerdo de la hermosa y evocadora ciudad.

Por entonces, ante la inminencia de la Guerra Franco-Prusiana (19.7.1870 – 10.5.1871), Fortuny decidió abandonar París, en aquel momento, seriamente amenazada, optando por establecerse temporalmente, de nuevo en Granada, donde la familia permaneció durante dos años, tal vez, los más luminosos de la vida del artista. Fortuny alquiló una casa, que eligió cuidadosamente, para poder pintar al aire libre, a la luz del sol, quizá hastiado ya de guerras y casacas.

Balcón en Granada 1870. Col. Part.

Este balcón granadino es una bellísima muestra de aquel anhelo de aire, luz y libertad expresiva. El pintor apenas matiza las flores de los tiestos, a pesar de lo cual, y, como siempre, resultan extremadamente luminosas y llenas e vida.

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La Vicaría, 1870. Acuarela, 34 x 50. BBAA Zaragoza

Fortuny traza las líneas fundamentales de una composición que pronto convertirá en una obra maestra, pero aquí ya tenemos los fundamentos de la obra definitiva, en los que también resulta muy evidente lo que llamamos su componente Goya.

La Vicaría (60x93,5), 1870. MNAC

La pintura definitiva podría parecer, en ciertas partes, abigarrada, pero no lo es, o quizás tendríamos que decir, excesiva en detalles, pero tampoco. Las figuras están vivas, su ropa se mueve y sobre ellas cae esplendorosa la luz que a la vez crea la penumbra del fondo. El decorado es perfección pura; las rejas frías, los libros cálidos, y el colorido, impresionante, de acuerdo con los matices necesarios en cada zona. Pinceladas mágicas desafiando fórmulas que, no obstante, están ahí y complementan pictóricamente una necesidad creativa muy personal y creadora, insuperable, inventada por el artista, de manera genial.

Esta pintura -aún dentro del género casacón-, provocó numerosos comentarios cuando se expuso en París, en la primavera de 1870. Es el maestro de todos, escribió Regnault, refiriéndose a los pintores de costumbres, o de género, de los que ya había en Francia grandes y reconocidos representantes.


Un grupo de testigos esperan en la sacristía -separada del templo por una verja de factura asombrosa-, para firmar como tales en la boda recién celebrada.


Isabel Madrazo, cuñada del pintor y modelo para la novia, escucha atentamente a su hermana Cecilia, la esposa de Fortuny.

Ricardo Madrazo, el novio.


Meissonier, el pintor, es el general francés, que no dudaba en presumir: 

-Perdóneme, pero estoy posando para Monsieur Fortuny. 

Cuidado dibujo; minuciosidad y preciosismo; delicadeza y verosimilitud en los detalles; amplitud espacial; gran sentido del color y estupendo estudio lumínico; perfecta captación de los distintos tipos de telas y sus calidades descriptivas; interés por las expresiones de los personajes que se convierten en auténticos retratos; pincelada rápida y fluida a la par que precisa; interés por el estudio de los reflejos que provoca la luz blanca. La imagen es un perfecto retrato de la sociedad española del siglo XVIII con su clérigo, su torero, sus damas encopetadas, sus majas, el militar, hasta el demandadero de las ánimas del purgatorio, la extraña figura que, con el torso desnudo, la cabeza encapuchada y una bandeja en las manos otorga a la escena un aspecto fantasmal. (Artehistoria).




No es posible expresar con palabras el buen gusto encantador, la gracia exquisita, la originalidad inesperada de este cuadro. Théophile Gautier.
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Paisaje de Granada, 1871. MNAC

Ya instalado en Granada, Fortuny escribió a su amigo, el también extraordinario pintor Martin Rico invitándole a visitarlo: Tengo una casa por estudio donde se puede pintar al aire libre, sin vecinos, con las vistas sobre la Vega y unos efectos de sol magníficos. 

La imagen de esta pintura representa el llamado Campo de los Mártires con Sierra Nevada al fondo, en la que el Callejón de Matamoros -cerrado en 1882—, llega hasta unas casas con cármenes o jardines. 

Un gran paisaje, en definitiva, encuadrado entre el luminoso cielo azul y la verde oscura fronda del ángulo inferior izquierdo.

La otra Vega

Édouard Manet. Paisaje de Oloron-Sainte-Marie

Aunque pueda parecer anecdótico, resulta interesantísima la sorprendente incógnita que expongo a continuación.

La pintura de Fortuny tiene un extraño gemelo, firmado por Édouard Manet, en una tela que sigue constituyendo un enigma indescifrable, ya que el pintor francés nunca visitó Granada, aunque presumiblemente, sí tuvo ocasión de contemplar la obra de Fortuny. Pero el absoluto y preciso parecido entre ambas pinturas, constituye casi un arcano, que nadie ha podido aclarar todavía. se trata de una copia exacta, de éso no parece haber duda, pero, ¿cómo, cuándo y dónde se realizó?

   Fortuny                                          Manet
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Tras breves estancias en Londres y Nápoles, Fortuny, se instaló con su familia en la pequeña localidad de Portici, en el sur de Italia, donde pasaron el verano.

Al parecer, para entonces mostraba ciertos síntomas de depresión o profundo descontento. Al parecer, el éxito comercial de su pintura le había proporcionado un brillante estatus social y económico, pero la pintura que requerían los clientes de Goupil, ya no era la que él deseaba hacer, si bien, la necesidad de mantener el nivel de vida alcanzado, le impedía actuar artísticamente con libertad. 

En 1871 volvió a Marruecos acompañado por su amigo Tapiró y en mayo del año siguiente volvió a Roma, para instalarse en Villa Martinori, pero aparecía muy deprimido, sin ganas de hablar con nadie, aunque mantenía un ferviente e incansable deseo de pintar. Su amigo el barón Charles Davillier también le acompañó a Londres y juntos visitaron numerosas colecciones, museos y talleres, entre ellos los de Alma-Tadema y Millais.

En mayo de 1874 volvió a París con la intención de anular el contrato que le mantenía atado a los intereses comerciales de Goupil. 

Después de pasar el verano en Portici, el 9 de noviembre del mismo año, regresó a Roma, donde fallecería unos días después. 

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Portici: El último verano

Paisaje de Portici. Acuarela, gouache y témpera, 40 x 31. 1872. 
Museo del Prado, Gabinete de Dibujos y Estampas. Madrid

La atracción por la luz y el color inclinaban a Fortuny hacia la nueva corriente Impresionista que empezaba a extenderse en Francia, a pesar de su rechazo por parte de los medios académicos. 

Durante su estancia en las proximidades de Nápoles, Fortuny pintó paisajes, algunos de los cuales pudo haber observado desde Villa Arata, su casa, cuyas vistas alcanzaban el mar Tirreno y las montañas del Soma, así como las grandes superficies de huerta, en torno al Vesubio, y las blanquísimas fachadas de las casas bajas reluciendo al sol.

Un primer plano, de vegetación verde y malva, tras una sencilla barrera de troncos, da paso al segundo, compuesto por las delicadas casas blancas, a partir de las cuales, la vista se lanza hacia un cielo que se muestra infinito, cargado de nubes blancas, que conforma dos tercios del paisaje con su extraordinaria y atractiva sencillez. 
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Cecilia Madrazo, 52 x 38. 1874. Museo Británico

Cecilia Madrazo posa una vez más para el artista, en esta ocasión, en el jardín de Villa Arata, en Portici. La luz que se refleja en su ropa, empieza a extenderse sobre la casa, en cuya entrada, aparecen algunos tiestos y una silla perfectamente abocetada. Las flores encuentran el fondo perfecto para mostrar su ligera realidad. La geometría del diseño, siempre perfecta, apenas se hace notar, pero está ahí, creando perspectivas muy precisas. La falda es una obra de arte y un ejemplo de virtuosismo en el tratamiento de telas.
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Los hijos del artista, María Luisa y Mariano, en el Salón Japonés.1874. 44 x 93, MNP

Por una carta enviada a Martín Rico, sabemos que Fortuny proyectaba regalar esta pintura de sus hijos –Luisa y Mariano-, a Federico Madrazo, el padre de Cecilia, y realizó previamente, como de costumbre, gran cantidad de esbozos, si bien, finalmente, la obra quedó inacabada. 

Aquí se muestra claramente, otra de las tendencias pictóricas en la que había puesto, como en todas sus experimentaciones, gran interés, estudio y horas de observación; el japonesismo, así, el muro del fondo; seda azul con decoración de mariposas y flores.
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Paisaje de Portici, 1874. 70 x 50. MNAC

Fortuny desciende a la tierra después de la luminosa acuarela de Portici, realizada dos años antes. Allí dos tercios de la obra estaban plagados de vaporosas nubes; aquí esos dos tercios corresponden a la tierra. 

Portici parece haber sido una especie de liberación artística para el pintor; aquí ya no hay nada relacionado con casacones, vicarías, o continos, pero sí permanece la luz natural y el aire libre, algo muy querido para él, y de lo que se había visto privado durante demasiado tiempo. 

Es posible que, a pesar de que la enfermedad prosiguiera su camino, quizás su depresión encontrara un lenitivo en estos cielos limpios que –así queremos creerlo-, alcanzó a pintar con verdadera satisfacción personal. Posiblemente logró cumplir el deseo comunicado a sus amigos, de pintar a mi gusto y todo lo que me dé la gana.
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Fortuny. Mar al fondo el Vesubio. 1874 Acuarela
Museo del Prado, Gabinete de Dibujos y Estampas. Madrid

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En abril de 1875, las obras que Fortuny guardaba en su estudio y buena parte de los objetos y antigüedades que había ido adquiriendo para su colección personal, fueron subastados, por decisión de su viuda, en el Hotel Drouot de París, alcanzando notables precios con su venta.

A pesar de su muerte a los 36 años, su personal estilo y el virtuosismo de su obra lo confirman como un gran creador que legó su buen hacer a otros artistas y a los que podemos considerarnos privilegiados espectadores.

Fortuny supo conjugar preciosismo, interpretación y ejecución de detalles menudos pero expresivos y combinar luces y sombras de forma inteligente y bella, en caso de necesidad, empleando técnicas muy académicas, pero a su vez, también combinadas con la magia creadora de sus pinceles, libres, ligeros y espontáneos. 

La muerte, demasiado temprana, no pudo acabar con aquella magia.

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Ramón Tusquets. Entierro de Fortuny. 1875. 72,6 x 94,5 cm. MNAC

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Su corazón fue enterrado en Reus. Sus restos mortales, quedaron en el cementerio de Campo Varano. Su esposa, Cecilia Madrazo y su hija mayor, Luisa, tras pasar algún tiempo en París, volvieron a Venecia. Su hijo Mariano, también excelente pintor, fue además, escenógrafo y, sobre todo, un famoso diseñador de tejidos, que trataba aplicando técnicas exclusivas y fórmulas secretas.
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Es posible –me atrevería a apuntar finalmente-, que muchos de los temas pintados por Fortuny al dictado de Goupil, tan de moda entonces, hayan perdido hoy parte de su interés como tales. Sin embargo, siguen atrayendo poderosamente nuestra atención, de forma hipnótica. Tal vez, porque su trascendencia artística no dependa tanto de lo que Fortuny hacía, sino de cómo lo hacía. De ahí que, a pesar de todo, podamos seguir contemplando su pintura con tanta fascinación, deteniéndonos en cada una de esas pinceladas, tan sueltas, libres, personalísimas, perfectas y vivas, que dotan de genial creatividad su obra, sea cual sea la que tengamos ante la vista.

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