sábado, 21 de abril de 2018

Baltasar Gracián • El Criticón



Retrato de Baltasar Gracián, restaurado y conservado en Graus. Fragmento.

El escritor fue destinado al colegio jesuita de Graus en 1658 a modo de reprimenda a causa de El Criticón. Este retrato estuvo en el colegio anexo a la iglesia de los jesuitas, desmantelado en la década de 1960.

Baltasar Gracián y Morales (1601-1658) fue sacerdote jesuita y escritor, encuadrado en el Siglo de Oro. Entre sus obras destaca, con diferencia, El Criticón; una alegoría de la vida, que ha llegado a ser una de las obras más destacadas de la literatura española.

Siendo Conceptista, Gracián, construyó, a partir de sentencias breves un estilo propio, prácticamente exclusivo; denso, muy concentrado y cargado de dobles sentidos, a base de juegos de palabras o inesperadas asociaciones entre palabras e ideas. El resultado, aunque pudiera parecer excesivo, es un texto muy enriquecido, lacónico; parco en palabras, pero rebosante de significados.

Por otra parte, Gracián, acorde con la mentalidad del Barroco, es pesimista; para él, el mundo es un espacio hostil y engañoso -que en esta vida no hay casa propia (Criticón)-, donde prevalecen las apariencias frente a la virtud y la verdad, y el hombre es un ser débil, interesado y malicioso.

Para afrontar tan amarga realidad, hay que disponer de recursos, como la prudencia, la sabiduría, y, acaso, también el disimulo, de todo lo cual, Gracián ofrece consejos y ejemplos, que no se reducen a sentencias morales, y que expresa por medio de conceptos muy ingeniosos, a veces, complejos de discernir.

Su pensamiento vital es inseparable de la conciencia de una España en decadencia: floreció en el siglo de oro la llaneza, en este de yerro la malicia, como reza su máxima, en la que se evidencia ya el sencillo juego de palabras con el empleo de “yerro”, que puede referirse a error, o a hierro –en ambos casos, contrapuesto al oro y al brillo de épocas anteriores.

Todo ello ha hecho de Gracián un genio adelantado a su época, considerado un precursor, tanto del existencialismo, como de la postmodernidad, cuyas huellas se advierten en pensadores tan alejados en el tiempo y el espacio, como La Rochefoucauld y Schopenhauer. Sin olvidar, por cierto, el interesante dato de que, de una de su obras, que comentaremos más tarde, traducida al inglés como The art of worldly wisdom: a pocket oracle –oráculo de bolsillo-, se vendieron más de ciento cincuenta mil ejemplares en el ámbito anglosajón, en fecha no tan lejana ya, como es la última década del siglo XX; la obra se mantuvo casi cuatro meses en la lista de los más vendidos del Washington Post, apareciendo durante dos semanas, incluso en la primera posición de la misma.

Baltasar Gracián. 
Museo de Bellas Artes de Valencia, primera mitad del siglo XVII
Aunque no tiene relación de aspecto con el otro retrato conocido, nunca se ha puesto en duda que se trate del escritor. No es segura, sin embargo, su atribución a Velázquez -a quien Gracián admiraba-, aunque podría haber salido de su taller, o quizás, ser de Jusepe Leonardo.
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Gracián nació en Belmonte -hoy, Belmonte de Gracián-, muy cerca de Calatayud, en 1601. Excepto que era hijo de Francisco Gracián y Ángela Morales, apenas hay noticias relativas a su infancia, aunque es casi seguro que debió estudiar letras desde los diez o doce años, posiblemente, en el colegio de los jesuitas. Hacia 1617 pudo vivir en Toledo -ciudad que recordará como: oficina de personas, taller de la discreción, escuela del bien hablar, toda corte, ciudad toda… centro no tanto material quanto formal de España, (El Criticón, I,10)-, con un tío suyo, capellán de San Juan de los Reyes, pudiendo entonces, aprender Lógica y profundizar su latín.

A los 18 ingresó en el noviciado de jesuitas en Tarragona, donde le convalidaron dos años preceptivos de humanidades, gracias a su ya excelente formación.

En 1621, rondando los veinte años, volvió a Calatayud, y siguió dos cursos más de Filosofía, mostrando entonces su preferencia por la Ética, que tanto influiría en su posterior creación literaria. Tras cuatro cursos más de Teología, que cursó ya en la Universidad de Zaragoza, su formación intelectual, a la par que la religiosa, quedaron completadas de acuerdo con los respectivos programas.

Retrato completo de Baltasar Gracián, en Graus. CVMC

Después de ordenarse sacerdote en 1627, explicó Humanidades en el Colegio de Calatayud, donde, según parece, vivió una época de tranquilidad, que terminaría, sin embargo, a partir de 1603, cuando fue enviado a Valencia, donde tuvo graves enfrentamientos con otros representantes de su Compañía. 

Los recuerdos que conservó de su estancia en la ciudad del Turia no debieron de ser nada gratos: contra ella y sus pobladores muestra ojeriza y malhumor en muchos pasajes del Criticón. Motivo personal sería quizás una retractación pública que le fue impuesta por la autoridad eclesiástica. Con el fin de despertar la curiosidad y atraerse auditorio para uno de sus sermones, hizo correr la voz o dio a entender que leería en él una carta recibida del infierno. Consideraría la cosa como ingeniosidad plausible en sus fines, pero la autoridad eclesiástica lo vio de otra manera y le obligó a retractarse públicamente. Fue en verdad para Gracián una mala partida del infierno.

M. Romera-Navarro, 
Catedrático de la Universidad de Pensilvania. CVMC.

Era un aragonés de pro, lo que en la época equivale a catalán, pues así denomina a Fernando el Católico, “Catalán, al fin”, su propio Cronista. Conviene considerar que, en la época, de los tres reinos que componían la Corona de Aragón; Aragón, Cataluña y Valencia, este último, era el más diverso, manteniéndose, sin embargo, unidos Aragón y Cataluña como una sola entidad. Las modas, estilos y costumbres, eran compartidos por ambos, pero no así por la que al autor citado denomina “la ciudad del Turia”, donde probablemente, Gracián no gozaba de renombre, sino todo lo contrario.

Unos años después, alrededor de 1631, impartió Teología Moral en Lérida, pasando a explicar Teología en 1633, en Gandía, donde volvieron los antiguos enfrentamientos, razón por la cual, posiblemente abandonó la docencia y se trasladó a Huesca, en 1636, como confesor y predicador. 

Fue en Huesca donde conoció al erudito Vincencio Juan de Lastanosa, que, convertido en su mecenas, promovió la publicación de su gran obra: El Héroe, en 1637.

Vincencio Juan de Lastanosa, atribuido a Jusepe Martínez. Catedral de Huesca

En la residencia de Lastanosa -gran coleccionista y hombre de mundo, que además poseía una biblioteca de alrededor de 7000 libros-, Gracián conoció, entre sus invitados habituales, a personajes como el canónigo Manuel Salinas –poeta y traductor de Marcial-, y al historiador y jurisconsulto Juan Francisco Andrés de Uztarroz, que compartió investigaciones de carácter legal con Pedro Simón Abril y Francisco Sánchez de las Brozas.

En 1639, Gracián volvió a Zaragoza, como confesor del Virrey Francisco María Carrafa, duque de Nochera/Nocera, a quien posteriormente acompañaría a Madrid.

Carrafa, que entre otras cosas, había participado en las acciones de Breda y Nördlingen, estuvo en Flandes con el Cardenal Infante don Fernando, hasta que fue reclamado por Felipe IV, quien le nombró virrey de Aragón, donde precisamente le acompañó Gracián, como confesor, amigo y consejero. Por entonces, concretamente, en 1640, Gracián publicó El Político, centrado en la figura de Fernando el Católico, y se lo dedicó a Nocera.

El mismo año de esta publicación, Nocera recibió el nombramiento de virrey de Navarra. Cuando estalló el conflicto de la Corona con Cataluña, Nocera aconsejó al rey que actuara con prudencia, ante el temor de que aquella se entregara al monarca francés. Tanto el virrey como Gracián, que tambien le aconsejaba en aquel trance, afrontaban el asunto de Cataluña procurando guardar un equilibrio entre las reivindicaciones catalanas y la actitud represiva de la Corona, aunque con ello contradecían la política de Olivares, por lo que tras la guerra dels Segadors, Nocera fue encarcelado en la célebre, ilustre y temible Torre de Pinto -por ella habían pasado, doña Ana de Mendoza, la Princesa de Éboli y Antonio Pérez, y aún debía pasar Manuel Godoy-, donde murió tras un interminable proceso, en 1642, siendo enterrado en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús.

Torre de Pinto, Madrid

Gracián había viajado con el virrey Nocera a Madrid, donde predicó en varias ocasiones, si bien la estancia resultó poco grata para sus aspiraciones literarias, que fueron mal acogidas en la capital. Aun así, además de publicar El Político, en 1642 terminó la que sería primera versión de su Arte de ingenio, tratado de la agudeza.

Después, y hasta 1644, Gracián fue vicerrector del Colegio de Tarragona, donde actuó como consejero espiritual de los regimientos que atacarían y tomarían Lérida, en el transcurso de la Sublevación de Cataluña, lo que afectó a su salud, debiendo ser trasladado a Valencia. 

En 1646 terminaba su obra El Discreto, que se publicó en Huesca, ciudad a la que volvió poco después, y donde explicó Teología Moral hasta 1650, año en que volvió a Zaragoza como Maestro de Escritura, y donde, finalmente, publicó la primera parte de su obra fundamental, El Criticón.

Curiosamente, casi toda la obra de Gracián fue publicada sin la aprobación previa de la Compañía, lo que finalmente, provocó ciertas acusaciones contra él, acerca de que contenía poca o ninguna enseñanza doctrinal, en favor de la filosofía moral. Esto le llevó a publicar, en 1655, la primera obra aprobada por sus superiores, que se tituló El Comulgatorio, un tratado en torno a la Eucaristía.

Sin embargo, dos años después, la publicación de la tercera parte de El Criticón, marcó su caída en desgracia. Su Provincial en Aragón le amonestó públicamente; le impuso un ayuno a pan y agua; le prohibió tener pluma y papel y lo separó de la Cátedra de Escritura del colegio de la Compañía en Zaragoza. Después fue enviado a Graus, en el Pirineo de Huesca.

Por entonces, Gracián expresó su deseo de ingresar en otra orden -quizás en la de San Francisco-, pero le fue denegado, si bien, se optó por atenuar su castigo, permitiéndole volver a la enseñanza en Tarazona, donde fallecía, el 6 de diciembre de 1658, a los 57 años.

Desde los viejos tiempos y la alegría de El Héroe -1637-, Baltasar Gracián había pasado al desengaño de la última parte de El Criticón -1657-; veinte años para conformar una visión personal, quizás de un tiempo desaparecido e idealizado; negativa, pero acaso, recuperable individualmente.

Varias y grandes son las monstruosidades que se van descubriendo de nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana. Entre todas, la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del mundo y el Desengaño a la salida, inconveniente tan perjudicial que basta a echar a perder todo el vivir.
El Criticón, III, crisi 5.

Así pues, la obra de Gracián, siempre fue orientada a su aplicación a la vida cotidiana, a través de la Filosofía Moral. El autor ofrece un camino y define las cualidades necesarias para recorrerlo, siempre en forma de sentencias muy estudiadas, y a la vez, muy concretas y hasta lacónicas. 

Baltasar Gracián fue muy admirado por muchos moralistas franceses de los siglos XVII y XVIII, y después; ya en el XIX, recibió la alabanza incondicional de Schopenhauer, que tradujo al alemán su Oráculo manual y arte de prudencia. En El Mundo como Voluntad y Representación, de 1818, escribió Schopenhauer: El Criticón es, quizá la más grande y la más bella alegoría que ha sido escrita jamás. Y volvió a expresar su admiración en una carta fechada el 16 de abril de 1832, diciendo: Mi escritor preferido es este filósofo, Gracián. He leído todas sus obras. Su Criticón es para mí uno de los mejores libros del mundo.

Nietzsche, por su parte, escribió: Europa no ha producido nada más fino ni más complicado en materia de sutileza moral.

La admiración expresada por ambos filósofos, motivó que la obra de Gracián entrara en los programas de estudio de las universidades alemanas.

Sin embargo, sólo cuando publicó El Comulgatorio, para cumplir con la Compañía, utilizó su nombre, abandonando el seudónimo de Lorenzo, que, no obstante, recuperó en la Tercera Parte de El Criticón.

A pesar de su indudable altura literaria, existen varias cuestiones que ya señaló la crítica de mediados del siglo XX, resaltando, en primer lugar, una latente misoginia: el –concepto-, que suena más ingrato en los oídos: no el medieval (la mujer ser extraordinario, se le rinde culto caballeresco), no el del Renacimiento (nada sobrenatural la mujer, pero con su eterno encanto), sino el del Viejo Testamento (la mujer criatura satánica). 
(M. Romera-Navarro, Ibidem).

Por otra parte, y, de forma incomprensible, un Gracián, lector infatigable, ignora a Cervantes, a pesar de que cita a la mayoría de los escritores de su tiempo. Con Alemán y Quevedo le hemos visto escoger dos de los tres grandes maestros de la prosa. ¿Y el otro, el primero de todos, Cervantes? Singular es el silencio de Gracián. En su obra no ha dejado huella alguna el hidalgo alcalaíno. El aragonés no cita un solo pasaje suyo, ni verso, ni prosa. Jamás le menciona por su nombre. De haber nacido Gracián años antes, o vivido Cervantes algunos más, se hubiera conjeturado hoy una fiera enemistad personal; tendríamoslo por caso análogo al de Lope y Juan de la Cueva, que se correspondieron en el cuidado de no nombrar el uno al otro jamás. Misterio hay en que el prosista más leído, siquiera cuando Gracián se aficionó en la adolescencia a los libros, no exista para él. 
(M. Romera-Navarro, Ibid.)
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El Héroe, 1637
Primera edición de El Héroe. Ed. Juan Francisco de Larumbe, Huesca, 1637.

Es el primero de los libros publicados por Baltasar Gracián; un tratado sobre las cualidades del hombre excepcional, entre las que ocupan el primer lugar, los llamados primores, en su sentido etimológico, que deriva de primus; el mejor, o el primero. 

La obra -imbuida de la moral de la Contrarreforma-, recurre, evidentemente, al Príncipe, de Maquiavelo, como ejemplo de buen gobierno, pero aplicado al plano personal, que él denomina razón de estado de uno mismo.

Asimismo, el Héroe se relaciona con el célebre Cortesano, de Baltasar de Castiglione, al que Gracián añade, además de los modales corteses, astucia, inteligencia, y aun, una notable capacidad de disimulo.

El Político, 1640

Edición de 1646 de El Político. Fernando de Aragón
Opongo un Rey a todos los pasados, propongo un Rey a todos los venideros

Gracián defiende que Fernando el Católico fue el mejor rey que hubo en la monarquía española. Destaca en él sus dotes como hombre de Estado y lo eleva como ejemplo para el hombre político de cualquier época, aunque no se trata de una biografía, sino una especie de tesis razonada sobre como debe ser un rey, y un espejo en el que han de mirarse sus sucesores, comprendido, sin duda, Felipe IV.

Fernando el Católico, a quien Gracián parece admirar profundamente, se convierte en diana de todos los halagos posibles: es, sencillamente, El Rey de mayor capacidad que ha habido, o mejor aún: El Oráculo mayor de la Razón de Estado.

Arte de ingenio, tratado de la agudeza, 1642.

Ed. Amberes, 1669

Gracián escribió dos tratados sobre este asunto. El primero, fue publicado en Madrid en 1642 con el título: Arte de ingenio, tratado de la agudeza. El segundo apareció en 1648, con el título de Agudeza y arte de ingenio. Posteriormente, la obra, refundida, revisada y ampliada, fue objeto de una edición definitiva, titulada definitivamente Agudeza y arte de ingenio, y publicada en 1648.

Se trata de una Retórica, pero no sólo, sino también, porque analiza el hecho literario a partir de ejemplos tomados de textos de otros autores, y no de una preceptiva ya delimitada. Contiene, asimismo, una especie de antología de la poesía antigua y moderna preferida por Gracián. Entre los clásicos latinos, cita a Virgilio, Horacio y Ovidio, pero sobre todo, a Marcial, (que, igual que él era de Calatayud).

En cuanto a la poesía de los siglos XVI y XVII, propone textos de Garcilaso, Carrillo y Sotomayor, Luis de Camoens y Marino, incluyendo en la prosa a figuras como don Juan Manuel, Mateo Alemán y Juan Rufo, pero es Góngora, sin duda, el autor que prefiere y al que más cita. 

Es esta una de las obras en las que se advierte ruidosamente el extraño silencio interpuesto entre Gracián y la obra de Cervantes, si bien, tampoco aparece El Buscón de Quevedo, que encajaría perfectamente en los parámetros propuestos.

El Discreto, 1646


Se trata ya de una obra de madurez, en la que Gracián describe las cualidades que debe poseer el hombre que desee ser tenido por persona: prudencia, sagacidad, buena educación, y buen gusto, en cualquier circunstancia. 

Con esta obra Gracián se mantiene dentro del terreno de la filosofía moral. Se dice que constituye la superación de lo planteado en El Héroe y en El Político, y una especie de prólogo de lo que será El Criticón, pero ya no se trata de heroicidad, sino quizás de lo que podría ser definido como ejemplaridad personal en un contexto social tan concreto como el suyo.

Cabe resaltar igualmente que la distancia entre el ser y el ideal, ha ido dejando un rastro de impotencia en el pensamiento de Gracián, que gradualmente ve crecer a su alrededor un sentimiento de perversidad que se superpone de sus viejos sueños de virtud activa.

El tratado está dividido en encabezados llamados Realces, y contiene gran variedad de géneros, como el diálogo, el apólogo, emblemas, sátiras, fábulas, epístolas, discurso académico, panegírico, y otros. El último de los realces, titulado Culta repartición de la vida de un discreto, es una especie de descripción de las edades del hombre, que adelanta el proyecto de El Criticón.

Oráculo manual y arte de prudencia, 1647

Primera edición del Oráculo Manual.
Con licencia: Impresso en Huesca, por Ivan Nogues. Año 1647.

Con el Oráculo manual y arte de prudencia, Gracián completó el ciclo de sus manuales del vivir.

Es, a su vez, una síntesis de los tratados didáctico-morales anteriores. Se trata de trescientos aforismos comentados, y contiene normas y orientaciones para avanzar en una sociedad compleja, que, además, ha entrado en evidente decadencia, en la que desaparecen gradualmente proyectos que nunca llegaron a ser del todo realidad, pero que constituyeron una promesa de grandeza en otro tiempo.

El Oráculo, siendo obra eminentemente literaria, lo es también de pensamiento y filosofía y, como tal, despertó el interés de Arthur Schopenhauer, quien, ya en la primera mitad del siglo XIX, realizó su traducción al alemán, resultando de ello una difusión de carácter único, tratándose de una obra semejante, escrita más de tres siglos antes. 

Traducida al inglés. como The art of worldly wisdom: a pocket oracle, alcanzó, como ya avanzamos, un llamativo éxito de ventas en 1992, por delante de otras obras de no ficción actuales.

El hecho de que se trate, en realidad, de una especie de antología de sus propias máximas, demuestra que Gracián ya se considera a sí mismo, o más bien a su obra, como formando parte del canon literario de la época.

Sorprende en cierto modo, aunque no tanto, tratándose de Gracián un título, en el que se enfrentan y complementan elementos aparentemente opuestos por definición, como son: Oráculo y Manual, a los que se suma el término Arte.

Siendo el Oráculo, un secreto o misterio que procede de la divinidad; el Manual, un librillo de uso práctico, que hoy quizás llamaríamos “de bolsillo” y entendido Arte, en la época, como una serie de reglas para actuar correctamente, resulta de todo ello que Gracián nos ofrece una Manual de carácter Secreto, pero de uso Práctico, quizás imprescindible para hallar el camino correcto, en un momento histórico muy conflictivo, cuyo acierto constituye una tarea titánica, que el autor, sin duda, se siente preparado para afrontar con éxito. 

Quizás sea la actitud que ofrece frente a un mundo inmerso en llamativos y, a veces, inesperados cambios, lo que ha hecho que la obra sea leída con avidez a las puertas del siglo XXI, cuando aparentemente, se han superado todas las perplejidades posibles.

Todo lo dicho, es expresado por Gracián de forma tan increíblemente concisa, que en ocasiones exige un complejo descifrado.

Agudeza y arte de ingenio, 1648

Agudeza y arte de ingenio. Edición de Amberes, 1669. 

Se trata aquí también, de una Retórica, pero en este caso, los ejemplos, propios y ajenos, se amplían con una perspectiva muy personal, con ejemplos nuevos y un estilo que ha mejorado gradualmente. Góngora sigue siendo el paradigma, a pesar de los múltiples ejemplos extraídos de otros autores altamente reconocidos desde la antigüedad, como Séneca, Tácito o Cicerón.

El Comulgatorio, 1655

Portada de El Comulgatorio, 
Amberes, Jerónimo y Juan Bautista Verdusen, 1669.

Después de las obras cuyos capítulos se llamaban: Primores, en El Héroe; Realces, en El Discreto; Discursos, en La Agudeza, o Crisis, en El Criticón, aparecen aquí, marcando un notable cambio de contenido, las Meditaciones, que encabezan los capítulos dedicados a la preparación para recibir la comunión, cuyo título ya ofrece un perfecto resumen de su contenido.

Cabe destacar que, en esta ocasión, y después de haber sido reprendido, Gracián publica con su verdadero nombre y no con el anagrama García de Marlones, o el nombre de Lorenzo usado frecuentemente hasta entonces, y que muchos han considerado que era el de un hermano, si bien, se conocen los nombres de sus cuatro hermanos -Pedro, Felipe, Raimundo y Magdalena, todos ellos religiosos profesos-, y Lorenzo no es uno de ellos.

Por otra parte, no parece haber acuerdo en su clasificación como texto de oratoria sagrada, propio para sermones, o bien, de devoción personal. En todo caso, Gracián volvería pronto a su trabajo anterior, recuperando el seudónimo García de Marlones, resultando así esta obra, una especie de excursus, al que se vio obligado, para demostrar su ortodoxia y obediencia.

El Criticón, 1651-1657 

Portada de la primera edición de El Criticón (1651), 
firmado: García de Marlones

Como es sabido, El Criticón se publicó en tres partes, en 1651, 1653 y 1657, respectivamente, y constituye, sin lugar a dudas, la obra maestra de Gracián y una de las más trascendentes del Siglo de Oro español. 

Bajo la apariencia de una novela alegórico-filosófica, la obra es un compendio de todo lo escrito por Gracián hasta entonces, en prosa. Cada Crisi, o capítulo tiene dos o más significados; el que responde a la evidencia de las palabras y el filosófico, representado por sus exposiciones, a la vez cargadas de sentidos que podríamos afrontar entre sí, como erudición/creación; realidad/desengaño; filosofía/sátira; intimidad/sociedad, etc. y en facetas personalizadas, también contrapuestas: Andrenio: impulsivo e inexperto o Critilo: prudente y experimentado, aunque ambos, buscan la felicidad.

El resultado expresa un profundo desengaño existencial, no obstante el cual, el individuo, puede elevarse por encima de la malignidad reinante, gracias a sus virtudes y empeño.

Las peripecias de los personajes citados, dividen la comprensión de la crítica sobre sus perspectivas vitales en el aspecto literario; es posible que estemos ante una auténtica novela bizantina, pero también lo es, que se trate de una novela picaresca, en la que, pese al carácter filosófico, prima una visión específicamente satírica del mundo y el entorno descrito.

En la Primera Parte, los protagonistas se encuentran en la isla de Santa Elena, y después de contarse mutuamente su vida, emprenden juntos un viaje a España. Contiene trece Crisis.

Primera edición de la segunda parte de El Criticón, 1653. 

La Segunda Parte: Juiciosa cortesana filosofía en el otoño de la varonil edad, se desarrolla entre Aragón y Francia y se divide también en trece Crisis.

Tercera parte de El Criticón. Edición princeps. Madrid, 1657

La Tercera Parte, ya En el invierno de la vejez, transcurre en Alemania, pero termina en Roma, la Ciudad Eterna. Se plantea la idea la muerte y de la posible inmortalidad y contiene doce Crisis.

El cíclico devenir humano se asocia aquí con el transcurso de las estaciones del año, tal como aparecía ya propuesto en el último capítulo de El Discreto. El discurrir del tiempo de la ficción, es interrumpido por numerosas digresiones, a través de las cuales somos llevados al terreno de la alegoría, más adecuada para los múltiples explayamientos filosófico-morales del autor.

Gracián desdobla su visión de acuerdo con el criterio de cada uno de los personajes, enfrentándolos entre sí, -no equiparándolos, como haría Cervantes, por ejemplo-.

Ofrece, en realidad, una visión pesimista de la sociedad, de un modo que resulta equiparable, en este aspecto, a la del filósofo del XIX Arthur Schopenhauer. Aunque, si bien, se trata de una mirada amarga y desolada, parece que deja entrever la esperanza de salir de la mediocridad reinante, si se logra alcanzar la fama eterna, otro concepto, en cuya entidad habría que ahondar, pero cuya posibilidad, el autor presenta como artículo de fe.

Epistolario.

Por último, se conservan 32 cartas completas de Gracián, dirigidas a Vincencio Juan de Lastanosa, a Andrés de Uztarroz, Manuel de Salinas, o Francisco de la Torre Sevil, junto a otras, de carácter práctico, dirigidas a superiores o compañeros jesuitas, y no apenas interés desde el punto de vista literario.

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El estilo de Baltasar Gracián, generalmente integrado en el conceptismo, se caracteriza por la elipsis y la concentración de un máximo de significado en un mínimo de forma, en un juego, que Gracián explota reiteradamente en el Oráculo manual y arte de prudencia, compuesto por casi trescientas máximas comentadas, en las que, a base de jugar con las palabras, convierte las frases en complejos acertijos.

Si Herrera o Góngora, siguieron los modelos de Virgilio y Cicerón, Gracián —muy barroco— adopta el escueto estilo de Tácito, Séneca y Marcial, su paisano. Ello no significa, en absoluto, que el suyo sea un estilo llano, al modo de Cervantes. La dificultad es patrimonio tanto de cultistas/culteranos seguidores de Góngora, como de conceptistas en la estela de Quevedo. La diferencia reside en la necesidad que se le crea al lector, de descifrar la intención última, entre los diversos significados de una misma expresión lingüística, cuya concisión sintáctica, por otra parte -quizás, por añadidura-, obliga a adivinar o deducir, cuando menos, los términos elididos, a causa del pretendido laconismo, que, en realidad, llega a convertirse casi en un juego, y no deja de serlo del todo, aunque parezca un reto a la inteligencia comprensiva. 

Nos parece adivinar el semblante de Gracián, cuando tras elegir una sentencia llana, se propone darle vueltas y más vueltas, hasta hallar una expresión menos usual y más compleja, que, aunque venga a decir lo mismo que al principio, habrá terminado por cobrar la apariencia de algo mucho más profundo, cuando, en realidad, no es así.

Arte de ingenio, Tratado de la Agudeza. 
Portada de la edición princeps, Madrid, 1642.

La prosa de Gracián se compone de oraciones muy breves, que se separan por signos de puntuación, no por nexos de subordinación, a la francesa, predominando la yuxtaposición y la coordinación. Pero hay que tener en cuenta que tal supuesta sencillez, no implica, ni mucho menos, un interés por simplificar y facilitar su comprensión, sino todo lo contrario, lo que nos obliga a volver a hablar de acertijos para expresar el discurrir de Gracián, cuya profundidad se encierra en la posibilidad de deducir un concepto por medio de alusiones y/o elusiones, pero no por la sintaxis.

Gracián sabe además recurrir a la capacidad polisémica de las palabras, como probablemente nadie había hecho antes que él; casi nunca nos valdrá el principal significado de un término o una proposición, sino que habrá que recurrir a sus diversas acepciones; casi siempre, a las menos comunes, lo cual no deja de enriquecer el lenguaje y mejorar su empleo. Ya citamos el ejemplo de yerro; metal/error, al que se puede añadir otro sencillo, como el de río;  reír/corriente de agua que va a parar al mar

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Autógrafo -borrador- de El Héroe, correspondiente al primor 5: Gusto relevante
El Héroe: Primor V: Gusto relevante

Toda buena capacidad fue mal contentadiza. Hay cultura de gusto, así como de ingenio. Entrambos relevantes son hermanos de un vientre, hijos de la capacidad, heredados por igual en la excelencia. 

Ingenio sublime nunca crió gusto ratero.

Hay perfecciones soles y hay perfecciones luces. Galantea el águila al sol, piérdese en él el helado gusanillo por la luz de un candil, y tómasele la altura a un caudal por la elevación del gusto. 

Es algo tenerlo bueno, es mucho tenerlo relevante. Péganse los gustos con la comunicación, y es suerte topar con quien le tiene superlativo. 

Tienen muchos por felicidad, de prestado será, gozar de lo que apetecen, condenando a infelices los demás, pero desquítanse estos por los mismos filos, con que es de ver la mitad del mundo riéndose de la otra, con más o menos de necedad. 

Es la estimación preciosísima, y de discretos el regatearla; toda escasez en moneda de aplauso es hidalgo y, al contrario, desperdicios de estima merecen castigo de desprecio.

La admiración es comúnmente sobrescrito de la ignorancia; no nace tanto de la perfección de los objetos, cuanto de la imperfección de los conceptos. Son únicas las perfecciones de primera magnitud; sea, pues, raro el aprecio. 

Quien tuvo gusto rey fue el prudente de los Filipos de España, hecho siempre a objetos milagros, que nunca se pagaba sino de la que era maravilla en su serie. 

Presentole un mercader portugués una estrella de la tierra, digo un diamante de Oriente, cifra de la riqueza, pasmo del resplandor. Y cuando todos aguardaban, si no admiraciones, reparos en Filipo, escucharon desdenes, no porque afectase el gran monarca lo descomedido como lo grave, sino porque un gusto hecho siempre a milagros de naturaleza y arte no se pica así vulgarmente. ¡Qué paso este para una hidalga fantasía! «Señor -dijo-, setenta mil ducados que abrevié en este digno nieto del sol no son de asquear». Apretó el punto Filipo y díjole: «¿En qué pensabais cuando disteis tanto?» «Señor -acudió el portugués como tal-, pensaba en que había un rey Filipo Segundo en el mundo». 

Cayole al monarca en picadura más la agudeza que la preciosidad, y mandó luego pagarle el diamante y premiarle el dicho, ostentando la superioridad de su gusto en el precio y en el premio. 

Sienten algunos que el que no excede en alabar vitupera. Yo diría que las sobras de alabanza son menguas de la capacidad y, que el que alaba sobrado, o se burla de sí o de los otros. 

Merezca cada cosa la estimación por sí, no por sobornos del gusto. 

Solo un gran conocimiento, favorecido de una gran práctica, llega a saber los precios de las perfecciones. Y donde el discreto no puede lisamente votar, no se arroje; deténgase, no descubra antes la falta propia que la sobra estraña. 

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Primer retrato conocido de Gracián, se conserva en el colegio jesuita de Calatayud.

Si hay algo que no es la prosa de Gracián, es espontánea. Se sabe que corregía y pulía sus borradores hasta el infinito, sin duda, porque se proponía llegar más lejos de lo que lo haría un prosista común. Él elabora, redondea, oculta, descubre, embellece y complica, hasta lograr una especie de joya pulida, que conviene examinar atentamente en cada una de sus facetas y posibilidades.

Su tarea es, en fin, una de aquellas a las que se presta el lenguaje en su riqueza; obtener la más completa expresión ideológica con el menor número de palabras, empleando estas, si es posible, en sus diversas acepciones, aún cuando sean contrarias. El lector debe saber elegir, o, por decirlo más exactamente, está obligado a elegir, y ello, lejos de ser una pesada tarea, es un ejercicio deductivo-intelectivo, que provoca, o puede provocar, brillantes resultados.

Digo, pues, que no se escribe para todos, y por eso es de modo que la arcanidad del estilo aumente veneración a la sublimidad de la materia, haciendo más veneradas las cosas el misterioso modo del decirlas. Que no echaron a perder Aristóteles ni Séneca las dos lenguas, griega y latina, con su escribir recóndito.
Prólogo A los lectores, El Discreto.

Lo que allí vieron, lo mucho que lograron, quien quisiere saberlo y experimentarlo, tome el rumbo de la virtud insigne, del valor heroico y llegará a parar al teatro de la fama, al trono de la estimación y al centro de la inmortalidad.

FIN 
de El Criticón





lunes, 16 de abril de 2018

Ana Bolena • El trono y el patíbulo


Retrato póstumo de la reina Ana Bolena (Supuesto) NPG. Londres

El 18 de mayo de 1536, Anne Boleyn esperaba impaciente en la Torre de Londres, que su condena a muerte se resolviera en un indulto. Pero conocía muy bien a su exmarido, que ya antes la había repudiado y después presentó contra ella veintidós cargos de adulterio, con varios hombres, y lo que era peor, con su propio hermano. Cuando Enrique VIII tomaba una decisión, jamás volvía sobre sus pasos, como lo había demostrado cuando expulsó de la corte a Catalina de Aragón, su primera esposa, contra la cual no tomó medidas más drásticas, por temor, primero a la reacción de la corte española y después, la de su sobrino, Don Carlos, que imperaba en Europa bajo la potencia de su corona romano germánica.

No hacía tanto tiempo, que un enamoradísimo Enrique había afrontado toda clase de riesgos y hasta la ruptura con la iglesia de Roma, sólo para casarse con ella; incluso había anulado aquel primer matrimonio, resultando de ello la ilegitimidad declarada de su hija, la que después reinaría como María Tudor; la hija de Catalina de Aragón.

María Tudor. Antonio Moro. MNP. Madrid

Al principio, el pueblo, considerando la injusticia llevada a cabo contra Catalina, desaprobó la llegada de Ana, pero después cambiaron las cosas, para finalmente, sentirse confundido ante la humilde aceptación de su terrible destino. Tímidamente empezaron a pensar que, si nada había detenido a Enrique ante su decisión de deshacerse de Catalina, inventando toda clase de argucias para lograrlo, nada le impedía ahora recurrir a engaños semejantes en el caso de Ana. 

Por razones que no conocemos, Ana pasó del estado de histeria cuando entró en prisión, a una actitud sumisa y resignada cuando fue informada de su condena a muerte por decapitación, momento en el que, además, redactó un comunicado en el que ensalzaba la figura del rey, que no era sino una bendición para su pueblo.

Cuando Ana Bolena salió de la Torre por última vez, el día 19 de mayo, cuantos la vieron, quedaron impresionados por su serenidad y aplomo.

La gente esperaba inquieta el inusitado espectáculo.

Antes de la ejecución mostró tal valentía y habló tan convincentemente, ya en el patíbulo, que la multitud empezó a murmurar que era inocente.

El rey había ordenado que, en lugar del hacha del verdugo, Ana fuera ejecutada con una espada, a cuyo efecto se contrató a un francés, que tenía que cortarle el cuello de un solo golpe, sin ayuda del habitual tronco, es decir, que Ana esperaría arrodillada, y con la cabeza erguida.

Ana Bolena parecía distraída o aturdida; pero una vez empezó a subir las escaleras, asistida por Sir William Kingston, algunos dicen que estaba casi alegre, sonriendo y que, al dirigirse al patíbulo, volvía la cabeza una y otra vez hacía atrás, con inquietud. Quizás esperaba una piadosa conmutación de la pena o el indulto.

Sus damas recogieron el cuerpo y lo llevaron a la capilla, donde fue sepultada tres horas después de la ejecución, en una tumba sin nombre, junto a su hermano, que había sufrido la misma suerte que ella, dos días antes.

¿Había producido el terrible evento alguna emoción en su ejecutor titular? No, sin duda. Porque para entonces ya tenía la mente ocupada en el cortejo de la que sería su siguiente esposa, Jane Seymour. La trágica y desmedida condena sufrida por Ana, no parece que dejara ninguna huella en el recuerdo de su antaño enamorado esposo. De hecho, el embajador imperial, declaró que nunca había visto a un rey inglés tan feliz como Enrique, cuando Ana Bolena fue arrestada. Además, ella no iba a ser la última que corriera semejante suerte. 

Va a cenar continuamente con otras señoras -añadía-, y, a veces, vuelve a medianoche paseando por la orilla del río acompañado del sonido de los instrumentos y voces de sus cantantes de cámara, que hacen todo lo que pueden para acompañar su contento por haberse quitado de encima a esa flaca y vieja mujer. Ana podría tener alrededor de 30 años.

La historiadora Alison Weir, añade que, cuando tras la ejecución de Ana, se efectuó un disparo con el cañón del ayuntamiento, para informar de que todo había terminado en la Torre, el rey lo oyó, en Greenwich, e inmediatamente navegó hasta Chelsea, para encontrarse con Jane Seymour, y se quedó el resto del día con ella.

Al día siguiente, anunció oficialmente su compromiso con ella. Desgraciadamente, el matrimonio sólo duraría una año y medio, ya que Ana moriría a causa del alumbramiento de su hijo, Eduardo; el varón tan ansiado por el rey, cuyo deseo, teóricamente, había motivado todos sus matrimonios.

Pero Eduardo murió pronto, y azares del destino, propiciaron que Isabel, la hija de Ana Bolena, llegara a ocupar el trono, convirtiéndose en una de las reinas más célebres de la historia de Inglaterra, como Isabel I.

Isabel I. Darnley Portrait. NPG Londres

La carencia de datos que hay sobre Ana Bolena; las dudas sobre su fecha de nacimiento y el conocimiento de otras actividades que pudo llevar a cabo, se debe a la orden dada por Enrique VIII después de su muerte, de que fueran destruidos todos sus retratos y cualquier documento relacionado con ella.

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Ana Bolena había entrado en la corte inglesa en 1522, precisamente, como dama de la reina Catalina de Aragón. En 1525, Enrique se fijó en ella, y aunque estaba acostumbrado a cumplir sus deseos de forma inmediata, en este caso, tardó algún tiempo en ser aceptado por ella tras escribirle unas cuantas cartas.

Hace un año que fui herido por el dardo de vuestro cariño y sin la menor seguridad de si hallaré o no, un lugar en vuestro corazón y afecto. Esta incertidumbre me ha privado últimamente del placer de llamaros dueña mía, ya que no me profesáis más que un cariño común y corriente; pero si estáis dispuesta a cumplir los deberes de una amante fiel, entregándoos en cuerpo y alma a este leal servidor vuestro, si vuestro rigor no me lo prohíbe, yo os prometo que recibiréis no sólo el nombre de dueña mía, sino que apartaré de mi lado a cuantas hasta ahora han compartido con vos mis pensamientos y mi afecto y me dedicaré a serviros a vos sola.

Una de las cartas que Enrique VIII mandó a Ana Bolena. British Library

Se conservan diecisiete cartas que Enrique hizo llegar a Ana, y parece que fue una, fechada en 1527, la que provocó una respuesta positiva. En ella, Enrique VIII se comprometía definitivamente con Ana. Las pruebas de vuestro afecto son tales... que me obligan para siempre a honraros, amaros y serviros.

Poco después, Enrique solicitaba a Roma la anulación de su matrimonio con Catalina, argumentando que una norma bíblica prohibía el matrimonio con la viuda de un hermano, y Catalina lo era de Arturo.

La reclamación, aparte de los intereses políticos, resultaba absurda, tras haber obtenido antaño la necesaria dispensa por todos los medios a su alcance, fueran aquellos legales, o no.

La petición resultó en una crisis que acarreó la ruptura de Inglaterra con la iglesia de Roma, tanto en el aspecto religioso, como en el político. El proceso subsiguiente, desembocó en la llamada Reforma anglicana

El 25 de enero de 1533, Enrique se casó en secreto con Ana en la capilla privada que el rey tenía en el Palacio de Whitehall, en Londres, y Ana sería coronada el día de Pentecostés del mismo año. En el mes de abril, Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury, declaró la nulidad de pleno derecho del matrimonio con Catalina de Aragón

Y en septiembre la reina dio a luz a su hija Isabel, la futura Isabel I de Inglaterra. Pero ello no causó ningún regocijo a Enrique VIII, que una vez más, veía frustrados sus deseos de tener un hijo varón. Después, tras la sucesión de embarazos o alumbramientos fallidos, se fue alejando de su antaño imprescindible esposa, de la que después se dijo que empezó por entonces a tener aventuras con ciertos miembros de la corte. Ambas circunstancias, al parecer, desembocaron en la tragedia que dio comienzo, para Ana, el día dos de mayo de 1536. 

Aquel día, la reina fue arrestada y conducida a la Torre de Londres, donde pasaría 17 eternos días con sus largas noches, sin ser informada de nada de lo que se tramaba contra ella. El día 19, como sabemos, varios soldados la condujeron al patíbulo, donde ella aseguró que el rey, para mí fue siempre bueno, y un señor gentil y soberano. 

En realidad, Ana sería la víctima de una especie de conspiración fabricada por su propio marido, que le procuró un proceso más que dudoso, y probablemente sostenido por enemigos personales de la reina, que ni siquiera tuvo el beneficio de un funeral, antes de ser depositados sus restos en la capilla de San Pedro Ad Víncula, precisamente la misma a la que irían a parar también los de otra de sus sucesoras, Catalina Howard.

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Retrato de Anne Boleyn pintado algunos años después de su muerte. Sus biógrafos piensan que es probablemente el más verídico -a pesar de toda clase de dudas-. Hever Castle, Kent. ca. 1534
ANNA.BOLINA ANG.REGINA

Anne Boleyn nació hacia el 1500 y murió en el cadalso, el 19 de mayo de 1536. Fue la segunda esposa de Enrique VIII de Inglaterra y reina consorte desde 1533 hasta su fallecimiento.

Su matrimonio con Enrique VIII está en el origen del complejo cambio político y religioso, y a menudo trágico, que fue la reforma anglicana. Acusada de adulterio, incesto y alta traición, fue ejecutada por decapitación. Hoy es generalmente admitido que era inocente de aquellas acusaciones y ha sido celebrada como mártir en la cultura protestante, específicamente, en la obra de John Foxe, quien escribió el famoso Libro de los mártires, un relato sobre los mártires cristianos a lo largo de la historia, con énfasis en el sufrido por los protestantes ingleses, desde el siglo XIV hasta el reinado de María I de Inglaterra, Tudor.

La falta de registros sobre Ana Bolena, causada por la orden de Enrique VIII, de destruir todo documento o imagen relacionada con ella, no permite establecer su fecha de nacimiento con exactitud y hace que casi todo lo que se ha dicho sobre ella, apenas tenga más base que la conjetura; algo que conviene tener siempre en cuenta acerca de casi todo lo que se refiere a ella.

A principios del siglo XVII, un historiador italiano sugirió que podría haber nacido en 1499, mientras que el hijo de Thomas More, William Roper, propuso la fecha muy posterior de 1512. En la actualidad, los círculos académicos, tienden a coincidir en un margen viable, entre 1501 y 1507.

Uno de las principales evidencias sobre este dato, es una carta que Anne habría enviado a su padre hacia 1514; escrita en francés, su segunda lengua, puesto que completó su formación en los Países Bajos, junto a Margarita de Austria. Parece que el estilo de la carta y la madurez de lo escrito, prueban que Anne debía tener alrededor de trece años cuando la escribió, ya que es, además, la edad mínima requerida para ser dama de compañía. La tesis es corroborada por un cronista de finales del siglo XVI, que escribió que Anne tenía veinte años cuando volvió de Francia.

Sin embargo, Jane Dormer (1538-1612), duquesa de Feria, que, a su vez, fue dama de honor de la reina María I, afirma en sus Memorias, que Anne aún no tenía 29 años cuando murió, y William Camdem (1551-1625), biógrafo de la reina Isabel I, propone 1507 como su año de nacimiento.

Anne era hija de Sir Thomas Boleyn y de su esposa Elisabeth Howard. La tradición apunta que su lugar de nacimiento fue el Castillo de Hever, en Kent, pero Eric Ives, apoyándose en testimonios próximos, afirma que Anne nació probablemente en la casa familiar de Blicking Hall, 25 km. al norte de Norwich, en Norfolk.

Un rumor muy posterior dice que sufría polidactilia –seis dedos en la mano izquierda- y que, además, tenía una mancha de nacimiento en el cuello, que siempre ocultaba con una joya, pero lo cierto es que todo esto suena a invento, ya que ningún testigo ocular menciona la menor deformidad y en absoluto habla de un sexto dedo en la misma mano. En todo caso, dado que las malformaciones físicas solían ser asociadas con el diablo, bien pudieron ser inventadas para ensombrecer la figura de la reina. En todo caso, es difícil imaginar que Anne Boleyn se hubiera atraído el amor de aquel rey -que anteponía sus deseos amorosos, incluso a la sensatez política-, si hubiera padecido alguna malformación.

Se cree que su hermana Mary, era la mayor, y, de hecho, la hija de Anne, la reina Isabel I, estaba convencida de ello. Su hermano, George Boleyn, debió nacer hacia 1504.

Cuando Anne nació, la familia Boleyn era considerada como una de las más respetables de la aristocracia inglesa, a pesar de que sólo detentaban un título de nobleza desde hacía cuatro generaciones. Más tarde, sus miembros fueron tachados de arrivismo y oportunismo, pero, evidentemente, se trataba de un ataque político. Entre los bisabuelos de Anne, había un lord alcalde de Londres; un duque, un conde, dos damas aristócratas y un caballero.

En definitiva, Anne, fue, sin duda, de más noble cuna que Catherine Howard, Jeanne Seymour y Catherine Parr, las otras tres esposas inglesas de su marido. En todo caso, Margarita de Austria, la hija de Maximiliano I, regente de los Países Bajos, valoraba a Thomas Boleyn muy positivamente, cuando aceptó a su hija como dama. Recordemos que la etiqueta borgoñona era más que estricta. Margarita solía llamarla la Petite Boleyn; no se sabe si se refería a la edad, o a la estatura. Ana vivió en los Países Bajos desde la primavera de 1513, hasta que su padre la envió a París, para proseguir sus estudios, en el invierno de 1514.

Una vez en Francia, también fue dama de compañía de la reina Claude de France, a la que servía, además, como intérprete, siempre que un visitante inglés se presentaba ante la corte francesa. Asumió con naturalidad la cultura y la etiqueta de aquel reino, mostró gran interés por la moda y prestó gran atención a la filosofía de la religión, que proponía una reforma en la iglesia. Su educación terminó en el invierno de 1521, cuando volvió a Inglaterra con su padre. Anne salió de un Calais, todavía en posesión de Inglaterra, en enero de 1522.

Un historiador que reunió toda la información disponible, dedujo:

Nunca fue descrita como de una gran belleza, pero incluso los que no la admiraban, admitían que tenía una notable apariencia. Su piel oscura y su pelo negro le daban un aura exótica en un contexto cultural en el que se apreciaba el tono claro. Sus ojos eran particularmente notables; negros y magníficos -según escribió un contemporáneo-, mientras que otro los describía como siempre atrayentes- añadiendo que sabía servirse de ellos con eficacia.

William Forest, autor de un poema contemporáneo dedicado a Catalina de Aragón, escribió:

El encanto de Anne no residía tanto en su apariencia física como en su viva personalidad, su gracia, su verbo y otras cualidades. Era de pequeña estatura y su fragilidad era atractiva… brillaba al cantar, tocando un instrumento, bailando, y en el arte de la conversación… No era sorprendente ver a los jóvenes cortesanos apresurarse a su alrededor.

Era -conviene resaltarlo-, una católica devota, pero dentro de la nueva tradición renacentista, por lo que, se dice, calificarla de protestante sería exagerado. Se mostraba inconstante; piadosa pero agresiva, calculadora, pero emotiva, con ciertos rasgos, más de cortesana que de política… Son los términos que empleó Thomas Cromwell para describirla.

Enrique VIII y Catalina de Aragón, su primera esposa

Cuando Ana Bolena llegó a la corte, Catalina de Aragón era muy popular, aunque hacía mucho tiempo que no participaba en actividades públicas. Sus posibles hijos habían muerto y Enrique VIII deseaba un varón que asegurara la continuidad de la monarquía, y sobre todo, para preservar al reino de una guerra civil a causa de la sucesión.

Ana se presentó en un baile de máscaras en la corte, en 1522. Por entonces fue cortejada por Henry Percy, hijo del conde de Northumberland, aunque no se sabe hasta qué punto llegaron tales cortejos, si bien es cierto que, incluso sus enemigos declararon que nunca fueron amantes. De cualquier modo, si acaso hubo un idilio, habría terminado ante la negativa rotunda del padre de Percy a aceptarlo, aunque también se dice que el cardenal Wolsey acabó con la relación, o con el simple rumor de que la hubiera, cuando supo que el rey Enrique se había enamorado de Ana, algo que otros niegan, considerando que, para entonces, Enrique mantendría una relación conocida con Mary Boleyn, la hermana de Ana.

Mary Boleyn. Retrato de autor desconocido

El poeta Sir Thomas Wyatt escribió que Ana era invulnerable y fuerte, además de sabía y silenciosa.

Thomas Wyatt. De Hans Holbein el Joven.

Aunque Wyatt era muy querido por Enrique VIII, cayó en desgracia cuando Ana Bolena fue acusada de adulterio, y Wyatt de ser uno de sus supuestos amantes, por lo que también fue encerrado en la Torre de Londres, si bien, fue el único que se libró de ser ejecutado, porque las pruebas al respecto no eran bastante convincentes, a pesar de, por las fechas, parece que él se habría enamorado de Ana antes que Enrique VIII la eligiera. Finalmente, Wyatt se casaría con Elizabet Brooke, en 1520 y recuperó el favor del rey, quien, tras reconocer su inocencia, le nombró embajador en España. Wyatt murió cuando iba a embarcarse para tomar posesión de su nuevo destino.

Mary, la hermana de Ana, habría sido durante un tiempo amante del rey, estando ya casada con Sir William Carey, del Consejo Privado del monarca.

Se dice que al principio Ana se negó a convertirse en amante real y rechazó los primeros intentos de Enrique: Imploro sinceramente a vuestra majestad que se detenga, y esta es mi respuesta, de buena fe: Preferiría perder la vida antes que mi honestidad. Pero parece ser que su rechazo no hizo sino acrecentar el deseo del rey que la persiguió sin cuartel, incluso cuando ella abandonó la corte para dirigirse a Kent. 

Hay historiadores que consideran que el rechazo de Ana fue sincero, pero otros creen que se trataba de una inteligente medida de seducción, originada en la ambición. El hecho es, que finalmente, Enrique le pidió matrimonio y que ella aceptó, aunque, en principio evitó las relaciones íntimas, sabiendo que si tenía un hijo antes de casarse, sería ilegítimo, lo que hace pensar que ello fue causa del empeño reforzado de Enrique, para divorciarse de Catalina de Aragón, aunque hay pruebas de que ya había planeado la anulación mucho tiempo antes. Lo cierto es, que fue en 1527 cuando la solicitó a Roma.

Al principio, Ana se mantuvo en un plano discreto, pero en 1528 se supo públicamente que Enrique quería casarse con ella y, en este sentido, Ana tuvo el apoyo de la familia y de la corte. En todo caso, ya desde el principio, Enrique VIII le procuró un altísimo tren vida, a base de vestidos, pieles, joyas, servidores, damas de honor y suntuosos alojamientos.

El Pontífice Clemente VII

En 1529, se tuvo la seguridad de que Clemente VII no tenía la menor intención de conceder a Enrique la anulación de su primer matrimonio. Una parte del problema era que Carlos V, sobrino de Catalina, tenía al papa prisionero. Cuando Enrique lo supo, comprendió que era poco probable que en aquellas circunstancias, lograra llevar a cabo su nuevo proyecto de matrimonio. Además, la iglesia estaba afrontando la reforma protestante y no podía permitirse la contradicción de anular un matrimonio para el cual se había concedido una licencia especial, sin dar a sus detractores razones evidentes para rechazar su autoridad. 

Entre tanto se iniciaron tratos secretos entre la reina Catalina y el papa Clemente VII, con el objetivo de enviar a Ana al exilio, pero cuando fueron descubiertos, Enrique VIII ordenó el arresto del cardenal Wolsey, que murió durante su traslado a la Torre, donde iba a ser ejecutado por traición, en 1530. Un año después, Catalina fue desterrada de la corte y sus residencias, entregadas a Ana.

Con la desaparición de Wolsey, Ana Bolena se convirtió en la persona más poderosa de la corte. su exasperación ante la negativa del Vaticano a reconocerla como reina, la incitó a proponer otra política a Enrique. Le sugirió que siguiera los consejos de los radicales religiosos, tales como William Tyndale, que negaba la autoridad del papa y creía que el monarca debía dirigir la iglesia. Y cuando murió William Warham, arzobispo de Cantorbery, Ana Bolena hizo nombrar limosnero a Thomas Cranmer, como nuevo consejero favorito del rey.

Durante aquel período, ella tuvo un gran papel en la posición internacional de Inglaterra, consolidando los acuerdos con Francia, a cuyo efecto, estableció excelentes relaciones con el embajador Gilles de Pommeraie, con cuya ayuda, organizó una conferencia internacional en Calais, en el invierno de 1532, conferencia en la que el rey esperaba obtener la colaboración de Francisco I en favor de su matrimonio.

Antes de marchar a Calais, el rey concedió a Ana el título del marquesado de Pembroke, y Ana fue la primera mujer inglesa que lo recibió; de hecho, el título era el de “marqués”. su padre, fue hecho conde de Wiltshire y de Ormonde, mientras que su hermana recibió una pensión de 100 libras, además de la oportunidad de enviar a su hijo para ser educado en un monasterio cisterciense de gran reputación.

La conferencia de Calais fue un brillante triunfo político, pues el rey de Francia –Francisco I-, aprobó la nueva boda de Enrique. Inmediatamente después de su vuelta de Douvres, Enrique y Ana se casaron en secreto. Poco después, cuando Ana descubrió que estaba embarazada, tal como preveía la costumbre inglesa, se celebró una segunda ceremonia en Londres, el 25 de enero de 1533.

Los acontecimientos se precipitaron. Ya el 23 de mayo de 1533, Thomas Cranmer, el arzobispo de Canterbury, a raíz de una audiencia particular del tribunal especial en la iglesia del priorato de Dunstable, declaró que el matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón, era nulo y sin validez.

El día 28, Cranmer declaró que la boda de Enrique y Ana era válida. Tras siete años de relación, Ana se convertía en esposa legítima y reina de Inglaterra. Catalina fue despojada de su título, justo a tiempo para la coronación de Ana, el 1º de junio de 1533.

Como muestra de desafío al papa, Cranmer declaró que la Iglesia de Inglaterra quedaba bajo la autoridad de su soberano y no de la de Roma. Tal acontecimiento fue más tarde conocido como el Acta de Supremacía y marcó el fin de Inglaterra como país católico romano. Muy pocos en la época, pudieron alcanzar el profundo significado de este hecho, pero muchos menos estaban dispuestos a defender la autoridad el papa.

La reina Ana estaba encantada con la marcha de los acontecimientos, aunque no lo demostrara públicamente. Ella desaprobaba abiertamente el rechazo de la liturgia católica –el rey no le dejó elección-, aunque creía que Roma corrompía el cristianismo, pero el reflejo de su antiguo catolicismo seguía siendo evidente, por ejemplo, en su demostrada devoción a la Virgen María durante su coronación.

Una breve aventura del rey con una dama de la corte, provocó la primera disputa seria entre ellos. Ana tuvo una niña, el 7 de septiembre de 1533, en el palacio de Greenwich, a la que bautizó como Elisabeth, en honor de la madre de Enrique, Elisabeth de York. 

A pesar de su decepción, el rey le ofreció un magnífico bautizo e inmediatamente, le otorgó el señorío de Hatfield House, con su propio servicio. Allí, el aire del campo podía ayudar a un mejor desarrollo de la niña a la que Ana visitaba con mucha frecuencia. 

Había 250 personas a su servicio, desde clérigos, hasta mozos de cuadra, además de unas sesenta damas de honor, para servirla y acompañarla; varios sacerdotes como confesores y consejeros, entre ellos, el moderado Mathew Parker, que se convertiría en uno de los futuros soportes de la nueva iglesia anglicana bajo el reinado de Elisabeth I.

Ana salvó la vida de Nicolás Bourbon, condenado a muerte en un proceso de la Inquisición francesa, y este, agradecido, la denominó Reina amada por Dios. Asumió una posición favorable a una reforma religiosa, apoyando la traducción de la Biblia al inglés, pero no rechazó la doctrina católica de la transubstanciación. Además, sabiendo que su marido se oponía a la mayor parte de las reformas doctrinales propuestas por los luteranos, debía mostrarse prudente para conducir a Inglaterra hacia lo que comúnmente fue llamado el nuevo aprendizaje. Por otra parte, era generosa con los más necesitados, y a menudo proveía fondos para obras educativas.

Un grupo de jóvenes siguió frecuentando los apartamentos de la reina, donde seducían a las damas de compañía, y con su permiso, bailaban con ella misma, que nunca sobrepasaba los límites, ni permitía que nadie lo hiciera. Lo cierto es que aquella práctica no era una novedad, ya que un grupo de jóvenes similar había acompañado a Catalina de Aragón, en la década de 1510. Sin embargo, se utilizaría de manera nefasta contra ella, más tarde.

La vida conyugal de Ana se había vuelto tormentosa y el matrimonio real tuvo períodos de afecto y de calma, pero las repetidas infidelidades de Enrique ofendían a Ana, que reaccionaba llorando o con crisis de cólera ante cada nueva amante. Por su parte, a Enrique le irritaban las opiniones de Ana sobre política y religión. 

Su segundo embarazo terminó en un aborto involuntario en el verano de 1534 y el rey terminó por creer, o simuló creer, que su falta de aptitud para darle un heredero varón, era una auténtica traición.

El embajador de Francia notó la tensión existente entre los esposos en un banquete en 1535, y cuando se entrevistó con Ana en una velada posterior; ella le confesó que se sentía muy sola y era expiada por personas de la corte. Tal presión hizo estallar su cólera que se extendió a su tío, del que sospechaba que le era desleal. 

Por entonces, su hermana se casó con un plebeyo, y Ana la hizo desterrar de la corte sin contemplaciones. Después se volvió atrás en cierto modo y envió un magnífico jarro de oro y plata a los recién casados, pero no los invitó a volver a la corte.

Por otra parte, Ana se sentía afectada por el tiránico gobierno de su esposo, del que ella misma se hizo sospechosa, cuando supuestamente, convenció a Enrique para que firmara la sentencia de muerte de su antiguo consejero Sir Thomas Moro, cuando este se negó a romper su juramento de lealtad hacia el papa Pablo III. No hay pruebas y además parece poco lógico, porque él había reconocido a Ana como reina en el lugar de Catalina, y ella no tenía razones para desear su muerte.

Dadas las circunstancias de su matrimonio y el deseo casi desesperado de Enrique de tener un hijo, la sucesión de embarazos frustrados de Ana suscitó el mayor interés en la corte. Algunos estiman que pudo tener tres, todos terminados en aborto, de tan poco tiempo, que el sexo de los fetos sigue siendo desconocido.
Thomas Cromwell, en principio, amigo de Ana, participó después en el complot que causó su muerte

En enero de 1536, murió Catalina de Aragón. Al conocer la noticia, Ana y Enrique se pusieron ropa de color amarillo claro. Algunos historiadores opinan que tal elección fue una demostración pública de alegría, pero otros hacen notar que el amarillo era el color nacional del duelo en aquella época y que constituía una señal de respeto hacia el difunto. Es, además, muy dudoso que el matrimonio real decidiera celebrar públicamente la muerte de Catalina, pues Enrique la consideraba, a pesar de todo, como una noble princesa, viuda, además, de su hermano Arturo.

A raíz del embalsamamiento de Catalina, se observó que tenía el corazón ennegrecido, y aparecieron rumores de que había sido envenenada y Enrique y Ana eran los principales sospechosos. Por otra parte, tras el fallecimiento de Catalina, Ana trató, sin éxito, de acercarse a su hija, María.

El día de los funerales de Catalina, el 29 de enero de 1536, Ana abortó un niño. Para algunos observadores, esta dolorosa pérdida marcó el principio del fin de la pareja real. Lo que siguió, fue el período más controvertido y lleno de falsedades e inventos, de la historia de Inglaterra, en el que se mezclan, la tragedia personal, con la alta política de los Tudor. 

Por entonces, a George Boleyn, el hermano de Ana, se le denegó el título de Caballero de la Jarretera, que fue, sin embargo, otorgado a Edward Seymour, casualmente, hermano de Jeanne Seymour, la que se convertiría en tercera esposa de Enrique VIII. 

Mientras Ana aún se reponía de aborto, Enrique declaró que su matrimonio estaba maldito por Dios y Ana expresó en varias ocasiones, el sentimiento de que pronto sería repudiada.

Tras la muerte de Catalina de Aragón, la situación de Ana se volvió más precaria; durante su ascenso al poder y su breve reinado, se había hecho muchos enemigos en la corte y entre el pueblo inglés, que, en buena parte, seguía fiel a Catalina, a la que consideraba una víctima, no viendo en Ana más que una intrigante y una usurpadora.

Thomas Cromwell, ministro y consejero muy próximo al rey, empezó a buscar un medio para desembarazarse de Ana, parece que, en parte, por iniciativa propia, en parte esperando agradar al rey. Apenas tuvo dificultad para encontrar personas dispuestas a testificar en contra de ella y sus supuestos cómplices; así, su músico, Mark Smeaton, los cortesanos Sir Henry Norris, Sir Francis Weston y William Brereton; su propio hermano, George Boleyn y lord Rochford, fueron acusados de haber sido sus amantes y detenidos. Smeaton confesó bajo tortura, pero los demás negaron firmemente las acusaciones.

El 2 de mayo de 1536, Ana era detenida al medio día y llevada a la Torre de Londres, acusada de adulterio, incesto y alta traición. Enloquecida en un principio, pidió detalles sobre las acusaciones. Los cuatro hombres fueron juzgados en Westminster, el 12 de mayo de 1536 y declarados culpables, condenados a muerte. El hermano de Ana también fue condenado a la misma pena, tres días después.

Ana fue también juzgada en la Torre, el 15 de mayo. Durante el proceso, negó con vehemencia todas las acusaciones y se defendió con elocuencia, pero en vano. También fue declarada culpable y condenada a muerte, que podía ser por decapitación o en la hoguera, a elección del rey, que, a modo de clemencia, optó por la decapitación e hizo buscar un experto en el manejo de la espada, que vino expresamente de Calais, pues la espada se consideraba más noble y más eficaz que el hacha que generalmente se usaba en las ejecuciones en Inglaterra.

Los supuestos amantes de la reina fueron ejecutados el día 17 y el mismo día, el arzobispo Thomas Cranmer declaró la ilegitimidad del matrimonio de Ana con el rey, y por tanto, la de su hija Elisabeth.

Todos ellos podían haber sido culpables, o no; nadie puede asegurarlo, pero lo que resulta fuera de toda duda, es que el proceso fue completamente amañado para condenar a la reina a cualquier precio. 

Si hubiera estado penado el hecho de saber hablar francés en Inglaterra, tal vez Ana habría sido condenada por ello, pero había recursos más escandalosos y eficaces, aunque muchos se preguntaron cómo podía habérselas arreglado para cometer tantos adulterios, frente a un marido vigilante, acostumbrado a hacer ley de su voluntad, aunque fuera de la forma más arbitraria y escandalosa.

Ana fue ejecutada el viernes 19 de mayo de 1536. Todo el proceso, desde su encierro en la Torre, apenas había durado 17 días. El gobernador de la Torre describió así la escena de la ejecución:

Aquella mañana me mandó llamar, porque quería que la acompañara en la comunión, para que la gente comprendiera su inocencia, y me dijo:

-Mr. Kingston, he oído que no moriré antes del mediodía. Estoy decepcionada, porque pensaba estar muerta a esa hora, y haber olvidado ya mi sufrimiento.

Yo le dije que no sufriría, y me contesto:

-He oído que el verdugo es muy hábil y yo tengo el cuello pequeño-; rodeó su cuello con las manos y empezó a reír. 

He visto a muchas mujeres que iban a ser ejecutadas, y estaban terriblemente apenadas, pero a mí me parece que esta mujer estaba feliz a la espera de la muerte. Su limosnero se quedó a su lado hasta después de medianoche.

Finalmente fue llevada al cadalso –en la Tower Green-, dentro de la fortificación de la Torre de Londres. Ana llevaba una pequeña capa roja forrada de piel, sobre un vestido de seda gris. Llevaba los cabellos recogidos y su tocado francés habitual. Hizo una breve declaración.

Buen pueblo cristiano, he venido aquí para morir, porque según la ley y por la ley debo morir, así que no hablaré contra esto. Si he sido traída hasta aquí ha sido por la voluntad de Dios, pero no por haber acusado a nadie, ni por hablar de aquello de lo que he sido acusada y condenada a muerte, pero ruego a Dios que salve al rey y le conceda un largo reinado, pues nunca ha habido príncipe más dulce y clemente, y, para mí, ha sido siempre un buen y dulce soberano. Y si alguien se interesa por mi causa, le ruego que juzgue mejor. Con esto me despido del mundo y de todos vosotros y os pido, desde el fondo del corazón, que roguéis por mí.

Según la costumbre, perdonó al verdugo cuando este se lo pidió y solicitó a los asistentes que rezaran por el rey que es tan bueno. Y se arrodilló. 

No había tronco para apoyar la cabeza. Sus damas de honor le quitaron el tocado y le vendaron los ojos. Sus plegarias finales consistieron en repetir: A Jesucristo encomiendo mi alma; Jesús, recibe mi alma.

La ejecución fue breve; un solo golpe de espada. Según una leyenda, el verdugo dijo: ¿Dónde está mi espada? y la decapitó al instante.

A la otra orilla del Támesis, el teólogo reformador Alexander de Hales, acompañado por el arzobispo Thomas Cranmer paseaban por los jardines de Lambeth. Cuando oyeron los cañones que anunciaban el fin de la ejecución, el arzobispo levantó los ojos al cielo y declaró: Era una reina inglesa en la tierra y ahora es una reina del paraíso. Después se sentó en un banco y lloró.
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El gobernador tampoco había previsto un ataúd para Ana y su cuerpo y la cabeza fueron colocados en un baúl de flechas y enterrados sin ceremonia en la capilla de St. Peter ad Vincula, en el recinto de la Torre

Capilla de San Pedro ad Vincula, vista desde la plaza de ejecuciones situada en el prado de la Torre; Tower Green

Sus restos fueron identificados durante la restauración de la capilla, en el reinado de Victoria y hoy están identificados con una placa de mármol en el suelo.

El embajador del Imperio, Chapuys, uno de los principales actores de su caída, escribió después al rey a modo de condolencia: Más de un hombre bueno y grande, incluso entre los emperadores y los reyes, ha sufrido a causa de la astucia de malas mujeres. Y a fin de demostrar que no lamentaba lo ocurrido, el rey le dijo que Ana había tenido al menos, cien amantes. 

Más tarde, Chapuys escribió al emperador Carlos V: Jamás veréis a un príncipe, ni a cualquier otro hombre, hacer más ostentación de sus cuernos y llevarlos con tanta serenidad.

Los historiadores siguen debatiendo para hallar la verdadera razón de la caída de Ana Bolena y se han formulado algunas teorías al respecto. 

La más tradicional, sostiene que fue víctima de la crueldad de su marido, y que el hecho de que fuera incapaz de darle un heredero varón, ya indicaba que Enrique no ahorraría los medios para desembarazarse de ella.

El historiador del siglo XX, Geoffrey Elton, sostenía que Ana y cinco hombres fueron muertos legalmente sólo porque el rey deseaba volver a casarse, y que Enrique VIII tenía tal falta de escrúpulos, que prefería parecer un marido engañado, o la víctima de un embrujo, con tal de lograr sus fines.

La teoría más extendida sostiene que Ana fue destronada por un complot orquestado por sus enemigos. Una alianza con España se hacía entonces deseable por ciertas razones y Ana era tan mal vista por la familia real española, que su presencia se hizo molesta. Thomas Cromwell, antaño su amigo, decidió que debía desaparecer y estaba dispuesto a sacrificar cinco hombres inocentes para lograr sus fines.

Otro historiador británico, George W. Bernard, es el único que sostiene la tesis de la traición y el adulterio, En 1991 escribió: La posición más segura para un historiador moderno, es afirmar que Ana cometió adulterio verdaderamente, con Norris, y brevemente, con Smeaton y que había suficientes pruebas de hecho, para dudar de la negativa de los demás.

Anna Bolena, descendía, por su madre, de Thomas de Brotherton, conde de Norfolk, hijo de Eduardo I de Inglaterra y de Margarita de Francia, nieta de San Luis, siendo, por lo tanto, Capeto y, además, prima lejana del propio Enrique VIII.


Anne thye quene; The Queen