martes, 19 de septiembre de 2017

Quiero ver el mar • Rosalía de Castro • Primera Parte



Rosalía de Castro, por Modesto Brocos

Retrato al óleo de Rosalía de Castro, en el que se aprecian ciertos rasgos de carácter, diferentes de los que expresan sus más conocidas fotografías.

Este retrato de Rosalía de Castro fue pintado por Modesto Brocos (Santiago de Compostela 1852-Río de Janeiro 1936) en las Torres de Hermida de Lestrobe en 1880, cuando Rosalía residía en esa casa con sus hijos, acogida por su primo José Hermida de Castro. Según testimonio del propio artista, Brocos visitó en tres o cuatro ocasiones a Rosalía en este lugar para trabajar en el retrato.

Brocos pinta a una amiga, a una igual, y hace el retrato de una mujer escritora e intelectual. Rosalía aparece seria, segura y serena. Es éste el único cuadro que conocemos para el que posó. Estaba sin rematar en 1885, cuando falleció la escritora. El pintor escribió desde Italia a Murguía para darle el pésame, y pidió que nadie tocara el cuadro, que él mismo lo quería rematar a la vuelta de su viaje.

Propiedad de la familia Murguía-de Castro hasta la muerte de Gala, la última descendiente, la obra es poco conocida porque estuvo colgada en un dormitorio del domicilio de la Coruña, al que no accedían las visitas. La Diputación de La Coruña adquirió esta y otras piezas a los herederos de Gala, posibilitando así su conocimiento público.
Fundación Rosalía de Castro
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Nació Rosalía de Castro en una casona junto al Camiño Novo, por el que se llegaba a Santiago, viniendo de Pontevedra. No es necesario insistir más en el hecho de que era hija de un sacerdote y una mujer soltera de cierto rango, de cuya familia se sabe poco, excepto que había tenido tiempos mejores, aunque, para entonces, tampoco era pobre. Pero, lo cierto es que esta contingencia dejó en ella la marca de hija de padres desconocidos, aunque en su caso, quedaron registrados tras la ceremonia bautismal, con el término, más literario, de “incógnitos”. Por suerte, o quizás por obligación, una criada de la casa –Francisca Martínez–. la amadrinó, circunstancia que, al parecer, libró a la recién nacido de ser depositada en la “inclusa”, tal como refleja el acta parroquial, el día 24 de febrero de 1837.

Después, parece que cuidaron de ella algún tiempo, dos hermanas del padre, perfectamente identificadas; Teresa y María Josefa Martínez Viojo–, hasta que, a los cinco años, más o menos, la madre se habría hecho cargo de ella, según está documentado, lo que no significa necesariamente que la convivencia empezara entonces. Cabe deducir que la habría reconocido o adoptado legalmente. El dato, que aparece en una inscripción del Registro del Ayuntamiento de Padrón, del 17 de septiembre de 1842, se limita a certificar que Teresa de Castro y Abadía, soltera, de 36 años, su hija Rosalía, de algo más de cinco años y medio, y una criada llamada María Martínez, viven en la misma casa. 

Desvelado así el elemento materno de la “incógnita”, podemos olvidar ya el otro, del que, si poco se sabe, es porque poco hay. De la madre tenemos algo más de información a través de su hija, pero acorde con el aura de tristeza que envuelve los textos de nuestra autora, se referiría especialmente a ella cuando ya había pasado a formar parte de las sombras.

Dicho sea de paso, todo lo anteriormente dicho estaría ya de más, si no fuera por la probable influencia que tal origen pudo ejercer sobre el carácter y la obra de Rosalía, aunque ella nunca se refiera a ello claramente.

El padre de Rosalía nunca aparecerá como tal, a causa de su condición de sacerdote, pero hay constancia escrita, no obstante, de que Rosalía habló al menos una vez con él, en la primavera de 1859, cuando ya tenía 19 años. Aunque no se desprende de la información, es probable que ella supiera que se trataba de su progenitor, pero, en todo caso, la persona que los vio, una sobrina del mismo, sí lo sabía. Nacido en 1798, Martínez Viojo falleció en Iría el día 13 de diciembre de 1871. Rosalía tenía 34 años.

No quisiera, por otra parte, que esta breve información sobre el nacimiento de Rosalía de Castro, diera una sensación de superficialidad; ni mucho menos. Paso sobre este asunto brevemente, porque ya está muy explicado en todas partes. Sin embargo me detendré, más adelante, en la forma injusta, vengativa e inmerecida, en que se llevó a cabo su propio entierro, porque el hecho es menos conocido, aunque mucho más relevante. 

Rosalía no cometió ningún delito naciendo, pero sí lo cometieron, al menos moralmente, aquellos que reprobaron la celebración pública de sus exequias, vedando en la práctica, la asistencia a las mismas, que se llevaron a cabo después de superar muchas dificultades, resultando de ello un sepelio solitario y más que triste, tras el cual permanecieron los restos mortales de la escritora, “sin lápida ni cruz” al menos durante dos meses. Afortunadamente, su memoria fue pronto rehabilitada y reivindicada. Hasta la fecha sigue siendo una inmortal representante de las Letras Gallegas.

Tumba de Rosalía d Castro en el Convento de Santo Domingo de Bonaval, en Santiago de Compostela.
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Rosalía de Castro es una figura fundamental y, prácticamente única en su estilo, en la literatura del siglo XIX, además de una de las mejores escritoras en lengua gallega. Se convirtió asimismo en una destacada representante del movimiento conocido como Rexurdimento, que por entonces se propuso sacar a la lengua gallega de su largo olvido literario. Con la aparición el Romanticismo se reavivó el sentido de identidad regional frente al imperioso castellanismo de la Ilustración.

En la época en que nos vamos a desenvolver, en torno a la vida de Rosalía, en Galicia, la antaño viva, brillante y representativa lengua vernácula había quedado relegada al ambiente rural, desapareciendo completamente su uso literario. Poco a poco, se fue abriendo paso la idea de luchar por su rehabilitación como expresión de una personalidad, unas características y hasta de una forma de ser y vivir, que, sin duda, poco o nada tenían en común con las regiones castellanas, cuyo concepto lingüístico-geográfico era excesivamente amplio, indefinido y mal delimitado, además de contener numerosísimas variantes. Aparte, por ejemplo, de las evidentes diferencias de habla entre algunas zonas de Andalucía, comparemos, asimismo, las que existen entre Cáceres y Badajoz, tan próximas entre sí, o entre Cataluña y Valladolid, por citar sólo algunos ejemplos, pues la lengua castellana no implicaba sólo a lo que fueron las dos Castillas originarias, sino a numerosas provincias y regiones, entendidas como las había clasificado Javier de Burgos en 1833; poco antes del nacimiento de Rosalía de Castro. Galicia, concretamente, mantiene hoy aquella división con sus cuatro provincias: Coruña, Lugo, Orense y Pontevedra.

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Un primer y breve intento de Rexurdimento, se extendió hasta mediados del siglo XIX, concretamente, hasta 1846, cuando se produjo el Levantamiento de Solís, durante el reinado de Isabel II y su hombre fuerte, especializado en el recorte de derechos y libertades, el General Narváez.

Miguel Solís y Cuetos se rebeló con su batallón en Lugo, tras una arenga que concluyó exclamando: Gallegos: españoles todos: ¡Viva la Reina libre!, ¡Viva la Constitución!, ¡Fuera extranjeros!, ¡Abajo el Dictador Narváez.

La Junta Superior del Reino de Galicia, constituida en Santiago de Compostela, reclamó los derechos y libertades abolidos por Narváez, a través de su Universidad, como ya había hecho anteriormente, durante la Guerra de la Independencia.

Narváez envió fuerzas, tan superiores en todos los aspectos, que hicieron imposible cualquier intento de resistencia. Tras la derrota de los sublevados, las tropas del General La Concha –Capitán General de Castilla la Vieja-, procedieron de inmediato al saqueo de Compostela, tal como se les había prometido en caso de victoria.

El Coronel Solís, un comandante y diez oficiales y suboficiales, fueron fusilados sin mediar proceso que así pudiera llamarse, en la Parroquia de Paleo, de la villa de Carral, en La Coruña, cuyo párroco escribiría en el acta de defunción: Espectáculo horroroso. Triste Memoria...


Aquellos hombres, que pasaron a ser conocidos como Mártires de Carral, poco después, durante el Bienio Progresista, fueron declarados por el gobierno, Beneméritos de la Patria; se les concedió la Cruz del Valor y la Constancia, y se inscribieron sus nombres en un monumento semejante a un Cruceiro.

La acción duró pocos días, pero sirvió de punto de partida para que una primera generación galleguista, que confiaba en cambiar su estatus de “colonia de la Corte”, impulsara un nuevo proyecto, entre los años cincuenta y sesenta, centrado en el quehacer intelectual y dirigido a describir y sistematizar las características más específicamente gallegas, sobre todo, a través de la Literatura. En 1861 se celebran los primeros Juegos Florales de Galicia, en La Coruña.

Adoptando la idea de Galicia como patria, aparecieron periódicos como El Centinela de Galicia, o La Aurora de Galicia. Se publicó Historia de Galicia, de Benito Viceto y obras como Proezas de Galicia de Fernando Neira, y La Gaita Gallega, de Juan Manuel Pintos.

Dentro del Romanticismo literario, aunque tuvo escasa repercusión, cabría integrar, de un modo u otro, y a pesar de diferentes características de estilo y contenido, a conocidos representantes, como Nicomedes Pastor Díaz y a nuestra protagonista, Rosalía de Castro, cuyo primer libro, Cantares Gallegos, publicado en 1863, puede considerarse como el punto de partida del Rexurdimento

Pero es a partir de 1875, cuando el proyecto de crear una literatura gallega en gallego, adquiere mayor impulso. En 1880 se publican tres obras que constituyen verdaderos puntales: Follas Novas, de Rosalía de Castro; Aires da miña Terra, de Curros Enríquez y, Espiñas, follas e frores, ramiño Primeiro, de Valentín Lamas Carvajal.

La Biblioteca Gallega, a partir de 1885 llegó a publicar 52 obras entre las que se encuentran textos de Curros Enríquez y Eduardo Pondal.

Con tintes más socio-políticos que literarios, aparecía, en 1886, Los Precursores, de Manuel Murguía, que se ocuparía también de preparar una Historia de Galicia, y de recuperar la memoria y promover la lectura de la brillante tradición trovadoresca medieval gallega, de las Cantigas.

Después siguieron las grandes impresiones del Cancionero da Vaticana, en 1875; el Colocci-Brancuti, en 1889; las Cantigas de Alfonso X El Sabio, también en el 89 y, finalmente, el Cancionero de Ajuda, en 1904.

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Ciencia y Literatura sobre un inquieto fondo histórico

Cuando nació Rosalía de Castro (1837–1885), se producía la llamada Desamortización de Mendizábal y el pretendiente a la Corona, don Carlos, llegaba a Madrid, donde en aquel momento, se representaban con éxito obras de Hartzenbusch, Bretón de los Herreros, Espronceda y Martínez de la Rosa, además de leerse las poesías de Zorrilla. Sobre este fondo, se producía la trágica muerte de Mariano José de Larra.


Tras la firma del Convenio de Vergara, terminaba, en 1839, la Primera Guerra Carlista, a la que seguiría muy pronto el exilio de la reina Cristina y la regencia de Espartero, al tiempo que se daban a conocer las Poesías de Gertrudis Gómez de Avellaneda, compartiendo cabeceras de prensa con el fallecimiento de Espronceda.

Gertrudis Gómez de Avellaneda. Federico Madrazo

En 1843 se producía el ascenso de Narváez, que el año siguiente, tras la caída de Espartero, asumía el poder, coincidiendo con la mayoría de edad de Isabel II, adelantada a los 13 años. Nacida a última hora del catastrófico reinado del incalificable Fernando VII, recibiría en su persona todos los insultos y menosprecios que aquel mereció sobradamente. Ese mismo año nacía Benito Pérez Galdós.

En 1849, Fernán Caballero –seudónimo literario de Cecilia Böhl de Faber-, publicaba La Gaviota.

Fernán Caballero. E, Cano de la Peña. MBA, Sevilla
Cecilia Böhl de Faber y Larrea

En 1857, cuando nació Alfonso XII, se publicaba La Flor de Rosalía de Castro; apenas transcurrido el llamado Bienio Progresista y justo antes de que la escritora se casara Manuel Murguía, en 1859, al tiempo que publicaba La Hija del Mar, seguida de Flavio y de A mi Madre-. Cantares Gallegos, apareció dos años después.

En 1867, Rosalía publicaba El Caballero de las botas azules, poco antes de la caída de Isabel II, período que culminaría en 1870, con el asesinato de Prim, tras la Revolución Gloriosa –1868–, durante el cual, Murguía fue Director del Archivo de Simancas

Rosalía viviría en 1873 la proclamación de la Primera República, seguida dos años después, por la restauración monárquica en la persona de Alfonso XII.

Se fundaba entonces la Institución Libre de Enseñanza y muy pronto fueron surgiendo grandes personalidades que secundaron el proyecto, como Joaquín Costa, Leopoldo Alas –Clarín-, José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal, Antonio Machado, Joaquín Sorolla, Santiago Ramón y Cajal y otros nombres de probada altura intelectual y científica.


En 1880 aparecía Follas Novas, seguida, cuatro años después, de la última publicación de Rosalía: En las Orillas del Sar, escrita totalmente en castellano, pronto veremos por qué.

En  el año 1885, el fallecimiento de Rosalía de Castro, coincidía con el de Alfonso XIII.
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Una historia familiar sin continuidad

Rosalía se casó en 1858, y compartió breves períodos de tiempo con su madre, que, desgraciadamente falleció sólo cuatro años después de la boda, al parecer, de forma inesperada.

Es difícil imaginar, por falta de datos, cómo fue la convivencia entre ambas, pero es un hecho, que la madre dejó una honda huella en la escritora, que hallamos reflejada en el poemario titulado A mi madre, en el que se aprecia un profundo dolor por su desaparición, así como una clara expresión de la experiencia de la soledad, característica que para siempre formaría parte del ser de Rosalía de Castro, por todas partes presente en su obra poética. No obstante, parece claro que la escritora fue consciente de que, a pesar de las adversas circunstancias, su madre, prefirió afrontar una sociedad muy estricta frente a ciertos delitos, antes que renunciar a su hija.

                    A mi madre, 1863

                ¡Qué triste se ha vuelto el mundo!
                ¡Qué triste le encuentro yo!...
                …
                ¡Ella ha muerto y yo estoy viva!
                ¡Ella ha muerto y vivo yo!
                …
                No está mi casa desierta,
                no está desierta mi estancia...
                Madre mía... madre mía,
                ¡ay!, la que yo tanto amaba,
                que aunque no estás a mi lado
                y aunque tu voz no me llama,
                tu sombra sí, sí... tu sombra,
                ¡tu sombra siempre me aguarda!

Se trata de unos versos sencillos, pero no por ello dejan de expresar la soledad y la tristeza de Rosalía ante aquella pérdida irreparable. Reflejan como se ve, un hondo vacío, tanto como fue capaz de describirlo una muchacha de 26 años, aunque con una formación,  probablemente algo más completa que la que solían recibir la jóvenes de su entorno, pero sobre todo, poseedora de una mente despierta y una gran percepción del carácter poético de la palabra escrita. En sus textos originales, al parecer, se aprecian algunas faltas de ortografía, algo que, en realidad, lejos de disminuirlos, ensancha sensiblemente los límites que puedan o quieran ponerse a su mérito literario. Por otra parte, otros autores contemporáneos reflejan igualmente la falta de fijación de la lengua en aquellos momentos, que en el caso de Rosalía, pudiera ser también fruto de su bilingüismo.
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Pero el acontecimiento esencial de su vida –en muchos aspectos- fue su matrimonio con Manuel Murguía, celebrado el 10 de octubre de 1858, apenas Rosalía cumplió los 21 y llevaba unos meses viviendo en Madrid. Las relaciones entre la pareja, tampoco son demasiado conocidas, pero sí tenemos algunos reflejos de cómo pudo ser, a través de las cartas que se han conservado de la escritora y conociendo el impulso llevado a cabo por Murguía en favor de la promoción de sus obras.

Murguía, efectivamente, se ocupó de la publicación de los escritos de Rosalía. Hay críticos que, como el imprescindible Bouza Brey, consideran que: nunca jamás le pagará Galicia a don Manuel Murguía el desvelo que puso en dar a conocer las vibraciones de aquel exquisito espíritu. El nombre de Murguía tiene que figurar al frente de toda obra de Rosalía por el amoroso cuidado que puso en su brillo frente a la recatada actitud de su esposa, apartada siempre de los cenáculos donde se forjan, con razón o sin ella, los sones literarios.

Manuel Murguía retratado por su hijo Ovidio

Manuel Murguía nació el 17 de mayo de 1833 en Arteixo, La Coruña. Su madre se llamaba Concepción Murguía y su padre, Juan Martínez, era farmacéutico en Santiago, donde vivía la familia, cuando el 23 de abril de 1846, se produjo el levantamiento, que conocemos como de los Mártires de Carral, detenidos en aquella ciudad, a los que Murguía recordaría siempre. 

No hubo clemencia. A pesar de las súplicas de diversas personas y autoridades, entre las que destacaba el arzobispo de Santiago, el capitán general Juan de Villalonga fue implacable: todos los oficiales sublevados debían ser pasados por las armas sin dilación. Ni siquiera esperó a que los prisioneros llegasen a la ciudad de A Coruña procedentes de Santiago, donde habían sido detenidos, sino que envió a la Comisión Militar encargada de juzgarlos a su encuentro.

Xosé Alfeirán. La Voz de Galicia, 22 de febrero de 2016.

Empezó a estudiar Farmacia por deseo de su padre, pero finalmente optó por el Latín y las Humanidades y asistía al Liceo de la Juventud, que también frecuentaba Rosalía de Castro. 

Pronto empezó a colaborar en diversos periódicos y, con sólo 17 años publicó su primera novela, titulada Desde el Cielo, a la que siguieron: Mientras Duerme, Mi madre Antonia, El Ángel de la Muerte o Los Lirios Blancos, que obtuvieron notable éxito e hicieron que su nombre sonara con buena proyección de futuro.

Ya en Madrid, donde terminó sus estudios, conoció a los hermanos Bécquer y leyó a Rosalía de Castro, de cuyo primer poemario publicado, La Flor, redactó una extensa crítica, en términos que no dejan de sorprender, aun conscientes de que fue hace ya 160 años.

Tras asegurar que no conoce a la autora, escribe Murguía que no podría decir cuál es el mérito de aquellos versos, que conmovieron mi alma y la refrescaron; es que vi en aquel corazón que suspira, un corazón de poeta; es que vi al que padece revelándonos sus dolores, con notas de hermosísima poesía, y desde entonces pensé, que quien de tal modo sentía, quien expresaba de aquella manera sus sentimientos, quien sabía arrancarnos lágrimas, quien hizo nacer en nuestro pecho la admiración hacia un nombre desconocido, es poeta, un verdadero poeta. 

Y si este es una mujer, una mujer que después de penosos trabajos, tal vez abrumada bajo el peso del cansancio físico y moral, toma su lira… y canta versos… que no desdeñaría el mejor de nuestros poetas, … sin pretensiones y tal vez sin estudio, habla el dulce lenguaje de la poesía ha nacido para ser algo más que una mujer, tal vez para legar un nombre honroso a su patria. Ella es mujer en sus sentimientos, hombre en la franqueza con que los expresa… 

Vosotros perdonáis a Espronceda que pida “deleites divinos”; condenaréis en ella que en una de sus mejores poesías, “Un recuerdo”, diga: “con extraños placeres” […] que sueñan las mujeres. Y digo Espronceda porque él parece ser su maestro. etc.

Si estas líneas sirven para alentarla en el difícil camino que emprende… será la mayor recompensa que tendrán estas mal escritas líneas bajo el entusiasmo que ha logrado despertar quien habla un lenguaje no escuchado hace tiempo.

Manuel Murguía. Madrid, Mayo 7 de 1857

Bien, pues a pesar de que para mayo de 1857 no se conocían, Manuel y Rosalía se casaron, como sabemos, en octubre del año siguiente, de modo que el enamoramiento debió ser inmediato. En el 58 nació su primera hija, evento que inspiró a Murguía la composición de La Primera Luz, un conjunto de textos infantiles cuya lectura fue recomendada oficialmente en las escuelas.


A partir de 1860, Murguía abandonó el trabajo periodístico para dedicarse por completo a la investigación y la divulgación histórica.

En 1862 completó un Diccionario de Escritores Gallegos y, tres años después, viviendo en Lugo, publicó su Historia de Galicia. Después trabajó en Archivos Históricos y en 1886 –el año de la muerte de Rosalía-, publicó Los Precursores, referido a aquellos que lo fueron en la Historia de Galicia, en el terreno cultural.

A partir de 1880 se centró casi exclusivamente en el estudio y desarrollo del pensamiento regionalista gallego, a cuyo fin, concibió la idea de fundar una Academia Gallega de la Lengua, junto con algunos escritores amigos, que solían reunirse en la librería A Cova Céltica. Y así, finalmente, promovida por Curros Enríquez y el Centro Gallego de la Habana –que siempre respaldó, tanto los proyectos de Murguía, como los de Rosalía y otros-, en 1906 se fundaba la Real Academia Gallega, que Murguía presidió el resto de su vida, es decir, hasta el día 2 de febrero de 1923, fecha en la que fallecía en su casa de La Coruña.

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Sin que conozcamos las verdaderas razones que le indujeron a hacerlo, había quemado las cartas de Rosalía, poco antes de que esta falleciera, en 1885.

Como ya se acercan los días de la muerte, he empezado por leer y romper las cartas de aquella que tanto amé en este mundo. Fui leyéndolas y renovándose en mi corazón alegrías, tristezas, esperanzas, desengaños, pero tan llenas de uno que en realidad, al hacerlas pedazos, como cosas inútiles y que a nadie importan, sentí renovarse las alegrías y dolores de otros tiempos.

Verdaderamente la vejez es un misterio, -continuaba-, una cosa sin nombre, cuando he podido leer aquellas cartas que me hablaban de mis días pasados, sin que ni mi corazón ni mis ojos sangraran. ¿Para qué?, ¿para qué? me decía. Si hemos de vernos pronto, ya hablaremos en el más allá.

Sin duda, sabríamos mucho más de esta singular escritora, si hubiéramos podido leer aquellas cartas que su marido entendió que sólo a él interesaban, sin considerar que pudiera existir alguna otra razón para conservarlas. Si es cierto que creía en la calidad literaria de su esposa, no alcanzó a vislumbrar que quizás algún día, llegaran a constituir un importante apoyo que pudiera ayudarnos a comprender mejor su vida y acaso, su obra.

Si las leí –escribió-, sin que mi alma se anonadase en su pena, no fue sin que el corazón que había escrito las líneas que acababa de leer, se me presentase tal como fue, tal cual nadie es capaz de presumir.

Surge perentoria la pregunta: ¿qué es lo que podría presumirse? ¿Cómo era en realidad aquel corazón, que no alcanzaba a anonadar el alma del periodista y que nadie podría imaginar? Lo cierto es que la escasísima correspondencia conservada, no carece de reproches al marido por parte de la poeta que, con demasiada frecuencia se encontraba sola:

No debía escribirte hoy, pues tú me dices lo haga yo todos los días, escaseas las tuyas cuanto puedes.., estos días en que me encuentro enferma, como estoy más susceptible, lo siento más. Te perdono, sin embargo, aunque sé que no tendrías otro motivo para no escribirme que el de algún paseíto con Indalecio, u otra cosa parecida.

…a veces, me haces rabiar, como sucede cuando te da por estar fuera de casa desde que amanece hasta que te vas a la cama, lo mismo que si en tu casa te mortificasen con cilicios.

No parece que la escritora se sintiera muy comprendida, o, al menos, acompañada, lo que en ocasiones le llevaba a concebir ciertas reflexiones harto filosóficas respecto a la realidad de los maridos y la inestabilidad de los sentimientos humanos.

Entre 1859 y 1877, tuvieron 5 hijas y dos hijos:

Rosalía e familia por Juan Palmeiro e fillos, A Matanza. 1883-4

Casados el 10-10-1858

Alexandra, 1859-1937 (a los 22 años)
Aura, 1868-1942 (31) (Notable diferencia de 9 años con Alexandra)
Gala y Ovidio, gemelos, 1871. (34) Ovidio murió en 1900 y Gala, en 1964.
Amara, 1873-1921 (36)
Adriano Honorato Alejandro, 1875-1876, (38) y
Valentina, que nació muerta, en 1877 (40)

De Alexandra, “la niña” a la que a menudo se refiere su madre en la correspondencia, nacida en Santiago, el 12 de mayo de 1859 y que fue hija única durante casi diez años, sabemos, de acuerdo con Juan Naya Pérez –de una familia amiga de Gala, amigo de los hijos de Rosalía-, que era una excelente dibujante, lo que le permitió colaborar con su padre en sus viajes de estudios históricos y artísticos y que fue ella también, quien dirigió a su hermano Ovidio en sus primeros pasos en la pintura. Por supuesto, constituyó una compañía inestimable para su madre durante las prolongadas ausencias de Murguía; eran como dos hermanas.

Rosalía nun debuxo da súa filla Alexandra, antes de 1937
Asociación Socio-Pedagóxica Galega

Cuando murió Rosalía, ella tenía 26 años y parece que estaba a punto de casarse, pero renunciaría al matrimonio para ocuparse de sus hermanos, mucho menores que ella. No se sabe exactamente si su padre la animó o la desanimó en este caso, pero sí se dice que Alexandra renunció a un trabajo de restauradora en el Museo del Prado, porque a su padre no le gustaba la idea.

Pasó muchas temporadas en casa de su abuelo paterno, boticario en Santiago y La Coruña, con el que, además, parece que mantuvo una interesante correspondencia durante la década de 1870. 

Alexandra –la niña–..

Alexandra murió a los 77 años en La Coruña, el 22 de Marzo de 1937.

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Aura, la segunda hija, nacería también en Santiago, el 7 de diciembre de 1868, el año de la revolución Gloriosa, iniciada en Cádiz; un período que resultó próspero para su padre, y brillante para Rosalía en el terreno literario, aunque ya gozaba de cierto renombre. Habiendo sido nombrado Murguía Director del Archivo de Simancas, no estuvo presente en el nacimiento de esta segunda hija, que fue bautizada al día siguiente:

Aura María Luz Martínez hixa de Dn Manuel y D.a Rosalía de Castro su Mujer. En el dia ocho de Diciembre del año de mil ochocientos sesenta y ocho Yo el Presbitero D.n Antonio Suarez y Vazqz Cura Parroco de las Yglesias Parroq.s de Sn Felix de Solobio y Santa Maria Salomé en esta Ciud. de Santiago Prov.a de la Coruña bauticé solemnemte y puselos S.tos oleos a una Niña q.e nació el dia anterior y hora de diez de la mañana en la Calle de Callobre y casa del numero cuarenta es hixa de D.n Manuel Martinez Murguia natural de la de Santa Maria de Pastoriza y su Mujer D.a Rosalia de Castro oriunda de esta referida de Santiago su profesión Literato. Abs. Paternos Dn. Juan Martinez y Da. Concepon. Murguia de la propia de Santiago. Maternos Da. Teresa de Castro. Pusele nombre Aura Maria Luz de la qual fueron sus Padrinos Dn. Ramon Campo Hermida vecino de Padron y Da. Alexandra Martinez Murguia hermana de la bautizada a quienes he advertido el Parentesco espiritual y las demás obligacions. qe. Previene el Ritual Romano. Y para qe. conste lo firmo fecha utsupra [rúbrica].

Aura se casó a los 28 años por poderes, con Francisco Prats Pérez, en Coruña, el 30 de agosto de 1897, y Alejandra fue también su madrina. Asegura Juan Naya, que cuando Murguía conoció al novio, impresionado por su elevada estatura –él que era de menos que mediana, como el mismo afirma- y por su negra y densísima barba, no pudo ocultar su disgusto. Y enterado más tarde de que el señor Prats era alicantino, parece que dijo que no toleraría la presencia de “moros” en su casa. Terminó queriéndolo como a un hijo por las constantes y notables pruebas de cariño que de él recibió. 

Prats era un gran ilustrado y aficionado a la numismática, además de batallador periodista, que dirigió el “Heraldo de Albacete”. Finalmente fue nombrado Interventor de fondos municipales, tarea que desempeñó hasta su jubilación en Carmona, donde falleció el 21 de septiembre de 1949. Sus restos y los de Aura, fallecida en la misma ciudad, en 1942, fueron después trasladados a la Coruña. Aura tuvo un solo parto de dos niños que murieron a los pocos meses.
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Ovidio y Gala, gemelos, nacieron en las Torres de Lestrove, en Padrón, el 2 de julio de 1871.

Ovidio Murguía de Castro

Ovidio Murguía de Castro nació, junto con su gemela, Gala, en el verano de 1871, en La Coruña-, donde también falleció, en 1900. Fue un excelente pintor que formó parte de la llamada Xeración Doente.

Empezó su aprendizaje artístico, en la Real Sociedad Económica de Amigos del País en Santiago de Compostela, con el pintor José María Fenollera.

En 1895 se fue a Madrid, donde vivió en casa del novelista Alejandro Pérez Lugín que era famular suyo y que le introdujo en los medios artísticos y más bohemios  de la capital. 

De carácter independiente y autodidacta, solía frecuentar el Museo del Prado, pero, sobre todo, iba a Guadarrama, donde podía observar los paisajes con los que desarrolló su estilo preferido. A pesar de que su padre intentó procurarle encargos que le hubieran proporcionado ingresos suficientes, prefirió elegir su propio estilo y continuar su vida bohemia, desgraciadamente muy breve, ya que murió en 1900, a los 28 años, dejando, no obstante una muy notable obra artística.

Al parecer, Ovidio estaba especialmente unido a su madre, cuya temprana pérdida, dejó en él una huella imborrable.

Paisaje de Ovidio Murguía

Paisaje de Ovidio Murguía

Naya considera posible que Ovidio, hubiera dejado un hijo a pesar de su temprano fallecimiento. Al parecer, Gala, la gemela, les contó que su hermano tenía una novia en Madrid, ya en los últimos años del siglo. Para entonces, una Gala entristecida por su actitud, contó que tanto ella como sus hermanas, se habían puesto de acuerdo para alejar a su hermano de aquella muchacha, a la que no conocían, pero de la que habían oído hablar mal. Al parecer, cuando Ovidio volvió a La Coruña, ya muy afectado por la tuberculosis, recibía cartas de la muchacha, en las que le aseguraba haber quedado embarazada, pero las hermanas las destruyeron sin que él las leyera, haciéndole creer que le había olvidado; si no murió desesperado por el supuesto olvido de su novia, poco le faltó. Tras el fallecimiento de Ovidio, hallaron una fotografía de ella, dedicada al dorso: A mi más queridísimo apreciable Ovidio que te quiere con delirio tu Visitación Oliva. Mayo de 1899.

No es posible saber si ese niño llegó a nacer, pero asegura el autor amigo, que las hermanas durante el resto de su vida deploraron lo que habían hecho.

Añade el autor: el final de Ovidio, tan prematuro, tuvo aún que verse amargado por una de las más duras pruebas por las que tiene que pasar una persona. Si algún pecado cometió la penitencia fue demasiado dura, inhumana. Probablemente se refiere a la ocultación llevada a cabo por sus hermanas, sabiendo que él sufría ante la posibilidad de haber sido abandonado en la enfermedad por la persona a la que amaba.

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La Generación Doliente o Xeración Doente, fue un nombre acuñado por M.F.Barreiro y Felipe Bello Piñeiro, con ocasión del Segundo Salón Ferrolano de Pintura Gallega, en un artículo publicado por el Correo Gallego el 27 de agosto de 1922. Se refería a un pequeño y prometedor grupo de artistas de Galicia, todos los cuales murieron alrededor del año 1900, rondando, más o menos, los 30 años.

Fue la primera generación procedente de la Escuela de Bellas Artes de La Coruña, creada en 1852, sobre la cual parece haber caído la tuberculosis como una maldición.

Jenaro Carrero Fernández. Ovidio Murguía Castro. Ramón Parada Justel. 
Joaquín Vaamonde Cornide. La Xeración Doente

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Gala (RAG)

Gala, la gemela de Ovidio, vivió, sin embargo, 92 años, hasta el 18 de enero de 1964, siendo la última superviviente de la familia. 

Gala Blanca Eleonora, se casó con Pedro Izquierdo Corral el 30 de Marzo de 1922, cerca de la Coruña, en la misma iglesia en que habían bautizado a su padre, quien, al asistir a la ceremonia casi en volandas a causa de una lesión, bromeó sobre el hecho de que en ambas ocasiones le habían llevado en brazos; cuando me bautizaron, y ahora que voy a morirme. Falleció diez meses después.

Tenía Gala 50 años cuando se casó y su esposo, 47. Pedro Izquierdo, que era matemático, dedicó cierto tiempo a investigar acerca del viejo misterio de la nacionalidad de Colón. Falleció en la Coruña a los 67, el 19 de mayo de 1942, tras una breve enfermedad. 

En cierta ocasión, la Marquesa de Cavalcanti, Nieves –también llamada, Blanca-, Quiroga y Pardo Bazán, quiso visitar a Gala, o bien que esta la visitara a ella, pues deseaba que, siendo las únicas supervivientes de Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán, pudieran abrazarse zanjando así las pequeñas cosas que pudieran haber separado a Manuel Murguía y a Emilia Pardo Bazán.

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Las cosas que distanciaron a Murguía y a Pardo Bazán, no fueron pequeñas; entre ellos había un abismo que al parecer resultó insalvable hasta que las descendientes de ambos, como aquí se dice, decidieron llevar a cabo una especie de acto de reconciliación en nombre de sus antecesores.

El 2 de setiembre de 1885, en el Círculo de Artesanos de A Coruña se celebró un homenaje a Rosalía de Castro, presidido por Emilio Castelar, a cuyo efecto se pidió a Emilia Pardo Bazán, que entonces tenía 35 años, su colaboración como mantenedora.

Benito Vela Jácome dijo que Pardo Bazán habló muy bien de los Cantares Gallegos, pero que silenció lo mejor de la lírica rosaliana.

Al parecer, Murguía era un hombre de carácter, que Rosalía soportaba o quizás respetaba por convicción, una actitud que no cabía ni imaginar en la personalidad de Pardo Bazán; ni en su vida privada –dejó a su marido, aunque, al parecer, de forma amistosa-, ni en el plano social, algo que además, iba en su estatus aristocrático; su aplomo resultaba, se dice, en ocasiones, ostentoso. 

Aparte las diferencias casi naturales entre dos personalidades enérgicas, estaban las ideológicas; es evidente que en los sucesivos cambios que por entonces se produjeron en el gobierno, ambos representaban posiciones opuestas. Pardo Bazán nunca escribió en gallego ni simpatizó con el movimiento galleguista y, parece que en un momento dado, decidió no participar en actos en los que pudiera figurar Murguía.

Con ocasión de la fundación de la Academia Gallega, Murguía envió una carta a Pardo Bazán.

Muy Sra. mía y de todo mi respeto: Acabo de saber que se ha negado Vd. a suscribir la invitación, que algunos escritores de esta ciudad, dirigen a sus paisanos, con objeto de crear una Academia Gallega; pensamiento que según dicen merece, sin embargo, su más completa aprobación. Contradicción tan extraña, se me explicó, asegurándome, que Vd. había manifestado con entera franqueza -lo cual no deja de ser una virtud- que lo hacía así, porque no quiere que su firma aparezca en documento alguno en que yo ponga la mía. Añadieron que ni ruegos amistosos, ni observaciones más amistosas todavía, fueron bastantes a hacerla desistir de su propósito.

Respeto desde luego los motivos que para tanto puede Vd. tener, aunque no se me alcanzan, mas como en su negativa y motivo en que la funda, hay algo que puede molestarme en el concepto público, yo estimaría a Vd. muy mucho, se dignase decirme si es cierto lo que me han asegurado; pues en verdad me parece la cosa tan enorme, que sean los que quieran los motivos de resentimiento que tenga para conmigo, no puede creer, sin que Vd. me lo confirme, que se haya alargado a hacer tan singular manifestación.

Sin ningún género de disgusto, pues en cosas tan pequeñas no hay motivo para ello, vería hoy y siempre mi firma al pie de un documento en que apareciese la de Vd., pero le confieso a mi vez, que tengo la seguridad de que nadie, por mucho que se estime, tendrá nunca por qué avergonzarse de poner la suya al lado de la mía, por ser ésta tan honrada como la que lo sea más.

Espero de Vd., señora, que aun cuando no sea sino por la gravedad que este asunto reviste para todos, se dignará contestarme. Dos solas palabras serán bastantes. Apelo para obtenerlas a la noble franqueza que una persona de su educación sabe usar en semejantes casos: advirtiéndole al propio tiempo que su silencio de Vd. lo tendré como una prueba tácita de la verdad de la afirmación que le atribuyen.

De Vd. atento y seguro servidor.
Manuel Murguía. Coruña, 12 septiembre 1894.

Al parecer, no ha sido posible averiguar si Pardo Bazán contestó o no a la demanda de Murguía. Sea como fuere, hubo una lucha abierta, que no había quedado zanjada antes del fallecimiento de sus protagonistas, lo que daría lugar a que lo intentaran sus descendientes; en esta ocasión, por iniciativa de la heredera de Pardo Bazán.

Blanca recibió la visita de Gala, a quien recitó unos versos que Rosalía había escrito en un abanico de Emilia Pardo Bazán: Mimada polas musas,/servida polas grasias/cun corazón que vive de armonías,/nobre cantora das gallegas praias,/ben merecés reinar como reinades,/magnífica, ausoluta soberana.
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Al parecer, Gala tenía una salud de hierro y además era una infatigable caminante. Murió a los 93 años, repitiendo desde siempre que no creía en los médicos.

Habiendo quedado Naya como albacea, se supo, por el testamento de Gala, que no deseaba ser velada, pero que mantuvieran encendida la luz de su habitación y que la enterraran con una pequeña imagen que tenía en la mesilla, pidiendo asimismo, ser amortajada con la misma sábana de la cama en que falleciera. Tampoco quería flores ni coronas, ni que su fallecimiento se hiciera público hasta después del entierro. 

Dejaba los derechos de Follas Novas y Cantares Gallegos al Patronato Rosalía de Castro, de Santiago y el resto, a la Diputación de La Coruña, para atención de niños pobres y huérfanos de escritores gallegos. 

Los derechos de la obra histórica del padre se cederían en parte, a la Real Academia Gallega, de la que había sido el primer Presidente y en parte, al Ayuntamiento de La Coruña, como ayuda para atender al tratamiento de niños gallegos enfermos de tuberculosis.

Tras su inhumación en la sepultura familiar, esta debía quedar sellada, sin que pudiese enterrarse en ella otra persona alguna. Algunos objetos de la casa, como muebles y cuadros, pasaron a formar parte de la Casa Museo de Rosalía en Padrón.

Casa de Rosalía en Padrón, sede de la Fundación Rosalía de Castro

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Amara –Honorata María del Carmen-, nació el 17 de julio de 1873, en Coruña, donde entonces vivía la familia, desde hacía dos años, por el empleo de Murguía en el Archivo Regional. Fue también Alejandra, su madrina. Amara falleció el 28 de diciembre de 1921, a los 48 años.

Escribe el amigo de la familia, que Amara era muy alta y solía vestir de blanco. Apenas salía de casa, si no era para acudir a Misa por la mañana a primera hora y que tenía una voz dulce, de las que inspiran confianza a los niños.

Añade el autor que tenía premoniciones y que, desde luego, tuvo una con su propia muerte, asegurando que un vestido que le estaba haciendo la madre de nuestro cronista, sería el último que vestiría en vida, como así parece que fue.

Un día amaneció enferma y cuando su hermana Gala fue a darle el medicamento recomendado por el médico, ya había fallecido. Añade el autor, que lo mismo le había ocurrido a la madre de Rosalía, según le contó Alejandra.

Cuando murió Amara, su padre recibió tal disgusto que no habría de reponerse nunca. El noble anciano, gloria de nuestro país, apuró hasta las heces del cáliz de la amargura. Y no fue porque lo mereciese.

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Del nacimiento y la brevísima existencia de Alejandro, nacido en 1875, nos ocuparemos en otro capítulo, ya que es uno de los acontecimientos más dramáticos de la vida de Rosalía de Castro, pues junto con otros, dolorosamente injustos, vendría a demostrar, como diría Quevedo, que si la vida diera a cada cual lo que se merece, tal vez la de la poeta habría sido muy distinta.

Todavía en 1877, alumbraría Rosalía una niña, que, al parecer nació muerta, o quizá murió inmediatamente, ya que quizás pudo ser bautizada con el nombre de Valentina
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Rosalía encargó a sus hijos que a su muerte, quemasen los escritos que tenía sin publicar. Después pidió que le trajeran un ramo de pensamientos, su flor preferida.


Todavía alcanzó a decir suavemente a su hija Alejandra:

Abre esa ventana, que quiero ver el mar.

Puente sobre el río Sar, a su paso por Padrón

En Padrón no se ve el mar, pero Rosalía había escuchado su llamada y la dejó reflejada en un verso:

…ven brandamente a descansar.

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jueves, 31 de agosto de 2017

Querido señor • Carta a Sartre • Françoise Sagan



Françoise Sagan, 1935-2004, tituló su primer libro –que público, con un éxito rotundo e inmediato, a los 18 años– con el segundo verso de este poema de Paul Éluard:


El sereno crítico, católico militante y Premio Nobel, François Mauriac, acuñó para la autora la definición de charmant petit monstre; encantador pequeño monstruo, aludiendo a su precoz y notable aptitud literaria.

Bonjour tristesse estaba en las librerías el 15 de Abril de 1954, firmado por Françoise Sagan, seudónimo literario de la nueva escritora, apellidada en realidad, Quoiriez, quien, por deseo de su padre, no quiso hacer público el nombre familiar. Para ello, recurrió a otro grande de la literatura francesa; Marcel Proust, adoptando el apellido Sagan, extraído de un personaje de À la Recherche du temps perdu; En busca del tiempo perdido.

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En 1980, Françoise Sagan publicó una extraordinaria y conmovedora carta que había enviado a Jean–Paul Sartre un año antes, acompañándola con el relato de la sensible amistad que surgió entre ellos, tras su lectura por parte de Sartre. 

Fue en su último libro, publicado en 1985, Avec mon Meilleur Souvenir, Con mi Mejor Recuerdo (Ed. Gallimard), en el que Sagan incluyó esta carta, así como los detalles de los esporádicos pero regulares encuentros que a partir de entonces, se sucedieron entre ambos personajes.


Se trata aquí de una traducción en la que retoco, sólo levemente, algunos términos o expresiones, para su mejor percepción, sirviéndome al efecto, más del sentido, que de la palabra o la expresión literal, en ocasiones, intraducibles.

Ambos autores son sobradamente célebres –Sartre como filósofo, entre otras cosas; Sagan como novelista, entre otra cosas–, y aunque en esta historia no aparece-, no podemos olvidar la figura de Simone de Beauvoir, también escritora -entre otras cosas-, y compañera de Sartre a lo largo del período más conocido, prolongado y productivo de la vida de ambos. 

El gran escritor y filósofo Jean–Paul Sartre. 
París, 21 de junio de 1905 – 15 de abril de 1980

Para la fecha de la carta de Françoise Sagan, Sartre había perdido la visión y apenas le quedaba un año de vida.

Simone de Beauvoir
París, 9 de enero de 1908-14 de abril de 1986

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Carta de Françoise Sagan a Jean-Paul Sartre: Cher Monsieur

Françoise Sagan con su gato Brahms

Querido Señor:

Digo Querido Señor pensando en la interpretación infantil de la palabra, según el diccionario: “Un hombre, cualquiera que sea [la definición]”. No voy a decirle “Querido Jean–Paul Sartre” porque es demasiado periodístico, “Querido Maestro”, porque sé que lo detesta, ni “Querido Colega” porque pesa demasiado.

Hace años que quería escribirle esta carta, casi treinta. De hecho, desde que empecé a leerle, y sobre todo, desde hace diez o doce años, cuando la admiración, a fuerza de sentirme ridícula se volvió suficientemente rara, como para felicitarme, casi, por esa misma ridiculez. Quizás yo misma he envejecido, o he rejuvenecido lo suficiente, como para reírme hoy de aquel sentido del ridículo del que usted, ni ahora ni nunca, se ha preocupado.

Lo único que deseaba, es que recibiera esta carta el 21 de junio. día fasto para la Francia que vio nacer, con algunos lustros de intervalo, a usted, a mí, y más recientemente, a Platini (1); tres excelentes personas, llevadas en triunfo o pisoteadas salvajemente –usted y yo, gracias a Dios, sólo metafóricamente–, por excesos de honor, o por indignidades que no se explican. Pero los veranos son cortos, agitados y se acaban. He terminado por renunciar a esta oda de aniversario, y sin embargo, necesitaba decir lo que voy a decirle y que justifica un título tan sentimental.
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1 Se refiere a Michel Platini, futbolista y Presidente de la UEFA hasta 2015, nacido, precisamente, el día 21 de junio de 1955.
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En 1950 empecé a leerlo todo, y después, Dios o la Literatura, saben cuánto he amado o admirado a algunos escritores, especialmente entre los vivos, de Francia, u otros. Después conocí a algunos y también seguí la carrera de otros, y aunque aún hay muchos a los que admiro como escritores, usted es el único al que sin duda sigo admirando como hombre. 

Todo lo que me había prometido a los quince años, edad inteligente y severa, sin ambiciones precisas y, por tanto, sin condiciones; todas aquellas promesas usted las ha mantenido escribiendo los libros más inteligentes y más honestos de su generación. Incluso ha escrito el libro más deslumbrante de talento de la Literatura Francesa: Les Mots /Las Palabras. (2)
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Les Mots/Las Palabras, es una autobiografía de Sartre publicada en 1964 por Gallimard. Apareció primero en Les Temps modernes, n° 209, de octubre y en el n° 210, de noviembre de 1963. Se trata de su infancia entre los 9 y los 14 años y se divide en dos partes: Lire y Écrire/Leer y Escribir. La primera idea para el título fue Jean sans terre/Juan sin Tierra, en referencia a Juan de Inglaterra; sin herencia.
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Al mismo tiempo, se lanzaba siempre, sin presunción, en socorro de los débiles y los humildes y creía en la gente, en las causas y en otras generalidades. Se equivocó a veces, como todo el mundo, pero (y esto, al contrario que todo el mundo) siempre lo ha reconocido y ha rehusado obstinadamente todos los laureles morales y los ingresos materiales ofrecidos a su gloria, rehusando, incluso, el no obstante, tan deseado premio Nobel, a pesar de que carecía de todo y habiendo sufrido tres atentados con plástico a causa de la Guerra de Argelia. 

Aun encontrándose en la calle, sin pestañear, impuso a los directores de teatro a las mujeres que le parecían mejores para los papeles, aunque no fueran forzosamente las que querían ellos, demostrando así gloriosamente, que para usted, el amor podía ser por el contrario “El brillante luto de la gloria”. 

Resumiendo, usted ha amado, escrito, compartido, entregado, todo lo que tenía para dar y que era lo más importante, al mismo tiempo que rehusaba todo lo que se le ofrecía y que significaba ser importante.

Ha sido usted tanto hombre como escritor, sin pretender jamás que el talento del segundo justificarlas debilidades del primero, ni que sólo la felicidad de crear le autorizara a despreciar o a ignorar a los más próximos, ni a los demás, a todos los demás. Tampoco ha sostenido que el hecho de equivocarse con talento y buena fe, legitimara el error; de hecho, usted jamás se ha refugiado tras la famosa fragilidad del escritor; ese arma de doble filo que es el talento, a usted nunca le ha llevado al narcisismo, que es, por otra parte, uno de los tres únicos roles reservados a los escritores de nuestra época, junto con los de “petit maître” y “grand valet”. Bien al contrario, con esta arma, supuestamente de doble filo, lejos de dejarse endurecer entre delicias y clamores, como tantos otros, usted ha intentado que en su mano fuera ligera, eficaz y ágil, como usted deseaba y como se sirvió de ella, para ponerla a disposición de las víctimas, de las verdaderas a sus ojos; de aquellos que no saben, ni escribir, ni explicarse, ni luchar, ni aún lamentarse.

Sin acusar ante la justicia, porque no quería juzgar a nadie; sin hablar de honor, porque no deseaba recibir honras; sin evocar incluso, la generosidad, porque ignoraba que usted era la generosidad misma; usted ha sido el único hombre de justicia, de honor y de generosidad de nuestra época, trabajando sin descanso; dando todo a los demás; viviendo, tanto sin lujo, como sin austeridad, sin tabúes y sin fiesta, excepto la ensordecedora de la escritura. Haciendo el amor y entregándolo; seduciendo, pero siempre dispuesto a ser seducido. Superando a sus amigos en todos sus límites; con su ímpetu, rapidez, inteligencia y brillantez, pero volviéndose siempre hacia ellos para ocultarlo, porque siempre ha preferido ser utilizado o manejado, antes que ser indiferente y, al fin, frecuentemente decepcionado sin remisión. ¡Qué vida ejemplar, para un hombre que jamás quiso ser un ejemplo!

Y aquí está ahora, privado de la vista e incapaz de escribir, según dicen, y seguramente, tan desgraciado a veces, como se puede llegar a ser. Quizá entonces, le alegre saber que por dondequiera que he viajado durante veinte años; Japón, américa, Noruega, París o Provincias, he visto hombres y mujeres de todas las edades, que hablaban de usted con la misma admiración, la misma confianza y la misma gratitud que yo misma le he confiado ahora.

En este siglo, declaradamente loco, inhumano y corrupto, usted fue, y sigue siendo, inteligente, tierno e incorruptible. Gracias por todo.

Françoise Sagan
De: Avec mon Meilleur Souvenir. 
Gallimard.

Françoise Sagan, 1963

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Escribí esta carta en 1980 y la publiqué en L'égoïste, el bonito y caprichoso diario de Nicole Wiesnieck. Por supuesto que primero pedí permiso a Sartre, a través de otra persona, porque no nos habíamos visto desde hacía veinte años y, para entonces habíamos compartido algunas comidas con Simone de Beauvoir y mi primer marido, comidas algo forzadas; algunos encuentros divertidos en agradables lugares de perdición, por la tarde, en los que Sartre y yo fingíamos no vernos; y en un almuerzo con un encantador industrial algo entusiasmado por mi persona, que le propuso dirigir una revista de izquierda que él mismo financiaría con sumo placer, pero cuando el industrial, entre el queso y el café fue a cambiar el tiket de aparcamiento, Sartre se sintió desanimado y con ganas de reírse; en todo caso, de Gaulle ya iba llegando y aquel irrealizable proyecto, naufragó definitivamente.

Después de esos pocos y breves contactos, no nos habíamos visto durante veinte años y durante todo ese tiempo, siempre deseé decirle lo mucho que le debía.

Sartre, ya ciego, pidió que le leyeran mi carta y dijo que quería verme y cenar conmigo a solas. Fui a buscarlo al Boulevard Edgar-Quinet, lugar por el que ahora nunca puedo pasar sin sentir tristeza. Fuimos a La Closerie de Llilas. Yo lo llevaba de la mano para que no tropezara y tartamudeaba de timidez. Creo que formábamos el dúo más curioso de las letras francesas y los camareros revoloteaban ante nosotros como cuervos asustados.

La Closerie des Lilas, en Montparnasse

Todo esto ocurrió un año antes de su muerte y fue la primera de una larga serie de cenas, que yo no imaginaba entonces. Pensé que solo me invitaba por amabilidad y también creía que yo moriría antes que él.

Después seguimos comiendo juntos cada diez días. Yo iba a buscarlo. Él ya estaba preparado en la entrada, con su chaquetón con capucha y salíamos como ladrones, cualquiera que fuera la compañía. Debo confesar que contrariamente a lo que cuentan sus allegados en los recuerdos de aquellos últimos meses, nunca me sentí mal ni molesta por su manera de comer. Por supuesto que todo eludía su tenedor, pero era a causa de su ceguera, no por torpeza. Me dan mucha rabia los que se han quejado en artículos o libros, apenados o despectivos con respecto a aquellas comidas. Hubieran debido cerrar los ojos si eran tan delicados y reducirse a escuchar cuanto decía aquella voz alegre, valiente y viril, y la libertad con que hablaba.

Lo que le gustaba en nosotros, me decía, era que nunca hablábamos de los demás ni de nuestras relaciones comunes: conversábamos como viajeros en un andén de estación. Lo echo de menos. Me gustaba tenerlo de la mano y que él me tuviera atada por el espíritu. Me gustaba hacer lo que me indicaba y me importaban poco sus torpezas de ciego. Me admiraba que hubiera podido sobrevivir a su pasión por la literatura.

Me gustaba tomar su ascensor, llevarlo a pasear en coche, cortarle la carne, tratar de alegrar nuestras dos o tres horas, hacerle el té, llevarle whisky a escondidas, oír música con él y más que nada escucharlo. Me daba mucha pena dejarlo ante de su puerta, se quedaba allí parado, mientras de alejaba, con los ojos vueltos en mi dirección y un aire desconsolado. Cada vez tenía la impresión, a pesar de nuestras citas precisas y próximas, de que no nos volveríamos a ver; que se hartaría de la "revoltosa Lili" – que era yo - y de mis balbuceos. Temía que nos sucediera algo, a cualquiera de los dos. Y sin embargo, la última vez que lo vi, en la última puerta, esperando conmigo el último ascensor, me sentía tranquila. Pensaba que dependía un poco de mí, y no pensaba que de pronto tendría que depender tanto de la vida.

Recuerdo aquellas extrañas comidas en restaurantes discretos del distrito XIV.

-¿Sabe?, me leyeron su carta de amor -me dijo al principio-, y me gustó mucho. Pero ¿cómo pedir que me la releyeran continuamente para deleitarme con sus elogios?. ¡Me creerían paranoico!" 

Entonces le grabé mis propias declaraciones -tardé seis horas, tal era mi timidez-, y pegué una cinta adhesiva a la cassette para que la reconociera al tacto. Después me aseguró que la escuchaba a veces cuando estaba solo en sus noches de depresión, pero sin duda fue para agradarme.

Decía también: 

-Está empezando a cortarme el filete en trozos demasiado grandes. ¿No será que va perdiéndome el respeto? Y al oírme atareada con su  plato se echaba a reír. 

-Usted es muy amable, ¿no es cierto? Es un buen signo. Las personas inteligentes siempre son amables. Solo he conocido un tipo inteligente y malo; era pederasta y vivía en el desierto. También estaba harto de los hombres, de esos antiguos muchachos que lo reclamaban como padre a él, a quien sólo le gustaba y nunca le había gustado otra cosa que la compañía de las mujeres, 

-Oh me tienen cansado! -decía- ; qué culpa tengo de Hiroshima ... qué culpa tengo de Stalin, qué tengo que ver con la pretensión que tienen, con su idiotez? ... Y se reía de todos los subterfugios de esos falsos huérfanos intelectuales, que lo querían por padre. ¿Padre, Sartre? ¡Qué disparate! ¿Marido, Sartre? ¡Tampoco! Amante, quizá. Esa soltura, esa calidez, que aún ciego y medio paralizado, mostraba hacia una mujer, eran reveladoras. 

-¿Sabe? Cuando me quedé ciego y comprendí que no podía seguir escribiendo –escribía desde hacía cincuenta años diez horas al día, y fueron los mejores momentos de mi vida–, cuando comprendí que eso había terminado para mí, me sentí muy afectado y hasta pensé en matarme.

Como no dije nada y notó que me asustaba aquella idea, añadió: 

-Pero luego, ni siquiera traté de hacerlo. Ya ve, toda mi vida he sido tan feliz; hasta ese momento era un hombre, un personaje en tal forma hecho para la felicidad, que no iba a cambiar de golpe mi papel. Continué siendo feliz, por costumbre. 

Y yo, mientras él decía eso, oía también lo que no decía: no destruir, para no entristecer a los míos, a las mías, y sobre todo a esas mujeres, que a veces le telefoneaban por la noche cuando volvíamos de nuestras comidas, o por la tarde cuando tomábamos el té y que parecían tan posesivas, tan dependientes de ese hombre impedido, ciego y desposeído de su oficio de escribir. Esas mujeres que por su misma desmesura le devolvían la vida, su vida de hasta aquel momento, su vida de hombre mujeriego consumado, mentiroso, compasivo o comediante.

Se fue de vacaciones ese último año; vacaciones compartidas durante tres meses, con tres mujeres, que afrontó con fatalismo y una amabilidad sin tacha.

Durante todo el verano lo creí un poco perdido para mí. Luego volvió y nos vimos de nuevo, pero esta vez ya no sería –pensé-, para siempre; para siempre mi coche, su ascensor, el té, las casetes, aquella voz divertida, a veces tierna, aquella voz segura.

Otro para siempre lo estaba esperando ... sólo para él.


Fui a su entierro sin poder creer que era cierto. Pero fue, no obstante, un hermoso entierro, con miles de personas de todo tipo que también le amaban, le respetaban y que lo acompañaron durante kilómetros hasta su última morada. Personas que no habían tenido la desventura de conocerlo y verlo durante todo un año, que tenían en la mente cincuenta clichés desgarradores de él, personas que no lo extrañarían cada diez días, todos los días; personas a las que yo envidiaba y compadecía al mismo tiempo.

Y sí, por supuesto, luego me indigné con esos relatos que causaban vergüenza, de un Sartre gastado, hechos por algunas de las personas que lo rodeaban. Aunque dejé de leer algunos recuerdos sobre él, nunca olvidé su voz, su risa, su inteligencia, su coraje y su bondad. 

Verdaderamente creo que jamás me recuperaré de su muerte. Porque ¿qué hacer, a veces?, ¿qué pensar? Sólo ese hombre aniquilado podría decírmelo; era la única persona en la que podía creer. 

Sartre nació el 21 de junio de 1905 y yo el 21 de junio de 1935, pero no creo -y por otra parte no tengo ganas de hacerlo-, que pueda pasar otros treinta años sin él en este planeta.

Françoise Sagan en 1998

Jean-Paul Sartre murió en París el 15 de Abril de 1980

Simone de Beauvoir, también en París, el 14 de Abril de 1986

François Sagan, falleció 24 años después que Sartre, en Calvados, el 24 de Septiembre de 2004

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